sábado, 13 de junio de 2026

El Peronismo ante el Espejo Roto

 

Ateneo DR. MIGUEL RAGONE

 

El Peronismo ante el Espejo Roto:

Agotamiento, Identidad y Proyecto a Cincuenta Años del Último Discurso de Perón

 

Ensayo político elaborado a partir del panel debate

«Entre la Memoria Épica y la Necesidad de Futuro»

Biblioteca de la Legislatura de Salta — Fundación Manuel A. de Castro, junio de 2026

 

Este ensayo es elaborado por la Asociación Dr. Miguel Ragone por la Verdad, la Memoria y la Justicia a partir del panel debate organizado por la Fundación Manuel A. de Castro en la Biblioteca de la Legislatura (Caseros 519, Salta), desarrollado en el marco de los cincuenta años del último discurso público de Juan Domingo Perón. El texto integra las intervenciones de los panelistas —Daniel Escotorín, José de Guardia de Ponté, Fernando Pequeño, Federico Castro, David Garros y Nicolás Juárez Campos— con el marco teórico que proporcionan los trabajos de Alejandro Horowicz (2005, 2023) y Alejandro Grimson (2019), a fin de situar el debate local en una perspectiva más amplia sobre el agotamiento y la renovación del movimiento nacional y popular.

 

I. El diagnóstico del agotamiento: del «cuarto peronismo» a la «democracia del disciplinamiento»

1.1. El bisturí crítico como punto de partida

El panel no comenzó con una conmemoración. Comenzó con una pregunta que incomoda: ¿por qué el peronismo, que ha ganado jerarquía histórica, ha perdido viabilidad política? La formulación es de Daniel Escotorín, el historiador que abrió el debate, y condensa una tensión que atravesó toda la jornada. El dato que la sostiene es contundente: el PJ en Salta promedia el 8% de los votos. Ante ese número, la memoria épica —el relato heroico, sagrado e intocable que el peronismo tiende a construir alrededor de sus propias efemérides— resulta no solo insuficiente sino contraproducente.

Escotorín propuso una distinción que merece circular en toda la militancia: la diferencia entre memoria e historia. La primera construye épica; la segunda construye crítica. Y la crítica, señaló, es la única herramienta que permite entender por qué un movimiento que transformó el país en los años cuarenta y cincuenta no logra hoy superar el umbral de representación de una fuerza menor.

Esta distinción conecta directamente con la tesis central de Alejandro Horowicz en su obra Los cuatro peronismos: el peronismo ha perdido su estrategia de poder real desde la ruptura de 1975, convirtiéndose en una estructura que administra la crisis pero no la transforma (Horowicz, 2005). Lo que el panel observa empíricamente en Salta —el 8% electoral, la fragmentación interna, la ausencia de proyecto— es la expresión local y provincial de ese agotamiento estructural que Horowicz periodiza con precisión histórica.

1.2. La democracia que no desmontó la dictadura

Escotorín añadió una tesis que complejiza el diagnóstico y que la militancia peronista ha tardado demasiado en asumir: la democracia recuperada en 1983 no desmontó el andamiaje legal que la dictadura instaló. La Ley de Entidades Financieras, pieza central del saqueo económico del período 1976-1983, sigue vigente. Cuatro décadas de democracia no han tocado los pilares estructurales del modelo neoliberal que esa norma expresa.

Escotorín denomina a este régimen «democracia del disciplinamiento»: una democracia que recuperó las formas institucionales pero dejó intacto el núcleo duro del orden económico heredado del terrorismo de Estado. Esta caracterización dialoga con y tensiona, al mismo tiempo, la lectura de Alejandro Grimson sobre el peronismo como identidad política persistente (Grimson, 2019). Porque si el peronismo es, como sostiene Grimson, la identidad política más duradera del país, la pregunta es por qué esa identidad no ha alcanzado para remover los cimientos del orden neoliberal en cuatro décadas de vigencia democrática. La respuesta que emerge del debate es perturbadora: porque la identidad, sin proyecto, se convierte en un cascarón.

 

II. La crisis de representación y la «casta» como realidad social

2.1. La política y lo político: una distinción urgente

José de Guardia de Ponté aportó al panel una preocupación que converge con el diagnóstico de Escotorín desde un ángulo diferente: la crisis de formación política en el peronismo. Su punto de partida es un dato que duele admitir: las nuevas generaciones de militantes desconocen la doctrina peronista. Y ese desconocimiento no es un accidente: es el resultado de décadas en las que la formación de cuadros fue desplazada por la lógica del aparato.

De Guardia de Ponté introdujo una distinción que el peronismo necesita debatir con seriedad: la diferencia entre la política —entendida como construcción de pensamiento y proyecto— y lo político —entendida como la lucha, muchas veces plutócrata, por cargos y posiciones—. Mientras el movimiento confunda ambas dimensiones, seguirá reproduciendo las fracturas que lo debilitan.

Esta distinción resuena con el análisis que Horowicz desarrolla en su obra más reciente sobre el kirchnerismo: el peronismo se ha transformado, en sus momentos de mayor degradación, en una «agencia de colocación» de profesionales de la política, perdiendo su carácter de movimiento de masas (Horowicz, 2023). La denuncia de De Guardia de Ponté sobre la formación como actividad periférica y el diagnóstico de Horowicz sobre la profesionalización de la política son, en el fondo, descripciones del mismo fenómeno desde ángulos complementarios.

2.2. El voto a Milei como síntoma propio

El análisis de Escotorín sobre el ascenso del gobierno libertario merece especial atención porque interpela la autocomplacencia de la militancia. Su tesis es precisa: el voto a Milei no expresa, en su mayor parte, una conversión ideológica masiva de la sociedad argentina al pensamiento neoliberal. Expresa desilusión. Expresa la bronca de quienes esperaron algo del campo popular y no lo recibieron.

Esta lectura es coherente con el marco analítico de Grimson sobre la construcción identitaria del peronismo. Para Grimson, el peronismo es «un producto de la cultura política argentina y a la vez un factor decisivo en su conformación» (Grimson, 2019, p. 11). Pero esa identidad no es estática: se construye y se destruye en la relación con las expectativas sociales concretas. Cuando el «mito peronista» deja de ofrecer soluciones tangibles —cuando la promesa de inclusión y movilidad social queda sin cumplir— el relato identitario pierde adhesión y otros discursos capturan el descontento.

El militante que no comprende esto, el que sigue explicando el fenómeno libertario como un problema del votante —su ignorancia, su manipulación mediática— y no como un síntoma de nuestras propias falencias, no está en condiciones de revertirlo. Escotorín fue categórico al respecto, y su diagnóstico es el que este ensayo hace propio.

 

III. El sujeto en disputa: clases medias y «deriva cultural»

3.1. La interpelación de Fernando Pequeño

Una de las contribuciones más ricas del panel fue la intervención de Fernando Pequeño, quien interpeló a Escotorín sobre el rol de las clases medias en el diagnóstico histórico y actual. La pregunta buscaba contrastar las visiones mediáticas predominantemente negativas sobre este sector con una mirada que rescate su potencial dentro de un proyecto nacional.

La respuesta de Escotorín comenzó desmitificando la homogeneidad del sujeto. No existe «una» clase media argentina. Existen profesionales, pequeños comerciantes, empleados públicos, docentes: estratos con mentalidades distintas, con procedencias distintas, con expectativas distintas. Tratarlos como un bloque uniforme es un error político de primera magnitud, ya sea para culparlos como bloque o para interpelarlos como tal.

3.2. La deriva cultural y la responsabilidad del modelo político

Lo que sí comparten estos sectores, según el historiador, es una situación de «deriva cultural». Durante décadas, los sectores medios fueron cuadros de la dirigencia nacional y factores centrales del dispositivo político-cultural del país. Hoy han perdido ese horizonte colectivo. Y la responsabilidad de esa pérdida no recae sobre ellos solos: recae, fundamentalmente, sobre un modelo político que no tuvo la capacidad de generar cambios estructurales que renovaran el sentido de comunidad.

