¿Cómo gana terreno un partido político cuando no está en el gobierno? ¿Qué hace mientras espera? En Salta, durante 2026, el peronismo ofrece una respuesta concreta: organiza jornadas filosóficas, forma dirigentes, recupera documentos históricos y disputa el control de su propio partido desde adentro. Detrás de esas acciones hay una lógica que este ensayo se propone explicar sin tecnicismos: el poder político no se improvisa, se construye. Con organización silenciosa, con ideas que funcionan como banderas, con presencia en el territorio y con el control del relato sobre quiénes somos y de dónde venimos. El caso de la Asociación Civil Estudios Populares (ACEP) y la intervención del PJ salteño es un laboratorio en tiempo real. Una oportunidad para entender, desde adentro, cómo funciona la política cuando nadie está mirando las cámaras.
EL ARTE DE CONSTRUIR PODER
Cómo los partidos políticos organizan sus fuerzas,
disputan el relato y conquistan territorios
Ensayo de divulgación a partir del
caso del peronismo en Salta, 2026
Síntesis del texto:
Contendidos:
Introducción:El poder no cae del cielo
Primeraparte: Las herramientas del poder
I.La organización como primer ladrillo
IV.Un partido dividido y un nombre conocido
V.La intervención: cuando el partido nacional toma las riendas
Terceraparte: La disputa por el relato
VII.Cuando la filosofía se vuelve política
Cuartaparte: Lecciones para entender la política
Conclusión:El poder como proceso
Introducción: El poder no cae del cielo
Cada vez que un partido político gana una elección, detrás de ese
resultado hay años de trabajo silencioso. Reuniones en salones parroquiales,
documentos firmados en despachos, cursos de formación que pocos conocen,
acuerdos entre dirigentes que nunca aparecen en los diarios. El poder político
no es un accidente ni un talento individual: es una construcción. Y como toda
construcción, tiene sus planos, sus materiales y sus arquitectos.
Se propone aquí mirar de cerca cómo los partidos
políticos —y en particular el peronismo en la provincia de Salta— construyen
poder en la Argentina del año 2026. No lo haremos con la jerga técnica de la
ciencia política, sino de la manera más concreta posible: observando qué hace
una organización llamada ACEP, quiénes son sus dirigentes, qué ideas promueven
y por qué todo eso importa para entender el presente y el futuro de la política
en el noroeste argentino.
La historia que vamos a contar combina filosofía,
disputa territorial, memoria histórica y lucha de egos partidarios. Pero, en el
fondo, responde a una sola pregunta: ¿cómo se construye poder político en
tiempos de crisis?
Primera parte: Las herramientas del poder
Imaginemos un partido político como un edificio. Para que ese edificio se
mantenga en pie no alcanza con tener un buen arquitecto —el líder carismático—
ni con tener buenos materiales —las ideas y los votos—. Hace falta una
estructura sólida que sostenga todo lo demás: cimientos, columnas, paredes. Esa
estructura, en política, se llama organización.
Una organización política no es solo una sede con
banderines y carteles. Es una red de personas que comparten una visión, que
saben qué rol cumple cada una, que tienen canales para comunicarse y que son
capaces de actuar en conjunto cuando llega el momento de una elección, una
movilización o una negociación. Sin esa red, los mejores discursos quedan en el
aire.
Quien controla la organización controla el partido. Y
quien controla el partido controla el territorio.
En Salta, la Asociación Civil Estudios Populares
—conocida por sus siglas ACEP— es un ejemplo fascinante de lo que significa
construir organización con paciencia y método. Fundada en 1999, en medio de la
crisis que sacudía al sistema político argentino, ACEP nació con una misión que
va más allá de las elecciones: formar cuadros políticos, producir ideas y
fortalecer la capacidad de gestión de los gobiernos locales.
Más de veinticinco años después, esa apuesta a la
formación sistemática la ha convertido en un actor de peso. No porque tenga el
partido más votado ni el candidato más popular, sino porque tiene algo que
muchos partidos descuidan: una cantera de dirigentes preparados y un método de
trabajo que funciona más allá de los vaivenes electorales.
