viernes, 24 de abril de 2026

Los aportes de ACEP en la rearticulación del PJ nacional

¿Cómo gana terreno un partido político cuando no está en el gobierno? ¿Qué hace mientras espera? En Salta, durante 2026, el peronismo ofrece una respuesta concreta: organiza jornadas filosóficas, forma dirigentes, recupera documentos históricos y disputa el control de su propio partido desde adentro. Detrás de esas acciones hay una lógica que este ensayo se propone explicar sin tecnicismos: el poder político no se improvisa, se construye. Con organización silenciosa, con ideas que funcionan como banderas, con presencia en el territorio y con el control del relato sobre quiénes somos y de dónde venimos. El caso de la Asociación Civil Estudios Populares (ACEP) y la intervención del PJ salteño es un laboratorio en tiempo real. Una oportunidad para entender, desde adentro, cómo funciona la política cuando nadie está mirando las cámaras.



EL ARTE DE CONSTRUIR PODER

Cómo los partidos políticos organizan sus fuerzas,

disputan el relato y conquistan territorios

Ensayo de divulgación a partir del caso del peronismo en Salta, 2026

Síntesis del texto:

 

Contendidos:

Introducción:El poder no cae del cielo

Primeraparte: Las herramientas del poder

I.La organización como primer ladrillo

II.Las ideas como bandera y como escudo

III.El territorio como campo de batalla

Segundaparte: El caso Salta

IV.Un partido dividido y un nombre conocido

V.La intervención: cuando el partido nacional toma las riendas

VI.ACEP: el brazo intelectual de la reconquista

Terceraparte: La disputa por el relato

VII.Cuando la filosofía se vuelve política

VIII.La memoria como mapa del presente

IX.El que pone el nombre gana el juego

Cuartaparte: Lecciones para entender la política

X.Los cinco mecanismos universales del poder partidario

Laformación de cuadros

Elcontrol del relato

Laconstrucción de redes

Ladisputa por la identidad

Elarraigo territorial

XI.Crisis, oportunidad y renovación

Conclusión:El poder como proceso

 

 

Introducción: El poder no cae del cielo

Cada vez que un partido político gana una elección, detrás de ese resultado hay años de trabajo silencioso. Reuniones en salones parroquiales, documentos firmados en despachos, cursos de formación que pocos conocen, acuerdos entre dirigentes que nunca aparecen en los diarios. El poder político no es un accidente ni un talento individual: es una construcción. Y como toda construcción, tiene sus planos, sus materiales y sus arquitectos.

Se propone aquí mirar de cerca cómo los partidos políticos —y en particular el peronismo en la provincia de Salta— construyen poder en la Argentina del año 2026. No lo haremos con la jerga técnica de la ciencia política, sino de la manera más concreta posible: observando qué hace una organización llamada ACEP, quiénes son sus dirigentes, qué ideas promueven y por qué todo eso importa para entender el presente y el futuro de la política en el noroeste argentino.

La historia que vamos a contar combina filosofía, disputa territorial, memoria histórica y lucha de egos partidarios. Pero, en el fondo, responde a una sola pregunta: ¿cómo se construye poder político en tiempos de crisis?

 

Primera parte: Las herramientas del poder

Imaginemos un partido político como un edificio. Para que ese edificio se mantenga en pie no alcanza con tener un buen arquitecto —el líder carismático— ni con tener buenos materiales —las ideas y los votos—. Hace falta una estructura sólida que sostenga todo lo demás: cimientos, columnas, paredes. Esa estructura, en política, se llama organización.

Una organización política no es solo una sede con banderines y carteles. Es una red de personas que comparten una visión, que saben qué rol cumple cada una, que tienen canales para comunicarse y que son capaces de actuar en conjunto cuando llega el momento de una elección, una movilización o una negociación. Sin esa red, los mejores discursos quedan en el aire.

Quien controla la organización controla el partido. Y quien controla el partido controla el territorio.

