viernes, 24 de abril de 2026

Abordajes sobre la tensión entre Francisco y Gebel en la identidad del grupo PRAXIS Salta

Se analiza aquí las estrategias silenciosas de construcción de fuerza partidaria en la Argentina de 2026. En el centro de esta arquitectura se ubica el Grupo PRAXIS en Salta, un "laboratorio" de cuadros políticos que busca transformar la acción militante en reflexión intelectual, operando en ámbitos académicos y territoriales para formar la narrativa del futuro.

El texto explora una profunda disputa por el sentido de la solidaridad y los valores populares. Por un lado, la figura póstuma de Francisco es rescatada por el peronismo como un "significante de unidad" para dotar de ética su programa político. Por el otro, emerge la sombra de figuras como Dante Gebel, cuyo influjo en sectores vulnerables desafía la base histórica del movimiento con narrativas de éxito individual ajenas al colectivismo tradicional.

Finalmente, el documento detalla la dimensión orgánica mediante la intervención del PJ en Salta, hoy bajo la conducción de Pablo Kosiner. Su rol es el de "ordenar la casa", mitigando las fracturas internas para consolidar un frente amplio de cara a 2027, donde la eficacia técnica y la mística simbólica converjan para recuperar el poder.

 


LOS ARQUITECTOS DEL PODER

Cómo los partidos políticos construyen fuerza, conquistan lealtades y se preparan para ganar. Abordajes sobre la tensión entre Francisco y Gebel en la identidad del grupo PRAXIS Salta. 

Un ensayo de divulgación política

Síntesis del texto

Antes de que comiencen las campañas, antes de que aparezcan los carteles y los discursos, hay un trabajo silencioso. Este ensayo cuenta cómo se hace ese trabajo: cómo un partido político construye poder desde abajo, con ideas, territorios y símbolos.

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Contenidos:

 

I. Gobernar los Símbolos

El poder de un nombre, de una imagen, de una frase

Por qué esto funciona

II. El Territorio Como Laboratorio

Por qué Salta importa más de lo que parece

¿Qué es un grupo de cuadros políticos?

El arte de estar donde nadie mira

III. La Memoria Como Arma Política

Cuando el pasado trabaja para el futuro

Convertir el duelo en programa

La batalla cultural: pelear antes de que haya elecciones

IV. La Organización Por Dentro

Cómo se arma un partido político en la práctica

El problema de la unidad

La figura del candidato técnico

V. Los Que No Están en el Partido

La competencia fuera del sistema tradicional

El fenómeno del outsider

La respuesta: ética frente a marketing

VI. El Mapa de 2027

Por qué las elecciones se ganan antes de que lleguen

El trabajo territorial: estar donde los demás no están

La formación ideológica: dar palabras a lo que se siente

La alianza de sectores: sumar sin perder

Lo Que Nos Enseña Este Caso

Más allá del peronismo y de Salta

 

El poder de un nombre, de una imagen, de una frase

Cuando el papa Francisco murió el 21 de abril de 2025, Argentina contuvo el aliento. Jorge Mario Bergoglio había sido el primer papa latinoamericano, el primero en llevar el nombre del santo de los pobres, el primero en hablar con la franqueza de quien conoce los barrios de la periferia. Pero pocas semanas después del duelo, algo curioso comenzó a suceder: los políticos empezaron a hablar de él.

No era solo sentimiento. Era estrategia.

Esto no es nuevo en la historia. Los partidos políticos siempre han buscado figuras que los trasciendan: personalidades que generen afecto, que sinteticen valores, que digan en una sola imagen lo que una plataforma no termina de explicar. Juan Manuel de Rosas fue usurpado por unos y demonizado por otros. Evita Perón fue llorada y prohibida por distintos gobiernos. El Che Guevara terminó en remeras de personas que votarían exactamente lo contrario de lo que él predicaba.

Un símbolo político es como una bandera: no importa tanto quién la bordó, sino quién la levanta y hacia dónde marcha.

En el caso de Francisco, el movimiento peronista vio una oportunidad extraordinaria. Un hombre nacido en Buenos Aires, criado en los valores de la solidaridad, que había recorrido el mundo hablando de los pobres, del medioambiente, del peligro del individualismo extremo. Sus encíclicas —documentos oficiales de la Iglesia Católica que desarrollan posturas sobre grandes temas del mundo— se convirtieron, casi sin que nadie lo declarara explícitamente, en material de lectura política.

La operación es sutil pero poderosa: si Francisco dijo que "la tierra, el techo y el trabajo" son derechos fundamentales, y si el peronismo lleva décadas defendiendo esas mismas banderas, entonces Francisco habría sido, de algún modo, peronista. Y si el peronismo es el heredero de esa visión, entonces votar peronismo es votar por los valores del papa.

Por qué esto funciona

Para entender por qué esta clase de maniobra produce efectos reales, hay que entender una cosa básica sobre la política: la gente no vota principalmente con la razón. Vota con la identidad.

Cuando alguien marca una boleta, en el fondo está diciendo quién es. Está diciendo a qué comunidad pertenece, qué valores considera sagrados, con quién se identifica. Por eso los partidos invierten tanto en construir lo que los analistas llaman un relato: una historia coherente sobre el pasado, el presente y el futuro que hace que sus votantes se sientan parte de algo más grande que ellos mismos.

El peronismo, en particular, ha sido históricamente muy hábil en este juego. Nació con Perón y Evita como protagonistas casi mitológicos. Con el tiempo incorporó la figura de Néstor Kirchner, luego la de Cristina Fernández de Kirchner. Cada momento de crisis fue seguido por una búsqueda de una nueva figura aglutinante. La muerte de Francisco abrió ese espacio simbólico de nuevo.

