jueves, 12 de febrero de 2026

Conversaciones con Macaya, Daniel Escotorín y Carlos Cruz. La Memoria Como Puente: Pensar la Rearticulación Popular Desde Salta

 En un diálogo de "honestidad brutal" a través de la pantalla de Macaya TVFernando Pequeño Ragone analiza la vigencia de un modelo neoliberal que, según explica el intelectual Daniel Escotorín, mantiene su "columna vertebral" intacta desde la Ley de Entidades Financieras de 1977. Junto al testimonio de Carlos Cruz —referente del sindicato de motoqueros— sobre la cruda realidad del trabajo precarizado y la desprotección de las bases, el encuentro profundiza en la "instancia terminal" del Partido Justicialista de Salta y el "saqueo" de los recursos mineros en la Puna.

Este informe, que recoge las intervenciones centrales de Pequeño Ragone bajo la conducción de Macaya, propone rescatar la figura del exgobernador Miguel Ragone no como un "cuadrito" de museo, sino como un "puente" ético y una herramienta de "gimnasia neuronal". A través de una crítica punzante a la "política profesionalizada", el ensayo postula que la rearticulación del campo popular es el único camino para superar la orfandad social y recuperar la soberanía política frente a un sistema que hoy atomiza a los trabajadores.

2026-02-12
Fernando Pequeño Ragone en entrevista con Macaya TV, junto a Daniel Escotorín y Carlos Cruz
Por Fernando Pequeño Ragone asistido con NotebookLM y Claude IA
Sintesis uno



Introducción

La conversación que sostuvimos en Macaya TV con Daniel Escotorín y Carlos Cruz no fue un ejercicio de nostalgia política ni una tertulia más sobre la crisis argentina. Fue un diagnóstico brutal y necesario de la realidad que atravesamos: una crisis de representación que desnuda la continuidad estructural del modelo neoliberal desde la dictadura militar hasta nuestros días, independientemente del signo político de los gobiernos de turno.

Daniel identificó con precisión la columna vertebral de este sistema: la Ley de Entidades Financieras de 1977, ese instrumento de subordinación económica que ningún gobierno democrático—ni Alfonsín, ni Menem, ni el kirchnerismo—se atrevió a tocar de fondo. Carlos aportó el testimonio desgarrador del trabajador precarizado, del motoquero que trabaja catorce horas diarias sin aguinaldo, sin vacaciones, sin aportes jubilatorios, y que votó a Milei porque, como él dice con una honestidad que nos interpela, "nunca tuvimos derechos bajo ningún gobierno, ¿qué tenemos que perder?" Y Macaya, con su lucidez característica, nombró lo que todos sentimos: una sociedad huérfana y desprotegida frente a los pulpos del poder, frente a una clase política profesionalizada y hamburguesada que ha perdido todo vínculo con las bases y se dedica a discutir cuotas de poder en lugar de ideas.

Entre los tres tejimos un análisis que abarcó desde la reforma laboral que legaliza la precariedad hasta el saqueo de los recursos naturales de Salta—el litio, el oro, el uranio que se llevan en pala—, desde la hipocresía de un sindicalismo que traicionó su mandato histórico hasta la crisis terminal del Partido Justicialista provincial, con sus cuarenta años de autoridades impuestas a dedo y una intervención nacional que nos mantiene en acefalía jurídica. Pero también coincidimos en que el mayor desafío es la batalla cultural e intelectual: la necesidad de una gimnasia neuronal que desarme las mentiras de los discursos libertarios y recupere la capacidad de razonamiento frente al consumo irreflexivo de redes sociales y la inteligencia artificial que nos quita la capacidad de pensar antes de que hayamos aprendido a hacerlo.

Y en el centro de todo esto, como un imperativo ético insoslayable, quedó planteada la memoria de Miguel Ragone: no como una pieza de museo o un cuadrito colgado en la pared, sino como un puente que vincule el pasado—la lucha de los setentistas por la justicia social, la soberanía política y la independencia económica—con las necesidades del presente para construir una alternativa política real. Porque si existió un Ragone, si fue posible ese modelo de liderazgo humanista que no traicionaba, entonces es posible volver a construirlo. No como repetición mecánica sino como actualización de esos principios en nuestro tiempo histórico.

Lo que sigue es mi intento de procesar esa conversación, de convertirla en reflexión política, de transformar el diagnóstico en programa de acción. Lo hago desde mi posición particular: la de alguien que batalló dentro del PJ por democratizarlo, que impulsó incansablemente la reforma de la Carta Orgánica, que nunca acordó con las designaciones a dedo, y que finalmente renunció cuando comprendió que en esa coyuntura la transformación interna era imposible. Lo hago no para lamentarme sino para pensar con otros la rearticulación del campo popular como modelo de democracia, superando la degradación de los partidos y construyendo desde la coherencia con los principios que no se negocian.

Síntesis dos

Escribo estas líneas no como un ejercicio de nostalgia, sino como un acto de responsabilidad política. La conversación que sostuvimos en Macaya TV con Daniel Escotorín y Carlos Cruz no fue una tertulia más sobre la crisis argentina—de esas que abundan y que terminan diluyéndose en el aire—sino un intento de diagnosticar con honestidad brutal la enfermedad terminal que aqueja a nuestras herramientas de representación popular. Y digo "nuestras" porque me niego a desligarme de la responsabilidad colectiva que tenemos quienes alguna vez formamos parte del Partido Justicialista, aunque haya sido precisamente desde la crítica y la disidencia interna.

Comienzo por lo más incómodo: el Partido Justicialista de Salta atraviesa una instancia terminal. No es una hipérbole. No es una expresión dramática para llamar la atención. Es un diagnóstico clínico de una estructura que durante más de cuarenta años no eligió autoridades por el voto de sus afiliados, sino que las designó a dedo. Y aquí debo ser preciso con mi propia trayectoria: nunca acordé con esa práctica. Desde mi ingreso al partido batalIé por la modificación de la Carta Orgánica, por la democratización interna, por la construcción de mecanismos que permitieran la emergencia de liderazgos desde las bases y no por designación de cúpulas. Impulsé esa transformación con convicción, con terquedad incluso, hasta que comprendí que en la etapa que transitaba el partido no sería posible. Entonces renuncié.

No fue una renuncia por cansancio ni por decepción personal. Fue un acto de coherencia política. Renuncié porque entendí que permanecer dentro de una estructura que operaba en las antípodas de lo que yo defendía me convertía en cómplice de su degradación. Renuncié porque no quería ser parte de un sistema donde el sello del Partido Justicialista se alquilaba al mejor postor, donde las autoridades se imponían desde arriba, donde la militancia era convocada solo para aplaudir decisiones ya tomadas en despachos cerrados. Renuncié porque mi compromiso era con las ideas del peronismo, no con la maquinaria burocrática que lo había traicionado.

Esa renuncia no me alejó del peronismo auténtico. Al contrario, me permitió mantener viva la llama de lo que realmente significa ser peronista: estar del lado de los trabajadores, defender la justicia social, luchar por la soberanía política y la independencia económica. Me permitió seguir pensando el peronismo desde afuera de la estructura partidaria degradada, desde los márgenes, desde donde todavía es posible la crítica honesta y la construcción genuina.

Hoy, cuando observo el estado del PJ de Salta, siento una mezcla de indignación y de confirmación de que aquella renuncia fue el acto político correcto. El partido está intervenido por autoridades nacionales que no pisan Salta, que no conocen nuestras realidades, que nos tienen en acefalía jurídica. Funcionalmente, el PJ de Salta no existe. Y esta situación no es accidental: es el resultado de décadas de desmantelamiento de la mística militante, de convertir un movimiento popular en un apéndice administrativo del gobierno provincial, en un sello que se alquila al mejor postor, en una estructura que depende económica y políticamente del Gran Burú—la sede del gobierno—y no de las bases que debería representar.

Durante años advertí sobre este proceso. Durante años propuse alternativas. Durante años batalIé por la reforma de la Carta Orgánica que permitiera la democratización del partido. No fui escuchado. O peor: fui escuchado pero ignorado deliberadamente por quienes encontraban en el sistema de designación a dedo la garantía de perpetuarse en el poder. La batalla por la Carta Orgánica no era un capricho institucionalista. Era la lucha por definir qué tipo de partido queríamos ser: una maquinaria electoral al servicio de los caudillos provinciales o un movimiento popular con capacidad de generar liderazgos transformadores.

Escucho a Carlos Cruz contar su historia y me conmuevo. No porque sea triste—que lo es—sino porque es verdadera. Carlos conduce una moto, trabaja catorce horas diarias, no tiene aguinaldo, no tiene vacaciones pagas, no tiene aportes jubilatorios. Vive en la informalidad que el sistema naturalizó y que la reforma laboral reciente legalizó. Y cuando le preguntamos por qué tantos trabajadores como él votaron a Milei, su respuesta es demoledora en su simplicidad: "Porque nunca tuvimos derechos bajo ningún gobierno. ¿Qué tenemos que perder?" Esa frase debería estar grabada en bronce en cada sede partidaria, en cada despacho gubernamental, en cada oficina sindical. Porque resume el fracaso histórico de quienes dijimos representar a los trabajadores mientras permitíamos que el monotributo se convirtiera en la forma encubierta de precarizar el trabajo en relación de dependencia.

El relato de Carlos me interpela directamente. Me obliga a preguntarme qué hicimos mal quienes formamos parte del peronismo institucional. Me obliga a reconocer que mientras discutíamos reformas de estatutos y cuestiones orgánicas, miles de trabajadores como Carlos eran abandonados a su suerte. No porque la discusión sobre la Carta Orgánica no fuera importante—lo era y lo sigue siendo—sino porque la dirigencia que controlaba el partido nunca estuvo interesada en usar esos mecanismos democráticos para construir políticas públicas que defendieran a los trabajadores. Para ellos, el partido era solo una franquicia de poder, no una herramienta de transformación social.

Y entonces pienso en mi abuelo. Pienso en Miguel Ragone, el último gobernador peronista auténtico de esta provincia. No lo digo por nepotismo filial ni por sentimentalismo familiar. Lo digo porque es un hecho histórico verificable: después de su desaparición forzada en 1976, lo que sobrevino fue una democracia limitada, condicionada, disciplinada. Una democracia que nunca se atrevió a tocar la columna vertebral del modelo neoliberal que la dictadura instaló con la Ley de Entidades Financieras de 1977. Daniel Escotorín tiene razón cuando señala que esa ley es la matriz de todo: la bicicleta financiera, la especulación por sobre la producción, la subordinación del Estado a los intereses de los grupos económicos concentrados.