En el vacío que dejó esa ausencia, los medios de comunicación y las redes sociales colonizaron el debate político de estos sectores. El resultado es conocido: fragmentación, individualismo, reactividad permanente y ausencia de proyecto.

Esta caracterización de la «deriva cultural» de los sectores medios puede leerse en diálogo productivo con la perspectiva de Grimson sobre la «heterogeneidad del peronismo» (Grimson, 2019). Para Grimson, el peronismo nunca fue un fenómeno socialmente homogéneo: su capacidad de articular sectores con intereses distintos fue siempre uno de sus rasgos definitorios. Esa capacidad articulatoria es precisamente la que se ha deteriorado. Los sectores medios en «deriva» son, en este sentido, el índice más visible del fracaso de esa articulación.

3.3. La base material como condición de posibilidad

Sin embargo, es necesario introducir aquí una advertencia que el debate planteó de manera oblicua y que conviene hacer explícita. La propuesta de Escotorín para revertir la deriva cultural de los sectores medios descansa en la reconstrucción territorial de la Comunidad Organizada: educación no formal, sindicatos, organizaciones sociales, centros vecinales. La «tarea de hormiga». Pero —como la intervención de Nicolás Juárez Campos, que analizaremos más adelante, pone de manifiesto— ninguna reconstrucción comunitaria es sostenible sin una base material que la sustente.

Horowicz lo plantea con crudeza: sin empleo de calidad, sin movilidad social ascendente, la apelación a la identidad y a la comunidad es retórica (Horowicz, 2023). El sistema vigente, como señaló Juárez Campos con una frase lapidaria, necesita que «el hijo del barrendero siga siendo barrendero». Esa lógica bloquea la esencia misma de la promesa peronista, que fue siempre, en su mejor versión, la promesa de que el origen no es el destino.

 

IV. La militancia huérfana: de la épica a la crítica

4.1. La orfandad estratégica de Federico Castro

Federico Castro planteó desde la virtualidad la pregunta que más ronda a los militantes del llano: ¿qué hacemos cuando no hay conducción? ¿Cómo se sostiene la militancia en la orfandad? Su intervención identificó dos premisas críticas que estructuran la situación actual: la ausencia de liderazgos conductores claros y la necesidad de herramientas concretas para la resistencia en ese contexto.

4.2. Bajarse del pony: la respuesta de Escotorín

La respuesta de Escotorín fue despiadadamente honesta. Propuso una imagen que condensa la tarea con precisión: «bajarse del pony». Abandonar el pedestal, la certeza doctrinaria, la identidad épica que nos protege del dolor de analizar nuestros propios errores. Y en cambio, escuchar. Escuchar al vecino, entender su bronca, no para capitular ante ella sino para comprenderla y canalizar lo que hay de legítimo en su interior.

Citó como ejemplo el fenómeno de movilización masiva en torno a figuras culturales como el Indio Solari: un millón de personas que se mueven, que se identifican, que expresan algo que todavía no encuentra un espacio político de contención. Esa energía existe. El problema es que el peronismo, enredado en sus disputas internas y en sus lógicas de aparato, no ha sabido —o no ha querido— construir ese espacio.

La tarea militante en tiempos de orfandad no es esperar que aparezca un conductor. Es convertirse en el cuerpo que procesa las nuevas demandas sociales: formación crítica, inserción territorial real, escucha sin soberbia. Esta propuesta enlaza directamente con la lectura de Grimson sobre la identidad peronista como un proceso de construcción permanente (Grimson, 2019): si la identidad no es un dato dado sino una producción histórica, entonces la militancia de base es el lugar donde esa producción ocurre o no ocurre.

 

V. El escepticismo como alerta: la mirada de David Garros

David Garros aportó al panel la voz del escepticismo lúcido, que es diferente del derrotismo. Su tesis central es que las revoluciones contemporáneas son movimientos anárquicos de base que nadie capitaliza para un proyecto de país. El 2001 argentino, los procesos recientes en Bolivia y en otras latitudes: estallidos que «patean el hormiguero» pero que, sin conducción política, no se transforman en nada duradero.

Su mirada sobre las escuelas de formación política es igualmente severa: nacen destinadas al fracaso porque intentan restablecer una lógica de orden vertical que ya no existe en el tejido social. Y advierte sobre la brecha entre el debate en redes sociales y la capacidad real de transformar la política concreta.

La advertencia de Garros resuena con el análisis de Horowicz sobre la pérdida del sujeto social organizado. Para Horowicz, la clase obrera organizada de los años cuarenta y cincuenta —el sujeto que hizo posible el primer peronismo— no tiene hoy un equivalente funcional (Horowicz, 2005). Sin ese sujeto, las movilizaciones populares carecen del andamiaje organizativo que las transforme en poder real. El escepticismo de Garros no es, entonces, una posición pesimista: es un diagnóstico sobre las condiciones de posibilidad de la transformación. Y como tal, merece ser tomado en serio antes de plantear cualquier propuesta programática.

 

VI. Insubordinación fundante y soberanía industrial: el programa de Nicolás Juárez Campos

6.1. La dominación sin ejércitos

Si el panel hasta aquí había ofrecido diagnósticos sobre la crisis del peronismo, la intervención de Nicolás Juárez Campos dio un paso más: propuso el contenido concreto del proyecto que debería reemplazar al modelo vigente. Su análisis vincula la historia nacional de larga duración con los desafíos tecnológicos y geopolíticos del siglo XXI, y su tono fue abiertamente programático.

El punto de partida fue histórico pero con consecuencias muy presentes. Juárez Campos citó el informe de Lord Castlereagh elaborado tras las invasiones inglesas de 1806 y 1807 para señalar algo que el peronismo conoce pero a menudo olvida formular con precisión: la dominación contemporánea no se ejerce por la fuerza militar sino a través de la cultura y la economía. El objetivo colonial de entonces —lograr que los pueblos imiten costumbres y hablen idiomas extranjeros para convertirlos en «esclavos» funcionales al sistema— es el mismo que hoy se persigue por medios más sofisticados.

Esta lectura del presente como continuidad de un proceso colonial de larga data es la clave interpretativa que da sentido a la noción central de su intervención: la «insubordinación fundante». Argentina necesita refundar su capacidad de decir que no —al extractivismo, a la entrega de recursos, a la imitación cultural— sobre la base de un impulso estatal robusto en ciencia, tecnología e industria. Sin esa insubordinación, cualquier transformación política será superficial.

6.2. El Estado que sí existe y el que se destruye

Una de las contribuciones más lúcidas de Juárez Campos fue su desmontaje de la narrativa libertaria sobre el Estado. El gobierno de Milei, argumentó, no está contra el Estado en términos generales: está contra el Estado social. Al mismo tiempo, utiliza activamente el aparato estatal para facilitar negocios privados y entregar recursos estratégicos a intereses extranjeros. No es menos Estado. Es un Estado diferente, puesto al servicio de otros.

Esta distinción es fundamental porque define el terreno de disputa. El peronismo no debe defender «el Estado» en abstracto sino el Estado como instrumento de soberanía popular y desarrollo nacional. Y esa defensa requiere reconocer que no existe ningún país desarrollado que haya llegado a serlo sin un gran impulso estatal en ciencia y tecnología. La idea de que el mercado solo produce desarrollo es una ficción ideológica al servicio de quienes ya están desarrollados.

Este argumento conecta con la tesis más profunda de Horowicz sobre el agotamiento del cuarto peronismo: un peronismo que ha perdido la capacidad de disputar el control estatal de los recursos estratégicos no puede ya cumplir la promesa fundacional de independencia económica (Horowicz, 2005). La propuesta de Juárez Campos es, en este sentido, una respuesta directa al diagnóstico de Horowicz: si el problema es la pérdida de esa capacidad, la solución es recuperarla.

6.3. El litio, los BRICS y el programa industrialista

La propuesta programática de Juárez Campos giró en torno a tres ejes articulados. El primero es la industrialización de los recursos estratégicos. El litio salteño es hoy exportado como salmuera, en su forma más elemental y menos rentable. La transformación industrial de ese recurso en territorio nacional —la producción local de baterías y componentes tecnológicos— generaría una cadena de valor que multiplicaría el impacto económico y reduciría la dependencia estructural. No es una idea nueva en el peronismo: es exactamente lo que Perón hizo con el petróleo, el gas y el acero en los años cuarenta y cincuenta.