En Salta, la Asociación Civil Estudios Populares —conocida por sus siglas ACEP— es un ejemplo fascinante de lo que significa construir organización con paciencia y método. Fundada en 1999, en medio de la crisis que sacudía al sistema político argentino, ACEP nació con una misión que va más allá de las elecciones: formar cuadros políticos, producir ideas y fortalecer la capacidad de gestión de los gobiernos locales.

Más de veinticinco años después, esa apuesta a la formación sistemática la ha convertido en un actor de peso. No porque tenga el partido más votado ni el candidato más popular, sino porque tiene algo que muchos partidos descuidan: una cantera de dirigentes preparados y un método de trabajo que funciona más allá de los vaivenes electorales.

 

La segunda herramienta del poder político son las ideas. No en el sentido abstracto y filosófico —aunque ese componente existe—, sino en un sentido muy concreto: las ideas son los argumentos que un partido usa para decir "nosotros representamos algo distinto, algo mejor, algo que el país necesita".

En política, las ideas cumplen varias funciones al mismo tiempo. Por un lado, son una bandera que convoca a los simpatizantes y les da sentido de pertenencia. Por otro lado, son un escudo frente a los adversarios: si tu partido tiene una visión coherente del mundo, es más difícil que te acusen de ser simplemente una maquinaria de votos sin contenido.

ACEP ha apostado fuerte a esta dimensión. Sus publicaciones, sus cursos virtuales, sus jornadas de debate no son entretenimiento: son la forma en que la organización construye un lenguaje compartido entre sus miembros y produce lo que los sociólogos llaman capital simbólico. En términos simples: prestigio, autoridad intelectual, el derecho a ser escuchado.

En política, el que define los términos del debate ya lleva ventaja. ACEP trabaja exactamente para eso: instalar las preguntas antes de que llegue el momento de dar las respuestas.

Uno de los conceptos que ACEP ha puesto en el centro de su trabajo en 2026 es el de Comunidad Organizada, una idea que proviene directamente del peronismo de los años cuarenta. Pero volver a hablar de una idea de hace setenta años no es solo nostalgia: es una estrategia deliberada para reclamar una herencia y usarla en el presente. De eso hablaremos más adelante.

 

La tercera herramienta fundamental del poder político es el territorio. En política argentina, el territorio no es solo una cuestión geográfica —ganar tal provincia o tal municipio—. Es una cuestión de presencia, de arraigo, de saber que cuando llegue el día de las elecciones habrá gente organizada en cada barrio y cada pueblo.

Salta es un territorio estratégico por varias razones. Es la provincia más grande del noroeste argentino, con una geografía diversa que va desde las yungas hasta la Puna, con comunidades indígenas, pequeños productores rurales, ciudades en crecimiento y una industria extractiva vinculada al litio y la minería que genera tensiones y oportunidades a la vez. Quien entienda y articule esas realidades tiene mucho camino ganado.

Para los partidos políticos, la disputa territorial no es solo electoral. Es la pregunta de quién habla en nombre de quién, quién resuelve los problemas del vecino, quién llega primero cuando hay una crisis. Las organizaciones que tienen presencia real en el territorio —no solo durante las campañas, sino el año entero— acumulan un tipo de poder que los votos solos no pueden comprar.

 

Segunda parte: El caso Salta

Para entender lo que está pasando con el peronismo en Salta en 2026, hay que aceptar una realidad incómoda que los partidos suelen ocultar pero que existe en casi todos: los partidos políticos no son monolitos. Son coaliciones internas de grupos con intereses distintos, a veces complementarios y a veces directamente enfrentados.

El Partido Justicialista —el partido de Perón, popularmente conocido como el PJ o el peronismo— es quizás el ejemplo más notable de esta realidad en la Argentina. Con más de setenta años de historia, ha alojado en su interior a presidentes de tendencias muy distintas, ha ganado y perdido el poder nacional múltiples veces, y ha sobrevivido crisis que hubieran destruido a cualquier otra fuerza política. Pero esa capacidad de supervivencia tiene un costo: las tensiones internas son constantes.