Mi abuelo no traicionaba porque su concepción de la política era humanista. No era un tecnócrata ni un administrador eficiente. Era alguien que entendía que gobernar es entregar la vida por las convicciones. Y el sistema que emergió después de su caída fue diseñado precisamente para que líderes de ese tipo no volvieran a emerger. La política se profesionalizó, se hamburguesó, se llenó de "luquete" y se vació de ideas. Hoy discutimos cuotas de poder en lugar de políticas de Estado. Hoy negociamos cargos en lugar de construir proyectos. Hoy el dirigente que llega a un puesto público lo primero que hace es asegurar su reproducción en el sistema, no transformarlo.

Ese legado de mi abuelo fue lo que me mantuvo firme en mi crítica al PJ cuando todavía estaba adentro. Ese legado fue lo que me impedía aceptar las designaciones a dedo como si fueran un mal necesario. Ese legado fue lo que me empujó a renunciar cuando comprendí que la batalla por la democratización estaba perdida en esa coyuntura. Porque mi abuelo me enseñó—sin palabras, con su ejemplo truncado por la violencia—que la política sin principios es apenas una forma sofisticada de prostitución.

Cuando Macaya dice que la figura de mi abuelo debe ser el pan de cada día en la mesa de los salteños, no está pidiendo que convirtamos su memoria en un cuadrito colgado en la pared o en una efeméride escolar. Está exigiendo que hagamos de esa memoria un puente. Daniel lo explica con precisión: la memoria no puede ser una pieza de museo, no puede ser parte del bricolage progresista que convierte el pasado en mito inerte. La memoria debe funcionar como una herramienta de análisis político que vincule lo que fuimos con lo que somos y con lo que necesitamos construir.

¿Y qué necesitamos construir? Necesitamos rearticular el campo popular. Suena a consigna, lo sé. Pero es la única tarea que importa. Porque hoy el pueblo está atomizado, fragmentado, dividido por un dispositivo del cinismo que golpea masivamente desde las redes sociales, desde los discursos libertarios, desde la inteligencia artificial que nos quita la capacidad de razonar antes de que hayamos aprendido a hacerlo. Carlos tiene razón cuando dice que los jóvenes que hoy se sienten atraídos por las derechas no tienen convicciones firmes. No están perdidos. Están huérfanos. Están buscando algo en lo que creer y nosotros no les estamos ofreciendo nada más que el espectáculo degradado de una dirigencia que vive con lujos mientras representa a trabajadores pobres.

Mi crítica al PJ no nace del resentimiento sino de la necesidad histórica. No renuncié para irme a mi casa a lamentarme. Renuncié para poder seguir trabajando por la construcción de un peronismo auténtico, libre de las ataduras burocráticas que lo habían convertido en una caricatura de sí mismo. Renuncié para poder decir con libertad lo que muchos piensan pero callan por conveniencia o por miedo a perder posiciones. Renuncié para mantener viva la coherencia entre lo que pienso, lo que digo y lo que hago.

La hipocresía del sindicalismo actual es obscena. Los mismos dirigentes que deberían defender los derechos como los defendía Miguel—quien dio su vida por esas convicciones—hoy negocian en silencio las reformas que legalizan la precariedad. La CGT y los gremios tradicionales son parte del problema, no de la solución. Y esto no lo digo desde afuera como un crítico externo: lo digo desde la experiencia de quien batalló dentro del partido por transformarlo y fue derrotado por una estructura que se niega a cambiar.

Pero no escribo esto para hacer catarsis ni para flagelarnos en público. Escribo porque necesitamos gimnasia intelectual. Necesitamos preparación crítica. Necesitamos entrenar la mente para desarmar las mentiras que pululan en TikTok, Instagram, Facebook, en X. Necesitamos recuperar la capacidad de reflexión que las redes sociales nos están quitando sistemáticamente. Daniel lo dice con claridad: hay personajes que se especializan en mentir, ocultar, tergiversar e inventar con el único objetivo de despolitizar a la sociedad. Y están ganando porque nosotros no estamos ofreciendo alternativas intelectuales sólidas.

La batalla cultural es el terreno donde se define todo. No se trata solo de ganar elecciones en 2027. Se trata de construir herramientas políticas que permitan que los trabajadores, los jóvenes, los sectores populares vuelvan a creer que la política puede transformar sus vidas. Y para eso necesitamos ideas, no marketing. Necesitamos políticas de Estado, no operaciones de prensa. Necesitamos líderes que no traicionen, no influencers con millones de seguidores.

¿Cómo se hace esto en Salta? Primero, terminando con la acefalía jurídica del Partido Justicialista. Exigiendo que se resuelva la intervención nacional de una vez por todas. Segundo, democratizando la estructura interna. Convocando a elecciones genuinas donde los afiliados puedan elegir a sus autoridades—esa batalla que yo di desde adentro y que hoy debe ser retomada por la nueva generación de militantes. Tercero, reformando la Carta Orgánica para que el partido vuelva a ser una herramienta de los sectores populares y no un sello que se alquila al gobierno de turno. Esa reforma por la que batalIé durante años y que ahora debe ser conquistada colectivamente. Cuarto, organizando el Congreso de la Militancia que estamos impulsando desde el Movimiento Recuperación Justicialista para febrero o marzo, donde podamos debatir sin hipocresías las políticas del gobierno de Sáenz y buscar la unidad del campo popular desde las bases.

Mi renuncia al PJ no fue una claudicación sino una reubicación estratégica. Comprendí que la transformación del partido no vendría desde adentro de su estructura burocrática, al menos no en esa coyuntura. Comprendí que era necesario construir desde afuera, desde los movimientos sociales, desde las organizaciones de base, desde los espacios donde todavía late el pulso del peronismo auténtico. Comprendí que mi responsabilidad no era permanecer en una estructura corrupta para "cambiarla desde adentro"—ese argumento con el que tantos se justifican mientras se adaptan al sistema—sino salir de ella para poder denunciarla con libertad y construir alternativas genuinas.

Pero nada de esto será suficiente si no enfrentamos las dimensiones estructurales de la crisis. Salta está siendo saqueada. El litio, el oro, el uranio de la Puna se los llevan en pala sin que queden beneficios proporcionales para la provincia. No hay control estatal en boca de pozo. La prórroga por diez años de la concesión del banco provincial al Banco Macro es una entrega de soberanía financiera: una entidad privada que sabe hasta del primer al último centavo de las cuentas públicas y que tiene el manejo administrativo y financiero de los recursos del Estado provincial. Esto no es gestión eficiente: es subordinación.

Y todo esto está conectado. La Ley de Entidades Financieras de 1977 sigue siendo la columna vertebral del sistema. La pérdida de autonomía económica del Estado argentino facilita que las provincias sean disciplinadas por los factores de poder económicos. El modelo neoliberal que ningún gobierno democrático posterior a la dictadura se atrevió a tocar de fondo es el mismo que hoy permite que Salta sea una provincia rica con un pueblo pobre. Es el mismo que convierte a la política en un espectáculo de cinismo donde se discute poder en lugar de ideas.

La memoria de mi abuelo es la prueba histórica de que es posible construir alternativas. Si existió un Ragone que gobernó desde la justicia social, la soberanía política y la independencia económica, entonces es posible volver a hacerlo. No como una repetición mecánica del pasado, sino como una actualización de esos principios en el siglo XXI. La memoria proyectiva es esa: no mirar hacia atrás con nostalgia, sino usar el pasado como combustible para construir el futuro. Y esa memoria fue también la que me sostuvo cuando renuncié al PJ: la certeza de que la coherencia con los principios vale más que cualquier cargo o posición dentro de una estructura degradada.

Escucho el testimonio de Carlos y veo en él la concepción humanista de la política que necesitamos recuperar. Veo la dignidad del trabajador que no se resigna, que se organiza, que defiende a sus compañeros incluso cuando el sistema le niega todo. Veo la posibilidad de que desde abajo, desde las bases, desde los barrios populares como Solidaridad que sufren la barbarie policial y la violencia institucional, emerjan nuevos liderazgos que no estén condicionados por el financiamiento del gobierno provincial ni por las órdenes de los factores de poder.

Pero también veo los peligros. Veo cómo la intelectualidad del campo popular se hamburguesá en las universidades públicas y en CONICET, perdiendo el vínculo con las necesidades de la calle. Veo cómo la inteligencia artificial, que podría ser una herramienta útil, se está convirtiendo en un mecanismo de control que quita la capacidad de razonar y memorizar a los jóvenes antes de que hayan desarrollado esas capacidades. Veo cómo figuras como Milei no son fenómenos aislados sino peones de un dispositivo del cinismo orquestado por poderes globales.

Por eso insisto: necesitamos gimnasia neuronal. Necesitamos entrenar la mente para no caer en la estupidez de repetir consignas sin verificar su veracidad. Necesitamos leer, estudiar, debatir, contrastar fuentes, construir argumentos sólidos. Necesitamos poner las cosas en su lugar y llamar a cada cosa por su nombre. El menemismo fue una traición al peronismo. La profesionalización de la política fue una degradación de la representación. La precarización laboral es un ataque directo a la dignidad humana. La entrega de los recursos naturales es saqueo colonial. La reforma laboral de Milei legaliza la esclavitud moderna. Y el Partido Justicialista de Salta, en su estado actual, es una instancia terminal de lo que alguna vez fue un movimiento de liberación nacional.

Decir esto no es derrotismo. Es el primer paso necesario para la reconstrucción. No se puede curar una enfermedad sin diagnosticarla. No se puede salir de una crisis sin reconocerla. Y la crisis que atravesamos no es coyuntural: es estructural, histórica, civilizatoria. Es una crisis de representación donde la sociedad se siente huérfana y desprotegida frente a los pulpos del poder. Es una crisis donde la política dejó de ser la herramienta de transformación social para convertirse en un negocio de gestión de cuotas.