— "Un significante de unidad", lo llaman los politólogos. Un nombre que puede ser interpretado por muchos de maneras distintas, pero que a todos los convoca.

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Por qué Salta importa más de lo que parece

La política nacional se decide, en apariencia, en Buenos Aires. Los grandes discursos, los acuerdos entre cúpulas, las tapas de los diarios: todo parece pasar en esa ciudad enorme que concentra tanto poder. Pero los que saben de política saben que el verdadero trabajo se hace en otro lado.

Se hace en Salta, en Tucumán, en Chaco, en las provincias que conforman el norte argentino. Se hace puerta a puerta, en reuniones de barrio, en universidades públicas, en sindicatos, en parroquias. Se hace donde la gente vive sus problemas concretos: la falta de agua, el trabajo informal, la escuela con techos que se caen.

En ese escenario, Salta ha emergido en los últimos años como lo que los estrategas políticos llaman un laboratorio: un territorio donde se ensayan ideas, se prueban liderazgos y se diseñan modelos que luego pueden replicarse en otras provincias. Y en ese laboratorio opera, entre otros actores, un grupo llamado PRAXIS.

¿Qué es un grupo de cuadros políticos?

Para entender qué hace PRAXIS, primero hay que entender un concepto que los partidos utilizan pero rara vez explican: la formación de cuadros.

Un cuadro político no es simplemente un militante que reparte boletas o pega afiches. Es alguien que ha sido formado intelectualmente para entender los problemas de fondo, para argumentar con solidez, para conectar las ideas grandes con las realidades pequeñas. Es quien puede explicar en una asamblea de vecinos por qué el precio del litio en la Puna tiene que ver con la soberanía nacional. Es quien puede traducir un documento complejo en un discurso de diez minutos que la gente entienda y recuerde.

Los partidos políticos que quieren durar en el tiempo necesitan cuadros. Sin ellos, son solo maquinarias electorales que funcionan cuando hay candidatos caros y se caen a pedazos cuando el candidato pierde o muere. Con cuadros, el partido puede sobrevivir porque la ideología ya no está en una sola persona: está distribuida, enseñada, aprendida.

El nombre PRAXIS remite a una palabra griega que significa, aproximadamente, "la acción que transforma". No cualquier acción: la que nace de la reflexión, la que sabe por qué hace lo que hace.

En Salta, el Grupo PRAXIS ha construido su presencia sobre tres pilares: la Universidad Nacional de Salta como espacio de debate académico, las organizaciones territoriales como espacio de acción concreta, y los conversatorios —encuentros de reflexión y discusión— como puente entre ambos mundos.

El arte de estar donde nadie mira

Una de las estrategias más efectivas de los partidos que buscan construir poder a largo plazo es la de penetrar los espacios que parecen apolíticos. La universidad, las asociaciones civiles, los grupos religiosos, las cámaras de comercio. Espacios donde la gente se reúne por razones que no son electorales pero donde, inevitablemente, se construyen opiniones, se forman criterios, se generan redes de confianza.

PRAXIS ha hecho exactamente eso. Sus integrantes participan en debates académicos sobre pobreza, sobre el futuro del trabajo, sobre los recursos naturales del norte argentino. Escriben artículos, organizan conferencias, promueven el estudio de documentos históricos del peronismo como la "Comunidad Organizada" de Perón. No buscan ganar votos en ese momento. Buscan algo más valioso: formar la manera en que ciertas personas piensan sobre la política y la sociedad.

Cuando llega el momento electoral, esas personas ya tienen un marco. Ya tienen palabras para nombrar lo que sienten. Ya tienen una narrativa que les explica por qué votar de determinada manera no es solo conveniencia sino convicción.

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Cuando el pasado trabaja para el futuro

En abril de 2026, al cumplirse el primer aniversario de la muerte de Francisco, algo llamó la atención. Mientras en la Basílica de Luján se realizaba el acto oficial —con la tensión habitual entre dirigentes que compiten por los primeros planos—, en Salta ocurría algo diferente y, en cierto modo, más significativo.

Durante semanas, el Grupo PRAXIS organizó una serie de conversatorios. No misas, no actos políticos disfrazados de homenaje: conversatorios. Encuentros donde académicos, militantes, estudiantes y vecinos se sentaban a discutir. La obra de Francisco. La pedagogía y la política comunitaria. La justicia social y los derechos humanos. El litio y la soberanía. La antipolítica como fenómeno social.

¿Por qué esto es una estrategia política y no solo un gesto cultural?

Porque la memoria tiene una función política fundamental: legitima. Cuando un partido puede decir "nosotros somos los herederos de esta figura, de esta tradición, de estos valores", está construyendo una autoridad que va mucho más allá de lo que cualquier candidato puede ofrecer por sí solo. Está diciendo: "Estamos del lado correcto de la historia".

El control del relato del pasado es, frecuentemente, la batalla más importante del presente.

Convertir el duelo en programa

Lo que hicieron los conversatorios de abril de 2026 fue algo técnicamente sofisticado: transformar el sentimiento de pérdida colectiva en agenda política concreta. Cada mesa de debate sobre las enseñanzas de Francisco terminaba con preguntas implícitas —o explícitas— sobre el presente argentino.

Si Francisco enseñó que la tierra, el techo y el trabajo son derechos inalienables, ¿qué partido defiende eso hoy? Si Francisco dijo que hay que cuidar la casa común, ¿quién tiene una política ambiental coherente? Si Francisco denunció la globalización de la indiferencia, ¿qué modelo económico encarna esa indiferencia y cuál la resiste?

Las preguntas estaban formuladas de manera que las respuestas parecieran obvias. Ese es exactamente el objetivo de este tipo de trabajo político: no convencer mediante el debate, sino crear un clima en el que determinadas conclusiones se sientan como sentido común.