En Salta, esa tensión tiene un nombre muy concreto en el presente: el gobernador Gustavo Sáenz, que lidera lo que se conoce como el saencismo, enfrenta a un sector del peronismo que considera que el gobernador se ha alejado demasiado del ideario del partido para acercarse al gobierno nacional de Javier Milei. Para este sector crítico, el PJ salteño necesita una refundación.

 

Cuando un partido político entra en una crisis interna muy profunda —cuando las peleas internas lo paralizan o cuando la conducción local pierde legitimidad—, la dirección nacional puede tomar una medida drástica: intervenir la estructura provincial. Esto significa, básicamente, suspender las autoridades locales y designar un delegado nacional que tome el control hasta que se puedan normalizar las cosas.

Es una medida polémica. Para algunos, es necesaria y legítima: el partido nacional protege su marca y su proyecto de los desvíos locales. Para otros, es un atropello: la conducción central impone su voluntad sobre los militantes y dirigentes del lugar. En la práctica, casi siempre es las dos cosas al mismo tiempo.

En 2026, la conducción nacional del PJ —encabezada por Cristina Fernández de Kirchner— designó a Pablo Kosiner como interventor del partido en Salta. Kosiner es una figura con una larga trayectoria: fue diputado nacional, fue ministro de gobierno en la provincia, y tiene una historia de trabajo político vinculada al peronismo federal que lideraba Juan Manuel Urtubey. No es un recién llegado ni un desconocido: es alguien que el mundo político salteño conoce bien.

La intervención no es solo un acto administrativo. Es una declaración de guerra simbólica: dice que la conducción nacional no reconoce la legitimidad de quienes manejan el partido en el territorio.

El saencismo reaccionó como era previsible: fue a la justicia federal para cuestionar la legitimidad de la intervención y exigió la convocatoria inmediata a elecciones internas. El conflicto está servido. Y en ese conflicto, ACEP juega un papel central.

 

Aquí es donde la historia se vuelve particularmente interesante. Pablo Kosiner no llega solo a Salta: llega como director de ACEP, la organización de formación política que hemos descripto antes. Y esa doble condición —interventor del partido y director de una organización de ideas— no es casual. Es parte de una estrategia bien pensada.

¿Qué hace ACEP en este contexto? Básicamente, provee el marco intelectual que justifica la intervención. Si el saencismo acusa a la intervención de ser un capricho de la conducción nacional, ACEP puede responder con un argumento más sofisticado: estamos aquí para recuperar la identidad del peronismo, para formar dirigentes con valores y herramientas, para que el partido vuelva a ser lo que debe ser.

En ese sentido, ACEP cumple una función que podríamos llamar legitimación intelectual. Es más difícil atacar a alguien que viene a dar cursos, a organizar debates filosóficos y a publicar libros sobre gestión pública que a alguien que simplemente viene a tomar el control del aparato partidario. La forma importa tanto como el fondo.

Pero hay algo más. ACEP tiene una alianza estratégica con la Fundación Konrad Adenauer de Alemania, una organización vinculada a la democracia cristiana europea. Esa alianza le da a ACEP acceso a metodologías de trabajo, recursos para publicaciones y una pátina de seriedad técnica que pocas organizaciones políticas locales pueden mostrar. En un momento en que la política argentina está bajo sospecha constante, aparecer con el respaldo de una fundación internacional seria no es un detalle menor.

 

Tercera parte: La disputa por el relato

A principios de 2026, ACEP organiza en Salta una jornada con un título que puede sonar académico pero que encierra una operación política muy concreta: "Filosofía, organización y poder: el peronismo ante su propio espejo". El lema de la jornada era la Comunidad Organizada.

Para entender por qué eso importa, hay que hacer un pequeño viaje en el tiempo. En 1949, Juan Domingo Perón presentó en el Congreso Nacional de Filosofía de Mendoza un texto que se convertiría en uno de los documentos fundacionales del peronismo: La Comunidad Organizada. En ese texto, Perón proponía una visión del orden social basada en el equilibrio entre el individuo, la comunidad y el Estado —una síntesis entre el liberalismo individualista y el colectivismo marxista que, según él, superaba a ambos.