El segundo eje es la integración a los BRICS, el bloque que representa una alternativa real al orden financiero anglosajón. El tercero es el desarrollo científico y tecnológico como política pública prioritaria, no como complemento del modelo productivo sino como su columna vertebral. Sin capacidad científica propia, la soberanía es una consigna vacía.

6.4. La Constitución de 1949 y la legitimidad arrebatada

Juárez Campos incorporó al debate una reivindicación que el peronismo suele mencionar tangencialmente pero raramente coloca en el centro de su programa: la vigencia jurídica y política de la Constitución de 1949. La más social de las constituciones argentinas no fue derogada por un proceso constituyente legítimo sino por un bando militar. Su nulidad jurídica de origen es un argumento que la dirigencia peronista debería usar activamente: no solo como ejercicio de memoria sino como impugnación del orden legal vigente.

Esta reivindicación conecta directamente con la tesis de Escotorín sobre la «democracia del disciplinamiento»: la democracia de 1983 no revisó los cimientos legales que la dictadura instaló. La defensa de la Constitución del 49 es, en ese marco, mucho más que nostalgia doctrinaria: es la impugnación del orden neoliberal en su raíz.

6.5. El militante como profeta territorial

Ante la crisis de los medios —en manos del adversario— y el sindicalismo replegado sobre la negociación salarial, Juárez Campos propuso una imagen para el militante contemporáneo que resulta tan antigua como urgente: la del «profeta territorial», el que sale casa por casa, barrio por barrio, mochila al hombro y bastón en mano, a explicar la situación real del país con palabras comprensibles.

Esta imagen remite a una tradición de militancia de base que el peronismo practicó en sus mejores momentos y abandonó cuando se instaló en el Estado y creyó que el aparato institucional reemplazaba a la organización popular. En tiempos en que los medios masivos y las redes sociales operan como instrumentos de desorientación, la comunicación política cuerpo a cuerpo recupera una eficacia que ningún algoritmo puede sustituir.

6.6. La amenaza territorial concreta

Juárez Campos no eludió las advertencias más crudas. Señaló que el proyecto en curso implica amenazas concretas sobre la integridad territorial: la secesión de la Patagonia como escenario posible, la entrega de los mares y la Antártida a intereses extranjeros como proceso ya en marcha. Detrás de estas amenazas hay una lógica de clase que enunció con precisión: el sistema vigente necesita que «el hijo del barrendero siga siendo barrendero». La movilidad social, la educación pública, la ciencia nacional no son valores universales para el poder concentrado. Son amenazas a su reproducción.

 

VII. La Comunidad Organizada como horizonte: síntesis del debate

7.1. El programa de la insubordinación frente al escepticismo estratégico

El mayor contraste del panel se produjo entre la propuesta programática de Juárez Campos y el escepticismo de Garros. Para Garros, las escuelas de formación política nacen destinadas al fracaso y los estallidos sociales son anárquicos porque nadie los capitaliza para un proyecto de país. Para Juárez Campos, la respuesta es precisamente el programa: industrialización, BRICS, Constitución del 49, militante territorial.

El contraste no es irresoluble, pero requiere ser pensado con honestidad. Horowicz advertiría que un proyecto soberanista de la envergadura que propone Juárez Campos choca con una realidad que el propio peronismo ha contribuido a construir: su inserción en el mercado mundial dependiente, su aceptación progresiva de las reglas del juego neoliberal durante el cuarto peronismo (Horowicz, 2023). Sin un sujeto social organizado que sostenga ese proyecto —la clase obrera articulada con los sectores medios y las organizaciones territoriales— el programa más brillante no pasa de ser, en efecto, «revolucionarismo de café».

7.2. La tercera vía práctica: reconstruir desde abajo

Frente a la tensión entre el programa de Juárez Campos y el escepticismo de Garros, el panel en su conjunto propone —sin enunciarlo explícitamente como síntesis— algo que podríamos llamar una tercera vía práctica: reconstruir los lazos de la Comunidad Organizada desde abajo, como condición previa a cualquier proyecto electoral o programático de envergadura.

Si para Grimson el peronismo es una identidad en constante disputa (Grimson, 2019) y para Horowicz es una fuerza en descomposición (Horowicz, 2005, 2023), el panel propone un camino que toma en serio ambas lecturas: reconstruir la identidad desde la práctica territorial concreta, con contenido programático claro, superando la mera disputa de cargos. Esa reconstrucción es la condición de posibilidad para que un programa soberanista como el de Juárez Campos tenga sujeto que lo sustente, y para que el escepticismo de Garros encuentre refutación en los hechos.

La insubordinación frente a la colonización cultural y económica no es retórica antiimperialista de manual. Es la pregunta concreta sobre qué futuro tangible puede ofrecer el peronismo a una generación que creció bajo el neoliberalismo y que hoy, en su desesperanza, vota opciones que la perjudican directamente.

 

VIII. Lo que nos llevamos: ideas para la militancia

La Asociación Dr. Miguel Ragone extrae de este debate un conjunto de ideas-fuerza que merecen circular y profundizarse en nuestra militancia:

Primero. La conmemoración sin autocrítica es un lujo que el peronismo ya no puede permitirse. Honrar a Perón a cincuenta años de su muerte implica tener el coraje de mirar sin anestesia por qué el movimiento que él condujo ha llegado a representar el 8% en la provincia donde gobernó Miguel Ragone.

Segundo. La formación política no es un complemento de la militancia. Es su condición de posibilidad. Sin cuadros formados, cualquier armado electoral es frágil y cualquier conducción posible termina siendo puro oportunismo.

Tercero. Las clases medias no son el enemigo. Son un sector en deriva que necesita un horizonte. La pregunta que el peronismo debe hacerse no es «¿por qué nos traicionaron?» sino «¿qué les ofrecemos?»

Cuarto. La militancia en tiempos de orfandad requiere humildad. Bajarse del pony, escuchar la bronca social sin defensas identitarias, construir desde abajo los lazos de confianza que ningún armado electoral puede sustituir.

Quinto. El proyecto que supere la crisis no puede girar alrededor de personas. Debe girar alrededor de ideas: industrialización del litio, integración a los BRICS, defensa de nuestra doctrina constitucional, desarrollo científico propio. Un horizonte capaz de trascender los ciclos electorales.

Sexto. La soberanía territorial no es una abstracción. Las advertencias sobre la Patagonia, los mares y la Antártida deben convertirse en agenda política concreta, no en denuncia retórica.

 

 

Referencias bibliográficas

 

Grimson, A. (2019). ¿Qué es el peronismo? De Perón a los Kirchner, el movimiento que no deja de conmover la política argentina. Siglo Veintiuno Editores.

 

Horowicz, A. (2005). Los cuatro peronismos (2.ª ed.). Edhasa. (Obra original publicada en 1985 por Legasa)

 

Horowicz, A. (2023). El kirchnerismo desarmado: la larga agonía del cuarto peronismo. Ariel.

 

 

viernes, 12 de junio de 2026

Entre la Memoria Épica y la Necesidad de Futuro en el contexto de los a 50 años del golpe: revaluando el discurso último de Juan Perón el 12 de junio de 1974

 



Por Ateneo Dr. Miguel Ragone
Asistido por IA NotebookLM y Claude

 

 Ver en ensayo político complementario:
con la incorporación de comparaciones teóricas 
de Horowicz y Grimson.



El pasado 12 de junio se cumplieron cincuenta años del último discurso público de Juan Domingo Perón ante su pueblo. Con ese motivo, la Fundación Manuel A. de Castro convocó a un panel debate en la Biblioteca de la Legislatura que reunió a militantes, historiadores y referentes del campo nacional y popular. Lo que sigue es una síntesis analítica de ese encuentro, elaborada por el Ateneo Dr. Miguel Ragone, para poner en circulación sus ideas en el seno de nuestra militancia.


