En construcción.
Conocer el desarrollo del panel en,
El Peronismo Salteño ante la Dialéctica de la Cooptación. Conversatorio 1 del Ciclo
https://ateneomiguelragone.blogspot.com/2026/05/el-peronismo-salteno-ante-la-dialectica.html
y en
La palabra de la militancia en el conversatorio “El PJ como casa materna”
https://ateneomiguelragone.blogspot.com/2026/05/la-palabra-de-la-militancia-en-el.html
Síntesis
El PJ Salta se miró al espejo: crónica de un
debate necesario
Ciclo de Conversatorios PJ Salta 2026 —
Registro del primer encuentro
El 7 de mayo de 2026, el Partido Justicialista de
Salta abrió un ciclo de conversatorios internos con una pregunta que pocos
movimientos políticos se atreven a formular en voz alta: ¿por qué dejamos de
ser lo que éramos? El encuentro, organizado por el Ateneo Miguel Ragone, el
Movimiento de Recuperación Justicialista y el grupo PRAXIS, reunió en dos
momentos complementarios a referentes partidarios, analistas y militantes de
base. El resultado fue un diagnóstico colectivo tan incómodo como necesario.
La pregunta que nadie quería responder
El interventor del PJ salteño, Pablo Kosiner,
abrió el espacio con una afirmación que marcó el tono de toda la jornada: antes
de llamar a elecciones internas, hay que saber qué es lo que se elige defender.
En sus palabras late el reconocimiento de que el partido perdió nitidez:
durante años funcionó como apéndice de distintos gobiernos, subordinando su
identidad doctrinaria a la lógica del poder de turno. Para Kosiner, el antídoto
no es retórico sino concreto: la justicia social como eje organizativo vigente,
no como nostalgia.
Fernando Pequeño Ragone, del Ateneo homónimo,
situó el debate en una genealogía de resistencia propia del peronismo salteño,
anclada en figuras como Eva Perón y el gobernador Miguel Ragone, primer
gobernador trabajador de la provincia. Su aporte metodológico más recordado fue
la propuesta de debatir sin autocomplacencia, de cara al propio pasado y sin
miramientos. Rubén Gutiérrez, de PRAXIS, completó ese encuadre con una
advertencia: la recuperación depende exclusivamente de la militancia, no de las
cúpulas. Y David Torrejón estableció la condición de posibilidad de todo lo
demás: la unidad solo tiene sentido si es programática, no puramente
declarativa.
La anatomía de la cooptación
Los tres panelistas del primer bloque
diseccionaron el problema desde ángulos distintos que, leídos en conjunto,
construyen una imagen completa.
Luis Mendaña ofreció el diagnóstico más
descarnado: el PJ se convirtió en una estructura electoral vacía porque las
conducciones reemplazaron los cuadros propios por operadores de la gestión
estatal. El mecanismo fue el abuso de la lista única: cuando unos pocos manejan
quién entra y quién queda fuera, el afiliado común deja de tener razones para
participar. Y cuando el partido sustituyó la organización del trabajo por la
gestión de la asistencia social, entregó al adversario político la herramienta
para estigmatizar a sus propios votantes.
Guido Giacosa aportó la dimensión ética: la
cooptación no es solo estructural, sino también cultural. Mientras un
legislador peronista vote a favor de leyes como el RIGI o el ajuste
previsional, el partido estará colaborando con el modelo que históricamente
vino a combatir. La autocrítica individual, propuso, es el punto de partida
inevitable. Y la independencia de las estructuras estatales del oficialismo de
turno es la condición material de cualquier independencia política real.
David Torrejón puso nombre técnico al mecanismo:
la reforma silenciosa de la Carta Orgánica. La creación de una comisión que
concentraba las decisiones de los órganos colegiados del partido en dieciocho
personas designadas verticalmente fue la ingeniería institucional del
vaciamiento. La sede partidaria quedó sin comisiones temáticas, sin vida
interna, sin razón de ser fuera del ciclo electoral. Nicolás Juárez Campos
elevó la mirada al plano global: la cooptación tiene una dimensión cultural que
opera sobre el lenguaje mismo de la política. Recuperar pensadores nacionales
como Jauretche o Scalabrini Ortiz, y disputar la soberanía tecnológica y
geopolítica, son tareas tan urgentes como la reforma estatutaria.
La militancia tomó la palabra
En la segunda parte del encuentro, que fue en
muchos sentidos la más reveladora; afiliados de base, un docente jubilado, un
ex militar, jóvenes militantes y una referente de la comunidad LGBT dijeron,
con menos vocabulario técnico pero con mayor precisión experiencial,
exactamente lo mismo que los analistas del día anterior.
Una militante de base introdujo el concepto más
perturbador de la sesión: la transformación de la militancia en meros
aplaudidores, personas que validan sin deliberar ni proponer. El docente
jubilado Gustavo Tilca lo precisó con evidencia normativa: la Carta Orgánica
exige presentar candidatos en trece departamentos simultáneamente para poder
competir internamente. Ese requisito no es una condición democrática; es un
filtro que solo pueden superar quienes ya controlan la estructura. Lo llamó por
su nombre: proscripción interna.
Un referente territorial señaló la responsabilidad
individual de los legisladores que votan en contra del mandato popular,
recordando que sin doctrina compartida un movimiento no puede exigirle
coherencia a sus representantes. Una militante histórica fue aún más directa:
la ostentación de lujo de parte de la dirigencia frente a un pueblo que no come
no es un problema de imagen, es la señal más legible del divorcio entre la
conducción y la base. Un joven militante denunció el discurso recurrente sobre
la renovación generacional que lleva quince años repitiéndose sin traducirse en
lugares reales de decisión. Una referente de la diversidad sexual cerró el
círculo: las conquistas de derechos son patrimonio del movimiento, pero su
defensa es vacía si el partido no tiene presencia real en los barrios donde el
hambre es cotidiana.
Lo que el ciclo dejó
El conversatorio no resolvió ninguno de los
problemas que planteó. Ese no era su propósito. Su mérito fue otro: demostrar
que cuando referentes institucionales y militantes de base confluyen en el
mismo diagnóstico —desde ángulos distintos y sin coordinación previa—, ese
diagnóstico deja de ser opinión y se convierte en evidencia transversal.
El argumento que emerge del conjunto es uno solo:
la cooptación del PJ salteño fue posible porque las reglas formales y la
cultura de la obediencia se reforzaron mutuamente durante años. Revertirlo
requiere tanto reforma de la Carta Orgánica como renovación ética. No alcanza
con cambiar los estatutos si los mismos liderazgos que los usaron para excluir
siguen definiendo quién entra y quién queda fuera. Y no alcanza con la
autocrítica si no hay mecanismos democráticos reales que la conviertan en poder
efectivo de la base.
Un partido que no se escucha a sí mismo no puede
escuchar al pueblo. Ese fue, en síntesis, el acuerdo tácito de toda la sala. Y
la convicción de que esa sordera no es irreversible fue lo que mantuvo
encendida la discusión hasta el final.