Setenta y siete años después, ACEP decide poner ese concepto en el centro de una jornada política en Salta. ¿Por qué? Porque en política, quien controla los textos sagrados controla la herencia. Si yo me presento como el intérprete auténtico de la Comunidad Organizada, estoy diciendo implícitamente que los otros —los que gobiernan la provincia, los que se acercaron demasiado al gobierno nacional— traicionaron ese legado. Y estoy diciendo que yo soy el que viene a restaurarlo.

La filosofía, en este caso, no es un pasatiempo intelectual. Es un instrumento de combate político. Las ideas son el campo de batalla antes de que llegue la campaña electoral.

 

Hay otro elemento en la jornada de ACEP que merece atención especial: la referencia simultánea al año 1949 y al año 1976, el año del golpe de Estado cívico-militar que derrocó al gobierno de Isabel Perón e inauguró la dictadura más sangrienta de la historia argentina.

Conectar estos dos años no es un capricho cronológico. Es una operación de memoria política muy calculada. El mensaje implícito es: hubo un proyecto de país, la Comunidad Organizada, que fue interrumpido violentamente en 1976. Y hoy, cincuenta años después de ese golpe, estamos aquí para retomar ese proyecto. Los que se alejaron del ideario original —los que gobiernan la provincia, los que votaron leyes que perjudican a los trabajadores— son los herederos de esa interrupción, no del proyecto original.

Para quien no está familiarizado con la política argentina puede parecer una abstracción. Pero en la cultura política peronista, estas referencias tienen una carga emocional enorme. Evocar el golpe del 76, evocar la resistencia, evocar los proyectos truncados es una forma de movilizar a militantes que se identifican profundamente con esa historia de lucha y sacrificio.

En términos más generales, este uso de la memoria nos enseña algo fundamental sobre cómo se construye poder político: no alcanza con tener razón en el presente. Hay que también demostrar que se viene de algún lado, que se tiene raíces, que se pertenece a una historia más grande que uno mismo.

 

Existe una regla no escrita pero muy poderosa en política: quien define los términos del debate lleva ventaja. Si yo logro que la discusión sea sobre "la identidad del peronismo", pongo en aprietos a quienes gobiernan desde el pragmatismo puro. Si logro que la discusión sea sobre "quién traicionó los valores del movimiento", obligo a los otros a defenderse.

ACEP, con sus jornadas filosóficas, sus publicaciones y su presencia mediática, está jugando exactamente ese juego. No está proponiendo una plataforma electoral concreta —todavía no es tiempo para eso—. Está instalando un marco de interpretación de la realidad que favorece su posición en la disputa interna del PJ.

Esto es lo que los especialistas en comunicación política llaman agenda setting: no te digo qué pensar, pero sí sobre qué pensar. Y cuando la gente empiece a pensar sobre "qué es realmente el peronismo" y "quién lo traicionó", ya estamos en el terreno que ACEP eligió para pelear.

 

Cuarta parte: Lecciones para entender la política

El caso de ACEP en Salta es particular, pero los mecanismos que ilustra son universales. Cualquier partido político, en cualquier país del mundo, opera con variaciones de las mismas herramientas. Veámoslas de manera ordenada.

La formación de cuadros

Los partidos que duran son los que invierten en formar a sus dirigentes. No solo en cómo ganar elecciones, sino en cómo gobernar, cómo negociar, cómo comunicar. ACEP hace esto de manera sistemática desde hace décadas. El resultado es una red de personas que hablan el mismo idioma, que comparten valores y métodos, y que pueden activarse cuando la organización lo necesita.

El control del relato

Cada partido tiene su versión de la historia: quiénes son los buenos, quiénes son los malos, qué futuro prometen. El grupo que logra imponer su versión como la verdad compartida tiene una ventaja enorme. Por eso ACEP invierte tanto en publicaciones, jornadas y debates: es la fábrica de relato del sector peronista que representa.

