¿Qué pasa cuando una militancia decide que ya no va a
aplaudir más?
El 21 de febrero de 2026, en una cancha de barrio techada con chapa en Salta capital, algo inusual ocurrió en la política argentina: decenas de militantes del Partido Justicialista se autoconvocaron sin permiso de sus autoridades, sin financiamiento externo y sin candidatos que los convocaran. Solo con mate, sillas plásticas y mucho enojo acumulado.
No venían a celebrar. Venían a debatir qué hacer con un partido que sienten que les fue robado.
Durante cinco horas, entre las 10 de la mañana y las 3 de la tarde, el Congreso de la Militancia del Frente de Recuperación Justicialista discutió en serio: la reforma laboral que se aprobó dos días antes en el Congreso Nacional —con el voto de legisladores del propio PJ salteño—, el vaciamiento del PAMI, la falta de remedios en el interior, la reforma educativa, y la pregunta que más duele: ¿cómo se le habla a un joven de 20 años que se informa por TikTok y votó en contra de sus propios intereses?
Este ensayo narra ese congreso hora por hora. Desde la descripción del espacio —humilde, barrial, cargado de símbolos— hasta el discurso de cierre de una militante que gritó lo que muchos callaban: "No somos de apellido, pero ya estamos cansados".
Una crónica analítica sobre cómo se hace política desde abajo, qué significa ser oposición dentro del propio partido, y por qué el mate compartido en una mesa con mantel azul puede ser, también, un acto político.
La Casa Materna en Resistencia
Por Fernando Pequeño Ragone, asistido con NotebookLM y Claude IA
Crónica analítica del Congreso de la Militancia del Frente de
Recuperación Justicialista
Salta, 21 de febrero de
2026
Síntesis uno
Contenidos:
I. El Umbral de la
Asamblea: Espacialidad y Apertura de la Jornada — 10:00 AM
II. Recuperar la Casa: Apertura Política,
Institucionalidad y el Debate sobre la Libertad — 11:00 AM
III. Voces del Campo: Los Oradores Previos al Trabajo
en Comisiones —11 a 12:15 PM
La verdadera territorialidad: militancia de base frente a la dirigencia de arriba
La denuncia de la mafia política y el saqueo de recursos estratégicos
La historia como brújula: genealogía peronista y memoria de los mártires
Fernando Pequeño Ragone: el límite ético infranqueable
Pía Ceballos: oxigenar el partido desde la diversidad y lo socio-humano
El enemigo interno: interventores, caudillos y legisladores traidores
El papel de los jóvenes: nueva generación como fuerza instituyente
Los interventores y la crisis del PJ salteño: entre la parálisis y la refundación
IV. Hacia la Acción Organizada: Presentación de las
Tres Comisiones de Trabajo — 12:15 PM
V. El Núcleo Estratégico: La C
VI. Del Dolor a la Propuesta: La Tromisión de Relaciones
Políticas y Estratégicas — 13:46 PM
El cierre de la comisión: de la catarsis a la síntesis políticaansición entre Catarsis y Estructuración del Documento Final — 14:00 PM
VII. La Palabra que Cierra y Abre: El Congreso como
Declaración de Guerra Institucional — 15:00 PM
VIII. Tensiones, Acuerdos y Desafíos: Balance de una
Jornada Instituyente
I. El Umbral de la Asamblea: Espacialidad y
Apertura de la Jornada — 10:00 AM
Hacia las diez de la mañana del 21 de febrero de 2026, el
Centro Vecinal 20 de Febrero de la ciudad de Salta comenzó a recibir a las y
los militantes del Frente de Recuperación Justicialista y otros movimientos
aliados en el sendo del PJ Salta. El recinto elegido no fue casual: una cancha
techada de uso polivalente, con techo de estructura metálica y paredes de chapa
acanalada, habitualmente destinada a actividades deportivas barriales, se
transformó en ese momento en el escenario de una asamblea política de base. El
ambiente combinaba la escala comunitaria con la temperatura emocional propia de
un encuentro de militancia en estado de resistencia. La altura del tinglado
otorgaba amplitud vertical al espacio, mientras el eco de las voces y los
ruidos del entorno imprimía al encuentro una sonoridad a la vez íntima y
colectiva.
La disposición espacial seguía una lógica de convergencia
hacia el frente: filas de sillas plásticas negras y blancas orientadas hacia el
escenario improvisado al fondo del salón, donde una amplia bandera con los
colores del Partido Justicialista —azul y blanco con bordes rojos— y el escudo
peronista al centro marcaba el foco simbólico de la jornada. A la izquierda de
ese escenario, un mural sobre la pared azul exhibía la palabra
"Salta" en letras de estilo vintage, subrayando la identidad local y
territorial del encuentro. Desde el frente, dos conductores del Frente de
Recuperación Justicialista dirigían el acto, constituyendo el punto de
convergencia visual y político de la asamblea.
