viernes, 24 de abril de 2026

Abordajes sobre la tensión entre Francisco y Gebel en la identidad del grupo PRAXIS Salta

Se analiza aquí las estrategias silenciosas de construcción de fuerza partidaria en la Argentina de 2026. En el centro de esta arquitectura se ubica el Grupo PRAXIS en Salta, un "laboratorio" de cuadros políticos que busca transformar la acción militante en reflexión intelectual, operando en ámbitos académicos y territoriales para formar la narrativa del futuro.

El texto explora una profunda disputa por el sentido de la solidaridad y los valores populares. Por un lado, la figura póstuma de Francisco es rescatada por el peronismo como un "significante de unidad" para dotar de ética su programa político. Por el otro, emerge la sombra de figuras como Dante Gebel, cuyo influjo en sectores vulnerables desafía la base histórica del movimiento con narrativas de éxito individual ajenas al colectivismo tradicional.

Finalmente, el documento detalla la dimensión orgánica mediante la intervención del PJ en Salta, hoy bajo la conducción de Pablo Kosiner. Su rol es el de "ordenar la casa", mitigando las fracturas internas para consolidar un frente amplio de cara a 2027, donde la eficacia técnica y la mística simbólica converjan para recuperar el poder.

 


LOS ARQUITECTOS DEL PODER

Cómo los partidos políticos construyen fuerza, conquistan lealtades y se preparan para ganar. Abordajes sobre la tensión entre Francisco y Gebel en la identidad del grupo PRAXIS Salta. 

Un ensayo de divulgación política

Síntesis del texto

Antes de que comiencen las campañas, antes de que aparezcan los carteles y los discursos, hay un trabajo silencioso. Este ensayo cuenta cómo se hace ese trabajo: cómo un partido político construye poder desde abajo, con ideas, territorios y símbolos.

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Contenidos:

 

I. Gobernar los Símbolos

El poder de un nombre, de una imagen, de una frase

Por qué esto funciona

II. El Territorio Como Laboratorio

Por qué Salta importa más de lo que parece

¿Qué es un grupo de cuadros políticos?

El arte de estar donde nadie mira

III. La Memoria Como Arma Política

Cuando el pasado trabaja para el futuro

Convertir el duelo en programa

La batalla cultural: pelear antes de que haya elecciones

IV. La Organización Por Dentro

Cómo se arma un partido político en la práctica

El problema de la unidad

La figura del candidato técnico

V. Los Que No Están en el Partido

La competencia fuera del sistema tradicional

El fenómeno del outsider

La respuesta: ética frente a marketing

VI. El Mapa de 2027

Por qué las elecciones se ganan antes de que lleguen

El trabajo territorial: estar donde los demás no están

La formación ideológica: dar palabras a lo que se siente

La alianza de sectores: sumar sin perder

Lo Que Nos Enseña Este Caso

Más allá del peronismo y de Salta

 

El poder de un nombre, de una imagen, de una frase

Cuando el papa Francisco murió el 21 de abril de 2025, Argentina contuvo el aliento. Jorge Mario Bergoglio había sido el primer papa latinoamericano, el primero en llevar el nombre del santo de los pobres, el primero en hablar con la franqueza de quien conoce los barrios de la periferia. Pero pocas semanas después del duelo, algo curioso comenzó a suceder: los políticos empezaron a hablar de él.

No era solo sentimiento. Era estrategia.

Esto no es nuevo en la historia. Los partidos políticos siempre han buscado figuras que los trasciendan: personalidades que generen afecto, que sinteticen valores, que digan en una sola imagen lo que una plataforma no termina de explicar. Juan Manuel de Rosas fue usurpado por unos y demonizado por otros. Evita Perón fue llorada y prohibida por distintos gobiernos. El Che Guevara terminó en remeras de personas que votarían exactamente lo contrario de lo que él predicaba.

Un símbolo político es como una bandera: no importa tanto quién la bordó, sino quién la levanta y hacia dónde marcha.

En el caso de Francisco, el movimiento peronista vio una oportunidad extraordinaria. Un hombre nacido en Buenos Aires, criado en los valores de la solidaridad, que había recorrido el mundo hablando de los pobres, del medioambiente, del peligro del individualismo extremo. Sus encíclicas —documentos oficiales de la Iglesia Católica que desarrollan posturas sobre grandes temas del mundo— se convirtieron, casi sin que nadie lo declarara explícitamente, en material de lectura política.