La batalla cultural: pelear antes de que haya elecciones

Los politólogos tienen un concepto para describir este fenómeno: hegemonía cultural. La idea, desarrollada por el pensador italiano Antonio Gramsci, sostiene que el poder no se mantiene solo con la fuerza o con el dinero, sino con la capacidad de hacer que ciertos valores y visiones del mundo parezcan naturales, inevitables, de sentido común.

Un partido que logra hegemonía cultural no necesita convencer a nadie en cada elección. Ya convenció antes, en las escuelas, en los medios, en la cultura popular, en los espacios académicos. La elección es casi un trámite.

Por supuesto, la hegemonía cultural total rara vez se alcanza. Pero la disputa por ese territorio simbólico es constante. Los conversatorios de PRAXIS en Salta son, en ese sentido, trincheras. Espacios donde se libra la batalla antes de que empiece la campaña.

— "La memoria debe desbordar el aula", dice uno de los lemas que circuló en esos encuentros. La frase resume perfectamente el proyecto.

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Cómo se arma un partido político en la práctica

Hay algo que la televisión rara vez muestra: el trabajo cotidiano, burocrático y a veces tedioso de construir un partido político. Las reuniones que terminan a medianoche sin acuerdo. Los documentos que nadie lee. Las internas que desgastan más que las elecciones mismas.

En el peronismo salteño, este trabajo interno es visible en la figura de la intervención del Partido Justicialista. Cuando un partido entra en crisis —por derrotas electorales, por disputas entre facciones, por escándalos o simplemente por falta de liderazgo— suele designarse un interventor: alguien de afuera o de arriba que viene a ordenar la casa.

En Salta, ese rol está actualmente en manos de Pablo Kosiner, quien reemplazó a Sergio Berni en la conducción del proceso de normalización. El objetivo declarado es preparar al partido para las elecciones de 2027, lo que implica resolver viejas peleas, alinear a los distintos sectores bajo una misma estrategia y decidir quiénes serán los candidatos.

El problema de la unidad

Una de las mayores dificultades de cualquier partido grande es la unidad. Los partidos no son bloques monolíticos: son coaliciones de grupos con intereses, visiones e historias distintas. En el peronismo, esto es especialmente visible: hay kirchneristas y antikirchneristas, sindicatos y movimientos sociales, gobernadores con proyectos propios y dirigentes nacionales con otras agendas.

Lograr que todos esos grupos marchen juntos hacia una elección requiere lo que en la jerga política se llama una narrativa de unidad: una idea lo suficientemente grande y lo suficientemente vaga como para que cada sector pueda sentirse incluido sin tener que renunciar a sus particularidades.

La figura de Francisco cumple exactamente esa función. Porque Francisco fue lo suficientemente amplio en sus valores —habló de los pobres, del medioambiente, de la paz, de la familia— como para que distintos sectores del peronismo puedan apropiarse de algún fragmento de su legado sin contradecirse entre sí. El franciscanismo político es, en ese sentido, un pegamento ideológico.

Los partidos exitosos no son los que tienen una ideología pura e incontaminada. Son los que tienen una ideología lo suficientemente flexible como para contener multitudes sin romperse.

La figura del candidato técnico

En este escenario, emerge una figura que los analistas políticos reconocen bien: el candidato técnico. Alguien que no viene de la política de aparato, que no tiene el lastre de las peleas internas, que puede hablar de gestión y administración con credibilidad, y que al mismo tiempo comparte los valores del movimiento.

En Salta, ese perfil parece encarnarse en figuras como Emiliano Estrada, mencionado como referente con proyección. El argumento implícito es el siguiente: en un contexto de descrédito de la política tradicional, un perfil técnico puede llegar a votantes que de otra manera se quedarían en casa o votarían por opciones antisistema.

Esta estrategia no es nueva. Muchos partidos en crisis han recurrido a ella. El desafío es que el candidato técnico, una vez que llega al poder, necesita también ser político: negociar, construir mayorías, tomar decisiones que no siempre son técnicas sino profundamente valorativas.

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La competencia fuera del sistema tradicional

Toda esta arquitectura de símbolos, cuadros y territorios se construye en un contexto que la complica enormemente: el crecimiento de lo que los politólogos llaman la antipolítica.

La antipolítica es el sentimiento, cada vez más extendido en Argentina y en el mundo, de que los partidos tradicionales no representan a nadie. De que los políticos son todos iguales. De que votar no cambia nada. De que el sistema está capturado por intereses que nada tienen que ver con la gente común.

Este sentimiento genera un tipo de votante que los partidos establecidos temen: el votante volátil, que en cada elección puede ir a cualquier lado, que no tiene lealtad partidaria, que busca algo que le genere emoción o esperanza o simplemente rabia canalizada.

El fenómeno del outsider

En Argentina, este fenómeno tomó una forma muy concreta con figuras como Javier Milei, quien llegó a la presidencia desde fuera del sistema. Pero también, de manera diferente, está tomando forma en el espacio religioso con figuras como Dante Gebel, un pastor evangélico de origen argentino radicado en Los Ángeles que tiene millones de seguidores en toda América Latina.

¿Qué tiene que ver un pastor con la política? Mucho más de lo que parece. El crecimiento del evangelismo pentecostal en Argentina —que ya alcanza a aproximadamente el 20% de la población— ha creado comunidades de pertenencia fuertes, con sus propios códigos, sus propias narrativas de éxito y fracaso, sus propias figuras de autoridad. Estas comunidades votan, y no siempre de manera predecible.

Lo que preocupa al peronismo no es que Gebel sea candidato —no lo es— sino que su influencia moldea la manera en que millones de personas pobres y de clase media baja piensan sobre la vida, el esfuerzo, el éxito y la solidaridad. Si esa visión es incompatible con la solidaridad colectiva que predica el peronismo, entonces el peronismo tiene un problema electoral en los sectores que históricamente fueron su base.