 

Síntesis uno:

 


A cincuenta años del último discurso de Juan Perón: un debate necesario para el peronismo salteño

 

I. El problema del tiempo: conmemorar no alcanza

Hay una trampa en la que el peronismo cae con demasiada frecuencia cuando se acerca a sus propias efemérides: la trampa del ritual. Se conmemora, se emociona, se canta la marcha y se vuelve a casa. El panel organizado por la Fundación Manuel A. de Castro no cayó en esa trampa. Partió, en cambio, de una tensión productiva: ¿qué significa recordar el último discurso de Perón en un presente de fragmentación, de derrota y de pérdida de representación?

La respuesta que atravesó todo el debate fue clara y exigente: la historia reciente del peronismo no puede ser un ejercicio de nostalgia épica. Debe ser, antes bien, una herramienta crítica. Un bisturí, no un incensario.

Los pilares estructurales del modelo neoliberal —instalados durante la dictadura cívico-militar— permanecen intocables en cuatro décadas de democracia. La ley de entidades financieras que organizó el saqueo de 1976 sigue vigente. El desafío que planteó el panel no fue entonces celebratorio sino diagnóstico: entender por qué el peronismo, que ha ganado jerarquía histórica, ha perdido al mismo tiempo viabilidad política.

 

II. La historia contra la épica: el aporte de Daniel Escotorín

El historiador Daniel Escotorín ofreció la tesis más sistemática de la jornada. Su punto de partida fue una distinción que merece circular ampliamente en nuestra militancia: la diferencia entre memoria e historia. La memoria construye épica, esto es, un relato heroico, sagrado e intocable. La historia construye crítica, es decir, la capacidad de interrogar incluso aquello que amamos, incluso a Perón mismo, incluso a los compañeros y compañeras de los años setenta.

Esta distinción no es un ejercicio académico. Es una necesidad política urgente. Escotorín señaló sin rodeos que el PJ en Salta promedia apenas el 8% de los votos. Y planteó algo que duele pero necesita decirse: es más hereje ignorar ese dato que cuestionar la doctrina. Un partido que convoca al 8% del electorado no es una herramienta para las mayorías. Es una capilla.

¿Cómo se llegó aquí? Escotorín identificó dos procesos convergentes. Por un lado, la fragmentación del movimiento obrero y la disolución del movimiento nacional en una estructura meramente partidaria, vaciada de contenido transformador. Por otro, el ascenso de lo que llamó la "democracia del disciplinamiento": una democracia que recuperó las formas institucionales en 1983 pero dejó intacto el andamiaje legal y económico de la dictadura.

Sus palabras sobre el voto a Milei merecen especial atención porque interpelan nuestra propia autocomplacencia. El ascenso del gobierno libertario no expresa, en su mayor parte, una conversión ideológica masiva de la sociedad argentina al pensamiento neoliberal. Expresa desilusión. Expresa la bronca de quienes esperaron algo del campo popular y no lo recibieron. El militante que no comprende esto, el que sigue explicando el fenómeno como un problema del votante y no como un síntoma de nuestras propias falencias, no está en condiciones de revertirlo.

 

III. La doctrina como práctica: el planteo de José de Guardia de Ponté

La intervención de José de Guardia de Ponté aportó una preocupación complementaria y, en el fondo, convergente: la crisis de formación política en el peronismo. Su diagnóstico es sencillo de enunciar y difícil de asumir: las nuevas generaciones de militantes desconocen la doctrina peronista. Y ese desconocimiento no es un dato menor, porque es exactamente lo que facilita la permeabilidad de discursos que van en contra de los intereses populares.

La formación de cuadros no puede seguir siendo una actividad marginal, romántica, reservada a los entusiastas. Debe ser el eje central de la vida partidaria. Y aquí De Guardia de Ponté introdujo una distinción que el peronismo necesita debatir con seriedad: la diferencia entre la política —entendida como construcción de pensamiento y proyecto— y lo político —entendida como la lucha, muchas veces plutócrata, por cargos y posiciones—. Mientras el movimiento confunda ambas dimensiones, seguirá reproduciendo las fracturas que lo debilitan.


IV. La clase media: ni chivo expiatorio ni sujeto perdido

Una de las intervenciones más ricas del panel fue la de Fernando Pequeño, quien interpeló a Escotorín sobre el rol de las clases medias en el diagnóstico histórico y actual. El intercambio que siguió merece una lectura cuidadosa.

Escotorín comenzó desmitificando la homogeneidad de ese sujeto. No existe "una" clase media argentina. Existen profesionales, pequeños comerciantes, empleados públicos, docentes: estratos con mentalidades distintas, con procedencias distintas, con expectativas distintas. Tratarlos como un bloque uniforme —ya sea para culparlos o para interpelarlos— es un error político.

Lo que sí comparten, según el historiador, es una situación de deriva cultural. Estos sectores fueron, durante décadas, cuadros de la dirigencia nacional y factores centrales del dispositivo político-cultural del país. Hoy han perdido ese horizonte colectivo. Y la responsabilidad de esa pérdida no recae sobre ellos solos: recae, fundamentalmente, sobre un modelo político que no tuvo la capacidad de generar cambios estructurales que renovaran el sentido de comunidad.

En el vacío que dejó esa ausencia, los medios de comunicación y —más recientemente— las redes sociales colonizaron el debate político de estos sectores. El resultado es conocido: fragmentación, individualismo, reactividad permanente y ausencia de proyecto.

La propuesta de Escotorín para revertir esta situación no pasó por el terreno electoral sino por el territorial: la construcción paciente, la "tarea de hormiga", la reconstrucción de los lazos de la Comunidad Organizada en los espacios de educación no formal, en los sindicatos, en las organizaciones sociales y en los centros vecinales. Y una advertencia crítica que el sindicalismo peronista debería escuchar: los sindicatos que se limitan a la negociación salarial, abandonando la discusión política profunda, traicionan el rol que Perón asignaba a los trabajadores dentro de un proyecto de país.

 

V. La militancia huérfana: de la épica a la crítica

Federico Castro planteó desde la virtualidad la pregunta que más ronda a los militantes del llano: ¿qué hacemos cuando no hay conducción? ¿Cómo se sostiene la militancia en la orfandad?

La respuesta de Escotorín fue despiadadamente honesta y, por eso mismo, valiosa. Propuso una imagen que condensa bien la tarea: bajarse del pony. Abandonar el pedestal, la certeza doctrinaria, la identidad épica que nos protege del dolor de analizar nuestros propios errores. Y en cambio, escuchar. Escuchar al vecino, entender su bronca, no para capitular ante ella sino para comprenderla y eventualmente canalizar lo que hay de legítimo en su interior.

Citó, en ese sentido, el fenómeno de movilización masiva en torno a figuras culturales como el Indio Solari: un millón de personas que se mueven, que se identifican, que expresan algo que todavía no encuentra un espacio político de contención. Esa energía existe. Está disponible. El problema es que el peronismo, enredado en sus disputas internas y en sus lógicas de aparato, no ha sabido —o no ha querido— construir ese espacio.

La tarea militante en tiempos de orfandad no es esperar que aparezca un conductor. Es convertirse en el cuerpo que procesa las nuevas demandas sociales: formación crítica, inserción territorial real, escucha sin soberbia.

 

VI. El escepticismo como alerta: la mirada de David Garros

David Garros aportó al panel la voz del escepticismo lúcido. Su tesis central es que las revoluciones contemporáneas son movimientos anárquicos de base que nadie capitaliza para un proyecto de país. El 2001 argentino, procesos recientes en Bolivia y en otras latitudes: estallidos que patean el hormiguero pero que, sin conducción política, no se transforman en nada duradero.

Su mirada sobre las escuelas de formación política es igualmente severa: nacen destinadas al fracaso porque intentan restablecer una lógica de orden vertical que ya no existe en el tejido social. Y advierte sobre la brecha entre el debate en redes sociales y la capacidad real de transformar la política concreta.