La operación es sutil pero poderosa: si Francisco dijo que "la tierra, el techo y el trabajo" son derechos fundamentales, y si el peronismo lleva décadas defendiendo esas mismas banderas, entonces Francisco habría sido, de algún modo, peronista. Y si el peronismo es el heredero de esa visión, entonces votar peronismo es votar por los valores del papa.

Por qué esto funciona

Para entender por qué esta clase de maniobra produce efectos reales, hay que entender una cosa básica sobre la política: la gente no vota principalmente con la razón. Vota con la identidad.

Cuando alguien marca una boleta, en el fondo está diciendo quién es. Está diciendo a qué comunidad pertenece, qué valores considera sagrados, con quién se identifica. Por eso los partidos invierten tanto en construir lo que los analistas llaman un relato: una historia coherente sobre el pasado, el presente y el futuro que hace que sus votantes se sientan parte de algo más grande que ellos mismos.

El peronismo, en particular, ha sido históricamente muy hábil en este juego. Nació con Perón y Evita como protagonistas casi mitológicos. Con el tiempo incorporó la figura de Néstor Kirchner, luego la de Cristina Fernández de Kirchner. Cada momento de crisis fue seguido por una búsqueda de una nueva figura aglutinante. La muerte de Francisco abrió ese espacio simbólico de nuevo.

— "Un significante de unidad", lo llaman los politólogos. Un nombre que puede ser interpretado por muchos de maneras distintas, pero que a todos los convoca.

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Por qué Salta importa más de lo que parece

La política nacional se decide, en apariencia, en Buenos Aires. Los grandes discursos, los acuerdos entre cúpulas, las tapas de los diarios: todo parece pasar en esa ciudad enorme que concentra tanto poder. Pero los que saben de política saben que el verdadero trabajo se hace en otro lado.

Se hace en Salta, en Tucumán, en Chaco, en las provincias que conforman el norte argentino. Se hace puerta a puerta, en reuniones de barrio, en universidades públicas, en sindicatos, en parroquias. Se hace donde la gente vive sus problemas concretos: la falta de agua, el trabajo informal, la escuela con techos que se caen.

En ese escenario, Salta ha emergido en los últimos años como lo que los estrategas políticos llaman un laboratorio: un territorio donde se ensayan ideas, se prueban liderazgos y se diseñan modelos que luego pueden replicarse en otras provincias. Y en ese laboratorio opera, entre otros actores, un grupo llamado PRAXIS.

¿Qué es un grupo de cuadros políticos?

Para entender qué hace PRAXIS, primero hay que entender un concepto que los partidos utilizan pero rara vez explican: la formación de cuadros.

Un cuadro político no es simplemente un militante que reparte boletas o pega afiches. Es alguien que ha sido formado intelectualmente para entender los problemas de fondo, para argumentar con solidez, para conectar las ideas grandes con las realidades pequeñas. Es quien puede explicar en una asamblea de vecinos por qué el precio del litio en la Puna tiene que ver con la soberanía nacional. Es quien puede traducir un documento complejo en un discurso de diez minutos que la gente entienda y recuerde.

Los partidos políticos que quieren durar en el tiempo necesitan cuadros. Sin ellos, son solo maquinarias electorales que funcionan cuando hay candidatos caros y se caen a pedazos cuando el candidato pierde o muere. Con cuadros, el partido puede sobrevivir porque la ideología ya no está en una sola persona: está distribuida, enseñada, aprendida.

El nombre PRAXIS remite a una palabra griega que significa, aproximadamente, "la acción que transforma". No cualquier acción: la que nace de la reflexión, la que sabe por qué hace lo que hace.

En Salta, el Grupo PRAXIS ha construido su presencia sobre tres pilares: la Universidad Nacional de Salta como espacio de debate académico, las organizaciones territoriales como espacio de acción concreta, y los conversatorios —encuentros de reflexión y discusión— como puente entre ambos mundos.

El arte de estar donde nadie mira

Una de las estrategias más efectivas de los partidos que buscan construir poder a largo plazo es la de penetrar los espacios que parecen apolíticos. La universidad, las asociaciones civiles, los grupos religiosos, las cámaras de comercio. Espacios donde la gente se reúne por razones que no son electorales pero donde, inevitablemente, se construyen opiniones, se forman criterios, se generan redes de confianza.