La competencia más peligrosa para un partido político no siempre viene de otro partido. A veces viene de un predicador, un influencer, un conductor de televisión que no busca votos pero forma opiniones.

La respuesta: ética frente a marketing

La estrategia que el Grupo PRAXIS ha diseñado para enfrentar este desafío es interesante en términos políticos: no competir en el mismo terreno. No intentar ser más entretenido que Gebel ni más rupturista que Milei. Sino afirmar que el peronismo tiene algo que esas figuras no tienen: historia, raíces, una tradición de transformación real.

El argumento es el siguiente: el marketing político puede ganar una elección, pero no puede gobernar. El populismo mediático puede movilizar emociones, pero no puede construir hospitales, escuelas ni trabajo genuino. Solo un movimiento con estructura territorial real, con cuadros formados, con una doctrina coherente puede hacerlo.

Es un argumento que puede o no convencer a los votantes. Pero es, en todo caso, un argumento político serio: no apela a la emoción sino a la experiencia histórica.

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Por qué las elecciones se ganan antes de que lleguen

A casi dos años de las elecciones presidenciales de 2027, el peronismo está haciendo exactamente lo que se hace en esa etapa: sembrar. No cosechar todavía, porque es demasiado temprano. Pero preparar el suelo, regar las ideas, fortalecer las redes.

La estrategia que emerge del trabajo del Grupo PRAXIS y de la intervención del PJ en Salta tiene varios componentes que vale la pena distinguir, porque son los mismos componentes que utilizan los partidos en todo el mundo cuando intentan remontar desde una posición difícil.

El trabajo territorial: estar donde los demás no están

El primer componente es territorial. Mientras el gobierno nacional ocupa el centro del escenario con sus grandes anuncios y sus grandes polémicas, el peronismo está trabajando en los márgenes: en las universidades del norte, en los sindicatos de las economías regionales, en las comunidades indígenas de la Puna. Está escuchando problemas que el poder central no suele escuchar. Está construyendo lealtades que difícilmente se rompen con una campaña publicitaria.

La formación ideológica: dar palabras a lo que se siente

El segundo componente es ideológico. Los conversatorios no son solo eventos de cohesión interna. Son laboratorios de lenguaje: espacios donde se producen las frases, los conceptos, los argumentos que luego circularán en la campaña. Cuando un militante explica en una asamblea por qué la explotación del litio debe hacerse en beneficio de los salteños y no de las empresas multinacionales, no está improvisando. Está reproduciendo un discurso que fue construido con cuidado en esos espacios de formación.

La alianza de sectores: sumar sin perder

El tercer componente es la construcción de alianzas. Un partido que llega solo a una elección llega débil. El peronismo 2027 está intentando construir lo que sus dirigentes llaman un frente amplio: una coalición que incluya al kirchnerismo, a los sindicatos, a los movimientos sociales, a sectores medios progresistas, y quizás también a algunos sectores de centroizquierda que hoy no se identifican con el peronismo pero comparten algunos valores.

La figura de Francisco sirve aquí también: es un nombre que trasciende las fronteras internas del movimiento y que puede funcionar como paraguas bajo el cual se reúnen sectores que de otra manera no se hablarían.

La política es, en el fondo, el arte de hacer que gente muy diferente marche en la misma dirección al menos durante el tiempo suficiente para ganar una elección.

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Más allá del peronismo y de Salta

Este relato sobre el peronismo salteño, Francisco y las elecciones de 2027 puede leerse de muchas maneras. Como crónica de la política argentina. Como análisis de un movimiento en crisis que busca reinventarse. Como estudio de caso sobre el rol de la religión en la política contemporánea.

Pero hay una lectura más general que vale la pena subrayar: lo que vemos aquí son los mecanismos universales mediante los cuales los partidos políticos construyen poder. Mecanismos que no son exclusivos del peronismo ni de la Argentina, sino que se repiten, con variaciones culturales y contextuales, en prácticamente todos los sistemas democráticos.

Los símbolos que legitiman. El territorio que ancla. La memoria que orienta. Los cuadros que sostienen. Las alianzas que suman. La narrativa que da sentido a todo lo anterior. Estos son los ladrillos con los que se construye el poder político en democracia.

Entenderlos no implica estar de acuerdo con quienes los utilizan. Implica algo más valioso: poder reconocerlos cuando aparecen, poder hacer preguntas informadas sobre qué está ocurriendo detrás de los discursos y los actos, poder ser ciudadanos más lúcidos en el momento en que más importa serlo: cuando llega el momento de votar.

La democracia funciona mejor cuando los ciudadanos entienden no solo qué les prometen los partidos, sino cómo construyen esas promesas. Este ensayo fue escrito con esa convicción.

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Salta, Argentina — Abril de 2026

La Sinfonía de la Memoria y la Acción en torno a la figura de Francisco y el encuentro entre el Ateneo Miguel Ragone y PRAXIS

La confluencia de miembros del Ateneo Miguel Ragone al conversatorio de PRAXIS sobre Francisco se apoya en la necesidad de construir una hegemonía cultural y una identidad sólida de cara a los desafíos de 2027. Es una "trinchera" simbólica donde se libra la batalla cultural por los valores de la solidaridad y la soberanía antes de que comiencen las campañas electorales. Es, en última instancia, la "sinfonía de la memoria y la praxis" puesta al servicio de la reconstrucción de un sujeto político capaz de transformar la realidad salteña.