No es una posición derrotista. Es una alerta. Porque la conclusión implícita es que si el peronismo no reconstruye una capacidad de conducción —no en el sentido de un líder mesiánico, sino en el de una dirección colectiva con proyecto— cualquier movilización popular que se produzca terminará siendo aprovechada por otros.

 

VII. Insubordinación fundante y soberanía industrial: el programa de Nicolás Juárez Campos

Si el panel hasta aquí había ofrecido diagnósticos sobre la crisis del peronismo, la intervención de Nicolás Juárez Campos dio un paso más: propuso el contenido concreto del proyecto que debería reemplazar al modelo vigente. Su análisis vincula la historia nacional de larga duración con los desafíos tecnológicos y geopolíticos del siglo XXI, y su tono —a diferencia del escepticismo de Garros o de la sobriedad autocrítica de Escotorín— fue abiertamente programático.

La dominación sin ejércitos

El punto de partida de Juárez Campos fue histórico pero con consecuencias muy presentes. Citó el informe de Lord Castlereagh elaborado tras las invasiones inglesas de 1806 y 1807 para señalar algo que el peronismo conoce pero a menudo olvida formular con tanta precisión: la dominación contemporánea no se ejerce por la fuerza militar sino a través de la cultura y la economía. El objetivo colonial de entonces —lograr que los pueblos imiten costumbres y hablen idiomas extranjeros para convertirlos en esclavos funcionales al sistema— es el mismo objetivo que hoy se persigue por otros medios. La diferencia es que hoy los instrumentos son más sofisticados y, en consecuencia, más difíciles de identificar y resistir.

Esta lectura del presente como continuidad de un proceso colonial de larga data no es retórica antiimperialista de manual. Es la clave interpretativa que da sentido a la noción central de su intervención: la insubordinación fundante. Para Juárez Campos, Argentina necesita refundar su capacidad de decir que no —al extractivismo, a la entrega de recursos, a la imitación cultural— sobre la base de un impulso estatal robusto en ciencia, tecnología e industria. Sin esa insubordinación, cualquier transformación política será superficial.

El Estado que sí existe y el que se destruye

Una de las contribuciones más lúcidas de Juárez Campos fue su desmontaje de la narrativa libertaria sobre el Estado. El gobierno de Milei, argumentó, no está contra el Estado en términos generales. Está contra el Estado social: el que financia hospitales, universidades, ciencia, cultura y protección laboral. Al mismo tiempo, utiliza activamente el aparato estatal para facilitar negocios privados y para entregar recursos estratégicos a intereses extranjeros. No es menos Estado. Es un Estado diferente, puesto al servicio de otros.

Esta distinción importa porque define exactamente el terreno de disputa. El peronismo no debe defender "el Estado" en abstracto sino el Estado como instrumento de soberanía popular y desarrollo nacional. Y esa defensa requiere saber que no existe ningún país desarrollado en el mundo que haya llegado a serlo sin un gran impulso estatal en ciencia y tecnología. Los ejemplos son tan variados que resulta difícil ignorarlos: desde los Estados Unidos hasta Corea del Sur, desde Alemania hasta China. La idea de que el mercado solo produce desarrollo es una ficción ideológica al servicio de quienes ya están desarrollados.

El litio, los BRICS y el programa industrialista

La propuesta programática de Juárez Campos giró en torno a tres ejes articulados. El primero es la industrialización de los recursos estratégicos. El litio salteño —y el de todo el noroeste argentino— es hoy exportado como salmuera, esto es, como materia prima en su forma más elemental y menos rentable. La transformación industrial de ese recurso en territorio nacional, la producción local de baterías y componentes tecnológicos, generaría una cadena de valor que multiplicaría el impacto económico y reduciría la dependencia estructural. No es una idea nueva en el peronismo: es exactamente lo que Perón hizo con el petróleo, el gas y el acero en los años cuarenta y cincuenta. La pregunta es por qué no se hace.

El segundo eje es la integración a los BRICS, el bloque que agrupa a Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, y que representa una alternativa real al orden financiero anglosajón. Para Juárez Campos, el próximo gobierno nacional y popular debe asumir esa integración como política de Estado, porque ningún proyecto de soberanía económica puede sostenerse en el aislamiento geopolítico.

El tercer eje es el desarrollo científico y tecnológico como política pública prioritaria. No como complemento del modelo productivo, sino como su columna vertebral. Sin capacidad científica propia, sin tecnología nacional, sin industria del conocimiento, la soberanía es una consigna vacía.

La Constitución de 1949 y la legitimidad arrebatada

Juárez Campos incorporó al debate una reivindicación que el peronismo suele mencionar de manera tangencial pero raramente coloca en el centro de su programa: la vigencia jurídica y política de la Constitución de 1949. La más social de las constituciones argentinas no fue derogada por un proceso constituyente legítimo sino por un bando militar. Su nulidad jurídica de origen es, para Juárez Campos, un argumento que la dirigencia peronista debería usar activamente. No solo como ejercicio de memoria sino como interpelación al orden legal vigente: ¿cuánto de lo que hoy se presenta como marco institucional inamovible fue construido sobre la violencia de una facción armada que derrocó a un gobierno electo?

Esta pregunta conecta directamente con la tesis de Escotorín sobre la "democracia del disciplinamiento": la democracia recuperada en 1983 no revisó los cimientos legales que la dictadura instaló. La reivindicación de la Constitución del 49 es, en ese sentido, mucho más que nostalgia doctrinaria. Es la impugnación del orden neoliberal en su raíz.

El militante como profeta territorial

Ante el diagnóstico de una crisis de medios —en manos del adversario— y de un sindicalismo replegado sobre la negociación salarial, Juárez Campos propuso una imagen para el militante contemporáneo que resulta tan antigua como urgente: la del profeta territorial, el que sale casa por casa, barrio por barrio, mochila al hombro y bastón en mano, a explicar la situación real del país con palabras comprensibles.

Esta imagen no es casual. Remite a una tradición de militancia de base que el peronismo practicó en sus mejores momentos y abandonó cuando se instaló en el Estado y creyó que el aparato institucional reemplazaba a la organización popular. En tiempos en que los medios masivos y las redes sociales operan como instrumentos de desorientación, la comunicación política cuerpo a cuerpo, en el territorio, recupera una eficacia que ningún algoritmo puede sustituir.

La amenaza territorial concreta

Juárez Campos no eludió las advertencias más crudas. Señaló que el proyecto en curso no solo implica la destrucción del Estado social sino amenazas concretas sobre la integridad territorial: la secesión de la Patagonia como escenario posible, la entrega de los mares y de la Antártida a intereses extranjeros como proceso ya en marcha. Detrás de estas amenazas hay una lógica de clase que enunció con una frase lapidaria: el sistema vigente necesita que "el hijo del barrendero siga siendo barrendero". La movilidad social, la educación pública, la ciencia nacional no son valores universales para el poder concentrado. Son amenazas a su reproducción.

La conclusión de Juárez Campos fue un llamado a la unidad que no se sustentó en la apelación sentimental sino en la evaluación de lo que está en juego. Las diferencias personales, las disputas de aparato, los agravios históricos entre facciones son reales. Pero son menores frente a la magnitud del proceso de desintegración en curso. El peronismo debe recuperar su capacidad de ser una jefatura emancipadora basada en su doctrina original, que en pocos años transformó profundamente el país mediante el control estatal de los recursos estratégicos. Ese antecedente no es solo memoria. Es programa.

 

VIII. La Comunidad Organizada como horizonte: la síntesis del debate

El cruce entre el escepticismo de Garros sobre las revoluciones sin rumbo, la pregunta de Fernando Pequeño sobre las clases medias y el programa industrialista y soberanista de Juárez Campos alumbra lo que fue, en el fondo, la propuesta articulada del panel: recuperar el concepto de Comunidad Organizada no como una referencia doctrinaria abstracta, sino como una práctica política concreta y urgente.

Frente a las revoluciones sin conducción que preocupan a Garros, frente a la deriva cultural de los sectores medios que diagnostica Escotorín y frente a la colonización económica que denuncia Juárez Campos, la alternativa no puede ser la sumatoria de aparatos electorales. Tiene que ser la reconstrucción de espacios donde la política vuelva a ser participación integral, donde la formación sea práctica cotidiana, donde la soberanía no sea una consigna sino un programa: ciencia, tecnología, industrialización, recursos estratégicos como el litio.