PRAXIS ha hecho exactamente eso. Sus integrantes participan en debates académicos sobre pobreza, sobre el futuro del trabajo, sobre los recursos naturales del norte argentino. Escriben artículos, organizan conferencias, promueven el estudio de documentos históricos del peronismo como la "Comunidad Organizada" de Perón. No buscan ganar votos en ese momento. Buscan algo más valioso: formar la manera en que ciertas personas piensan sobre la política y la sociedad.

Cuando llega el momento electoral, esas personas ya tienen un marco. Ya tienen palabras para nombrar lo que sienten. Ya tienen una narrativa que les explica por qué votar de determinada manera no es solo conveniencia sino convicción.

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Cuando el pasado trabaja para el futuro

En abril de 2026, al cumplirse el primer aniversario de la muerte de Francisco, algo llamó la atención. Mientras en la Basílica de Luján se realizaba el acto oficial —con la tensión habitual entre dirigentes que compiten por los primeros planos—, en Salta ocurría algo diferente y, en cierto modo, más significativo.

Durante semanas, el Grupo PRAXIS organizó una serie de conversatorios. No misas, no actos políticos disfrazados de homenaje: conversatorios. Encuentros donde académicos, militantes, estudiantes y vecinos se sentaban a discutir. La obra de Francisco. La pedagogía y la política comunitaria. La justicia social y los derechos humanos. El litio y la soberanía. La antipolítica como fenómeno social.

¿Por qué esto es una estrategia política y no solo un gesto cultural?

Porque la memoria tiene una función política fundamental: legitima. Cuando un partido puede decir "nosotros somos los herederos de esta figura, de esta tradición, de estos valores", está construyendo una autoridad que va mucho más allá de lo que cualquier candidato puede ofrecer por sí solo. Está diciendo: "Estamos del lado correcto de la historia".

El control del relato del pasado es, frecuentemente, la batalla más importante del presente.

Convertir el duelo en programa

Lo que hicieron los conversatorios de abril de 2026 fue algo técnicamente sofisticado: transformar el sentimiento de pérdida colectiva en agenda política concreta. Cada mesa de debate sobre las enseñanzas de Francisco terminaba con preguntas implícitas —o explícitas— sobre el presente argentino.

Si Francisco enseñó que la tierra, el techo y el trabajo son derechos inalienables, ¿qué partido defiende eso hoy? Si Francisco dijo que hay que cuidar la casa común, ¿quién tiene una política ambiental coherente? Si Francisco denunció la globalización de la indiferencia, ¿qué modelo económico encarna esa indiferencia y cuál la resiste?

Las preguntas estaban formuladas de manera que las respuestas parecieran obvias. Ese es exactamente el objetivo de este tipo de trabajo político: no convencer mediante el debate, sino crear un clima en el que determinadas conclusiones se sientan como sentido común.

La batalla cultural: pelear antes de que haya elecciones

Los politólogos tienen un concepto para describir este fenómeno: hegemonía cultural. La idea, desarrollada por el pensador italiano Antonio Gramsci, sostiene que el poder no se mantiene solo con la fuerza o con el dinero, sino con la capacidad de hacer que ciertos valores y visiones del mundo parezcan naturales, inevitables, de sentido común.

Un partido que logra hegemonía cultural no necesita convencer a nadie en cada elección. Ya convenció antes, en las escuelas, en los medios, en la cultura popular, en los espacios académicos. La elección es casi un trámite.

Por supuesto, la hegemonía cultural total rara vez se alcanza. Pero la disputa por ese territorio simbólico es constante. Los conversatorios de PRAXIS en Salta son, en ese sentido, trincheras. Espacios donde se libra la batalla antes de que empiece la campaña.

— "La memoria debe desbordar el aula", dice uno de los lemas que circuló en esos encuentros. La frase resume perfectamente el proyecto.

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Cómo se arma un partido político en la práctica

Hay algo que la televisión rara vez muestra: el trabajo cotidiano, burocrático y a veces tedioso de construir un partido político. Las reuniones que terminan a medianoche sin acuerdo. Los documentos que nadie lee. Las internas que desgastan más que las elecciones mismas.

En el peronismo salteño, este trabajo interno es visible en la figura de la intervención del Partido Justicialista. Cuando un partido entra en crisis —por derrotas electorales, por disputas entre facciones, por escándalos o simplemente por falta de liderazgo— suele designarse un interventor: alguien de afuera o de arriba que viene a ordenar la casa.