En la Argentina de abril de 2026, el peronismo salteño atraviesa un proceso crítico de reconfiguración identitaria y organizativa. En este contexto, la asistencia de los miembros del Ateneo Miguel Ragone al conversatorio sobre la figura de Francisco, organizado por el grupo PRAXIS en la sede del Partido Justicialista (PJ) de Salta, no representa un mero acto protocolar. Por el contrario, constituye una acción política estratégica y doctrinaria que busca rescatar la esencia del movimiento ante una profunda crisis de representación. Esta convergencia se legitima en tres pilares fundamentales: la construcción de un significante de unidad a través del legado de Francisco, la necesidad de una formación de cuadros que conecte la reflexión intelectual con el territorio, y la urgencia de disputar el sentido de la solidaridad frente al avance de narrativas individualistas.

La figura de Francisco, tras su fallecimiento en 2025, ha emergido como un "significante de unidad" capaz de convocar a sectores diversos del peronismo bajo un paraguas ético común. Para el peronismo, el pensamiento de Jorge Mario Bergoglio no es ajeno; sus encíclicas sobre el medioambiente, la justicia social y los derechos de los más vulnerables —tierra, techo y trabajo— se han convertido en material de lectura política esencial. La participación del Atene resulta de interés dado su objetivo de "pensar el partido desde adentro", vinculando la dimensión ética de la política con las banderas históricas de justicia social y soberanía.

Por otro lado, la alianza con el Grupo PRAXIS otorga al encuentro una dimensión de eficacia técnica y mística simbólica. PRAXIS opera como un "laboratorio" de cuadros políticos que busca transformar la acción militante en reflexión intelectual. En este sentido, la asistencia de los miembros del Ateneo responde a una "necesidad mutua": mientras el Ateneo aporta el capital simbólico y la legitimidad de la memoria del gobernador Miguel Ragone, PRAXIS provee el "músculo militante" y la frescura de la juventud universitaria y territorial. Esta sinergia es vital para que la memoria no sea un "duelo privado" o un "homenaje abstracto", sino un programa político vivo que interpele la realidad actual de Salta, desde la disputa por el litio hasta la crisis de los servicios en el interior.

El conversatorio en la sede del PJ es también una respuesta institucional a la "antipolítica" y al crecimiento de figuras como Dante Gebel, cuyas narrativas de éxito individual desafían la base colectivista del peronismo en los sectores populares. Legitimar la presencia del Ateneo en este espacio de PRAXIS implica reafirmar que el peronismo posee una historia, raíces y una doctrina coherente frente al marketing político o el populismo mediático. Los conversatorios son "laboratorios de lenguaje" donde se producen los argumentos que luego circularán en el territorio; asistir es, por lo tanto, participar en la creación de una narrativa que dé sentido a las luchas del presente.

El acto de realizar este encuentro en la sede del Partido Justicialista, actualmente bajo intervención para su "normalización", simboliza un gesto de "participación consciente". El Ateneo y PRAXIS coinciden en que el PJ es la "columna vertebral" del movimiento, pero que esta debe ser recuperada por sus bases sociales históricas. La presencia de figuras como Fernando Pequeño Ragone y los militantes de PRAXIS en los salones del partido representa el acto de "abrir los portones a la fuerza" para evitar que la estructura quede vacía de contenido o en manos de sectores que no representan el sentir popular.


 

Los aportes de ACEP en la rearticulación del PJ nacional

¿Cómo gana terreno un partido político cuando no está en el gobierno? ¿Qué hace mientras espera? En Salta, durante 2026, el peronismo ofrece una respuesta concreta: organiza jornadas filosóficas, forma dirigentes, recupera documentos históricos y disputa el control de su propio partido desde adentro. Detrás de esas acciones hay una lógica que este ensayo se propone explicar sin tecnicismos: el poder político no se improvisa, se construye. Con organización silenciosa, con ideas que funcionan como banderas, con presencia en el territorio y con el control del relato sobre quiénes somos y de dónde venimos. El caso de la Asociación Civil Estudios Populares (ACEP) y la intervención del PJ salteño es un laboratorio en tiempo real. Una oportunidad para entender, desde adentro, cómo funciona la política cuando nadie está mirando las cámaras.



EL ARTE DE CONSTRUIR PODER

Cómo los partidos políticos organizan sus fuerzas,

disputan el relato y conquistan territorios

Ensayo de divulgación a partir del caso del peronismo en Salta, 2026

Síntesis del texto:

 

Contendidos:

Introducción:El poder no cae del cielo

Primeraparte: Las herramientas del poder

I.La organización como primer ladrillo

II.Las ideas como bandera y como escudo

III.El territorio como campo de batalla

Segundaparte: El caso Salta

IV.Un partido dividido y un nombre conocido

V.La intervención: cuando el partido nacional toma las riendas

VI.ACEP: el brazo intelectual de la reconquista

Terceraparte: La disputa por el relato

VII.Cuando la filosofía se vuelve política

VIII.La memoria como mapa del presente

IX.El que pone el nombre gana el juego

Cuartaparte: Lecciones para entender la política

X.Los cinco mecanismos universales del poder partidario

Laformación de cuadros

Elcontrol del relato

Laconstrucción de redes

Ladisputa por la identidad

Elarraigo territorial

XI.Crisis, oportunidad y renovación

Conclusión:El poder como proceso

 

 

Introducción: El poder no cae del cielo

Cada vez que un partido político gana una elección, detrás de ese resultado hay años de trabajo silencioso. Reuniones en salones parroquiales, documentos firmados en despachos, cursos de formación que pocos conocen, acuerdos entre dirigentes que nunca aparecen en los diarios. El poder político no es un accidente ni un talento individual: es una construcción. Y como toda construcción, tiene sus planos, sus materiales y sus arquitectos.