En el primer plano, sobre una mesa con mantel azul, se
acumulaban los elementos propios de la cultura de militancia popular: equipos
de mate, termos, botellas de agua, paquetes de galletitas. Este detalle,
aparentemente menor, resultaba políticamente significativo: el mate compartido
como ritual de cohesión, como encuadre afectivo que sostenía la tarea política
antes incluso de que comenzaran los discursos formales. Las y los asistentes
circulaban de manera informal, conversaban de pie y sentados, con una dinámica
que combinaba el calor del encuentro conocido con la seriedad de quienes saben
que el momento es de importancia. Las comisiones de trabajo aún no habían sido
distribuidas en el espacio; en este primer tramo, todo el peso recaía sobre el
plenario general y el escenario central. El congreso comenzó puntualmente a las
diez de la mañana, con una afluencia progresiva que fue llenando las sillas y
densificando el ambiente a medida que avanzaba la hora.
II. Recuperar la Casa: Apertura Política,
Institucionalidad y el Debate sobre la Libertad — 11:00 AM
A las once de la mañana, los conductores del Frente de
Recuperación Justicialista tomaron formalmente la palabra para inaugurar la
jornada política. La apertura fue encabezada por una referente mujer que situó
desde el primer momento el congreso en las coordenadas de la recuperación
partidaria. Su intervención estableció el tono del encuentro: no se trataba de
un acto de adhesión a una conducción existente, sino de un espacio
autoconvocado por una militancia que se sentía expulsada, olvidada y desvalorizada
dentro de su propia estructura. «Se metieron en nuestro partido y hoy hay que revalorizarlo»,
afirmó, convocando a la base a comprender el PJ como una herramienta social y
política en disputa, donde todavía era posible decidir quiénes serían los
representantes reales del pueblo.
Inmediatamente después, la apertura derivó hacia el análisis
de la minoría opositora como categoría estratégica. Una coordinadora explicó
ante los presentes que la táctica de la fracción que convocaba el congreso no
era la ruptura ni el abandono del partido, sino la permanencia dentro de la
estructura legal y simbólica del PJ como minoría opositora. «Mantenernos dentro
de la estructura como minoría opositora, no claudicar, seguirlos marcando», fue
la consigna que sintetizó esta posición. Esta decisión de habitar el espacio
propio desde la resistencia —antes que ceder el terreno a una conducción
acusada de traición— reveló la primera tensión constitutiva del congreso: entre
la lealtad a la institución y el rechazo a sus conductores de turno. La
militancia, explicó la coordinadora, esperaba la caída del poder instituido con
paciencia táctica y denuncia permanente.
En paralelo a este eje institucional, la apertura puso sobre
la mesa el papel de los lazos afectivos como cemento de la resistencia. Varias
voces del plenario dieron cuenta de que la asistencia al congreso no respondía
únicamente a una convocatoria política formal, sino a vínculos de amistad, de
parentesco y de historia de vida compartida. La «casa materna» fue la metáfora
dominante: el PJ como institución que otorga identidad y protección, hoy
ocupada por «extraños» que intentaban mercantilizarla. La mezcla de lo familiar
con lo político —referencias a hijos, embarazos, amistades de larga data— no
era un elemento secundario o anecdótico, sino el tejido conectivo real que
permitía a la militancia sostenerse en la adversidad. Este entramado afectivo
operaba como una micro-institucionalidad de base que suplía la fragilidad de la
estructura formal.
Hacia el final del bloque de apertura, la referente
principal abrió el debate sobre la idea de libertad que circulaba en el
discurso político dominante. Su diagnóstico fue contundente: «Hoy se habla de
libertad, pero es una libertad dependiente». Frente a los pilares históricos
del partido —independencia económica, soberanía política, filosofía cristiana y
comunitaria—, la libertad proclamada por el gobierno nacional y amplificada por
la prensa era caracterizada como un espejismo mediático que ocultaba la ausencia
de justicia real para los jubilados y los estudiantes. La «libertad»
neoliberal, señalaron, no llegaba a los ancianos ni a los jóvenes, y su
proclamación era operada por medios de comunicación que silenciaban el
retroceso de derechos mientras ensalzaban una autonomía que, en los hechos,
resultaba dependiente de intereses externos. Esta crítica al vaciamiento del
concepto de libertad constituyó una de las ideas fuerza inaugurales del
congreso y resonaría durante toda la jornada.