Mi posición crítica frente al PJ no me convierte en un outsider del peronismo. Al contrario, me posiciona como guardián de su esencia. El peronismo no es el partido: es un movimiento. El peronismo no es la burocracia: es la mística. El peronismo no es la adaptación oportunista al poder de turno: es la defensa irrenunciable de los trabajadores. Y desde esa concepción es que renuncié a una estructura que había traicionado todo eso, para poder seguir siendo peronista en el sentido más profundo y verdadero del término.

Pero en medio de esta oscuridad encuentro esperanza en la conversación que sostuvimos. Porque hablar con honestidad brutal es el primer acto de resistencia. Porque reconocer nuestros errores—incluida mi participación inicial en un sistema que luego combatí—es el primer paso hacia la responsabilidad. Porque escuchar el testimonio de Carlos es entender que el pueblo no está muerto, que sigue organizándose, que sigue resistiendo incluso en las condiciones más adversas. Porque rescatar la memoria de mi abuelo no como un cuadrito sino como un puente es darle sentido político al dolor histórico.

La rearticulación del campo popular no será obra de un caudillo iluminado ni de una vanguardia esclarecida. Será obra de la militancia de base, de los trabajadores organizados, de los jóvenes que se nieguen a aceptar el cinismo como normalidad. Será obra de quienes entiendan que la política es una herramienta de transformación y no un trampolín de ascenso social. Será obra de quienes no traicionen. Y será obra también de quienes tengamos la valentía de renunciar a las estructuras corruptas cuando comprendamos que no pueden ser reformadas, para construir desde afuera lo que no pudimos lograr desde adentro.

Y aquí vuelvo a mi abuelo. No porque quiera mitificarlo ni porque pretenda que su ejemplo sea replicable mecánicamente en el siglo XXI. Vuelvo a él porque representa un estándar ético que necesitamos recuperar: la idea de que gobernar es servir, de que representar es defender, de que militar es entregarse. Su desaparición forzada en plena democracia no puede ser un dato anecdótico en la historia provincial. Debe ser el recordatorio cotidiano de que distraernos equivale a ser cómplices de los pulpos del poder. Y debe ser también el recordatorio de que la coherencia política tiene un precio, pero que ese precio vale la pena pagarlo.

Mi renuncia al PJ fue mi forma de no traicionar ese legado. Fue mi forma de decirle a mi abuelo, aunque ya no esté, que su nieto no iba a ser cómplice de la degradación del movimiento que él defendió con su vida. Fue mi forma de mantener viva la llama de un peronismo que no negocia principios, que no acepta designaciones a dedo, que no se adapta a las estructuras de poder sino que las desafía.

Por eso propongo que terminemos con la museficación de la memoria. Que saquemos a Ragone del cuadrito y lo convirtamos en instrumento de análisis político. Que usemos su legado para identificar la continuidad del modelo neoliberal desde 1977 hasta hoy. Que entendamos que el saqueo minero actual, la pérdida de soberanía financiera con el Banco Macro, la precariedad laboral generalizada, la crisis terminal del PJ, no son fenómenos aislados sino consecuencias de un proceso de disciplinamiento político que comenzó con su caída y que nunca fue revertido.

La justicia social, la soberanía política y la independencia económica que él defendió siguen siendo los pilares de cualquier proyecto popular auténtico. No como eslóganes vacíos sino como programas concretos: justicia social significa trabajo registrado, salario digno, protección ante la vejez, la enfermedad y el desempleo; soberanía política significa que el Estado recupere el control sobre sus recursos naturales y sus finanzas, que las decisiones se tomen en función del interés colectivo y no de los factores de poder económicos; independencia económica significa romper con la subordinación financiera, derogar o modificar sustancialmente la Ley de Entidades Financieras, construir un modelo productivo que no dependa de la especulación.

¿Es posible esto en Salta? ¿Es posible en Argentina? Solo si recuperamos la capacidad de pensar en grande, de imaginar alternativas, de creer que otro mundo es posible. Solo si dejamos de administrar la decadencia y comenzamos a construir la transformación. Solo si entendemos que la batalla cultural es la batalla decisiva y que necesitamos prepararnos intelectualmente para darla. Solo si tenemos la valentía de renunciar a las posiciones que nos corrompen y de construir desde la coherencia aunque sea más difícil.

Carlos dice que los dirigentes actuales viven con lujos mientras representan a trabajadores pobres. Es verdad. Pero la solución no es el ascetismo individual ni el purismo moral. La solución es la construcción colectiva de estructuras políticas y gremiales que representen efectivamente a los sectores populares. Que no estén subordinadas al gobierno de turno. Que no dependan del financiamiento estatal. Que surjan desde abajo, desde las necesidades concretas de la gente, y no desde los despachos del poder. Y que tengan dirigentes dispuestos a renunciar cuando comprendan que la estructura se ha corrompido más allá de toda posibilidad de reforma interna.

El Congreso de la Militancia que estamos organizando es un primer paso. Modesto, pero necesario. Un espacio donde podamos denunciar las políticas de Sáenz sin intermediarios. Donde podamos debatir ideas en lugar de discutir candidaturas. Donde podamos construir la unidad del campo popular no sobre la base de acuerdos de cúpula sino sobre principios compartidos y objetivos comunes. Un espacio donde quienes renunciamos al PJ por coherencia podamos encontrarnos con quienes nunca formaron parte de él pero comparten los mismos principios, y con quienes todavía están adentro batallando por transformarlo.

Pero sé que no será suficiente. Sé que enfrentamos adversarios poderosos. Sé que el sistema está diseñado para impedir que liderazgos auténticos emerjan. Sé que los medios de comunicación priorizan el espectáculo sobre el contenido. Sé que las redes sociales fragmentan en lugar de unir. Sé que la inteligencia artificial puede ser usada como herramienta de control. Sé que la violencia institucional en los barrios populares es una forma de disciplinamiento social. Sé que la baja de la edad de imputabilidad es una estrategia para criminalizar la pobreza.

Pero también sé que la historia no está cerrada. Que los pueblos pueden despertar. Que las crisis terminales pueden ser oportunidades de refundación. Que cuando todo parece perdido es cuando se hace necesario volver a los fundamentos. Y los fundamentos son estos: la política es una herramienta de transformación social, los partidos deben representar a los sectores populares y no a las élites, los sindicatos deben defender los derechos de los trabajadores y no negociar su precarización, el Estado debe recuperar el control sobre sus recursos y sus finanzas, la memoria histórica debe ser un puente hacia el futuro y no un museo del pasado. Y los dirigentes deben tener la coherencia de renunciar cuando las estructuras que integran traicionan esos principios.

Termino estas reflexiones con una convicción: necesitamos enamorar nuevamente a los trabajadores y a los jóvenes. Necesitamos ofrecerles algo más que el espectáculo degradado de la política actual. Necesitamos demostrarles que es posible construir una sociedad más justa, más digna, más humana. Y para eso necesitamos dejar de traicionar. Dejar de profesionalizar. Dejar de hamburguesarnos. Volver a las bases. Volver a las convicciones. Volver a la entrega. Y tener el coraje de renunciar a las posiciones cuando comprendamos que nos están corrompiendo.

La memoria de mi abuelo me interpela todos los días. Me pregunta qué estoy haciendo con el legado que me dejó. Me exige que no convierta su desaparición en una excusa para la inacción sino en un combustible para la lucha. Me recuerda que es posible no traicionar incluso cuando todo el sistema está diseñado para que lo hagas. Me enseña que la política humanista no es una utopía romántica sino una necesidad histórica. Y me confirma que renunciar al PJ cuando comprendí que no podía transformarlo fue el acto de mayor fidelidad a su legado que pude realizar.

Por eso escribo. Por eso hablo. Por eso organizo. Por eso intento construir con otros la rearticulación del campo popular. No porque tenga todas las respuestas. No porque sea el líder que viene a salvarnos. Sino porque entiendo que esta es una tarea colectiva, horizontal, democrática. Una tarea que solo puede ser realizada por la militancia de base, por los trabajadores organizados, por los jóvenes que se niegan a aceptar el cinismo como normalidad. Una tarea que requiere tanto de quienes batallan dentro de las estructuras partidarias como de quienes hemos decidido construir desde afuera después de comprender que la transformación interna era imposible en esa coyuntura.

La democracia que necesitamos no es la que tenemos. La que tenemos es limitada, condicionada, disciplinada. La que necesitamos es una democracia real donde el pueblo efectivamente gobierne, donde las decisiones se tomen en función del interés colectivo, donde la justicia social no sea una promesa incumplida sino una realidad cotidiana. Donde las autoridades partidarias se elijan por voto y no a dedo. Donde las cartas orgánicas sirvan para democratizar y no para perpetuar oligarquías internas.

Y para construir esa democracia necesitamos superar la degradación de los partidos. Necesitamos transformar el Partido Justicialista de Salta de una estructura terminal en un movimiento vivo. Necesitamos que deje de ser un sello que se alquila y se convierta nuevamente en una herramienta de los sectores populares. Necesitamos que surjan líderes que no traicionen. Necesitamos recuperar la mística militante que el sistema destruyó sistemáticamente. Y necesitamos que quienes comprendamos que esa transformación no es posible desde adentro en determinadas coyunturas tengamos el coraje de renunciar y construir desde afuera, manteniendo viva la llama de los principios mientras esperamos el momento en que la estructura pueda ser recuperada por la militancia de base.

Esta es la tarea. Inmensa, pero necesaria. Urgente, pero que requiere paciencia estratégica. Difícil, pero no imposible. Porque si mi abuelo pudo gobernar desde la justicia social, la soberanía política y la independencia económica en los años 70, nosotros podemos volver a hacerlo en el siglo XXI. No como una copia mecánica del pasado, sino como una actualización de esos principios en nuestro tiempo histórico. Y porque si yo pude renunciar al PJ para mantener la coherencia con esos principios, otros también pueden tomar decisiones difíciles para no ser cómplices de la degradación.

La memoria es un puente. La política es una herramienta. La rearticulación popular es una necesidad. La coherencia es un imperativo ético. Y nosotros somos los responsables de que esto suceda. Nadie vendrá a salvarnos. Nadie nos regalará la transformación. Tendremos que construirla nosotros mismos, desde abajo, desde las bases, desde la convicción de que otro mundo es posible, desde dentro o desde fuera de las estructuras partidarias según lo que cada coyuntura demande, pero siempre desde la coherencia con los principios que no se negocian.