Se propone aquí mirar de cerca cómo los partidos políticos —y en particular el peronismo en la provincia de Salta— construyen poder en la Argentina del año 2026. No lo haremos con la jerga técnica de la ciencia política, sino de la manera más concreta posible: observando qué hace una organización llamada ACEP, quiénes son sus dirigentes, qué ideas promueven y por qué todo eso importa para entender el presente y el futuro de la política en el noroeste argentino.

La historia que vamos a contar combina filosofía, disputa territorial, memoria histórica y lucha de egos partidarios. Pero, en el fondo, responde a una sola pregunta: ¿cómo se construye poder político en tiempos de crisis?

 

Primera parte: Las herramientas del poder

Imaginemos un partido político como un edificio. Para que ese edificio se mantenga en pie no alcanza con tener un buen arquitecto —el líder carismático— ni con tener buenos materiales —las ideas y los votos—. Hace falta una estructura sólida que sostenga todo lo demás: cimientos, columnas, paredes. Esa estructura, en política, se llama organización.

Una organización política no es solo una sede con banderines y carteles. Es una red de personas que comparten una visión, que saben qué rol cumple cada una, que tienen canales para comunicarse y que son capaces de actuar en conjunto cuando llega el momento de una elección, una movilización o una negociación. Sin esa red, los mejores discursos quedan en el aire.

Quien controla la organización controla el partido. Y quien controla el partido controla el territorio.

En Salta, la Asociación Civil Estudios Populares —conocida por sus siglas ACEP— es un ejemplo fascinante de lo que significa construir organización con paciencia y método. Fundada en 1999, en medio de la crisis que sacudía al sistema político argentino, ACEP nació con una misión que va más allá de las elecciones: formar cuadros políticos, producir ideas y fortalecer la capacidad de gestión de los gobiernos locales.

Más de veinticinco años después, esa apuesta a la formación sistemática la ha convertido en un actor de peso. No porque tenga el partido más votado ni el candidato más popular, sino porque tiene algo que muchos partidos descuidan: una cantera de dirigentes preparados y un método de trabajo que funciona más allá de los vaivenes electorales.

 

La segunda herramienta del poder político son las ideas. No en el sentido abstracto y filosófico —aunque ese componente existe—, sino en un sentido muy concreto: las ideas son los argumentos que un partido usa para decir "nosotros representamos algo distinto, algo mejor, algo que el país necesita".

En política, las ideas cumplen varias funciones al mismo tiempo. Por un lado, son una bandera que convoca a los simpatizantes y les da sentido de pertenencia. Por otro lado, son un escudo frente a los adversarios: si tu partido tiene una visión coherente del mundo, es más difícil que te acusen de ser simplemente una maquinaria de votos sin contenido.

ACEP ha apostado fuerte a esta dimensión. Sus publicaciones, sus cursos virtuales, sus jornadas de debate no son entretenimiento: son la forma en que la organización construye un lenguaje compartido entre sus miembros y produce lo que los sociólogos llaman capital simbólico. En términos simples: prestigio, autoridad intelectual, el derecho a ser escuchado.

En política, el que define los términos del debate ya lleva ventaja. ACEP trabaja exactamente para eso: instalar las preguntas antes de que llegue el momento de dar las respuestas.

Uno de los conceptos que ACEP ha puesto en el centro de su trabajo en 2026 es el de Comunidad Organizada, una idea que proviene directamente del peronismo de los años cuarenta. Pero volver a hablar de una idea de hace setenta años no es solo nostalgia: es una estrategia deliberada para reclamar una herencia y usarla en el presente. De eso hablaremos más adelante.

 

La tercera herramienta fundamental del poder político es el territorio. En política argentina, el territorio no es solo una cuestión geográfica —ganar tal provincia o tal municipio—. Es una cuestión de presencia, de arraigo, de saber que cuando llegue el día de las elecciones habrá gente organizada en cada barrio y cada pueblo.

Salta es un territorio estratégico por varias razones. Es la provincia más grande del noroeste argentino, con una geografía diversa que va desde las yungas hasta la Puna, con comunidades indígenas, pequeños productores rurales, ciudades en crecimiento y una industria extractiva vinculada al litio y la minería que genera tensiones y oportunidades a la vez. Quien entienda y articule esas realidades tiene mucho camino ganado.

Para los partidos políticos, la disputa territorial no es solo electoral. Es la pregunta de quién habla en nombre de quién, quién resuelve los problemas del vecino, quién llega primero cuando hay una crisis. Las organizaciones que tienen presencia real en el territorio —no solo durante las campañas, sino el año entero— acumulan un tipo de poder que los votos solos no pueden comprar.

 

Segunda parte: El caso Salta

Para entender lo que está pasando con el peronismo en Salta en 2026, hay que aceptar una realidad incómoda que los partidos suelen ocultar pero que existe en casi todos: los partidos políticos no son monolitos. Son coaliciones internas de grupos con intereses distintos, a veces complementarios y a veces directamente enfrentados.

El Partido Justicialista —el partido de Perón, popularmente conocido como el PJ o el peronismo— es quizás el ejemplo más notable de esta realidad en la Argentina. Con más de setenta años de historia, ha alojado en su interior a presidentes de tendencias muy distintas, ha ganado y perdido el poder nacional múltiples veces, y ha sobrevivido crisis que hubieran destruido a cualquier otra fuerza política. Pero esa capacidad de supervivencia tiene un costo: las tensiones internas son constantes.

En Salta, esa tensión tiene un nombre muy concreto en el presente: el gobernador Gustavo Sáenz, que lidera lo que se conoce como el saencismo, enfrenta a un sector del peronismo que considera que el gobernador se ha alejado demasiado del ideario del partido para acercarse al gobierno nacional de Javier Milei. Para este sector crítico, el PJ salteño necesita una refundación.

