Cuando el partido dejó de escucharse a sí mismo
El militante como diagnóstico
La segunda parte del encuentro tuvo como protagonistas a los
militantes presentes. Si en la primera parte la palabra la tomaron el
interventor del partido, los referentes organizadores y tres panelistas con
trayectoria pública, esta vez el centro de la escena lo ocuparon afiliados de
base, un docente jubilado, un ex militar, referentes territoriales, un joven
militante y una representante de la comunidad LGBT. Nadie habló desde un
despacho. Todos lo hicieron desde la experiencia de pertenecer a un partido
que, según el consenso tácito de la sala, dejó de reconocerlos.
El objetivo seguía siendo el mismo que articula todo el
ciclo: diagnosticar por qué el PJ de Salta funciona como apéndice del
oficialismo y trazar vías concretas de recuperación. Pero en esta parte del
diálogo el diagnóstico no llegó desde el análisis político abstracto sino desde
el agravio vivido: las unidades básicas vacías, las elecciones internas
bloqueadas por tecnicismos estatutarios, la juventud convocada en el discurso y
excluida en la práctica, el hambre en los barrios y los dirigentes circulando
en camionetas 4x4.
Lo que emerge de sus voces no es queja sino teoría política
formulada desde abajo. Y tiene que ser leída como tal.
I. La militante de base: el "aplaudidor" como
categoría política
La intervención de la compañera que abrió el debate introdujo el concepto más perturbador de la sesión: la transformación de la militancia en "aplaudidores". La imagen es brutal en su precisión. Un aplaudidor no delibera, no propone, no contradice; valida. Y un partido de aplaudidores no es un partido: es una claque al servicio de quien maneja la lapicera.
La figura resuena directamente con lo que Luis Mendaña había
planteado en el primer conversatorio: cuando las conducciones desconfían de los
cuadros propios y los reemplazan por operadores de la gestión, el afiliado
común pierde todo incentivo para participar. La compañera no citó a Mendaña,
pero lo corroboró desde la experiencia propia: el vaciamiento de las unidades
básicas no fue un accidente administrativo sino el resultado de una decisión de
conducción que prefirió la obediencia a la deliberación.
Su propuesta fue tan clásica como urgente: volver a las
veinte verdades peronistas como brújula viva y reconstruir la unidad con la
clase trabajadora frente al ascenso de figuras sin formación política.
II. Gustavo Tilca: la proscripción que nadie llama por su
nombre
El docente jubilado Gustavo Tilca aportó el argumento más
técnico de la jornada. Su tesis es simple y demoledora: la Carta Orgánica del
partido está diseñada para excluir. La exigencia de presentar candidatos en
trece departamentos simultáneamente para poder competir internamente no es un
requisito democrático; es un filtro que solo pueden superar quienes ya
controlan la estructura. El afiliado común, por definición, queda fuera.
Tilca lo nombra con precisión: proscripción interna. No hay
necesidad de prohibir la participación cuando los requisitos formales la hacen
materialmente imposible.
Su intervención confirma desde la experiencia del afiliado
raso lo que David Torrejón había demostrado con evidencia normativa en el
primer encuentro: la cooptación del partido no se ejecutó mediante un golpe de
conducción sino mediante la reforma silenciosa de las reglas del juego. La
diferencia entre ambas miradas es de escala, no de diagnóstico. Torrejón señaló
la Comisión de Acción Política como el dispositivo institucional del
vaciamiento; Tilca muestra cómo ese vaciamiento se siente en la práctica: llega
en forma de formulario, de plazo vencido, de requisito imposible de cumplir.
III. Tarcay: soberanía perdida, disciplina necesaria
La voz de Tarcay, afiliado de Rosario de Lerma con
trayectoria militar, introdujo una dimensión que el debate interno suele
eludir: la responsabilidad individual de los legisladores que votan en contra
del mandato popular. Cuando un diputado peronista vota a favor del RIGI o del
ajuste previsional, no está ejerciendo autonomía política sino cumpliendo un
mandato que no proviene del pueblo que lo eligió.
Esta lectura conecta con el planteo de Guido Giacosa en la
primera jornada, quien advirtió que votar esas mismas leyes en nombre del
peronismo equivale a colaborar con el modelo que el movimiento históricamente
resistió. Donde Giacosa hizo hincapié en la autocrítica colectiva, Tarcay
enfatiza la responsabilidad individual y la consecuencia lógica que de ella se
desprende: sin doctrina compartida y sin disciplina política, un movimiento no
puede exigir coherencia a sus representantes porque carece de parámetro con qué
medirla.
IV. La militante histórica y el militante de la juventud:
dos caras de la misma fractura
Dos intervenciones que parecen opuestas en su horizonte
temporal revelan, al leerse juntas, la misma herida.