La insubordinación frente a la colonización cultural y económica anglosajona no es retórica antiimperialista de manual. Es la pregunta concreta sobre qué futuro tangible puede ofrecer el peronismo a una generación que creció bajo el neoliberalismo y que hoy, en su desesperanza, vota opciones que la perjudican directamente.

 

IX. Lo que nos llevamos: algunas ideas para seguir debatiendo

El Ateneo Dr. Miguel Ragone entiende que este panel ofrece ideas-fuerza que merecen circular y profundizarse en nuestra militancia:

Primero. La conmemoración sin autocrítica es un lujo que el peronismo ya no puede permitirse. Honrar a Perón a cincuenta años de su muerte implica tener el coraje de mirar sin anestesia por qué el movimiento que él condujo ha llegado a representar apenas el 8% en la provincia donde gobernó Miguel Ragone.

Segundo. La formación política no es un complemento de la militancia. Es su condición de posibilidad. Sin cuadros formados, cualquier armado electoral es frágil y cualquier conducción posible termina siendo puro oportunismo.

Tercero. Las clases medias no son el enemigo. Son un sector en deriva que necesita un horizonte. La pregunta que el peronismo debe hacerse no es "¿por qué nos traicionaron?" sino "¿qué les ofrecemos?"

Cuarto. La militancia en tiempos de orfandad requiere humildad. Bajarse del pony, escuchar la bronca social sin defensas identitarias, y construir desde abajo los lazos de confianza que ningún armado electoral puede sustituir.

Quinto. El proyecto que supere la crisis no puede girar alrededor de personas. Debe girar alrededor de ideas, de programa, de un horizonte industrial y soberano —que incluya la industrialización del litio, la integración a los BRICS y la defensa de nuestra doctrina constitucional— capaz de trascender los ciclos electorales y volver a enamorar a las generaciones que hoy miran hacia otro lado.

Sexto. La soberanía territorial no es una abstracción. Las advertencias de Juárez Campos sobre la Patagonia, los mares y la Antártida deben ser tomadas en serio y convertidas en agenda política concreta, no en denuncia retórica.

 

El Ateneo Dr. Miguel Ragone por la Verdad, la Memoria y la Justicia agradece a la Fundación Manuel A. de Castro por la convocatoria y a todos los compañeros y compañeras que participaron de este debate. Seguimos construyendo desde la memoria crítica y la militancia territorial.

sábado, 16 de mayo de 2026

El Peronismo Salteño en la Encrucijada: Entre el Lawfare Electoral de 2026 y la Memoria del proceso partidario que eliminó a Ragone

Ni Kosiner ni Gambetta: el partido es del afiliado.

Sería un error político que la militancia se alinee ciegamente detrás del interventor judicial Gambetta como si su designación fuera una victoria propia. No lo es. Gambetta no es un cuadro peronista: es un funcionario judicial con una misión técnica y acotada —normalizar el partido mediante elecciones—. Su legitimidad no viene de la identidad política sino del mandato de un tribunal. Cuando cumpla su función, se irá. El partido se queda.

Del mismo modo, sería un error desestimar completamente a Pablo Kosiner y a los sectores que representa. Su cronograma podría tener fallas jurídicas reales, pero también contenía una voluntad política —discutible en sus formas, no en su existencia— de ordenar el partido hacia adentro. Descartarlo sería tan simplista como injusto, y cerraría puertas que el peronismo salteño necesita mantener abiertas para construir la unidad que se viene.

El único norte legítimo en este proceso no es ni el interventor político ni el judicial: es el afiliado. Es el militante de barrio que lleva años sin que nadie le pregunte nada. Es la compañera que se alejó del partido no por desencanto con el peronismo sino por hartazgo de sus burocracias. Es el joven que se siente peronista pero no encuentra una estructura que lo convoque con sinceridad.

La voluntad de poder peronista popular —esa que en 1973 llevó a Ragone a la gobernación y que en 1976 obligó a sus enemigos a desaparecerlo para detenerla— no reside en ningún interventor. Reside en las bases. Reside en la capacidad del movimiento de reconstituirse desde abajo, de debatir con honestidad sus errores, y de presentarse ante la sociedad salteña con una identidad renovada y una conducción elegida democráticamente.

Que Gambetta haga su trabajo. Que Kosiner y sus espacios participen del proceso. Pero que ninguno de los dos defina el resultado. Eso le pertenece al afiliado. Siempre le perteneció.


Síntesis uno


El peronismo salteño está ante una encrucijada que no admite demoras ni medias tintas. La intervención judicial del partido —con la designación del Dr. José Luis Napoleón Gambetta como interventor— no es el final de un proceso: es, si la militancia lo decide, el comienzo de uno nuevo. Un proceso que solo tendrá sentido real si se construye desde abajo, desde los barrios, desde los afiliados que durante décadas esperaron en vano que alguien les devolviera la palabra.

Tres líneas de acción son urgentes e inseparables. La primera es el control militante del proceso: los grupos activos deben auditar cada informe quincenal del interventor, presionar públicamente por plazos mínimos y no permitir que la intervención judicial se convierta en una nueva versión de la parálisis burocrática que nos llevó a no presentar candidatos propios en 2025. La segunda es la afiliación masiva: salir a los barrios, a los municipios, al Chaco salteño y a los valles calchaquíes, a convocar a jóvenes, trabajadores y vecinos que se sienten peronistas pero no tienen hoy dónde expresarlo orgánicamente. La tercera es la unidad programática: cuando Gambetta abra el cronograma electoral, la militancia debe llegar con listas construidas en el debate genuino, no en el acuerdo de cúpula de siempre.

Estas tres acciones tienen una raíz común: la convicción de que la soberanía del afiliado no es un trámite administrativo, sino el único antídoto real contra el vaciamiento.

Y aquí la memoria se vuelve política. El 11 de marzo de 1976, tres días antes de que los afiliados del PJ Salta pudieran votar en sus internas, un grupo de tareas desapareció a Miguel Ragone para que esa elección no ocurriera. Sus enemigos sabían exactamente lo que hacían: sabían que el peronismo popular, cuando vota, gana. Hoy, cincuenta años después, nadie puede desaparecer a un afiliado para impedirle votar. Esa diferencia es civilizatoria, y es todo.

Ragone no puede votar. Nosotros, sí. Y eso obliga.




Por Fernando Pequeño Ragone
Ateneo Miguel Ragone

 

Ver también

 

 

Contenidos:

Introducción: Una Crisis que Tiene Historia

I. Los Liderazgos que Vaciaron el Partido: Burocracia,Proscripción Interna y Éxodo

1.1. Cuarenta Años Sin Elecciones: La Democracia que NoFue

1.2. El Urtubeyismo y la Figura de Kosiner: El Poder sinMovimiento

1.3. El Saenzismo y las Figuras de Amat y Outes: ElPeronismo que Mudó de Casa

1.4. El Resultado: Un Partido que No Presentó Candidatosen 2025

II. La Judicialización como Mecanismo de Desgaste: ElLawfare Electoral

2.1. El Expediente como Campo de Batalla

2.2. La Pérdida del Control Territorial: Salta y Jujuycomo Tenaza

III. Salta en las Vísperas del Golpe: El Crimen de Ragoney la Proscripción de 1976

3.1. La Primavera que Duró Poco

3.2. El Crimen como Límite Absoluto

IV. La Tesis Comparativa: Del Golpe de Estado al LawfareElectoral

4.1. Una Mutación en las Herramientas, una Continuidad en los Objetivos

4.2. El Denominador Común: El Aborto del Proceso Electoral

4.3. La Grieta Interna como Puerta de Entrada

V. Acciones a Seguir Frente a la Intervención Judicial:El Momento de Actuar

5.1. Acción 1 — Auditoría y Control Militante

5.2. Acción 2 — Campaña Masiva de Afiliación y Re-empadronamiento

5.3. Acción 3 — Unidad Programática y Armado de Listas Locales

VI. Lineas de Acción para la Militancia: Retomando elHilo

6.1. El Rechazo al Vaciamiento como Principio

6.2. La Defensa del Federalismo Partidario

6.3. La Soberanía del Afiliado como Meta

Conclusión: Ragone Vive en Cada Afiliado que Vota

Referencias Bibliográficas

 

 Síntesis dos

 

Introducción: Una Crisis que Tiene Historia

Escribo estas páginas desde Salta, en mayo de 2026, con la conciencia de que lo que está ocurriendo en los tribunales electorales de la Capital Federal no es un simple trámite burocrático. Es la última estación —por ahora— de un largo viaje de vaciamiento del Partido Justicialista en nuestra provincia. Un vaciamiento que no sucedió de golpe, sino gota a gota, durante décadas de liderazgos que priorizaron la acumulación de poder personal sobre la vitalidad democrática del movimiento.