Este es mi compromiso. Este es el sentido de la conversación que sostuvimos en Macaya TV. Este es el llamado que les hago a todos los que lean estas líneas: dejemos de ser espectadores de nuestra propia decadencia y convirtámonos en constructores de un futuro digno. La historia nos juzgará no por nuestras intenciones sino por nuestros actos. Y el acto que necesitamos ahora es la rearticulación del campo popular para recuperar la política como herramienta de transformación social. Ese acto incluye la valentía de renunciar cuando sea necesario, de construir desde los márgenes cuando el centro esté corrompido, de mantener viva la coherencia aunque el precio sea alto.

Porque, al final, de eso se trata: de recuperar la capacidad de transformar. De creer que es posible. De no traicionar. De construir con otros. De hacer de la memoria un puente y no un museo. De gobernar para el pueblo y no para los factores de poder. De defender los derechos como los defendía Miguel. De entregarnos a la causa con la misma convicción humanista de los setentistas. De no resignarnos. De no rendirnos. De seguir luchando. Y de tener el coraje de renunciar a las posiciones que nos corrompen para poder seguir luchando con coherencia.


sábado, 7 de febrero de 2026

Reconstruir el Tiempo: Memoria, Territorio y Refundación del Peronismo Salteño

Un ensayo sobre la rearticulación del Partido Justicialista en Salta

Por Fernando Pequeño Ragone, asistido por NotebookLM y Clude AI [1] [2]


Escribo estas líneas desde un lugar de compromiso y urgencia histórica. Como creador del Ateneo Miguel Ragone en el Partido Justicialista de Salta, he dedicado estos años a tejer vínculos con numerosos grupos y compañeros que compartimos una convicción profunda: es necesario refundar nuestro partido en clave popular, inclusiva y desarrollista. Esta no es una empresa romántica ni nostálgica; es una necesidad política concreta frente a lo que percibimos como una entrega sistemática de nuestra provincia —y de nuestro país— a un modelo neoliberal y ultraconservador que nos resulta ajeno y profundamente injusto.

Lo que aquí relato no es producto de la especulación de escritorio, sino de conversaciones estratégicas sostenidas en bares, en el territorio, en comisarías que visito como miembro del Consejo Consultivo del Comité de Prevención de la Tortura, y en campos donde trabajo como productor agropecuario. Mi doble condición —referente político y trabajador del sector productivo— me ha permitido observar desde múltiples ángulos la crisis institucional que atraviesa Salta y el peronismo que la habita.

  

Sintesis uno.

Contenidos:

LaReestructuración del Partido Justicialista: Sanear para Reconstruir

Diagnósticodel Escenario Político Provincial y Nacional: Entre el Vacío y la Polarización

EstrategiaTerritorial y Sector Agropecuario: El Poder Está en el Interior

Justiciay Derechos Humanos: Sembrar en Terreno Hostil

Género,Diversidad Sexo-Afectiva y Rearticulación: El Peronismo Que Falta

ElCamino a Seguir: sobre el Presente y Proyección del Futuro

 

 Síntesis dos. 


La Reestructuración del Partido Justicialista: Sanear para Reconstruir

El diagnóstico es claro y doloroso: el Partido Justicialista en Salta es hoy una estructura desarticulada que requiere una intervención técnica y política profunda si pretendemos volver a ser una opción de poder en un plazo razonable. No hablo de dos décadas; hablo de dos años. Pero para eso debemos atravesar un proceso quirúrgico que muchos temen y otros directamente resisten.

En conversaciones recientes con conductores de primera línea de la gestión pre-Sáenz, hemos consensuado algunos criterios básicos. El primero y más importante: la intervención del partido no puede quedar en manos de quienes fueron candidatos recientemente. Eso incluye figuras destacadas. La razón es técnica y política: evitar interpretaciones sesgadas que pongan en duda la legitimidad del proceso. Necesitamos figuras de diálogo, con perfiles jurídicos sólidos y legitimidad territorial. Pensamos en nombres del norte y el este provincial, empresarios y políticos con arraigo real, personas que puedan "trazar la cancha" desde una legalidad renovada.

El objetivo de esta intervención no puede ser —y esto es crucial— la normalización inmediata para entregarle el partido nuevamente a la actual gestión provincial. Ese sería el error definitivo, la repetición mecánica de una tragedia que ya conocemos. La meta es otra: depurar, fortalecer la base, y plantar una alternativa que madure después del ciclo electoral actual.

Cuando uno hurga en las finanzas partidarias, encuentra datos escalofriantes. El PJ mantiene gastos operativos de aproximadamente veinte millones de pesos mensuales. ¿De dónde salen? De aportes que, en muchos casos, provienen del propio gobierno provincial a través de mecanismos paritarios. Pero aquí surge una contradicción perversa: funcionarios con cargos políticos, con aspiraciones de autoridad dentro del partido, no realizan los aportes que les corresponden como afiliados. Es preciso plantear la intimación a todos los afiliados con cargos para regularizar esta situación. No se trata de una cuestión contable; se trata de recuperar la mística del socio que paga su cuota, del militante que sostiene su herramienta política con independencia y dignidad.

La reforma de la Carta Orgánica se nos presenta como indispensable. Abrir y modificar ese documento fundacional es dotar a la institución de legitimidad renovada. Pero también sabemos que es un proceso complejo, que debe realizarse tras depurar el congreso partidario. No podemos convocar a un congreso contaminado por operadores funcionales al oficialismo provincial y pretender que de allí salga una carta democrática. Primero hay que limpiar la casa; después, remodelarla.

 

Diagnóstico del Escenario Político Provincial y Nacional: Entre el Vacío y la Polarización

La provincia de Salta vive hoy bajo una gestión que realiza todos los méritos posibles para pertenecer a La Libertad Avanza. No es una hipérbole: es la mejor expresión del neoliberalismo en el noroeste argentino. Visto desde esa lógica, el gobierno provincial es exitoso. El problema es que nosotros vibramos en otro lugar, aspiramos a otro modelo de provincia. Esta diferencia no es meramente estética o discursiva; es una diferencia civilizatoria.

La gestión actual se apoya estratégicamente en el rechazo a administraciones anteriores, pero carece de una posición ideológica sólida más allá del pragmatismo adaptativo al poder nacional. Es un espejo provincial de lo que ocurre en la Casa Rosada, donde el presidente representa la expresión máxima de un neoliberalismo que, aunque exitoso en sus propios términos, nos resulta opuesto al país que queremos construir.

A nivel nacional, el dilema es también dramático. El kirchnerismo, aunque mantiene un piso electoral importante —especialmente en Buenos Aires—, es probable que frente a la polarización y la victoria cultural de las derechas globalizadas, no pueda hacer frente de manera exitosa frente al modelo neoliberal global en una contienda electoral presidencial. Es necesario, pero no es suficiente. No digo esto con ánimo de polémica sino como constatación dolorosa. Para reconstruir una alternativa competitiva, debemos salir de ese callejón sin salida. El mundo no puede limitarse a ser kirchnerismo versus antikirchnerismo, porque esa dicotomía ya nos condena de antemano. Es necesario recuperar y cuidar el modelo kirchnerista, y continuar avanzando en una síntesis que re incorpore a los que se fueron y sobre todo, a los veinteañeros.

No se trata de negar tradiciones ni de renegar de compañeros, sino de ampliar el horizonte y recuperar la capacidad de convocatoria que el peronismo tuvo en sus mejores momentos históricos.

En el plano provincial, la relación que me conecta con figuras históricas del Partido y del peronismo en Salta es ambivalente. Hay dirigentes con gran inserción territorial en el norte, con capacidad de movilización real, pero cuyo rol en campañas anteriores fue, en mi lectura, funcional al gobierno provincial. La separación de bloques en momentos críticos, la conformación de frentes electorales que terminan por romper la unidad del PJ, son operaciones que benefician siempre al poder de turno. El desafío es integrar sin subordinarse, sumar sin claudicar.

Las dirigencias históricas —esos compañeros que fueron protagonistas de gestiones pasadas— deben ser reconocidas, acompañadas, invitadas a aportar su mística. Pero también deben comprender que el protagonismo debe pasar a nuevas generaciones. No se trata de un relevo cruel sino de una transición orgánica, donde la experiencia ilumine sin obturar el camino de quienes vienen detrás.

 

Estrategia Territorial y Sector Agropecuario: El Poder Está en el Interior

Si hay algo que he aprendido como productor agropecuario es que el poder real en Salta no se concentra únicamente en la capital. Está disperso en el territorio, en los campos, en las empresas agroindustriales del norte, en los pequeños productores que sostienen con su trabajo cotidiano la economía regional. Mi estrategia política pasa, necesariamente, por insertarme en ese mundo.

Ayer acompañé al Comité de Prevención de la Tortura a visitar una comisaría en una localidad del sur este provincial. Mi interés, sin embargo, no se limitó a lo institucional: aproveché el viaje para vincularme con actores políticos locales y con los "chiquitos", esos productores que tienen entre tres mil y cinco mil hectáreas y manejan equipos de peones; y aún más pequeñitos a nivel casi de las economías informales. Ahí está la base social que necesitamos reconstruir.

Hay una diferencia conceptual que marco siempre: el pensamiento de los gerentes de las grandes empresas agroexportadoras es distinto al mío. Ellos piensan en volumen, en exportación, en eficiencia macroeconómica. Yo pienso en los chiquitos, en los tipos que tienen sus campos y sus peones, que pagan pequeños salarios y que son la columna vertebral del interior productivo. Ahí está la diferencia entre un modelo extractivista y un modelo de desarrollo con inclusión.

He identificado empresas clave en la zona: algunas son un soporte importante, con gerentes que entienden la necesidad de articulación territorial. Otras tienen un perfil más cerrado, más profesionalizado en el mal sentido, donde todo es protocolo y distancia. La tarea es vincular a ambos mundos: las grandes empresas con los pequeños productores, generando sinergias que fortalezcan el entramado productivo regional.

En términos geográficos, hay localidades donde observo un potencial de recambio generacional. En algunas ciudades del norte hay dirigentes de segunda línea, una generación intermedia de concejales y jóvenes políticos que están "dando vueltas", esperando su momento. Son dos o tres nombres en cada municipio que vale la pena cultivar. En otras localidades, como Saravia, he conocido productores con apellidos tradicionales de la zona, con inquietudes políticas genuinas, que podrían servir de nexo. Ahí también está la semilla de una dirigencia renovada.