La construcción de redes

El poder político no lo tiene una sola persona: lo tiene una red. Que un dirigente conozca a otro, que una organización tenga vínculos con universidades, sindicatos, medios y organizaciones internacionales, multiplica su capacidad de acción. La alianza de ACEP con la Fundación Konrad Adenauer es un ejemplo de cómo se construyen esas redes más allá de las fronteras nacionales.

La disputa por la identidad

Dentro de cada partido hay siempre una pelea por definir "qué somos realmente". Es una pelea que parece abstracta pero tiene consecuencias concretas: define quién tiene derecho a candidatearse, quién ocupa los cargos clave, quién puede hablar en nombre del partido. En Salta, esa pelea se está dando en tiempo real, y ACEP está en el centro.

El arraigo territorial

Finalmente, el poder político requiere presencia en el territorio. No basta con tener buenas ideas si no hay nadie que las lleve puerta a puerta. Las organizaciones que tienen militantes activos en los barrios, en los municipios del interior, en las comunidades rurales, tienen una base que los votos no pueden reemplazar.

 

Hay un último elemento que vale la pena señalar, porque es transversal a todo lo que hemos visto: el papel de la crisis en la construcción del poder.

ACEP nació en 1999, en un momento de crisis política. La jornada de 2026 se organiza también en un momento de crisis: el peronismo acaba de perder elecciones nacionales, el gobierno de Milei aplica políticas de ajuste que generan resistencia, y el partido en Salta está dividido. En ese contexto, una organización que ofrece claridad intelectual, método de trabajo y un proyecto de identidad tiene mucho para ofrecer.

Las crisis, en política, son siempre oportunidades para los que lleguen con propuestas. El desafío es que las propuestas sean genuinas y no solo retórica. Y ahí está el punto de mayor incertidumbre: ¿logrará ACEP y la intervención de Kosiner construir un peronismo salteño renovado con contenido real, o terminará siendo otra disputa de aparatos disfrazada de debate de ideas?

La respuesta a esa pregunta no la tiene nadie hoy. Pero lo que sí sabemos es que el proceso que estamos describiendo —la lucha por la organización, el relato y el territorio— es el proceso mediante el cual se construye y se pierde el poder político en Argentina y en el mundo.

 

Conclusión: El poder como proceso

Empezamos este ensayo con una pregunta simple: ¿cómo se construye poder político? Y el recorrido por el caso de ACEP y el peronismo en Salta nos da una respuesta que también es simple, aunque no sencilla: el poder se construye pacientemente, con organización, con ideas y con presencia territorial.

Nadie nace sabiendo construir poder. Es un aprendizaje colectivo que se da en el tiempo, en las reuniones que nadie cubre, en los conflictos que se resuelven o no se resuelven, en las decisiones que se toman cuando los reflectores apuntan a otro lado. Las jornadas filosóficas, los cuadernos de trabajo, las alianzas internacionales, las intervenciones partidarias: todo eso son piezas de un rompecabezas que, cuando encajan, producen algo que llamamos poder político.

Lo que hace valioso el caso de Salta en 2026 es que muestra ese proceso en vivo, en tiempo real, con actores identificables y decisiones que se toman frente a nosotros. Es, en ese sentido, un laboratorio. Y como todo buen laboratorio, nos enseña cosas que van más allá del experimento particular: nos enseña sobre la naturaleza del poder, sobre cómo las ideas se vuelven herramientas, sobre cómo la memoria se vuelve estrategia.

La próxima vez que escuchemos a un dirigente político hablar de "valores" o "identidad" o "proyecto", vale la pena preguntarse: ¿qué está construyendo con esas palabras? ¿A quién convoca? ¿Contra quién se posiciona? ¿Qué futuro promete? Esas preguntas, modestas pero fundamentales, son las que nos ayudan a leer la política no como un espectáculo sino como lo que es: una disputa por el poder de decidir cómo queremos vivir juntos.

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