El documento judicial del fallo emitido anoche por la Justicia Federal en Buenos Aires, —la resolución de la Justicia Electoral de mayo de 2026 que ordenó la intervención judicial del PJ Salta en la persona del Dr. José Luis Napoleón Gambetta— describe con frialdad técnica lo que la militancia de base percibe en carne propia: un partido que en las elecciones provinciales de 2025 no presentó candidatos propios, algo sin precedentes desde la recuperación democrática de 1983.

Desde mi trabajo en el Ateneo Miguel Ragone, que sostiene la memoria del gobernador peronista desaparecido el 11 de marzo de 1976, no puedo leer este presente sin anclarme en ese pasado. Las herramientas cambian —ayer, los tanques y los grupos de tareas; hoy, los expedientes y las declaraciones de acefalía— pero la voluntad de neutralizar al peronismo popular salteño tiene una continuidad que debemos nombrar.

Quiero, en primer lugar, explicar las diferencias entre los tipos de liderazgos que debilitaron al partido; en segundo lugar, analizar la judicialización como mecanismo de desgaste; en tercer lugar, historizar la Salta de 1976 para comprender el crimen de Ragone en relación con la intención más profunda de proscribir el peronismo nacional en las elecciones presidenciales del próximo año; y finalmente, trazar líneas de acción concretas para la militancia, convocando a la unidad de todas las expresiones del peronismo salteño.

 

I. Los Liderazgos que Vaciaron el Partido: Burocracia, Proscripción Interna y Éxodo

1.1. Cuarenta Años Sin Elecciones: La Democracia que No Fue

Existe una paradoja profunda en el corazón del peronismo salteño: el movimiento que históricamente encarnó la soberanía popular en Argentina lleva más de cuatro décadas sin elegir democráticamente a sus autoridades partidarias mediante elecciones internas genuinas y competitivas. Lo que hubo en ese tiempo fue, en el mejor de los casos, listas de unidad construidas en acuerdos de cúpula que, aunque recubiertos de un barniz de consenso, no son otra cosa que la negación del sufragio interno.

Una lista única, aunque nadie la impugne formalmente, no es democracia: es la administración burocrática del partido por parte de quien controla los resortes del poder en cada momento. Es la diferencia entre un árbol que crece y una maceta que acumula tierra sin raíces. Durante décadas, el PJ Salta fue esa maceta: vistosa en los momentos electorales, vacía en su vida orgánica cotidiana.

1.2. El Urtubeyismo y la Figura de Kosiner: El Poder sin Movimiento

Juan Manuel Urtubey gobernó Salta entre 2007 y 2019, y su gestión marcó a fuego la cultura interna del peronismo provincial. El modelo urtubeyista fue el de la verticalidad ejecutiva para lograr la excelencia y la centralidad en la conducción, lo que tras doce largos años de gestión dejó a los espacios de deliberación como organizados en el mando pero vacíos de contenido real.

Pablo Kosiner, figura que el documento judicial ubica como interventor designado por el Congreso Nacional del PJ en febrero de 2026, es el heredero más visible de esta tradición. Su designación y su cronograma —que fijaba elecciones internas para el 25 de octubre de 2026, excediendo largamente el vencimiento legal de la intervención— no fue leída por la Justicia Electoral como una voluntad genuina de normalización, sino como una extensión del método: la dilación como forma de gobierno partidario. El tribunal fue taxativo al señalar que esa estrategia representaba la consolidación de las "intervenciones sempiternas e injustificadas" que anulan la autonomía de las estructuras provinciales.

En términos políticos, el urtubeyismo dejó una herencia difícil de administrar: un partido acostumbrado a no deliberar, cuadros medios formados en la lealtad personal antes que en la identidad doctrinaria, y una base militante que fue migrando, fracción a fracción, hacia otros espacios o hacia la abstención organizada.

1.3. El Saenzismo y las Figuras de Amat y Outes: El Peronismo que Mudó de Casa

En el otro extremo del espectro interno encontramos una expresión distinta pero igualmente problemática para la salud del partido: la de quienes, desde las filas del justicialismo, terminaron construyendo su poder político en alineación con el gobierno provincial de Gustavo Sáenz, electo en 2019 bajo el sello de Juntos por el Cambio Salta. Las figuras de Esteban Amat Lacroix y Pablo Outes encarnan esta trayectoria.

Amat Lacroix es, según el propio documento judicial, la parte actora que impugnó el cronograma de Kosiner, tildándolo de "esquema preliminar, meramente estimativo y carente de efectos jurídicos vinculantes". Es decir: un referente con origen peronista utilizó los recursos de la justicia electoral para desestabilizar la conducción formal del partido a nivel nacional. No importa si tenía razón o no en los términos jurídicos —y en parte la tenía—: el efecto político fue el de profundizar la fractura, debilitar la estructura y abrir la puerta a una intervención judicial que ningún sector del peronismo salteño pidió.

Esta dinámica revela el segundo modelo de vaciamiento: el de la deserción organizada. Cuando figuras con historia peronista construyen su supervivencia política en alianza con un gobierno no peronista, el partido pierde no solo votos, sino también su relato de identidad. Los militantes de base quedan huérfanos: no saben bien a quién seguir, qué significa hoy ser peronista en Salta, ni qué diferencia hay entre el partido y sus variados intérpretes.

1.4. El Resultado: Un Partido que No Presentó Candidatos en 2025

La consecuencia más elocuente de estas décadas de vaciamiento burocrático y éxodo de fuerzas la describe el propio documento judicial con una frase que debería sacudir a cualquier militante: en las elecciones provinciales de 2025, el PJ de Salta no presentó candidatos propios. Algo inédito desde el retorno de la democracia en 1983. No fue una derrota electoral: fue una ausencia. Y la ausencia es la forma más radical de la derrota.

Un partido que no se presenta a elecciones no es un partido en crisis: es un partido que ha dejado de cumplir su función social y política esencial. Es el momento en que la maceta se rompe y la tierra cae sola.

 

II. La Judicialización como Mecanismo de Desgaste: El Lawfare Electoral

2.1. El Expediente como Campo de Batalla

La resolución de mayo de 2026 no surge en el vacío. Es la culminación de un proceso en el que la arena judicial se convirtió en el terreno privilegiado de la disputa política interna del peronismo. Este fenómeno —conocido internacionalmente como lawfare, o guerra jurídica— consiste en la utilización sistemática de los instrumentos legales y judiciales para neutralizar a actores políticos o debilitar estructuras partidarias desde adentro o desde afuera.

El documento describe con precisión los engranajes de este mecanismo: la parte actora impugnó el cronograma de Kosiner apoyándose en la literalidad de los plazos legales, logrando que el tribunal interpretara la propuesta de elecciones en octubre de 2026 como una maniobra para encadenar una "nueva intervención por 180 días". El Consejo Nacional del PJ, a su vez, convocó de urgencia a un Congreso Nacional para el 19 de mayo de 2026, intentando dictar una nueva intervención antes de que venciera la anterior. La justicia interrumpió ese circuito y nombró a Gambetta.