La segunda herramienta del poder político son las ideas. No en el sentido
abstracto y filosófico —aunque ese componente existe—, sino en un sentido muy
concreto: las ideas son los argumentos que un partido usa para decir
"nosotros representamos algo distinto, algo mejor, algo que el país
necesita".
En política, las ideas cumplen varias funciones al
mismo tiempo. Por un lado, son una bandera que convoca a los simpatizantes y
les da sentido de pertenencia. Por otro lado, son un escudo frente a los
adversarios: si tu partido tiene una visión coherente del mundo, es más difícil
que te acusen de ser simplemente una maquinaria de votos sin contenido.
ACEP ha apostado fuerte a esta dimensión. Sus
publicaciones, sus cursos virtuales, sus jornadas de debate no son
entretenimiento: son la forma en que la organización construye un lenguaje
compartido entre sus miembros y produce lo que los sociólogos llaman capital
simbólico. En términos simples: prestigio, autoridad intelectual, el derecho a
ser escuchado.
En política, el que define los términos del debate ya
lleva ventaja. ACEP trabaja exactamente para eso: instalar las preguntas antes
de que llegue el momento de dar las respuestas.
Uno de los conceptos que ACEP ha puesto en el centro
de su trabajo en 2026 es el de Comunidad Organizada, una idea que proviene
directamente del peronismo de los años cuarenta. Pero volver a hablar de una
idea de hace setenta años no es solo nostalgia: es una estrategia deliberada
para reclamar una herencia y usarla en el presente. De eso hablaremos más
adelante.
La tercera herramienta fundamental del poder político es el territorio.
En política argentina, el territorio no es solo una cuestión geográfica —ganar
tal provincia o tal municipio—. Es una cuestión de presencia, de arraigo, de
saber que cuando llegue el día de las elecciones habrá gente organizada en cada
barrio y cada pueblo.
Salta es un territorio estratégico por varias razones.
Es la provincia más grande del noroeste argentino, con una geografía diversa
que va desde las yungas hasta la Puna, con comunidades indígenas, pequeños
productores rurales, ciudades en crecimiento y una industria extractiva
vinculada al litio y la minería que genera tensiones y oportunidades a la vez.
Quien entienda y articule esas realidades tiene mucho camino ganado.
Para los partidos políticos, la disputa territorial no
es solo electoral. Es la pregunta de quién habla en nombre de quién, quién
resuelve los problemas del vecino, quién llega primero cuando hay una crisis.
Las organizaciones que tienen presencia real en el territorio —no solo durante
las campañas, sino el año entero— acumulan un tipo de poder que los votos solos
no pueden comprar.
Segunda parte: El caso Salta
Para entender lo que está pasando con el peronismo en Salta en 2026, hay
que aceptar una realidad incómoda que los partidos suelen ocultar pero que
existe en casi todos: los partidos políticos no son monolitos. Son coaliciones
internas de grupos con intereses distintos, a veces complementarios y a veces
directamente enfrentados.
El Partido Justicialista —el partido de Perón,
popularmente conocido como el PJ o el peronismo— es quizás el ejemplo más
notable de esta realidad en la Argentina. Con más de setenta años de historia,
ha alojado en su interior a presidentes de tendencias muy distintas, ha ganado
y perdido el poder nacional múltiples veces, y ha sobrevivido crisis que
hubieran destruido a cualquier otra fuerza política. Pero esa capacidad de
supervivencia tiene un costo: las tensiones internas son constantes.
En Salta, esa tensión tiene un nombre muy concreto en
el presente: el gobernador Gustavo Sáenz, que lidera lo que se conoce como el
saencismo, enfrenta a un sector del peronismo que considera que el gobernador
se ha alejado demasiado del ideario del partido para acercarse al gobierno
nacional de Javier Milei. Para este sector crítico, el PJ salteño necesita una
refundación.