 

Justicia y Derechos Humanos: Sembrar en Terreno Hostil

La cultura judicial en el interior de Salta es, para decirlo suavemente, problemática. Tras el contacto con jueces de la zona, he llegado a una conclusión inquietante: existe una naturalización de las deficiencias del sistema por parte de los propios operadores judiciales. Los jueces han naturalizado la precariedad institucional, la falta de recursos. Y esa naturalización es parte del problema.

No podemos pretender cambiar esta situación desde la confrontación directa. El análisis que hago es más sutil: hay que "sembrar" nuevas perspectivas en estos actores, hay que mostrarles otras formas posibles de ejercer la función judicial. Es un trabajo hormiga, de largo aliento, pero indispensable si queremos que el sistema de justicia deje de ser un obstáculo para la transformación social.

El Consejo Consultivo del Comité de Prevención de la Tortura me ha dado una plataforma invaluable para esta tarea. Las visitas a comisarías, los contactos con fiscales, con defensores, con jueces de paz, me permiten ir mapeando el territorio judicial y generando vínculos que después pueden traducirse en cambios concretos. No es política tradicional; es construcción institucional desde los márgenes.

También estoy trabajando en un proyecto editorial que revisa los cambios políticos en Salta en un años que considero coyuntural: el 2006, porque marca un punto de inflexión en nuestra historia reciente de los últimos veinte años. Por estos días busco un candidato/a para escribir el prólogo bajo el marco conceptual de la justicia transicional. ¿Qué pasó en 2006? ¿Por qué ese año marca un quiebre? ¿Qué gestión estaba en curso y qué transformaciones se operaron después? Estas preguntas no son académicas; son preguntas políticas con consecuencias en el presente.

 

Género, Diversidad Sexo-Afectiva y Rearticulación: El Peronismo Que Falta

Hay una dimensión que muchos compañeros del partido todavía resisten reconocer, pero que es central para cualquier proyecto de refundación: la cuestión del género y la diversidad sexo-afectiva. No se trata de un agregado cosmético ni de una concesión a la "agenda progresista"; se trata de entender que el peronismo, desde sus orígenes, fue un movimiento de inclusión radical, y que esa inclusión debe actualizarse a nuestro tiempo.

Actualmente trabajo sobre un libro que considero fundamental para este debate: "Cumbia, Copeteo y Lágrimas", de Lohana Berkins. Es un material editado por esta referente histórica de la lucha trans en Argentina, y su valor radica en que plantea la relación entre la política y la subjetividad íntima. Sus proposiciones tienen que circular. Porque ahí está una clave que no podemos ignorar: la política atraviesa los cuerpos, las identidades, los deseos. Y un peronismo que no comprenda esto será siempre un peronismo incompleto.

En nuestras conversaciones estratégicas, este tema aparece de manera lateral pero insistente. No porque sea prioritario en la agenda electoral inmediata, sino porque forma parte de una concepción más amplia de lo que debe ser un modelo salteño popular e inclusivo. Inclusivo de verdad, no de palabra. Inclusivo de las mujeres que históricamente han sido relegadas a roles secundarios en la estructura partidaria. Inclusivo de las diversidades que el conservadurismo provincial ha intentado borrar o invisibilizar.

El modelo ultraconservador que hoy gobierna Salta —y que se expresa también a nivel nacional— tiene una agenda clara en este sentido: retroceso en derechos conquistados, invisibilización de las disidencias, reforzamiento de estructuras patriarcales. Nuestra respuesta no puede ser tibia. Debe ser contundente y clara: defendemos la igualdad, la diversidad, la libertad de los cuerpos y las identidades. Y lo hacemos no como una concesión táctica sino como una convicción estratégica.

 

El Camino a Seguir: sobre el Presente y Proyección del Futuro

Reconstruir el peronismo en Salta no es una tarea electoral. Es una batalla por la legitimidad institucional y por la recuperación de una herramienta de expresión política frente a un modelo que percibimos como ajeno y antipopular. Esta batalla tiene varios frentes simultáneos, y todos deben ser atendidos con rigor.

Primero, el frente institucional: intervenir el partido con criterios técnicos, sanear las finanzas, reformar la carta orgánica, depurar el congreso partidario. Sin una estructura sana, no hay construcción política posible. Esto requiere consensos, diálogo con todas las líneas internas, y una cuota de pragmatismo que no sacrifique principios pero que reconozca correlaciones de fuerza.

Segundo, el frente territorial: insertarnos en el sector productivo del interior, vincular grandes empresas con pequeños productores, articular con ONGs y organizaciones gremiales, identificar y cultivar dirigentes de la generación intermedia. El poder está en el territorio, no en los despachos de la capital. Y el territorio es complejo, contradictorio, lleno de matices que solo se perciben cuando uno lo recorre con humildad y atención.

Tercero, el frente judicial e institucional: trabajar con el Comité de Prevención de la Tortura, sembrar nuevas perspectivas en operadores judiciales, documentar las deficiencias del sistema y proponer alternativas. Este es un trabajo silencioso, poco vistoso, pero de largo alcance. Las instituciones no se transforman con declaraciones; se transforman con presencia sostenida y propuestas concretas.

Cuarto, el frente cultural y de memoria: recuperar materiales bibliográficos que iluminen nuestro presente, escribir sobre los puntos de inflexión históricos, construir un relato que no sea nostálgico sino proyectivo. La historia no es un museo; es un arsenal de herramientas para el presente. Por eso me interesa tanto el año 2006, por eso busco ese libro sobre política y subjetividad, por eso insisto en que debemos entender de dónde venimos para saber adónde vamos.

Quinto, el frente de la inclusión y la diversidad: incorporar la perspectiva de género y diversidad sexo-afectiva como parte constitutiva del proyecto político, no como un agregado. Esto implica lugares de decisión para mujeres, reconocimiento de las disidencias, políticas públicas concretas. Un peronismo popular en el siglo XXI no puede ser patriarcal, no puede ser excluyente, no puede ser conservador.

El horizonte temporal que manejamos es acotado pero realista: dos años para tener una estructura competitiva, para haber reconstruido la base militante, para contar con dirigentes territoriales con legitimidad. No hablamos de ganar la próxima elección; hablamos de estar en condiciones de disputarla con dignidad y con propuesta. Porque la alternativa no va a salir de la nada. Hay que construirla, ladrillo por ladrillo, conversación por conversación, vínculo por vínculo.

A nivel nacional, el desafío es aún mayor: construir una opción que trascienda la dicotomía kirchnerismo-antikirchnerismo, que recupere la tradición justicialista sin quedar atrapada en ella, que dialogue con las nuevas generaciones sin perder la memoria histórica. Salta es un campo aparte, pero no tiene un enclave nacional sustentable si no se conecta con estas construcciones más amplias.

Me mueve una urgencia que es histórica y personal al mismo tiempo. Como creador del Ateneo Miguel Ragone, siento que llevamos el nombre de alguien que fue asesinado por defender sus convicciones. Esa memoria nos obliga. No podemos traicionar ese legado con mediocridades, con cálculos mezquinos, con entregas disfrazadas de pragmatismo. Miguel Ragone murió por un proyecto de provincia justa, inclusiva, soberana. Nosotros estamos vivos, y tenemos la responsabilidad de intentar hacer realidad ese proyecto.

Cuando converso en bares con conductores de primera línea de la gestión pre-Sáenz, cuando visito comisarías en el interior, cuando me reúno con productores agropecuarios o con vacunadores del SENASA, cuando escribo sobre justicia transicional o busco libros perdidos sobre política y subjetividad, todo eso es parte de una misma tarea: reconstruir el tiempo. Recuperar el tiempo perdido, proyectar el tiempo futuro, habitar el tiempo presente con densidad y compromiso.

No sé si lo lograremos. Sé que debemos intentarlo. Porque el modelo neoliberal y ultraconservador que hoy gobierna Salta y el país no es inevitable. Es una opción política, y como toda opción política puede ser disputada, resistida, transformada. Pero eso requiere organización, requiere ideas, requiere valentía. Requiere, sobre todo, un Partido que vuelva a ser herramienta y no obstáculo.

Estas palabras mías son, entonces, una declaración de intenciones y un mapa de ruta. Un documento de situación y un programa de acción. Una mirada crítica sobre el presente y una apuesta esperanzada sobre el futuro. Lo escribo desde mi doble condición de militante político y productor agropecuario, desde mi trabajo en el Consejo Consultivo del Comité de Prevención de la Tortura y mi compromiso con el Ateneo Miguel Ragone, desde mi experiencia territorial y mis lecturas teóricas.

El peronismo salteño está en crisis. Pero las crisis son también oportunidades. Y nosotros estamos decididos a aprovechar esta oportunidad para refundar un movimiento que vuelva a representar los intereses populares, que vuelva a incluir a todos los excluidos, que vuelva a proponer un modelo de desarrollo con justicia social. No es una tarea fácil. Nunca lo fue. Pero es la única tarea que vale la pena.

El tiempo apremia. El territorio espera. La historia juzgará. Nosotros, mientras tanto, seguimos trabajando.

 

 



[1] Orden (Claude): Construye un ensayo extenso con el texto que te adjunto. Encuentra un título ligado al eje temporal y la rearticulación del PJ. Narra en primera persona, siendo Fernando Pequeño Ragone el narrador. Introduce la mención que se trata del creador el Ateneo Miguel Ragone en el Partido Justicialista de Salta, vinculado a muchos grupos del partido que buscan su refundación en un modelo salteño popular, inclusivo y desarrollista pero en contra de la entrega neoliberal y ultraconservadora de la conducción actual de la provincia de Salta y del país. Elimina cualquier otro nombre propio. Reemplaza las menciones a interlocutores directos como “conductores de primeras líneas de la gestión pre-Sáenz”. Recupera cada una de las subdimensiones respecto a las dimensiones de “Reestructuración del Partido Justicialista (PJ)”; “Diagnóstico del Escenario Político Provincial y Nacional”; “Estrategia Territorial y Sector Agropecuario”; “Justicia y Derechos Humanos”. Mención especial para la dimensión del género, la diversidad sexo afectiva y la rearticulación. Concluye con una meritación del camino a seguir.