En Salta, ese rol está actualmente en manos de Pablo Kosiner, quien reemplazó a Sergio Berni en la conducción del proceso de normalización. El objetivo declarado es preparar al partido para las elecciones de 2027, lo que implica resolver viejas peleas, alinear a los distintos sectores bajo una misma estrategia y decidir quiénes serán los candidatos.

El problema de la unidad

Una de las mayores dificultades de cualquier partido grande es la unidad. Los partidos no son bloques monolíticos: son coaliciones de grupos con intereses, visiones e historias distintas. En el peronismo, esto es especialmente visible: hay kirchneristas y antikirchneristas, sindicatos y movimientos sociales, gobernadores con proyectos propios y dirigentes nacionales con otras agendas.

Lograr que todos esos grupos marchen juntos hacia una elección requiere lo que en la jerga política se llama una narrativa de unidad: una idea lo suficientemente grande y lo suficientemente vaga como para que cada sector pueda sentirse incluido sin tener que renunciar a sus particularidades.

La figura de Francisco cumple exactamente esa función. Porque Francisco fue lo suficientemente amplio en sus valores —habló de los pobres, del medioambiente, de la paz, de la familia— como para que distintos sectores del peronismo puedan apropiarse de algún fragmento de su legado sin contradecirse entre sí. El franciscanismo político es, en ese sentido, un pegamento ideológico.

Los partidos exitosos no son los que tienen una ideología pura e incontaminada. Son los que tienen una ideología lo suficientemente flexible como para contener multitudes sin romperse.

La figura del candidato técnico

En este escenario, emerge una figura que los analistas políticos reconocen bien: el candidato técnico. Alguien que no viene de la política de aparato, que no tiene el lastre de las peleas internas, que puede hablar de gestión y administración con credibilidad, y que al mismo tiempo comparte los valores del movimiento.

En Salta, ese perfil parece encarnarse en figuras como Emiliano Estrada, mencionado como referente con proyección. El argumento implícito es el siguiente: en un contexto de descrédito de la política tradicional, un perfil técnico puede llegar a votantes que de otra manera se quedarían en casa o votarían por opciones antisistema.

Esta estrategia no es nueva. Muchos partidos en crisis han recurrido a ella. El desafío es que el candidato técnico, una vez que llega al poder, necesita también ser político: negociar, construir mayorías, tomar decisiones que no siempre son técnicas sino profundamente valorativas.

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La competencia fuera del sistema tradicional

Toda esta arquitectura de símbolos, cuadros y territorios se construye en un contexto que la complica enormemente: el crecimiento de lo que los politólogos llaman la antipolítica.

La antipolítica es el sentimiento, cada vez más extendido en Argentina y en el mundo, de que los partidos tradicionales no representan a nadie. De que los políticos son todos iguales. De que votar no cambia nada. De que el sistema está capturado por intereses que nada tienen que ver con la gente común.

Este sentimiento genera un tipo de votante que los partidos establecidos temen: el votante volátil, que en cada elección puede ir a cualquier lado, que no tiene lealtad partidaria, que busca algo que le genere emoción o esperanza o simplemente rabia canalizada.

El fenómeno del outsider

En Argentina, este fenómeno tomó una forma muy concreta con figuras como Javier Milei, quien llegó a la presidencia desde fuera del sistema. Pero también, de manera diferente, está tomando forma en el espacio religioso con figuras como Dante Gebel, un pastor evangélico de origen argentino radicado en Los Ángeles que tiene millones de seguidores en toda América Latina.

¿Qué tiene que ver un pastor con la política? Mucho más de lo que parece. El crecimiento del evangelismo pentecostal en Argentina —que ya alcanza a aproximadamente el 20% de la población— ha creado comunidades de pertenencia fuertes, con sus propios códigos, sus propias narrativas de éxito y fracaso, sus propias figuras de autoridad. Estas comunidades votan, y no siempre de manera predecible.

Lo que preocupa al peronismo no es que Gebel sea candidato —no lo es— sino que su influencia moldea la manera en que millones de personas pobres y de clase media baja piensan sobre la vida, el esfuerzo, el éxito y la solidaridad. Si esa visión es incompatible con la solidaridad colectiva que predica el peronismo, entonces el peronismo tiene un problema electoral en los sectores que históricamente fueron su base.

La competencia más peligrosa para un partido político no siempre viene de otro partido. A veces viene de un predicador, un influencer, un conductor de televisión que no busca votos pero forma opiniones.