III. Voces del Campo: Los Oradores Previos al
Trabajo en Comisiones —11 a 12:15 PM
La verdadera territorialidad: militancia de base
frente a la dirigencia de arriba
Superada la hora de apertura, el congreso abrió el micrófono
a una serie de oradores previos al trabajo en comisiones, en un tramo que se
extendió desde las once hasta las 12:15 de la tarde. El primero en hablar en
representación de la militancia territorial fue Eduardo Cataneo, militante de
base que estableció desde el inicio una distinción fundamental: «Acá están los
verdaderos, los que vienen caminando, los que realmente practican la justicia
social, la independencia económica y la soberanía». Su intervención trazó una
frontera simbólica entre quienes construyen partido desde el territorio
cotidiano y quienes, desde posiciones de poder, habían traicionado esos
principios. La autenticidad del militante se medía, en este esquema, por la
presencia en el campo y no por la jerarquía formal.
La denuncia de la mafia política y el saqueo de
recursos estratégicos
A continuación tomó la palabra el militante Marengo,
referente nacional proveniente de Ramos Mejía, quien intensificó el registro de
denuncia. Su intervención situó el congreso en el marco de una lucha contra lo
que denominó «la mafia política» que operaba tanto a nivel provincial como
nacional. La imagen del saqueo fue central: la venta del litio y los minerales
salteños «a precio de oferta» para beneficiar a unos pocos, mientras los
jubilados y desocupados eran arrastrados hacia la pobreza. El gobernador Gustavo
Sáenz fue señalado implícitamente como el articulador local de este esquema,
aunque sin nombrar aún al personaje directamente. La intervención de Marengo
funcionó como una radicalización del tono: si la apertura había hablado de
recuperación institucional, este orador hablaba ya de resistencia ante un
despojo en curso.
La historia como brújula: genealogía peronista y
memoria de los mártires
En el mismo tramo matutino, el congreso procesó con
intensidad el papel de la historia del partido como dispositivo de legitimación
política. Varios oradores apelaron a la genealogía peronista —Perón, Evita, los
desaparecidos— no como evocación nostálgica sino como herramienta activa para
orientar el presente. «El peronismo sabe de desapariciones, sabe de
persecuciones, sabe de resistencia», señaló uno de los voceros del congreso,
vinculando la lucha actual con el «avance liberal que tiene convertido al país
en una colonia». La historia se usaba, en este registro, para nombrar lo que el
aparato callaría: la traición de quienes, bajo el sello del partido, votaban
leyes de ajuste y entregaban soberanía. El antes y el después de Miguel Ragone
fue invocado como punto de inflexión ética del peronismo salteño, un límite que
ninguna conducción podría cruzar sin perder su legitimidad histórica.
Fernando Pequeño Ragone: el límite ético
infranqueable
La intervención más esperada de la mañana fue la de Fernando
Pequeño Ragone, presentado como portador de un apellido que condensaba la
memoria de la resistencia salteña. Su discurso, que se ubicó como cierre de la
presentación plenaria y apertura hacia las comisiones, se articuló en cuatro
ejes tácticos. Primero, legitimó históricamente la convocatoria apelando a la
figura de Miguel Ragone —su abuelo, gobernador desaparecido— como un «antes y
después» que definía la identidad ética del PJ. Segundo, diagnosticó la
parálisis institucional: el partido necesitaba ser «abierto» y «oxigenado»,
incorporando a actores que hoy no encontraban representación. Tercero,
estableció con precisión el límite político: «El límite va a ser siempre, en
este esquema, la gestión del gobernador Gustavo Sáenz». No podía haber
articulación con quienes habían «vendido el partido», lo habían «negado» o
habían votado «todas y cada una de las leyes de hambre». Cuarto, propuso una
estrategia de permanencia: «Vamos a estar siempre dentro del PJ dando la
batalla en las condiciones que nuestras fuerzas nos permitan». Su alocución
funcionó, en términos institucionales, como un ancla ética que transformaba el
rencor por la traición en una táctica de ocupación partidaria.
Pía Ceballos: oxigenar el partido desde la
diversidad y lo socio-humano
Casi de forma inmediata, Pía Ceballos aportó la densidad
programática que la denuncia emocional requería para convertirse en propuesta
política. En el plenario general, vinculó el peronismo con los hitos
legislativos de la primera década del siglo —el matrimonio igualitario de 2010
y la Ley de Identidad de Género de 2012— como conquistas que habían permitido
«existir» a identidades antes invisibilizadas. «Hace no sé, 8 años o más que se
viene hablando de lo importante que es oxigenar el Partido Justicialista»,
señaló, subrayando que la renovación del partido no era una novedad sino una
deuda acumulada. Su concepto rector fue el de «lo socio-humano»: volver a
colocar al ser humano y sus derechos en el centro de la planificación política.