[2] Orden (NotebookLM): Introduce y cierra con la mención a que Fernando Pequeño Ragone es creador del Ateneo Miguel Ragone en el ámbito del Partido Justicialista de Salta, como continuidad del primer Ateneo Miguel Ragone creado por el ex senador Marcelo López Arias en la transición democrática de 1983, en Salta. En esta oportunidad habla desde ese espacio en el contexto de la política concreta de un sector del Partido Justicialista de Salta que intenta re articularse en un modelo popular, abierto y participativo.

martes, 3 de febrero de 2026

La Encrucijada del Peronismo Salteño: Mi Apuesta por la Refundación Territorial

 

Por Fernando Pequeño Ragone, asistido con NotebookLM y Claude IA[1]
3 de febrero de 2026, estudio del Canal en Av Paraguay

 

Incluye el diálogo desarrollado frente a las cámaras por el panel de invitados, con la conducción de Natalia Nieto y una chica que la secunda, que se encuentra a las espaldas de los invitados, quienes están sentados en un arco en sillas contiguas, a la punta de las cuales se siente la conductora.

 Síntesis uno

Introducción: El Diagnóstico de una Crisis que Vivimos

Aquella noche de febrero de 2026 en el estudio de la Avenida Paraguay no fue para mí un programa de televisión más. Cuando acepté la invitación de Coco Conde a asistir a compartir con compañeros peronistas en el programa conducido por Natalia Otero para participar en "Ruta 34 TV", sabía que no iba a encontrarme con un debate académico ni con una mesa de análisis convencional. Iba a enfrentarme a algo más visceral, más doloroso: el lamento organizado de mi propia generación, que ve cómo nuestro proyecto político histórico se desintegra entre la cooptación del poder provincial y la perplejidad ante un mundo que ya no habla nuestro idioma.

Me senté en ese semicírculo de sillas junto a compañeros con quienes compartimos décadas de militancia, derrotas y pequeñas victorias. Y mientras las cámaras se encendían, supe que tenía que elegir entre tres caminos posibles: refugiarme en la nostalgia como algunos hacen, caer en el cinismo transaccional que reduce todo a arreglos de poder, o intentar algo más difícil: trazar un puente entre el diagnóstico estructural y la propuesta operativa. Elegí lo último, aunque sabía que me exponía a críticas desde todos los flancos.

Intenté que mi discurso revelara las tensiones fundamentales de un movimiento político que busca refundarse mientras el terreno mismo sobre el que intenta pararse se deshace bajo sus pies. No podemos darnos el lujo de esperar a que el terreno se estabilice. O construimos mientras todo tiembla, o nos hundimos definitivamente.

 Síntesis dos

El Contexto Nacional: Un Peronismo que Perdió el Rumbo

Para entender por qué hablé como lo hice esa noche, necesito situarles en el momento histórico que estamos viviendo. El peronismo argentino de 2026 atraviesa la crisis de identidad más severa que he visto en mis años de militancia, y llevo dos décadas en esto. La derrota electoral frente al proyecto libertario de Milei no fue simplemente perder una elección. Fue una derrota cultural de proporciones que todavía nos cuesta dimensionar.

Lo que triunfó no fue solo un gobierno distinto. Fue un relato que vacía de contenido las nociones mismas que nos sostuvieron durante décadas. La justicia social se convirtió en "curro", la soberanía económica en "estatismo ineficiente", la organización popular en "piqueterismo subsidiado". Nosotros, los peronistas, acostumbrados durante años a disputar el sentido común desde posiciones de poder o al menos de influencia, nos encontramos de pronto en una posición defensiva para la cual no estábamos preparados.

Durante el programa lo dije con todas las letras: las extremas derechas globalizadas han tenido éxito en degradar la política, y lo más doloroso es que han dificultado el diálogo incluso dentro de nuestras propias familias. Yo mismo no puedo hablar con mis sobrinos sobre política sin que me repitan consignas libertarias como si fueran verdades reveladas. Esto no es un problema comunicacional menor que se resuelva con mejores hashtags o videos de TikTok. Es la evidencia de una derrota en la batalla por el sentido, esa dimensión simbólica donde los proyectos políticos conquistan o pierden legitimidad antes incluso de disputar votos.

Y lo más amargo es reconocer que parte de esta derrota es responsabilidad nuestra. Dejamos de hablar el idioma de las nuevas generaciones. Nos quedamos repitiendo fórmulas que ya no conmueven a nadie. Mientras el mundo cambiaba, nosotros seguíamos en 1983.

Mi Propuesta: La Reforma Institucional como Punto de Partida

En medio de ese panorama de perplejidad generalizada, yo intenté posicionarme de manera distinta. No soy el nostálgico que evoca épocas doradas que probablemente nunca fueron tan doradas como las recordamos. Tampoco soy el cínico que reduce la política a "todo se arregla con plata", aunque sé perfectamente que el dinero mueve muchas cosas en política. Me asumí esa noche, y me asumo ahora, como alguien que cree que en la estructura jurídico-organizativa del partido está el nudo que debemos cortar si queremos que cualquier renovación sea posible.

Mi tesis es clara y la mantendré hasta el cansancio: sin una reforma de la Carta Orgánica del Partido Justicialista, cualquier intento de renovación será cosmético y efímero. Lo dije en el programa y lo repito ahora: "Para eso hay que reformar la carta orgánica, porque es la herramienta".

Esto me diferencia de quienes piensan que basta con encontrar un líder carismático o con elaborar un discurso más seductor para las redes. No. El problema es estructural. El peronismo salteño ha sido secuestrado por una burocracia que responde al gobernador de turno antes que a las bases militantes. Y mientras eso no cambie, mientras las reglas del juego interno favorezcan a los aparatos sobre la militancia genuina, estaremos condenados a repetir el ciclo: llegar al gobierno como "carne de cañón" para después ser traicionados.

Porque de eso se trata, y lo dije sin eufemismos en el programa: los legisladores que fueron electos en listas del peronismo votan sistemáticamente a favor de las iniciativas del gobernador Sáenz, incluyendo aquellas que contradicen los intereses populares que supuestamente representamos. Esta subordinación no es el resultado de acuerdos programáticos transparentes, sino de una lógica clientelar donde el acceso a recursos y cargos depende de la obediencia al ejecutivo provincial.

La Carta Orgánica define quién tiene voz en el partido, quién decide, cómo se eligen autoridades, cómo se resuelven conflictos internos. En otras palabras, determina si el partido es un instrumento de poder popular o una maquinaria de legitimación del poder de turno. Yo apuesto por lo primero, y sé que es una batalla cuesta arriba.

 

La Inversión Territorial: Mi Sueño del Interior al Centro

El segundo eje de mi propuesta es igualmente disruptivo, y lo sé: el peronismo debe rearticularse "desde el interior de Salta para la capital". Cuando lo dije en el programa, vi algunas miradas escépticas. Pero mantengo cada palabra.

Esta inversión territorial no es meramente geográfica; es una inversión de las jerarquías de poder y legitimidad que han caracterizado al partido en las últimas décadas. Yo sueño con el PJ de Miguel Ragone, donde había un "50 y 50": un equilibrio entre el trabajador urbano y el productor rural, entre la capital y el interior, entre la militancia sindical y la comunidad territorial. Ese equilibrio se rompió hace tiempo, y la capital concentra ahora no solo el poder de decisión sino también la definición misma de qué es el peronismo.

Mi propuesta de invertir esta lógica tiene implicaciones profundas que asumo completamente. Significa reconocer que en los municipios del interior, en las comunidades rurales, en los pequeños productores, sobreviven prácticas y valores del peronismo histórico que en la capital han sido erosionados por la lógica clientelar y la captura del partido por el aparato provincial. Es en esos territorios donde la justicia social no es un eslogan de campaña sino una demanda concreta, donde la organización comunitaria no responde a directivas partidarias sino a necesidades reales.

Uno de los compañeros con quien compartí el panel esa noche, un "humilde muchachito de campo" como él mismo se define, reforzó esta perspectiva desde su experiencia en La Caldera. Su reclamo fue directo: "¿Por qué no revivimos el Partido Justicialista? Armemos un proyecto político creíble para competir". Y yo le di forma técnica a ese deseo: no podemos construir ese proyecto creíble desde las cúpulas burocráticas de la capital. Debe emerger de los territorios donde el peronismo todavía significa algo más que una sigla electoral.

La inversión territorial que propongo implica también una inversión de los tiempos políticos. No podemos seguir esperando a que Buenos Aires nos envíe interventores que no entienden nada de Salta, que vienen solo a "almorzar como diputados" y llevarse recursos sin construir nada. No podemos seguir aguardando que el gobernador de turno nos otorgue permisos para reorganizarnos. El interior salteño debe tomar la iniciativa, construir sus propias estructuras, definir sus propios liderazgos y presentar a la capital un proyecto consolidado, no una súplica de reconocimiento.

 

La Denuncia que No Puedo Callar: Salta Entregada a la Minería

El tercer eje de mi intervención aquella noche conectaba la crisis partidaria con algo más grave todavía: la crisis de soberanía económica de nuestra provincia. Cuando el gobernador Sáenz transformó el Ministerio de Producción en "Ministerio de Minería y Producción", quedó claro cuáles son sus prioridades. Y yo lo dije sin rodeos: está "entregado de pies y manos" a intereses extranjeros —chinos, coreanos, japoneses— por "una suntuosa milanesa".

Sé que esa expresión puede sonar dura, incluso grosera. Pero es exactamente lo que está pasando. Salta está siendo saqueada por capitales transnacionales que se llevan recursos no renovables a cambio de regalías irrisorias y sin ningún control efectivo sobre lo que extraen. Y lo peor es que el peronismo provincial es cómplice de esto.

Durante el programa, otro compañero profundizó este análisis: "Sobre la ley 24.196 de recursos mineros, los muchachos ni la interesan o la desconocen. ¿Quién controla lo que se llevan de boca de pozo? Con la sanción del RIGI se acabó todo". Tiene razón. El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones implementado por el gobierno nacional libertario profundiza aún más la desregulación extractivista, otorgando a las corporaciones mineras privilegios fiscales, cambiarios y ambientales que ningún gobierno provincial puede cuestionar.