La referente con trayectoria pública exigió el
"corrimiento" de la vieja guardia. No lo formuló como insulto sino
como condición estructural: mientras los mismos liderazgos que vaciaron el
partido sigan ocupando el centro de la escena, la renovación es una promesa sin
contenido. Su imagen más poderosa fue también la más incómoda: la ostentación
de lujo —los autos 4x4— frente a un pueblo que no come. La distancia estética
entre la dirigencia y la base no es un detalle de imagen; es la señal más
legible del divorcio político.
Ese divorcio es exactamente el que Rubén Gutiérrez, en la
apertura del ciclo, atribuyó a la pérdida de mística militante. La mística no
se decreta ni se restaura con un congreso partidario: se practica
cotidianamente en la coherencia entre lo que se dice y lo que se vive. La 4x4
de un dirigente que habla de justicia social no es una anécdota; es la mística
al revés.
El joven militante, por su parte, denunció lo que llamó el
"caracolito": el discurso recurrente sobre la juventud que lleva
quince años repitiéndose sin traducirse en espacios reales de decisión. No pide
reconocimiento simbólico sino lugar en la mesa. La diferencia es fundamental:
el reconocimiento simbólico perpetúa la tutela; el lugar en la mesa implica
ceder poder real.
Leídas juntas, ambas intervenciones describen una élite
partidaria atrapada en su propia lógica de supervivencia y una base que sabe
exactamente qué necesita pero carece de los mecanismos formales para imponerlo.
V. Marí Robles: el territorio como test de verdad
La referente de la comunidad LGBT aportó la intervención más
concreta en términos territoriales. Su argumento tiene dos partes que se
necesitan mutuamente: primero, que las conquistas de identidad y género son
patrimonio del movimiento y deben defenderse como tal; segundo, que esa defensa
es hueca si el partido no tiene presencia real en los barrios donde el hambre y
el abandono son cotidianos.
La segunda parte es el test de verdad de la primera. Y
conecta directamente con la advertencia de Nicolás Juárez Campos en el primer
panel: la colonización no opera solo sobre los recursos naturales sino sobre la
manera en que se piensa y se practica la política. Un partido que reivindica
derechos en el discurso pero no aparece en el territorio cuando la gente no
come está gestionando identidad en lugar de practicar justicia social —que es,
precisamente, la sustitución que el ciclo de conversatorios busca revertir.
VI. David (MRJ) y Pablo Kosiner: reforma y legitimidad
El representante del Movimiento de Recuperación
Justicialista cerró el círculo iniciado por Tilca: si la Carta Orgánica es el
mecanismo de la exclusión, su reforma es la condición de la democratización.
David propone eliminar la dependencia del "dedo" de la dirigencia
como criterio de selección y reemplazarla por participación democrática real,
abierta a quien quiera militar sin necesitar el aval de quien ya está en el
poder.
Pablo Kosiner, presente también en esta segunda jornada,
reafirmó su tesis del primer conversatorio: la legitimidad del partido solo se
recupera mediante elecciones internas que ordenen los cuadros y otorguen
representatividad real. La coherencia entre ambas posiciones es significativa:
el interventor y la base militante coinciden en que el camino es la democracia
interna. La diferencia es de énfasis: Kosiner habla de calendario electoral;
David habla de condiciones previas sin las cuales ese calendario reproduce la
desigualdad de acceso que ya existe.
Conclusión: dos jornadas, un mismo argumento
El mérito de esta segunda parte del conversatorio no reside
en la novedad de las propuestas sino en quién las formula. Cuando un docente
jubilado, una militante anónima, un ex militar y una referente LGBT dicen
esencialmente lo mismo que los analistas institucionales de la semana anterior,
el diagnóstico deja de ser opinión y se convierte en evidencia transversal.
Las dos partes del encuentro construyen, en conjunto, un
argumento de doble entrada. La primera mostró la arquitectura de la cooptación:
sus mecanismos normativos, su genealogía doctrinaria, su dimensión geopolítica.
La segunda mostró cómo esa arquitectura se siente desde adentro: como
burocracia imposible, como aplausos obligatorios, como juventud tutelada, como
mística traicionada por la ostentación.
Juntas, las dos partes confirman que la cooptación del PJ
fue posible porque las reglas formales y la cultura de la obediencia se
reforzaron mutuamente durante años. Y que su reverso requiere tanto reforma
estatutaria como renovación ética: no alcanza con cambiar la Carta Orgánica si
los mismos liderazgos que la usaron para excluir siguen definiendo quién entra
y quién queda fuera.
Lo que la militancia de base dijo en esta sala —con menos
vocabulario técnico pero con mayor precisión experiencial— es que un partido
que no se escucha a sí mismo no puede escuchar al pueblo. Y que esa sordera no
es un defecto de origen sino una decisión que, como toda decisión política,
puede revertirse.
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