La respuesta: ética frente a marketing

La estrategia que el Grupo PRAXIS ha diseñado para enfrentar este desafío es interesante en términos políticos: no competir en el mismo terreno. No intentar ser más entretenido que Gebel ni más rupturista que Milei. Sino afirmar que el peronismo tiene algo que esas figuras no tienen: historia, raíces, una tradición de transformación real.

El argumento es el siguiente: el marketing político puede ganar una elección, pero no puede gobernar. El populismo mediático puede movilizar emociones, pero no puede construir hospitales, escuelas ni trabajo genuino. Solo un movimiento con estructura territorial real, con cuadros formados, con una doctrina coherente puede hacerlo.

Es un argumento que puede o no convencer a los votantes. Pero es, en todo caso, un argumento político serio: no apela a la emoción sino a la experiencia histórica.

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Por qué las elecciones se ganan antes de que lleguen

A casi dos años de las elecciones presidenciales de 2027, el peronismo está haciendo exactamente lo que se hace en esa etapa: sembrar. No cosechar todavía, porque es demasiado temprano. Pero preparar el suelo, regar las ideas, fortalecer las redes.

La estrategia que emerge del trabajo del Grupo PRAXIS y de la intervención del PJ en Salta tiene varios componentes que vale la pena distinguir, porque son los mismos componentes que utilizan los partidos en todo el mundo cuando intentan remontar desde una posición difícil.

El trabajo territorial: estar donde los demás no están

El primer componente es territorial. Mientras el gobierno nacional ocupa el centro del escenario con sus grandes anuncios y sus grandes polémicas, el peronismo está trabajando en los márgenes: en las universidades del norte, en los sindicatos de las economías regionales, en las comunidades indígenas de la Puna. Está escuchando problemas que el poder central no suele escuchar. Está construyendo lealtades que difícilmente se rompen con una campaña publicitaria.

La formación ideológica: dar palabras a lo que se siente

El segundo componente es ideológico. Los conversatorios no son solo eventos de cohesión interna. Son laboratorios de lenguaje: espacios donde se producen las frases, los conceptos, los argumentos que luego circularán en la campaña. Cuando un militante explica en una asamblea por qué la explotación del litio debe hacerse en beneficio de los salteños y no de las empresas multinacionales, no está improvisando. Está reproduciendo un discurso que fue construido con cuidado en esos espacios de formación.

La alianza de sectores: sumar sin perder

El tercer componente es la construcción de alianzas. Un partido que llega solo a una elección llega débil. El peronismo 2027 está intentando construir lo que sus dirigentes llaman un frente amplio: una coalición que incluya al kirchnerismo, a los sindicatos, a los movimientos sociales, a sectores medios progresistas, y quizás también a algunos sectores de centroizquierda que hoy no se identifican con el peronismo pero comparten algunos valores.

La figura de Francisco sirve aquí también: es un nombre que trasciende las fronteras internas del movimiento y que puede funcionar como paraguas bajo el cual se reúnen sectores que de otra manera no se hablarían.

La política es, en el fondo, el arte de hacer que gente muy diferente marche en la misma dirección al menos durante el tiempo suficiente para ganar una elección.

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Más allá del peronismo y de Salta

Este relato sobre el peronismo salteño, Francisco y las elecciones de 2027 puede leerse de muchas maneras. Como crónica de la política argentina. Como análisis de un movimiento en crisis que busca reinventarse. Como estudio de caso sobre el rol de la religión en la política contemporánea.

Pero hay una lectura más general que vale la pena subrayar: lo que vemos aquí son los mecanismos universales mediante los cuales los partidos políticos construyen poder. Mecanismos que no son exclusivos del peronismo ni de la Argentina, sino que se repiten, con variaciones culturales y contextuales, en prácticamente todos los sistemas democráticos.

Los símbolos que legitiman. El territorio que ancla. La memoria que orienta. Los cuadros que sostienen. Las alianzas que suman. La narrativa que da sentido a todo lo anterior. Estos son los ladrillos con los que se construye el poder político en democracia.

Entenderlos no implica estar de acuerdo con quienes los utilizan. Implica algo más valioso: poder reconocerlos cuando aparecen, poder hacer preguntas informadas sobre qué está ocurriendo detrás de los discursos y los actos, poder ser ciudadanos más lúcidos en el momento en que más importa serlo: cuando llega el momento de votar.

La democracia funciona mejor cuando los ciudadanos entienden no solo qué les prometen los partidos, sino cómo construyen esas promesas. Este ensayo fue escrito con esa convicción.

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Salta, Argentina — Abril de 2026

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