Frente a una «derecha inteligente» que desmontaba derechos laborales, Ceballos
propuso pasar de la militancia puramente reactiva a una militancia programática
que rearmara, planificara y hablara de las necesidades sociales reales.
El enemigo interno: interventores, caudillos y
legisladores traidores
Durante este tramo previo a las comisiones, el congreso fue
construyendo con creciente nitidez la figura del «enemigo interno». No se
trataba de una abstracción ideológica, sino de actores institucionales
identificados con precisión. Los interventores que habían «abandonado el
partido» sobre la gestión provincial, los legisladores que habían votado las
leyes nacionales de ajuste bajo el sello del PJ, y una conducción caracterizada
como «mafia política» que armaba las listas «allá arriba» con un sistemático «aquí
no» para la base, constituían los tres rostros de ese enemigo. David Torrejón,
organizador del congreso, señaló que el PJ estaba «intervenido, sin
autoridades, frente a la crisis social, política y ahora sindical», y que era
necesario «refundir lo socio-humano» para que el peronismo provincial volviera
a ser protagonista.
El papel de los jóvenes: nueva generación como
fuerza instituyente
La cuestión generacional emergió como uno de los ejes más
sensibles del tramo matutino. Fernando Pequeño Ragone planteó que el desafío
del partido era hacer presente a los jóvenes, «encontrar los lenguajes para
llegar a ellos» y garantizar que la nueva generación pudiera identificarse con
el PJ. Pía Ceballos complementó este diagnóstico señalando que la juventud y
las nuevas identidades funcionaban como el «aire» necesario para renovar una
institución estancada. Sin embargo, el problema comunicacional era reconocido
sin eufemismos: la derecha había ganado la comunicación con jóvenes de sectores
populares utilizando plataformas digitales como TikTok con mensajes de quince
segundos, mientras el peronismo seguía hablando un lenguaje propio de otras
épocas. El desafío era, por lo tanto, doble: recuperar la convicción
generacional y transformar los códigos comunicacionales sin perder la
profundidad doctrinal.
Los interventores y la crisis del PJ salteño: entre
la parálisis y la refundación
El análisis institucional del congreso alcanzó su
formulación más sistemática cuando David Torrejón explicó la metodología de
trabajo propuesta: tres comisiones para generar «una crítica defensiva y
aportes para que el peronismo de la provincia se ponga de pie». Esta propuesta
metodológica era, en sí misma, un acto político: ante la parálisis de las
autoridades formales y la lejanía de los interventores radicados en Buenos
Aires, la militancia se dotaba de su propio dispositivo de producción de saber
y propuesta. No se trataba de un congreso del partido oficial, sino de un
congreso de la militancia que buscaba, desde las bases, restituir la
legitimidad que la conducción había perdido. Para las 12:15 del mediodía, el
plenario había procesado sus principales núcleos de debate y estaba listo para
distribuirse en comisiones de trabajo.
IV. Hacia la Acción Organizada: Presentación de las
Tres Comisiones de Trabajo — 12:15 PM
Hacia las 12:15 de la tarde, David Torrejón anunció
formalmente la distribución de la asamblea en tres comisiones de trabajo. Este
momento constituyó una transición cualitativa en la dinámica del congreso: se
pasaba del debate abierto del plenario a la labor técnica y política de los
grupos temáticos. Las y los participantes se desplazaron por el recinto para
ubicarse en los espacios asignados a cada comisión, generando una nueva
configuración del salón en la que el movimiento de personas expresaba, físicamente,
el pasaje de la dinámica asamblearia general a la deliberación especializada.
La primera comisión fue denominada de “Construcción y
Reconducción del Peronismo en Salta”. Su foco principal era encontrar la
«chispa» necesaria para sacar al partido del estancamiento en que se
encontraba, fortaleciendo la vida institucional del PJ mediante un proceso
participativo que devolviera el protagonismo a la base militante. Sus objetivos
combinaban lo organizativo —reconstruir la estructura desde abajo— con lo
político —definir un horizonte de reconducción que no dependiera de la
conducción interventora.