Cuando un partido político entra en una crisis interna muy profunda
—cuando las peleas internas lo paralizan o cuando la conducción local pierde
legitimidad—, la dirección nacional puede tomar una medida drástica: intervenir
la estructura provincial. Esto significa, básicamente, suspender las
autoridades locales y designar un delegado nacional que tome el control hasta
que se puedan normalizar las cosas.
Es una medida polémica. Para algunos, es necesaria y
legítima: el partido nacional protege su marca y su proyecto de los desvíos
locales. Para otros, es un atropello: la conducción central impone su voluntad
sobre los militantes y dirigentes del lugar. En la práctica, casi siempre es
las dos cosas al mismo tiempo.
En 2026, la conducción nacional del PJ —encabezada por
Cristina Fernández de Kirchner— designó a Pablo Kosiner como interventor del
partido en Salta. Kosiner es una figura con una larga trayectoria: fue diputado
nacional, fue ministro de gobierno en la provincia, y tiene una historia de
trabajo político vinculada al peronismo federal que lideraba Juan Manuel
Urtubey. No es un recién llegado ni un desconocido: es alguien que el mundo
político salteño conoce bien.
La intervención no es solo un acto administrativo. Es una
declaración de guerra simbólica: dice que la conducción nacional no reconoce la
legitimidad de quienes manejan el partido en el territorio.
El saencismo reaccionó como era previsible: fue a la
justicia federal para cuestionar la legitimidad de la intervención y exigió la
convocatoria inmediata a elecciones internas. El conflicto está servido. Y en
ese conflicto, ACEP juega un papel central.
Aquí es donde la historia se vuelve particularmente interesante. Pablo
Kosiner no llega solo a Salta: llega como director de ACEP, la organización de
formación política que hemos descripto antes. Y esa doble condición
—interventor del partido y director de una organización de ideas— no es casual.
Es parte de una estrategia bien pensada.
¿Qué hace ACEP en este contexto? Básicamente, provee
el marco intelectual que justifica la intervención. Si el saencismo acusa a la
intervención de ser un capricho de la conducción nacional, ACEP puede responder
con un argumento más sofisticado: estamos aquí para recuperar la identidad del
peronismo, para formar dirigentes con valores y herramientas, para que el
partido vuelva a ser lo que debe ser.
En ese sentido, ACEP cumple una función que podríamos
llamar legitimación intelectual. Es más difícil atacar a alguien que viene a
dar cursos, a organizar debates filosóficos y a publicar libros sobre gestión
pública que a alguien que simplemente viene a tomar el control del aparato
partidario. La forma importa tanto como el fondo.
Pero hay algo más. ACEP tiene una alianza estratégica
con la Fundación Konrad Adenauer de Alemania, una organización vinculada a la
democracia cristiana europea. Esa alianza le da a ACEP acceso a metodologías de
trabajo, recursos para publicaciones y una pátina de seriedad técnica que pocas
organizaciones políticas locales pueden mostrar. En un momento en que la
política argentina está bajo sospecha constante, aparecer con el respaldo de
una fundación internacional seria no es un detalle menor.
Tercera parte: La disputa por el relato
A principios de 2026, ACEP organiza en Salta una jornada con un título
que puede sonar académico pero que encierra una operación política muy
concreta: "Filosofía, organización y poder: el peronismo ante su propio
espejo". El lema de la jornada era la Comunidad Organizada.
Para entender por qué eso importa, hay que hacer un
pequeño viaje en el tiempo. En 1949, Juan Domingo Perón presentó en el Congreso
Nacional de Filosofía de Mendoza un texto que se convertiría en uno de los
documentos fundacionales del peronismo: La Comunidad Organizada. En ese texto,
Perón proponía una visión del orden social basada en el equilibrio entre el
individuo, la comunidad y el Estado —una síntesis entre el liberalismo
individualista y el colectivismo marxista que, según él, superaba a ambos.
