Asi fue el encuentro con Praxis sobre Francisco en el PJ Salta.
Por Fernando Pequeño
Ragone
asistido por NotebookLM, Gemini y Claude IA
Acerca de mi escritura asistida con IA.
El Humanismo de Francisco y Praxis Política: Hacia la reconstrucción de la comunidad organizada y la soberanía social.
El salón del PJ, un viernes a la tarde
Estoy sentado en el salón de reuniones del PJ Salta. La
tarde cae afuera. Frente a mí, la pantalla grande del televisor muestra las
diapositivas que el chico de Letras preparó con citas de Francisco. Las sillas alrededor
de la gran mesa del salón. Hay gaseosas circulando en grandes vasos de Telgopor
prensado. Hay cuadernos abiertos y algunos celulares que nadie termina de
guardar.
Estamos reunidos para estudiar. No para hacer campaña, no
para distribuir cargos, no para discutir internas. Para estudiar. Eso, en este
salón, ya es una rareza que me produce algo parecido a la esperanza.
Quiénes somos hoy acá
El que coordina es un estudiante de Letras, cuadro joven de
Praxis, que llegó al peronismo por el lado de la filosofía y no por el del
sindicato. Le digo mentalmente "el moderador" porque aún no termino
de aprender todos los nombres de los que se suman a Praxis. Tiene una claridad
expositiva que me llama la atención. Sabe citar. Sabe encadenar ideas. Cuando
habla de Francisco lo hace con la soltura de quien leyó las encíclicas y no
sólo los resúmenes.
Alejandro Gravanago primero en frente y luego a mi
izquierda, concentrado. Alejandro es de los que piensan con el cuerpo tenso.
Lleva décadas en esto y tiene esa característica de los militantes históricos:
cuando habla, uno siente el peso de todo lo que vivió antes de abrir la boca.
Silvia Sánchez está enfrente, con un cuaderno real, de
papel, y una lapicera. Silvia es docente y referente barrial, y tiene esa
presencia de las mujeres que han contenido a mucha gente sin que nadie las
nombrara en los discursos. Cuando habla de las infancias, habla de nombres
concretos.
Mayra está al fondo, cerca de la puerta. Trabaja en economía
popular, conoce el mundo del reciclado y la organización de base, y tiene una
manera de intervenir que es casi quirúrgica: espera el momento exacto, dice lo
justo y te deja pensando.
Mas allá se siente Nora Giménez, la ex senadora, que llegó
comenzada la reunión. Está Juan, que al igual que Siliva integran el Ateneo
Pueblo. Rubén Gutiérrez, entre los sobresaliente de Praxis, toma notas a mi
lado, interviene, dirige, opina. Así, una decena más de compañerxs jóvenes que
integran el grupo. A media reunión se integran otros compañeros. Entre ellos Dante
Sanguinetti, imposible no notarlo cuando se hace presente.
Yo prefiero decir que soy alguien que intenta que las ideas tengan dirección y que la dirección no pierda las ideas.
Francisco en la pantalla grande
El moderador abre con una proposición que me parece honesta y ambiciosa al mismo tiempo: el pensamiento del Papa Francisco es el humanismo del siglo. No lo dice con fanfarria. Lo dice como quien planta una estaca y dice acá empezamos a medir.
En la pantalla aparece la imagen del poliedro. Me quedo
mirándola más de lo que pensaba. El poliedro contra la esfera: la esfera es la
unidad que aplana, que borra las aristas, que finge que todo encaja suavemente.
El poliedro es la unidad que preserva las diferencias, que acepta que hay
vértices incómodos, que sostiene la tensión sin eliminarla. Francisco dice que
la sociedad tiene que parecerse al poliedro y no a la esfera, y yo pienso que
el peronismo, en sus mejores momentos, fue eso: un poliedro enorme, irregular,
casi imposible de sostener, pero real.
La realidad es más importante que la idea. Aparece en
la pantalla y el moderador lo subraya. Cuántas veces habremos escuchado esa
frase. Cuántas veces la habremos aplicado mal, usándola para justificar la
renuncia a cualquier horizonte. Pero hoy, en este salón, entiendo que Francisco
la usa diferente: no para abandonar las ideas sino para anclarlas. Para decir
que la doctrina tiene que ensuciarse los pies.
El tiempo es superior al espacio, explica el moderador. Lo
que me importa es iniciar procesos y no ocupar lugares. Me remueve eso. Me
remueve porque sé que en política tendemos a hacer exactamente lo contrario:
nos peleamos por los lugares y abandonamos los procesos. Somos mejores
administrando victorias que construyendo transformaciones.
Cuando Alejandro Gravanago habla, la sala cambia de temperatura
Alejandro espera su turno con esa paciencia táctica que
tienen los que saben que lo que van a decir va a cambiar el eje de la
conversación. Y lo cambia.Introduzco una pregunta para tensionar las miradas entre
Francisco y el nuevo Gebel. Y aparecen en el salón las generaciones más
antiguas, las que miden y evalúan procesos vividos.