La segunda comisión fue identificada como de “Territorialidad
y Proyecto Federal”, o «Proyecto Realidad y Federalismo». Su objetivo era
consolidar la organización territorial en todo el ámbito provincial,
reafirmando el carácter federal, democrático y participativo del movimiento e
integrando la presencia de militantes de cada departamento de Salta. Este
espacio respondía a una necesidad diagnóstica explícita: el macrocefalismo de
la capital y el aislamiento de los interventores porteños habían desconectado
la conducción formal de la realidad del «interior profundo», y era necesario
reconstruir esos lazos desde las bases.
La tercera comisión, definida como de “Relaciones Políticas
y Estratégicas”. Se convertiría en el espacio más densamente
político-estratégico del congreso. Su objetivo era analizar las relaciones
políticas «con el militante adentro» y generar una «oposición fuerte» frente al
gobierno actual mediante la planificación y programación de temas
«socio-humanos». Esto implicaba rearmar estrategias para defender derechos
laborales, de seguridad social, de género, de infancia y de personas con
discapacidad. La coordinadora señaló que el trabajo de esta comisión produciría
mociones concretas que serían luego trasladadas al documento final del
congreso.
La distribución de participantes en las tres comisiones fue
orgánica y no exenta de negociaciones informales: cada persona buscó el espacio
temático más cercano a su militancia y trayectoria. El hecho de que las
comisiones operaran en simultáneo en distintos sectores del mismo recinto creó
una dinámica de multiplicidad que, si bien fragmentaba la experiencia colectiva
del plenario, permitía profundizar con mayor detenimiento en cada eje temático.
La Comisión de Relaciones Políticas y Estratégicas concentraría la mayor
densidad de debates y la mayor diversidad de intervenciones, configurándose
como el núcleo político del congreso.
V. El Núcleo Estratégico: La Comisión de Relaciones
Políticas y Estratégicas — 13:46 PM
Hacia las 13:46, cuando los registros del trabajo en comisiones comenzaron a ser capturados con mayor sistematicidad, la Comisión de Relaciones Políticas y Estratégicas presentaba ya una dinámica de pleno desarrollo. La coordinadora dirigía el espacio con una metodología clara: anotar en acta todo lo debatido para transformarlo en mociones votables. «Todo lo que ustedes debatan lo voy anotando y van a salir mociones que se van a votar», fue su instrucción inaugural. Esta determinación técnica de convertir el debate en documento vinculante imprimía a la comisión un carácter que iba más allá de la catarsis: era un laboratorio de producción de propuestas políticas concretas.
Los debates políticos centrales de la comisión giraron en torno a cinco ejes que se entrecruzaron a lo largo de la tarde. El primero fue la reforma laboral aprobada el 19 de febrero de 2026, dos días antes del congreso, cuando la Cámara de Diputados sancionó la Ley de Modernización Laboral con 135 votos a favor, en una sesión que se extendió hasta la madrugada. Esta aprobación —ocurrida con el voto favorable de cuatro legisladores salteños del PJ— era percibida como el «día más amargo» del movimiento y el detonante inmediato del congreso. Joaquín López expresó sin eufemismos el estado emocional de la base: «Tengo mucho enojo con los cuatro legisladores salteños que votaron a favor de esta reforma y el partido tiene que tomar una postura de disciplina y no dejarlos participar nunca más con el nombre de nuestro partido». La exigencia de disciplina partidaria para los representantes electos constituyó uno de los debates más encendidos de la comisión.El segundo eje fue la reforma previsional y la defensa del
Fondo de Garantía de Sustentabilidad (FGS). Tapia Cabrero, técnico en previsión
social, aportó datos precisos sobre el vaciamiento del FGS y la pérdida del
poder adquisitivo de los jubilados. Su intervención propuso un cambio de
paradigma en la estrategia de resistencia: no bastaba con protestar, era
necesario «capacitar a la gente para que reclame su derecho, informar,
judicializar». La judicialización aparecía como herramienta técnica indispensable
ante la pasividad de los legisladores. A su vez, la cuestión del PAMI fue
abordada con particular intensidad: el militante sostuvo que el organismo debía
volver a la conducción de los propios jubilados conforme a la Ley 19.032, ya
que había sido «una caja política todos estos años». La propuesta concreta fue
la creación de comisiones territoriales que relevaran la situación en el
interior profundo y produjeran informes técnicos capaces de transformar la
problemática individual en un documento político colectivo.