Setenta y siete años después, ACEP decide poner ese
concepto en el centro de una jornada política en Salta. ¿Por qué? Porque en
política, quien controla los textos sagrados controla la herencia. Si yo me
presento como el intérprete auténtico de la Comunidad Organizada, estoy
diciendo implícitamente que los otros —los que gobiernan la provincia, los que
se acercaron demasiado al gobierno nacional— traicionaron ese legado. Y estoy
diciendo que yo soy el que viene a restaurarlo.
La filosofía, en este caso, no es un pasatiempo
intelectual. Es un instrumento de combate político. Las ideas son el campo de
batalla antes de que llegue la campaña electoral.
Hay otro elemento en la jornada de ACEP que merece atención especial: la
referencia simultánea al año 1949 y al año 1976, el año del golpe de Estado
cívico-militar que derrocó al gobierno de Isabel Perón e inauguró la dictadura
más sangrienta de la historia argentina.
Conectar estos dos años no es un capricho cronológico.
Es una operación de memoria política muy calculada. El mensaje implícito es:
hubo un proyecto de país, la Comunidad Organizada, que fue interrumpido
violentamente en 1976. Y hoy, cincuenta años después de ese golpe, estamos aquí
para retomar ese proyecto. Los que se alejaron del ideario original —los que
gobiernan la provincia, los que votaron leyes que perjudican a los
trabajadores— son los herederos de esa interrupción, no del proyecto original.
Para quien no está familiarizado con la política
argentina puede parecer una abstracción. Pero en la cultura política peronista,
estas referencias tienen una carga emocional enorme. Evocar el golpe del 76,
evocar la resistencia, evocar los proyectos truncados es una forma de movilizar
a militantes que se identifican profundamente con esa historia de lucha y
sacrificio.
En términos más generales, este uso de la memoria nos
enseña algo fundamental sobre cómo se construye poder político: no alcanza con
tener razón en el presente. Hay que también demostrar que se viene de algún
lado, que se tiene raíces, que se pertenece a una historia más grande que uno
mismo.
Existe una regla no escrita pero muy poderosa en política: quien define
los términos del debate lleva ventaja. Si yo logro que la discusión sea sobre
"la identidad del peronismo", pongo en aprietos a quienes gobiernan
desde el pragmatismo puro. Si logro que la discusión sea sobre "quién
traicionó los valores del movimiento", obligo a los otros a defenderse.
ACEP, con sus jornadas filosóficas, sus publicaciones
y su presencia mediática, está jugando exactamente ese juego. No está
proponiendo una plataforma electoral concreta —todavía no es tiempo para eso—.
Está instalando un marco de interpretación de la realidad que favorece su
posición en la disputa interna del PJ.
Esto es lo que los especialistas en comunicación
política llaman agenda setting: no te digo qué pensar, pero sí sobre qué
pensar. Y cuando la gente empiece a pensar sobre "qué es realmente el
peronismo" y "quién lo traicionó", ya estamos en el terreno que
ACEP eligió para pelear.
Cuarta parte: Lecciones para entender la política
El caso de ACEP en Salta es particular, pero los mecanismos que ilustra
son universales. Cualquier partido político, en cualquier país del mundo, opera
con variaciones de las mismas herramientas. Veámoslas de manera ordenada.
La formación de cuadros
Los partidos que duran son los que invierten en formar a sus dirigentes.
No solo en cómo ganar elecciones, sino en cómo gobernar, cómo negociar, cómo
comunicar. ACEP hace esto de manera sistemática desde hace décadas. El
resultado es una red de personas que hablan el mismo idioma, que comparten
valores y métodos, y que pueden activarse cuando la organización lo necesita.
El control del relato
Cada partido tiene su versión de la historia: quiénes son los buenos,
quiénes son los malos, qué futuro prometen. El grupo que logra imponer su
versión como la verdad compartida tiene una ventaja enorme. Por eso ACEP
invierte tanto en publicaciones, jornadas y debates: es la fábrica de relato
del sector peronista que representa.