 

Cuando un partido político entra en una crisis interna muy profunda —cuando las peleas internas lo paralizan o cuando la conducción local pierde legitimidad—, la dirección nacional puede tomar una medida drástica: intervenir la estructura provincial. Esto significa, básicamente, suspender las autoridades locales y designar un delegado nacional que tome el control hasta que se puedan normalizar las cosas.

Es una medida polémica. Para algunos, es necesaria y legítima: el partido nacional protege su marca y su proyecto de los desvíos locales. Para otros, es un atropello: la conducción central impone su voluntad sobre los militantes y dirigentes del lugar. En la práctica, casi siempre es las dos cosas al mismo tiempo.

En 2026, la conducción nacional del PJ —encabezada por Cristina Fernández de Kirchner— designó a Pablo Kosiner como interventor del partido en Salta. Kosiner es una figura con una larga trayectoria: fue diputado nacional, fue ministro de gobierno en la provincia, y tiene una historia de trabajo político vinculada al peronismo federal que lideraba Juan Manuel Urtubey. No es un recién llegado ni un desconocido: es alguien que el mundo político salteño conoce bien.

La intervención no es solo un acto administrativo. Es una declaración de guerra simbólica: dice que la conducción nacional no reconoce la legitimidad de quienes manejan el partido en el territorio.

El saencismo reaccionó como era previsible: fue a la justicia federal para cuestionar la legitimidad de la intervención y exigió la convocatoria inmediata a elecciones internas. El conflicto está servido. Y en ese conflicto, ACEP juega un papel central.

 

Aquí es donde la historia se vuelve particularmente interesante. Pablo Kosiner no llega solo a Salta: llega como director de ACEP, la organización de formación política que hemos descripto antes. Y esa doble condición —interventor del partido y director de una organización de ideas— no es casual. Es parte de una estrategia bien pensada.

¿Qué hace ACEP en este contexto? Básicamente, provee el marco intelectual que justifica la intervención. Si el saencismo acusa a la intervención de ser un capricho de la conducción nacional, ACEP puede responder con un argumento más sofisticado: estamos aquí para recuperar la identidad del peronismo, para formar dirigentes con valores y herramientas, para que el partido vuelva a ser lo que debe ser.

En ese sentido, ACEP cumple una función que podríamos llamar legitimación intelectual. Es más difícil atacar a alguien que viene a dar cursos, a organizar debates filosóficos y a publicar libros sobre gestión pública que a alguien que simplemente viene a tomar el control del aparato partidario. La forma importa tanto como el fondo.

Pero hay algo más. ACEP tiene una alianza estratégica con la Fundación Konrad Adenauer de Alemania, una organización vinculada a la democracia cristiana europea. Esa alianza le da a ACEP acceso a metodologías de trabajo, recursos para publicaciones y una pátina de seriedad técnica que pocas organizaciones políticas locales pueden mostrar. En un momento en que la política argentina está bajo sospecha constante, aparecer con el respaldo de una fundación internacional seria no es un detalle menor.

 

Tercera parte: La disputa por el relato

A principios de 2026, ACEP organiza en Salta una jornada con un título que puede sonar académico pero que encierra una operación política muy concreta: "Filosofía, organización y poder: el peronismo ante su propio espejo". El lema de la jornada era la Comunidad Organizada.

Para entender por qué eso importa, hay que hacer un pequeño viaje en el tiempo. En 1949, Juan Domingo Perón presentó en el Congreso Nacional de Filosofía de Mendoza un texto que se convertiría en uno de los documentos fundacionales del peronismo: La Comunidad Organizada. En ese texto, Perón proponía una visión del orden social basada en el equilibrio entre el individuo, la comunidad y el Estado —una síntesis entre el liberalismo individualista y el colectivismo marxista que, según él, superaba a ambos.

Setenta y siete años después, ACEP decide poner ese concepto en el centro de una jornada política en Salta. ¿Por qué? Porque en política, quien controla los textos sagrados controla la herencia. Si yo me presento como el intérprete auténtico de la Comunidad Organizada, estoy diciendo implícitamente que los otros —los que gobiernan la provincia, los que se acercaron demasiado al gobierno nacional— traicionaron ese legado. Y estoy diciendo que yo soy el que viene a restaurarlo.

La filosofía, en este caso, no es un pasatiempo intelectual. Es un instrumento de combate político. Las ideas son el campo de batalla antes de que llegue la campaña electoral.

 

Hay otro elemento en la jornada de ACEP que merece atención especial: la referencia simultánea al año 1949 y al año 1976, el año del golpe de Estado cívico-militar que derrocó al gobierno de Isabel Perón e inauguró la dictadura más sangrienta de la historia argentina.

Conectar estos dos años no es un capricho cronológico. Es una operación de memoria política muy calculada. El mensaje implícito es: hubo un proyecto de país, la Comunidad Organizada, que fue interrumpido violentamente en 1976. Y hoy, cincuenta años después de ese golpe, estamos aquí para retomar ese proyecto. Los que se alejaron del ideario original —los que gobiernan la provincia, los que votaron leyes que perjudican a los trabajadores— son los herederos de esa interrupción, no del proyecto original.

Para quien no está familiarizado con la política argentina puede parecer una abstracción. Pero en la cultura política peronista, estas referencias tienen una carga emocional enorme. Evocar el golpe del 76, evocar la resistencia, evocar los proyectos truncados es una forma de movilizar a militantes que se identifican profundamente con esa historia de lucha y sacrificio.

En términos más generales, este uso de la memoria nos enseña algo fundamental sobre cómo se construye poder político: no alcanza con tener razón en el presente. Hay que también demostrar que se viene de algún lado, que se tiene raíces, que se pertenece a una historia más grande que uno mismo.