El tercer eje de debate fue el de la reforma educativa y su
vínculo con la inseguridad. Fernando Pequeño señaló que la propuesta nacional
de «libertad educativa» representaba un retorno a las lógicas de los años
noventa, orientado a desfinanciar la escuela pública y modificar currículos
para favorecer el pensamiento financiero —«matemática financiera y
criptomonedas»— por sobre las materias de conciencia social. Un militante de la
Universidad Nacional de Salta denunció que el marco normativo de 2005 estaba siendo
amenazado y que la instalación de un sistema de váuchers cerraría escuelas
rurales y periféricas. La conexión entre reforma educativa e inseguridad fue
explicitada en términos de criminalización de la pobreza y la juventud: ante el
abandono estatal, la respuesta institucional sería tratar a los jóvenes como delincuentes
y bajar la edad de imputabilidad, en lugar de ofrecerles inclusión.
El cuarto eje fue el de la salud y la privatización del
acceso en el interior profundo. Verónica Molina propuso la creación de
comisiones territoriales específicas para denunciar la privatización del
derecho a la salud y la falta de insumos en hospitales del interior. Joaquín
López intensificó este punto señalando la no adhesión de la provincia de Salta
a la Ley de VIH/SIDA de 2022 como un ejemplo concreto de complicidad por
omisión del Estado provincial ante el abandono nacional. La propuesta fue clara:
obligar a los legisladores representantes del partido a hacer respetar las
leyes nacionales de salud, y exigir que la provincia garantizara los insumos
básicos cuando la Nación incumpliera sus obligaciones.
A lo largo del debate, también emergieron tensiones internas
sobre la cuestión de la intervención partidaria. Fernando Pequeño Ragone
planteó una advertencia táctica fundamental que generó debate: «Ojo con pedir
el cese de la intervención ahora. Si hoy finaliza, se lo lleva Sáenz al
partido». La moción de no levantar la intervención ganó por amplia mayoría,
revelando que, paradójicamente, el instrumento jurídico de la intervención
—habitualmente criticado como mecanismo de control— era en este contexto una protección
contra la absorción del partido por el oficialismo provincial. Esta tensión
entre la autonomía deseada y la defensiva institucional fue uno de los puntos
de mayor complejidad política de la comisión.
Guillermo Toriano, militante histórico de ochenta años que
portaba físicamente las «20 Verdades» de Perón en su agenda, aportó la
dimensión doctrinal al debate. Su lectura de fragmentos de las Verdades —«La
verdadera democracia es aquella donde el gobierno hace lo que el pueblo quiere
y defiende un solo interés, el del pueblo»— no fue un gesto nostálgico sino un
dispositivo de encuadre ético: las Verdades señalaban a quienes habían
traicionado al movimiento, marcaban que «todo círculo político es antipopular y
por lo tanto no es justicialista», y convocaban a recuperar la mística
necesaria para «enamorar de corazón a corazón» a una militancia fragmentada y
desanimada.
El cierre de la comisión: de la catarsis a la
síntesis política
En el tramo final del trabajo de comisión, la coordinadora
fue sistematizando en el acta las mociones que surgían del debate. El proceso
fue de una densidad notable: de la descarga emocional y la denuncia
individualizada, la comisión fue construyendo colectivamente un conjunto de
propuestas articuladas. La primera moción registrada fue el «rechazo y repudio
a la reforma laboral, planteando su inconstitucionalidad». A esta se sumaron
mociones sobre la defensa del FGS, la exigencia de disciplina para los legisladores
que votaron el ajuste, la creación de comisiones territoriales en salud y
previsión social, y la propuesta de utilizar el espacio de la sede partidaria
para la próxima reunión bajo la forma de un homenaje a Miguel Ragone. Este
último punto fue revelador: la desconfianza hacia la conducción formal era tal
que se sugería «solapar» la actividad política bajo un formato cultural para
que «no puedan negar el espacio». El cierre de la comisión produjo así un
primer esbozo del documento final que sería presentado en plenario al promediar
la tarde.
VI. Del Dolor a la Propuesta: La Transición entre
Catarsis y Estructuración del Documento Final — 14:00 PM
Hacia las catorce horas, el congreso ingresó en su tramo más delicado desde el punto de vista organizativo: la transición entre la catarsis colectiva acumulada durante la mañana y el trabajo técnico de redacción del documento final. El moderador del acto situó ese momento con una frase de alto contenido simbólico: «El 19 será recordado como el día más amargo y doloroso que quedará en la memoria de los peronistas». Esta referencia al 19 de febrero —fecha en que la Cámara de Diputados aprobó la reforma laboral con el voto de los legisladores salteños— operó como un anclaje de memoria colectiva que unificaba a todas las facciones presentes bajo un mismo dolor compartido. «Están todos, vinieron todas las facciones», señaló el moderador, subrayando que la unidad no nacía de un acuerdo programático previo sino de la herida común.