Yo conecto esta política extractivista con la crisis del peronismo de una manera que es tanto analítica como moral. El peronismo histórico nació como un proyecto de defensa de la soberanía económica nacional frente a las oligarquías exportadoras y los capitales extranjeros. Las nacionalizaciones de Perón —ferrocarriles, teléfonos, energía— eran la traducción política de un principio: los recursos estratégicos deben estar al servicio del desarrollo nacional, no del lucro transnacional.

Que el peronismo salteño sea hoy incapaz de cuestionar eficazmente el saqueo minero, que nuestros legisladores voten sistemáticamente a favor de los proyectos del gobernador sin ejercer control alguno, es para mí una traición más profunda que la mera táctica electoral. Es la traición del proyecto histórico mismo, la conversión del peronismo en una maquinaria de legitimación del extractivismo.

Por eso reformulé la pregunta durante el programa: "Me importa qué va a pasar con el PJ, porque ese acuerdo va a repercutir ahí. No quiero que el PJ vuelva a ser carne de cañón para llegar y después traicionar". Respecto a Salta, el negocio de la minería es el tema central. Se reformuló el Ministerio de Producción a "Minería y Producción" porque ese es el verdadero proyecto. Es un negocio de pocos donde algunos se enriquecen por el "vuelto", no por la minería en sí.

Y valoré explícitamente la libertad de prensa del canal para poder denunciar esto. Porque Salta está siendo "regalada" por un canon minero irrisorio frente a modelos como el de Chile o Bolivia. Esta comparación no es casual: incluso gobiernos que difícilmente podrían caracterizarse como progresistas han logrado imponer condiciones más dignas a las corporaciones mineras. Que Salta no lo haga no es resultado de imposibilidad técnica sino de voluntad política. O mejor dicho, de falta de voluntad política.

Mi Diálogo con Otros Compañeros: Complementos y Tensiones

Esa noche en el estudio no estaba solo, y eso fue importante. Cada compañero aportó algo desde su lugar, aunque no siempre estuvimos de acuerdo en todo.

Hubo quien describía la política como un ámbito puramente transaccional donde "todo se arregla con plata". Y miren, yo no soy ingenuo: sé perfectamente que el dinero mueve muchas cosas en política. Estuve veinte años en estos andares y entiendo cómo funciona el poder. Pero intenté elevar el debate hacia la reconstrucción de un "peronismo popular y de centro" que trascienda el mero intercambio monetario. Hay valores, proyectos, horizontes de sentido que no se agotan en la negociación presupuestaria. Si perdemos eso, perdemos todo.

El "Maestro", como le decimos con respeto, aportó la profundidad estructural que a veces falta en mi análisis. Su referencia al RIGI, a la oligarquía financiera mundial, a los mecanismos de control económico global, sitúa la crisis salteña en un marco más amplio. Él explicó por qué el sistema global produce estos resultados, y yo intenté complementar eso identificando cómo se manifiestan concretamente en nuestra provincia y qué herramientas institucionales específicas podríamos usar para enfrentarlos.

El compañero de La Caldera aportó la identidad territorial y el llamado a un "proyecto creíble" desde su experiencia concreta de construcción comunitaria en el interior. Su legitimidad no viene de la teoría política sino de la práctica diaria. Yo intenté darle forma técnica a ese deseo intuitivo: la reforma estatutaria como paso previo a cualquier candidatura, la rearticulación desde los territorios como condición de posibilidad de un proyecto genuinamente popular.

Pero hubo una voz que me incomodó, y tengo que reconocerlo honestamente: una compañera denunció que existe "un grupo de compañeros que se reúnen en un café, pero no permiten que una mujer pensante sea parte de esto. Son todos hipócritas". Esa denuncia me dolió porque tiene razón. La crisis del peronismo salteño no es solo de estructura organizativa o de modelo económico, es también de representación democrática interna.

Si aspiramos a ser un movimiento popular en el siglo XXI, no podemos reproducir en nuestro interior las exclusiones de género que caracterizaron al siglo XX. La refundación institucional que propongo será incompleta si no incorpora una democratización efectiva de los espacios de poder partidario. Un partido que excluye sistemáticamente a las mujeres de las decisiones estratégicas no puede pretender ser representativo de la sociedad salteña contemporánea. Esto lo digo con autocrítica, porque yo mismo he sido parte de esas mesas donde las compañeras no tenían voz.

La Confesión Más Dura: Perdimos la Batalla Cultural

Uno de los momentos más difíciles para mí durante el programa fue cuando tuve que reconocer algo que nos duele a todos pero que pocos dicen en voz alta: hemos perdido la batalla de comunicación con las nuevas generaciones. Lo dije sin anestesia: "Las extremas derechas globalizadas han tenido éxito degradando la política", y nosotros hemos "perdido la batalla" de los nuevos lenguajes.

Esta confesión rompe con el autoengaño habitual de los dirigentes políticos en crisis, que suelen atribuir sus derrotas exclusivamente a factores externos: el poder de los medios, la manipulación de las corporaciones, la ignorancia del pueblo. Yo reconozco que hay algo que nosotros no estamos haciendo bien, una dimensión comunicacional y cultural donde hemos sido derrotados.

Mencioné el ejemplo del "formato Lali para Evita". No se trata de frivolizar la política, sino de reconocer que cada época requiere lenguajes y formatos propios para transmitir ideas políticas. Eva Perón fue efectiva en su tiempo porque dominaba los códigos comunicacionales de la radio, el acto público, la oratoria directa. ¿Cuál es nuestro equivalente contemporáneo? ¿Cómo construimos militancia política en la era de TikTok, Instagram, los podcasts?

El peronismo salteño está hablando un idioma que las nuevas generaciones ya no entienden o no les interesa. No se trata solo de usar redes sociales —eso lo hace cualquiera—, sino de comprender las estructuras de sentimiento, las formas de sociabilidad, las expectativas vitales de quienes han crecido en un mundo completamente diferente al nuestro.

Lo viví en carne propia y lo compartí en el programa: la imposibilidad de dialogar con mis propios sobrinos sobre política sin chocar con un muro de incomprensión o rechazo. Esta grieta generacional no es un problema menor que se resuelva con mejores estrategias de marketing político. Es el síntoma de una transformación cultural profunda donde los marcos de referencia compartidos se han quebrado.

Las juventudes de hoy han sido socializadas en un mundo donde el Estado es percibido como ineficiente y corrupto por definición, donde el individualismo emprendedor es valorado por sobre la organización colectiva, donde la desconfianza hacia la política es la postura por defecto. El peronismo, que nació como un movimiento de masas con fuerte impronta juvenil, nos encontramos hoy con que los jóvenes son el sector más refractario a nuestro mensaje.

No tengo soluciones mágicas para este problema, y no voy a fingir que las tengo. Pero mi reconocimiento honesto es un primer paso necesario. Cualquier proceso de refundación del peronismo salteño que ignore esta dimensión cultural y generacional estará condenado al fracaso, por más que logremos modificar estructuras orgánicas o elaborar plataformas programáticas impecables.

Mi Ruptura con el Poder Provincial: Una Decisión Consciente

Uno de los aspectos más significativos de mi posicionamiento esa noche fue mi tajante distanciamiento del poder provincial encarnado en Gustavo Sáenz. Esta ruptura no es coyuntural ni táctica; es conceptual y política, y la asumo con todas sus consecuencias.

Califiqué la relación de los legisladores peronistas con el gobernador como una "traición al mandato popular", y no uso esa palabra a la ligera. Los legisladores que fueron electos en nuestras listas votan sistemáticamente a favor de las iniciativas del gobernador, incluyendo aquellas que contradicen los intereses populares que supuestamente representamos. Esta subordinación no es el resultado de acuerdos programáticos o alianzas transparentes, sino de una lógica clientelar donde el acceso a recursos y cargos depende de la obediencia al ejecutivo provincial.

Caracterizo el modelo de Sáenz como "un capitalismo extremo donde ya gobierna la Libertad Avanza a través de sus ideas". Esta afirmación es fuerte pero la sostengo: antes incluso de que el gobierno nacional libertario impusiera sus políticas en todo el país, Salta ya estaba aplicando un modelo extractivista, desregulador, ajeno a cualquier consideración de justicia social o soberanía económica.

Lo que considero imperdonable es la complicidad del peronismo provincial con este modelo. No se trata simplemente de que perdamos elecciones o quedemos en minoría; se trata de que prestamos nuestras estructuras, nuestras bases sociales, nuestra legitimidad histórica para sostener un proyecto político que contradice todo lo que decimos representar.

Esta distancia que marco respecto del poder provincial es una condición necesaria para cualquier proyecto de refundación peronista, y lo tengo claro. No puede haber renovación genuina si el partido sigue subordinado a la lógica del gobierno de turno. La autonomía partidaria, la capacidad de decir "no" al poder cuando este contradice los intereses populares, es lo que diferencia a un movimiento político de una maquinaria electoral.

Sé perfectamente que esta posición me costará políticamente. Sé que me cerrará puertas, que me quedará más difícil acceder a recursos, que seré tildado de díscolo o conflictivo. Pero prefiero eso a seguir siendo cómplice de una entrega que va contra todo lo que creo y todo lo que el peronismo históricamente representó.

 

Mi Apuesta: Entre lo Instituido y lo Instituyente

Intento siempre ejercitar mi capacidad de distinguir entre "lo instituido" y "lo instituyente". Aunque yo no lo pienso en esos términos académicos cuando estoy en la trinchera política.

Lo instituido es el peronismo salteño tal como existe hoy: una estructura burocrática, un partido "alquilado" al poder provincial, un aparato electoral que se activa cada dos años pero que carece de vida política genuina entre elecciones. Un sistema donde las PASO han sido eliminadas, donde el voto electrónico lo percibimos como "todo cocinado", donde los espacios de deliberación y decisión colectiva se han vaciado de contenido.

Lo instituyente es aquello que pugna por emerger: la necesidad de un mensaje que llegue a las bases y a los jóvenes, la reforma de la carta orgánica para devolverle centralidad al peronismo, la rearticulación desde los territorios, la construcción de liderazgos naturales que no dependan de la habilitación del poder provincial. Es el deseo, la potencia, la energía política que busca nuevas formas de organización y expresión.