 

Existe una regla no escrita pero muy poderosa en política: quien define los términos del debate lleva ventaja. Si yo logro que la discusión sea sobre "la identidad del peronismo", pongo en aprietos a quienes gobiernan desde el pragmatismo puro. Si logro que la discusión sea sobre "quién traicionó los valores del movimiento", obligo a los otros a defenderse.

ACEP, con sus jornadas filosóficas, sus publicaciones y su presencia mediática, está jugando exactamente ese juego. No está proponiendo una plataforma electoral concreta —todavía no es tiempo para eso—. Está instalando un marco de interpretación de la realidad que favorece su posición en la disputa interna del PJ.

Esto es lo que los especialistas en comunicación política llaman agenda setting: no te digo qué pensar, pero sí sobre qué pensar. Y cuando la gente empiece a pensar sobre "qué es realmente el peronismo" y "quién lo traicionó", ya estamos en el terreno que ACEP eligió para pelear.

 

Cuarta parte: Lecciones para entender la política

El caso de ACEP en Salta es particular, pero los mecanismos que ilustra son universales. Cualquier partido político, en cualquier país del mundo, opera con variaciones de las mismas herramientas. Veámoslas de manera ordenada.

La formación de cuadros

Los partidos que duran son los que invierten en formar a sus dirigentes. No solo en cómo ganar elecciones, sino en cómo gobernar, cómo negociar, cómo comunicar. ACEP hace esto de manera sistemática desde hace décadas. El resultado es una red de personas que hablan el mismo idioma, que comparten valores y métodos, y que pueden activarse cuando la organización lo necesita.

El control del relato

Cada partido tiene su versión de la historia: quiénes son los buenos, quiénes son los malos, qué futuro prometen. El grupo que logra imponer su versión como la verdad compartida tiene una ventaja enorme. Por eso ACEP invierte tanto en publicaciones, jornadas y debates: es la fábrica de relato del sector peronista que representa.

La construcción de redes

El poder político no lo tiene una sola persona: lo tiene una red. Que un dirigente conozca a otro, que una organización tenga vínculos con universidades, sindicatos, medios y organizaciones internacionales, multiplica su capacidad de acción. La alianza de ACEP con la Fundación Konrad Adenauer es un ejemplo de cómo se construyen esas redes más allá de las fronteras nacionales.

La disputa por la identidad

Dentro de cada partido hay siempre una pelea por definir "qué somos realmente". Es una pelea que parece abstracta pero tiene consecuencias concretas: define quién tiene derecho a candidatearse, quién ocupa los cargos clave, quién puede hablar en nombre del partido. En Salta, esa pelea se está dando en tiempo real, y ACEP está en el centro.

El arraigo territorial

Finalmente, el poder político requiere presencia en el territorio. No basta con tener buenas ideas si no hay nadie que las lleve puerta a puerta. Las organizaciones que tienen militantes activos en los barrios, en los municipios del interior, en las comunidades rurales, tienen una base que los votos no pueden reemplazar.

 

Hay un último elemento que vale la pena señalar, porque es transversal a todo lo que hemos visto: el papel de la crisis en la construcción del poder.

ACEP nació en 1999, en un momento de crisis política. La jornada de 2026 se organiza también en un momento de crisis: el peronismo acaba de perder elecciones nacionales, el gobierno de Milei aplica políticas de ajuste que generan resistencia, y el partido en Salta está dividido. En ese contexto, una organización que ofrece claridad intelectual, método de trabajo y un proyecto de identidad tiene mucho para ofrecer.

Las crisis, en política, son siempre oportunidades para los que lleguen con propuestas. El desafío es que las propuestas sean genuinas y no solo retórica. Y ahí está el punto de mayor incertidumbre: ¿logrará ACEP y la intervención de Kosiner construir un peronismo salteño renovado con contenido real, o terminará siendo otra disputa de aparatos disfrazada de debate de ideas?

La respuesta a esa pregunta no la tiene nadie hoy. Pero lo que sí sabemos es que el proceso que estamos describiendo —la lucha por la organización, el relato y el territorio— es el proceso mediante el cual se construye y se pierde el poder político en Argentina y en el mundo.

 

Conclusión: El poder como proceso

Empezamos este ensayo con una pregunta simple: ¿cómo se construye poder político? Y el recorrido por el caso de ACEP y el peronismo en Salta nos da una respuesta que también es simple, aunque no sencilla: el poder se construye pacientemente, con organización, con ideas y con presencia territorial.

Nadie nace sabiendo construir poder. Es un aprendizaje colectivo que se da en el tiempo, en las reuniones que nadie cubre, en los conflictos que se resuelven o no se resuelven, en las decisiones que se toman cuando los reflectores apuntan a otro lado. Las jornadas filosóficas, los cuadernos de trabajo, las alianzas internacionales, las intervenciones partidarias: todo eso son piezas de un rompecabezas que, cuando encajan, producen algo que llamamos poder político.

Lo que hace valioso el caso de Salta en 2026 es que muestra ese proceso en vivo, en tiempo real, con actores identificables y decisiones que se toman frente a nosotros. Es, en ese sentido, un laboratorio. Y como todo buen laboratorio, nos enseña cosas que van más allá del experimento particular: nos enseña sobre la naturaleza del poder, sobre cómo las ideas se vuelven herramientas, sobre cómo la memoria se vuelve estrategia.

La próxima vez que escuchemos a un dirigente político hablar de "valores" o "identidad" o "proyecto", vale la pena preguntarse: ¿qué está construyendo con esas palabras? ¿A quién convoca? ¿Contra quién se posiciona? ¿Qué futuro promete? Esas preguntas, modestas pero fundamentales, son las que nos ayudan a leer la política no como un espectáculo sino como lo que es: una disputa por el poder de decidir cómo queremos vivir juntos.