En este momento, el congreso se tomó un «pequeño recreo
gastronómico», descripción que no debe leerse como pausa trivial, sino como un
componente funcional del encuadre institucional. En situaciones de alta carga
emocional —y la jornada había sido, hasta ese momento, emocionalmente intensa—
estos espacios informales operan como depósitos de la ansiedad colectiva,
permitiendo que la tarea política ulterior sea sostenible. La mención a «la
nota de la Nora» y a expresiones de espiritualidad compartida mostró cómo lo
doméstico y lo espiritual sostenían la estabilidad psíquica del grupo en el
momento de mayor presión.
Reincorporado el plenario después del recreo, el conductor
del congreso, miembro del Frene de Recuperación Justicialista, anunció: «Vamos
a volver a instalar las comisiones después de este pequeño recreo gastronómico.
Se va a leer un documento final porque en la mesa cortamos». Esta expresión
—«en la mesa cortamos»— marcaba una decisión de autoridad: era el momento de
pasar de la deliberación abierta a la síntesis redactada. El cambio de tono fue
perceptible: las intervenciones se volvieron más breves y más orientadas a la
formulación de propuestas concretas que a la expresión del malestar. La
coordinadora de la Comisión tres comenzó a dar lectura a las mociones
sistematizadas durante el trabajo grupal, lo que imponía un formato más
estructurado y procedimental al plenario.
El ajuste en la coordinación fue notable: donde antes se
toleraban intervenciones extensas y emocionalmente cargadas, ahora la
moderación orientaba hacia la síntesis, la formulación de mociones y la
votación de propuestas. Este pasaje —de la «militancia foca» que solo aplaude,
pasando por la catarsis colectiva de la denuncia, hacia la producción técnica
de un documento político— fue, en términos institucionales, el movimiento más
significativo de la jornada. La militancia se estaba dando a sí misma un instrumento,
y ese acto de producción colectiva era, en sí mismo, la demostración de la
capacidad política que la conducción formal les había negado.
VII. La Palabra que Cierra y Abre: El Congreso como
Declaración de Guerra Institucional — 15:00 PM
A las quince horas, el congreso convocó nuevamente a todos
los participantes en plenario para el tramo de cierre. El moderador introdujo
el acto de clausura apelando a la mística de la «Comunidad Organizada» y
citando la genealogía política del movimiento —Perón, Néstor Kirchner, Cristina
Fernández— como marco de legitimidad histórica para lo que se había construido
durante la jornada. La lectura del documento final, producido a partir de las
mociones de las tres comisiones, constituyó el momento de mayor densidad
simbólica: la palabra escrita como acto de institución, como prueba de que la
militancia podía producir política desde abajo.
Los ejes principales del documento final recogieron los
grandes temas debatidos durante la jornada: el rechazo y repudio a la reforma
laboral con planteo de inconstitucionalidad, la defensa del Fondo de Garantía
de Sustentabilidad y los derechos previsionales, la exigencia de disciplina
partidaria para los legisladores que votaron el ajuste, la creación de
comisiones territoriales de salud y previsión social en el interior profundo, y
la propuesta de recuperar el espacio físico de la sede del PJ para la próxima
reunión —programada para el viernes 13 de marzo— mediante un homenaje a Miguel
Ragone. A estos ejes programáticos se sumaron compromisos de construcción
comunicacional: producir contenidos digitales de quince a treinta segundos para
TikTok e Instagram, y conformar células intergeneracionales donde jóvenes y
adultos mayores trabajaran juntos.
La oradora que clausuró el acto fue una militante referente
de la Rama Femenina, con vínculos en Buenos Aires pero anclada en la militancia
salteña. Su discurso constituyó lo que, en términos analíticos, podría
denominarse una declaración de guerra institucional en clave afectiva. «Ya no
queremos ser los que nos dan las órdenes... Vamos a tomar el partido,
compañeros y compañeras que nunca han sido valorados como se merecen»,
proclamó, poniendo el cuerpo en la denuncia de la expropiación identitaria que
padecía la base. La distinción de clase al interior del propio peronismo fue
formulada sin rodeos: «No somos de apellido», señaló, trazando una frontera
entre la aristocracia del sello y la militancia sin nombre propio que sin
embargo hacía el trabajo real de llegar a la vecina, al anciano, al niño sin
comida. Su grito —«cuando nosotros golpeamos la puerta para dar respuesta a la
vecina, al anciano, a ese niño que no tiene para comer, nos cierran la puerta»—
sintetizó con elocuencia brutal la tensión constitutiva de todo el congreso:
entre una dirigencia que usaba a la militancia cuando la necesitaba y la
desplazaba cuando no le servía, y una base que había decidido no ser más «mano
de obra barata» de las campañas electorales.