La construcción de redes
El poder político no lo tiene una sola persona: lo tiene una red. Que un
dirigente conozca a otro, que una organización tenga vínculos con
universidades, sindicatos, medios y organizaciones internacionales, multiplica
su capacidad de acción. La alianza de ACEP con la Fundación Konrad Adenauer es
un ejemplo de cómo se construyen esas redes más allá de las fronteras
nacionales.
La disputa por la identidad
Dentro de cada partido hay siempre una pelea por definir "qué somos
realmente". Es una pelea que parece abstracta pero tiene consecuencias
concretas: define quién tiene derecho a candidatearse, quién ocupa los cargos
clave, quién puede hablar en nombre del partido. En Salta, esa pelea se está
dando en tiempo real, y ACEP está en el centro.
El arraigo territorial
Finalmente, el poder político requiere presencia en el territorio. No
basta con tener buenas ideas si no hay nadie que las lleve puerta a puerta. Las
organizaciones que tienen militantes activos en los barrios, en los municipios
del interior, en las comunidades rurales, tienen una base que los votos no
pueden reemplazar.
Hay un último elemento que vale la pena señalar, porque es transversal a
todo lo que hemos visto: el papel de la crisis en la construcción del poder.
ACEP nació en 1999, en un momento de crisis política.
La jornada de 2026 se organiza también en un momento de crisis: el peronismo
acaba de perder elecciones nacionales, el gobierno de Milei aplica políticas de
ajuste que generan resistencia, y el partido en Salta está dividido. En ese
contexto, una organización que ofrece claridad intelectual, método de trabajo y
un proyecto de identidad tiene mucho para ofrecer.
Las crisis, en política, son siempre oportunidades
para los que lleguen con propuestas. El desafío es que las propuestas sean
genuinas y no solo retórica. Y ahí está el punto de mayor incertidumbre:
¿logrará ACEP y la intervención de Kosiner construir un peronismo salteño
renovado con contenido real, o terminará siendo otra disputa de aparatos
disfrazada de debate de ideas?
La respuesta a esa pregunta no la tiene nadie hoy. Pero
lo que sí sabemos es que el proceso que estamos describiendo —la lucha por la
organización, el relato y el territorio— es el proceso mediante el cual se
construye y se pierde el poder político en Argentina y en el mundo.
Conclusión: El poder como proceso
Empezamos este ensayo con una pregunta simple: ¿cómo se construye poder
político? Y el recorrido por el caso de ACEP y el peronismo en Salta nos da una
respuesta que también es simple, aunque no sencilla: el poder se construye
pacientemente, con organización, con ideas y con presencia territorial.
Nadie nace sabiendo construir poder. Es un aprendizaje
colectivo que se da en el tiempo, en las reuniones que nadie cubre, en los
conflictos que se resuelven o no se resuelven, en las decisiones que se toman
cuando los reflectores apuntan a otro lado. Las jornadas filosóficas, los
cuadernos de trabajo, las alianzas internacionales, las intervenciones
partidarias: todo eso son piezas de un rompecabezas que, cuando encajan,
producen algo que llamamos poder político.
Lo que hace valioso el caso de Salta en 2026 es que
muestra ese proceso en vivo, en tiempo real, con actores identificables y
decisiones que se toman frente a nosotros. Es, en ese sentido, un laboratorio.
Y como todo buen laboratorio, nos enseña cosas que van más allá del experimento
particular: nos enseña sobre la naturaleza del poder, sobre cómo las ideas se
vuelven herramientas, sobre cómo la memoria se vuelve estrategia.
La próxima vez que escuchemos a un dirigente político
hablar de "valores" o "identidad" o "proyecto",
vale la pena preguntarse: ¿qué está construyendo con esas palabras? ¿A quién
convoca? ¿Contra quién se posiciona? ¿Qué futuro promete? Esas preguntas,
modestas pero fundamentales, son las que nos ayudan a leer la política no como
un espectáculo sino como lo que es: una disputa por el poder de decidir cómo
queremos vivir juntos.

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