Yo me posiciono conscientemente en la tensión entre ambos polos. Reconozco la fuerza de lo instituido —no soy un ingenuo que crea que basta con buena voluntad para transformar estructuras consolidadas de décadas—, pero identifico también las grietas, las contradicciones, los espacios donde lo instituyente puede abrirse paso.

La reforma de la Carta Orgánica es precisamente esto: usar una herramienta de lo instituido (la normativa partidaria) para abrir espacio a lo instituyente (nuevas formas de participación y decisión). No se trata de destruir toda estructura sino de modificar aquellas reglas que impiden la renovación. Es una estrategia que podría llamarse de "refundación institucional": transformar desde adentro usando los mecanismos formales disponibles.

Pero reconozco también la paradoja que enfrento, y que el análisis identificó con claridad: "la voluntad de rearticular un PJ popular choca con un sistema electoral que yo mismo percibo como 'cocinado' y un vacío de comunicación con la juventud que amenaza la sostenibilidad de mi proyecto".

¿Cómo refundar institucionalmente un partido cuando las instituciones mismas están capturadas? ¿Cómo construir un proyecto popular cuando los canales de comunicación con el pueblo, especialmente con las nuevas generaciones, están bloqueados o son ineficaces?

Esta paradoja no tiene resolución fácil y no pretendo tenerla. Mi propuesta es, lo reconozco, una apuesta: creo que es posible abrir espacios de transformación incluso en condiciones adversas, que la crisis misma del peronismo genera oportunidades que no existirían en tiempos de estabilidad, que la acumulación de contradicciones del modelo provincial puede generar las condiciones para una ruptura.

Puede que esté equivocado. Puede que sea demasiado optimista. Pero prefiero intentarlo y fracasar que quedarme en la melancolía contemplativa esperando que alguien más resuelva los problemas.

 

Mi Lucha contra la Melancolía

Voy a terminar diciéndolo con brutalidad: el Partido Justicialista en Salta atraviesa una crisis de identidad y representatividad, donde lo instituido asfixia cualquier intento instituyente de renovación, dejando a los sujetos en un estado de melancolía política o crítica periférica.

Es duro, pero es preciso. La melancolía política es el estado anímico de quien sabe que algo valioso se ha perdido pero no logra elaborar el duelo ni construir un proyecto nuevo. Es la nostalgia paralizante por un pasado idealizado —el peronismo de Perón, de Ragone, del 83— que funciona como refugio ante un presente incomprensible y un futuro incierto.

Esa noche en el estudio vi esa melancolía en varios compañeros. Nos referíamos constantemente a lo que el peronismo fue, a los valores que encarnaba, a la sociedad más igualitaria que ayudamos a construir. Pero cuando se trataba de pensar el futuro, cuando se trataba de imaginar cómo el peronismo puede ser relevante para las generaciones que no vivieron esa época dorada, el discurso se volvía vacilante o directamente se refugiaba en fórmulas abstractas.

Yo intento escapar de esa melancolía mediante la propuesta institucional concreta. No me limito a lamentar la pérdida, sino que identifico herramientas específicas para la reconstrucción. Pero reconozco que incluso mi discurso contiene elementos melancólicos: la invocación del "PJ de Miguel Ragone" como modelo a recuperar, la referencia al "50 y 50" peronista, la añoranza de una época donde el diálogo intergeneracional era posible.

La pregunta crucial que me hago cada noche es si puedo, si podemos, pasar de la melancolía a la refundación. Esto requiere algo más que reforma institucional o recuperación de valores históricos. Requiere una reinvención radical del peronismo como proyecto político para el siglo XXI, una que mantenga nuestros principios fundacionales de justicia social, soberanía económica y democratización política, pero que los traduzca a un lenguaje y a prácticas organizativas que tengan sentido para las sociedades contemporáneas.

No sé si lo lograremos. Hay días en que estoy convencido de que es posible, y días en que me invade la duda. Pero lo que tengo claro es que no puedo quedarme quieto viendo cómo el peronismo se convierte en una reliquia de museo o en una maquinaria subordinada al poder de turno.

 

Lo Local, lo Nacional y lo Global: Mi Comprensión de las Escalas

Una de las cosas que intento hacer en mi análisis político es entender cómo se entrecruzan permanentemente la dimensión local salteña, la nacional argentina y la global. Esta imbricación no es accidental: refleja cómo la política contemporánea ya no puede pensarse en escalas separadas.

Mi denuncia sobre la minería en Salta no puede entenderse sin referencia al RIGI nacional, que a su vez responde a una lógica global de financiarización y extractivismo. La crisis del peronismo salteño no puede separarse de la crisis del peronismo nacional, que a su vez está inserta en una crisis más amplia de los proyectos populares y progresistas en América Latina. Mi imposibilidad de dialogar con las juventudes salteñas replica un fenómeno que se observa en todo el continente, donde el auge de las nuevas derechas ha capturado la imaginación política de sectores jóvenes.

Mi propuesta de rearticular el peronismo "desde el interior para la capital" no es provincianismo ingenuo; es el reconocimiento de que en lo local pueden sobrevivir o regenerarse valores y prácticas que en las escalas más amplias han sido destruidos. Los territorios funcionan como reservorios de resistencia, como espacios donde la lógica global del capital no ha penetrado completamente y donde persisten formas de sociabilidad y economía más solidarias.

Al mismo tiempo, no caigo en el localismo desconectado de los procesos nacionales y globales. En mi análisis sobre el RIGI, sobre la política del gobierno nacional, sobre la influencia de capitales transnacionales, intento hacer evidente cómo lo local está atravesado permanentemente por determinaciones que vienen de escalas superiores. La refundación del peronismo salteño no puede hacerse en aislamiento; debe articularse con procesos similares en otras provincias y debe tener la capacidad de incidir en la política nacional.

Esta tensión entre escalas es una de las complejidades fundamentales de la política contemporánea. Un algoritmo de TikTok diseñado en China influye en cómo los jóvenes salteños piensan la política. Una decisión del FMI sobre Argentina condiciona qué proyectos mineros se aprueban en Salta. Una narrativa libertaria que se origina en modismos estadounidenses se reproduce en el discurso del gobernador provincial.

Entender esto no me paraliza, sino que me ayuda a identificar mejor dónde podemos incidir y dónde nuestras posibilidades son más limitadas. No puedo cambiar los algoritmos globales, pero sí puedo trabajar para construir espacios de pensamiento crítico donde los jóvenes aprendan a cuestionar lo que ven en sus pantallas. No puedo impedir que el FMI condicione al país, pero sí puedo denunciar cómo el gobernador provincial usa esos condicionamientos como excusa para políticas que son decisión propia.

 

Conclusión: Mi Apuesta ante el Espejo

Aquella noche de febrero en "Ruta 34 TV" funcionó como un espejo donde el peronismo salteño se miró a sí mismo sin demasiadas ilusiones. Lo que vimos no fue reconfortante: un movimiento político en crisis profunda, con estructuras anquilosadas, distanciado de las nuevas generaciones, cómplice de un modelo extractivista que contradice nuestros principios históricos, incapaz de articular un proyecto alternativo convincente.

Yo intenté aportar elementos para pensar una posible salida. Mi insistencia en la reforma institucional como condición necesaria para cualquier renovación, mi propuesta de inversión territorial que ponga al interior como motor de la rearticulación partidaria, mi denuncia sin ambigüedades del extractivismo minero y de la complicidad del peronismo provincial con ese modelo, constituyen mis aportes al debate sobre nuestro futuro.

Pero reconozco las limitaciones y tensiones irresueltas de mi propuesta. La reforma institucional es necesaria pero no suficiente. La rearticulación territorial es valiosa pero no resuelve por sí sola el problema de la comunicación con las nuevas generaciones. La denuncia del extractivismo es correcta pero no se traduce automáticamente en una propuesta económica alternativa viable. Mi distancia del poder provincial es principista pero puede condenarnos a la marginalidad política durante años.

Lo que quedó claro esa noche es que estamos ante una encrucijada histórica. Podemos seguir el camino de la melancolía, refugiándonos en la evocación de glorias pasadas mientras nos volvemos cada vez más irrelevantes. Podemos optar por el cinismo, aceptando nuestro rol de maquinaria electoral subordinada al poder de turno a cambio de mantener algunas cuotas de poder sectorial. O podemos intentar la vía más difícil y arriesgada: la refundación genuina como movimiento popular para el siglo XXI.

Yo elijo la tercera opción, aunque sea la más difícil. Esta opción requiere mucho más que buena voluntad o propuestas técnicas inteligentes. Requiere una transformación cultural del propio peronismo, una capacidad de autocrítica radical, una disposición a aprender de las nuevas generaciones en lugar de pretender simplemente enseñarles, una creatividad política para inventar formas organizativas que combinen la democracia participativa con la eficacia operativa, una valentía para enfrentar al poder económico concentrado sabiendo que las represalias serán feroces.

Esa noche intenté demostrar, junto a otros compañeros, que en el peronismo salteño persiste la lucidez para diagnosticar la crisis y la voluntad para intentar superarla. Queda por ver si esa lucidez y esa voluntad pueden traducirse en un proyecto político efectivo que logre conectar con las mayorías populares en un contexto histórico profundamente adverso.

La historia del peronismo está llena de resurrecciones aparentemente imposibles. Quizás la nuestra en 2026 sea una más. O quizás, esta vez, la melancolía termine imponiéndose sobre la refundación.

Pero yo, Fernando Pequeño Ragone, voy a seguir apostando a la refundación. Porque si algo aprendí en dos décadas de militancia es que cuando uno deja de intentar, cuando uno se rinde a la melancolía, ya perdió definitivamente. Y yo no estoy dispuesto a perder sin dar batalla.

 



[1] Orden (Claude): Evalúa íntegramente el análisis sobre el peronismo en el documento adjunto. Enfócate en el apartado "Rearticulación Institucional y Soberanía Territorial: El Desafío de un Peronismo Popular frente a la Entrega Minera en Salta" que involucra el discurso de Fernando Pequeño en el contexto de los demás interlocutores. Construye un ensayo extenso de divulgación enfocando el momento de re articulación histórica del peronismo en Salta en el contexto nacional, y el matiz de los interlocutores. Conserva el nombre de Fernando y elimina el de otros interlocutores. Narra en primera persona.