La afirmación de autonomía financiera —«no le pedimos una
moneda a nadie»— que la oradora pronunció como cierre moral de su intervención
reforzó esta lectura: la legitimidad ética del congreso residía precisamente en
que no dependía de ningún financiamiento externo ni de ninguna estructura que
los convalidara desde arriba. El sacrificio propio —«nos vamos con el
sacrificio que pusimos a esto»— era el aval de una militancia que no necesitaba
del reconocimiento de la cúpula para saber que su trabajo era real.
Los aplausos, las consignas finales y el abrazo colectivo
que cerró el acto a las quince horas no fueron el epílogo rutinario de un
evento político, sino la síntesis gestual de todo lo que había ocurrido durante
las cinco horas precedentes. El congreso había sido, simultáneamente, un
espacio de catarsis, un laboratorio de propuestas, un acto de
re-institucionalización desde abajo y una declaración de principios frente a la
conducción que los había expulsado. La convocatoria para el 13 de marzo —tomar
físicamente la sede del PJ bajo la cobertura simbólica de un homenaje a Ragone—
funcionó como la primera línea de acción concreta que el congreso proyectaba
hacia el futuro.
VIII. Tensiones, Acuerdos y Desafíos: Balance de
una Jornada Instituyente
El Congreso de la Militancia del Frente de Recuperación Justicialista dejó, al promediar la tarde del 21 de febrero de 2026, un conjunto de tensiones no resueltas que definirán el horizonte político del espacio en los meses siguientes. La primera y más profunda es la paradoja de la intervención: una militancia que proclama la recuperación de la autonomía partidaria y al mismo tiempo necesita que la intervención formal continúe para no entregar el partido al gobernador Sáenz. Esta contradicción táctica —habitar una estructura que se rechaza, precisamente para evitar que otros la tomen— constituye el nudo gordiano del proceso de reconducción y no encontró en el congreso una resolución definitiva, aunque sí una mayoría clara a favor de mantener la intervención como mal menor.
La segunda tensión es la que existe entre la mística y la
técnica: el congreso osciló durante toda la jornada entre la descarga emocional
y la producción programática. Los momentos de mayor potencia afectiva —los
discursos sobre la «casa materna», la denuncia del hambre, el grito de la
oradora del cierre— convivieron con las intervenciones más técnicas sobre
judicialización, informes territoriales y disciplina partidaria. El desafío
pendiente es que ambas dimensiones logren una síntesis estable: sin mística, la
programación se vuelve burocracia; sin técnica, la mística se agota en
catarsis. El documento final fue un primer intento de ese equilibrio, pero su
implementación real dependerá de la capacidad organizativa en los tramos que
siguen.
La tercera tensión, quizás la más estructural, es la
comunicacional: el reconocimiento explícito de que la derecha ha ganado la
batalla digital —con quince segundos de TikTok en San Antonio de los Cobres,
con el 90% de los votos— interpela a una militancia cuya principal fortaleza
sigue siendo el territorio físico y el vínculo cara a cara. La propuesta de
células comunicacionales intergeneracionales es prometedora en teoría, pero
requiere una inversión de formación y recursos que el espacio todavía no tiene
garantizada.
Entre los acuerdos alcanzados, el congreso logró articular
un horizonte de unidad táctica entre facciones diversas bajo el peso del dolor
compartido por el 19 de febrero, estableció un límite político claro en la
figura de la gestión de Sáenz y los legisladores que votaron el ajuste, y
construyó un primer documento programático que da cuenta de la capacidad de la
base para producir política desde abajo. La convocatoria para el 13 de marzo en
la sede del PJ fue el compromiso más concreto y verificable que el congreso
dejó como herencia inmediata.
En definitiva, el Congreso de la Militancia del 21 de
febrero de 2026 constituyó un acto de re-institucionalización desde las bases.
No fue un simple acto de desahogo ni una réplica de las formas tradicionales de
hacer política peronista: fue un intento —imperfecto, emotivo, técnicamente
desigual pero políticamente serio— de recuperar la capacidad de producir
sujetos políticos allí donde la conducción había querido fabricar únicamente
«focas que aplauden». Si esa apuesta logrará transformarse en una fuerza política
capaz de disputar la conducción del Partido Justicialista en Salta es una
pregunta que el tiempo deberá responder. Lo que el congreso dejó instalado, sin
embargo, es que la militancia de base tiene no solo el deseo, sino también los
instrumentos intelectuales y la voluntad organizativa para intentarlo.