Retomando el concepto que introduce el moderador a mi
pregunta, Alejandro habla del protestantismo como estrategia del imperialismo
en América Latina. No como fenómeno religioso espontáneo sino como operación
política deliberada: fragmentar la comunidad, atomizar al sujeto, convertir la
fe en un asunto privado entre el individuo y su prosperidad económica. Los
jesuitas, dice Alejandro, fueron lo contrario: cartógrafos, constructores de
comunidad, la base de lo que después fue la gesta sanmartiniana.
Escucho y pienso que tiene razón en el diagnóstico aunque a
veces el remedio que propone es volver al pasado en lugar de recuperar su
energía para el presente. Pero no lo interrumpo. Hay algo en lo que dice sobre
la dirigencia que me golpea directo: la palabra te traiciona, el dirigente
está a un pasito de ser un charlatán. Lo dice mirando al techo, como si le
hablara a alguien que no está en la sala. Quizás nos lo dice a todos.
Silvia y las infancias que no tienen plaza
Cuando habla Silvia, el tono del encuentro desciende de la
geopolítica al barrio. Y ese descenso es necesario. Habla de las infancias sin
espacio. Habla del abuelazgo, que es esa forma de cuidado que ejercen los
abuelos cuando los padres no pueden o no están. Habla de la pérdida de los
espacios comunitarios como una pérdida de humanidad concreta, no abstracta.
Escucho a Silvia y pienso en las plazas. Las plazas que
tenemos en Salta son o monumentos o escenarios de campaña. Pocas son lo que
Francisco llama espacio de encuentro. Pocas están vivas en el sentido de
que la comunidad las habite cotidianamente, las cuide, las sienta propias. Eso
es lo que quiero cambiar y sé que no es simple porque requiere que el municipio
suelte control, y soltar control le resulta difícil a cualquier gestión. Son
las plazas que introduce Juan en la discusión grupal más pequeña que
compartimos como parte del trabajo propuesto por el coordinador. Una
coincidencia con Silvia como si ya lo hubiesen trabajado antes en el Ateneo
Pueblo.
Lo que propongo cuando hablo: desertar, asediar, incomodar
Cuando llega mi turno digo lo que vengo pensando hace
tiempo: hay que desertar. Tomando el término que no por casualidad, minutos
antes fue introducido por Juan mientras enfocaba las plazas como espacios
perdidos de encuentros. Propongo que se debe desertar del sistema que oprime y
poder pensar otras formas de vida vivibles y posibles.
Y en consonancia, al punto que ni falta hacía que luego retome la palabra, para economizar voces que en estos encuentros son recursos riquísimos por el poco tiempo para que todas se hagan sentir; Juan va poniendo una a una las proposiciones ligadas a ese concepto central de desertar. El sistema tecnológico que aliena, que vende ilusión de comunidad mientras destruye la comunidad real. Los algoritmos no son neutrales. Están diseñados para que los chicos estén quietos, solos, consumiendo. El sistema los necesita vacíos y desarraigados porque los vacíos y desarraigados no organizan resistencia.
Propone cosas concretas: las plazas vivas como política
pública de gestión comunitaria real. Una soberanía digital que incluya
herramientas de comunicación que no nos espíen y no nos vendan. Proyectos de
ordenanza que institucionalicen los espacios de contención más allá de lo
electoral.
Mientras los escucho a todxs, siento el peso de lo que el
encuentro de hoy me confirmó: la doctrina de Francisco no es un lujo
intelectual. Es, bien leída, un manual operativo para lo que queremos hacer. La
ecología integral, el poliedro, el bien común como proyecto político concreto.
Lo que falta es la transmisión. Hay que convertir las encíclicas en lenguaje de
barrio sin perder su profundidad. Eso es la formación. Eso es lo que estamos
haciendo acá, en este salón, con el televisor grande y los vasos de Telgopor
con gaseosa que circulan.
Lo que me llevo al salir
El encuentro termina con acuerdos difusos y energía
concreta, que es quizás la combinación más honesta que puede producir una
reunión política.Me quedo con la imagen del poliedro en la pantalla grande.
Me quedo con la frase de Alejandro sobre el charlatán y la necesidad de que las
palabras no traicionen. Me quedo con Silvia hablando de los abuelos que
contienen lo que el sistema no quiere contener.
Y me quedo con una pregunta que no hice en voz alta pero que
seguirá dando vueltas: ¿somos capaces de construir el poliedro que proponemos,
nosotros que también tenemos nuestras aristas rotas y nuestras superficies que
queremos suavizar para no mostrar la fractura?
No lo sé todavía. Pero al menos hoy, en este salón del PJ
Salta, frente a ese televisor grande, alguien se tomó el trabajo de
preguntárselo.





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