Cada movimiento en este tablero tiene consecuencias: cada audiencia, cada traslado no contestado a tiempo, cada resolución, erosiona la credibilidad pública del partido y consume los recursos políticos y organizativos de la militancia. El lawfare no necesita ganar: necesita demorar, desgastar, generar incertidumbre. Y en ese objetivo, resulta extraordinariamente eficiente.

2.2. La Pérdida del Control Territorial: Salta y Jujuy como Tenaza

El propio texto judicial explicita la conexidad con la situación del PJ de Jujuy, evidenciando que la pérdida de control de las estructuras orgánicas del peronismo en el norte argentino no es un hecho aislado sino un patrón. La pérdida simultánea de los distritos de Salta y Jujuy, ambos mediante fallos judiciales rigurosos en materia procedimental, funciona como una tenaza legal que debilita a la conducción nacional del partido de cara a las elecciones presidenciales del próximo año.

Quien no controla sus distritos no controla sus delegados. Quien no controla sus delegados no controla sus candidaturas. Y quien no controla sus candidaturas no controla su futuro electoral.

 

III. Salta en las Vísperas del Golpe: El Crimen de Ragone y la Proscripción de 1976

3.1. La Primavera que Duró Poco

Para comprender la analogía histórica que me propongo, es necesario retroceder exactamente cincuenta años. En mayo de 1973, el Dr. Miguel Ragone llegó a la gobernación de Salta cobijado por el Frente Justicialista de Liberación (FREJULI), con un respaldo popular histórico. Era médico sanitarista, hombre de territorio, referente del ala progresista y popular del movimiento. En sus años de gestión, intentó construir un peronismo que pusiera en el centro la salud, la educación y los derechos de los sectores más postergados del norte argentino.

Esa primavera duró poco. La muerte de Juan Domingo Perón en julio de 1974 abrió las puertas a la reacción. El gobierno de María Estela Martínez de Perón, fuertemente influenciado por José López Rega, inició un proceso de "depuración ideológica" que en Salta tuvo nombre propio: en noviembre de 1974, mediante decreto del Poder Ejecutivo Nacional, la provincia fue intervenida federalmente y Ragone fue eyectado de su cargo constitucional bajo el pretexto de restaurar el orden.

3.2. El Crimen como Límite Absoluto

A pesar de haber sido desplazado por su propio partido a nivel nacional, Ragone mantenía intacto su caudal popular. Para marzo de 1976, el PJ de Salta se encaminaba a resolver su liderazgo en elecciones internas programadas para el 14 de ese mes. Ragone era el candidato natural, con las más altas probabilidades de ganar la conducción partidaria y proyectarse nuevamente al poder.

El 11 de marzo de 1976 —tres días antes de que los afiliados peronistas pudieran votar—, un grupo de tareas integrado por policías locales y militares del III Cuerpo del Ejército secuestró a Miguel Ragone al salir de su domicilio. Nunca más apareció con vida. Su desaparición neutralizó por vía de la fuerza bruta la posibilidad de una reorganización democrática del peronismo salteño. Trece días después, el 24 de marzo, el golpe de Estado consumó la proscripción total de la actividad política en la Argentina.

La lección es brutal en su claridad: cuando los canales institucionales no alcanzan para frenar la fuerza popular del peronismo, la reacción escala hasta el límite absoluto. En 1976, ese límite fue la desaparición física de un hombre.

 

IV. La Tesis Comparativa: Del Golpe de Estado al Lawfare Electoral

4.1. Una Mutación en las Herramientas, una Continuidad en los Objetivos

Al contrastar la estrategia de destitución y proscripción del peronismo de 1976 con la hipótesis de asedio judicial de 2026, se observa una mutación en las herramientas operativas, pero una notable continuidad en los objetivos políticos de fondo. El siguiente cuadro, resume la comparación:

Dimensión

1976

2026

Herramienta principal

Violencia física, terrorismo de Estado

Litigiosidad sistemática, resoluciones judiciales (lawfare)

Aprovechamiento de grietas internas

Purga de la derecha peronista contra el ala izquierda

Litigios de dirigentes locales disidentes contra la conducción nacional

Disrupción electoral

Desaparición física del líder tres días antes de la interna

Desestimación judicial del cronograma autónomo de los interventores

Horizonte final

Proscripción absoluta por actas del Proceso de Reorganización Nacional

Inhabilitación o caducidad de la personería jurídica del PJ para las presidenciales

4.2. El Denominador Común: El Aborto del Proceso Electoral

Tanto en 1976 como en 2026, el elemento catalizador de la intervención externa es la inminencia de un proceso electoral interno que ciertos sectores buscan descarrilar. En 1976, la respuesta ante la ventaja electoral de Ragone fue su secuestro armado. En 2026, frente a la estrategia de Kosiner de estirar los plazos para celebrar comicios internos en octubre, el ala judicial y los sectores demandantes logran que el tribunal desplace a los interventores políticos y nombre a uno judicial, quitándole al PJ Nacional el control del proceso de cara al armado de alianzas presidenciales.

No se trata de equiparar el horror del terrorismo de Estado con una resolución judicial en democracia. Sería un error histórico y ético hacerlo. Pero sí se trata de identificar una gramática política que se repite: cuando el peronismo salteño está a punto de reconstituirse desde sus bases, aparece un mecanismo de interrupción. Ayer, los fusiles. Hoy, los expedientes. La diferencia es civilizatoria y no es menor. Pero la voluntad de interrumpir, esa persiste.

4.3. La Grieta Interna como Puerta de Entrada

En ambos momentos históricos, el mecanismo externo encontró su puerta de entrada en las contradicciones internas del propio movimiento. En 1976, la derecha peronista había facilitado la intervención federal de Salta antes del golpe. En 2026, son figuras con historia peronista las que accionan judicialmente contra la conducción de su propio partido.

Esto no es un detalle anecdótico: es la clave del análisis. El peronismo salteño no fue derrotado desde afuera: fue debilitado desde adentro, durante décadas, hasta quedar tan frágil que cualquier embate —judicial, político, mediático— puede tumbarlo.

 

V. Acciones a Seguir Frente a la Intervención Judicial: El Momento de Actuar

5.1. Acción 1 — Auditoría y Control Militante

La justicia ordenó que el interventor Gambetta presente informes detallados de sus actividades cada quince días. Esta disposición no es un trámite administrativo: es una oportunidad política. Los grupos activos deben constituirse en auditores permanentes de esos informes, seguir de cerca cada paso del proceso y presionar públicamente para que las elecciones internas se realicen en el "tiempo mínimo necesario", evitando que el interventor judicial se convierta en un nuevo administrador de la parálisis.

Un partido que no controla su propio proceso de normalización tampoco controla su futuro. La militancia debe estar presente en cada etapa.

5.2. Acción 2 — Campaña Masiva de Afiliación y Re-empadronamiento

Para disputar la nueva identidad del peronismo salteño, se necesitan votos y caras nuevas. La justicia busca reactivar el padrón para las elecciones internas. Este es el momento de salir a los barrios y municipios de Salta —desde La Quiaca hasta la ciudad capital, desde el Chaco salteño hasta los valles calchaquíes— a afiliar masivamente a jóvenes, trabajadores, vecinos, cuadros técnicos y profesionales que se identifican con el peronismo pero que hoy no tienen donde expresarlo orgánicamente.

La afiliación masiva no es solo un trámite: es un acto político. Es decir "yo existo, yo voto, yo delibero". Es la antítesis de las cuarenta décadas de lista única.

5.3. Acción 3 — Unidad Programática y Armado de Listas Locales

Los grupos que buscan la readecuación identitaria deben dejar de lado las disputas menores y construir una propuesta sólida y unificada. Cuando Gambetta abra formalmente el cronograma electoral, la militancia debe estar lista para presentar listas de candidatos genuinamente salteños: con arraigo territorial, trayectoria en el movimiento, y capacidad de convocar tanto a la tradición urtubeyista como a los sectores más críticos de ese legado.

La unidad no puede ser la de la lista única de siempre. Tiene que ser la unidad que emerge de la discusión franca, del debate interno, del reconocimiento de que el partido es más grande que cualquiera de sus fracciones actuales.

 

VI. Lineas de Acción para la Militancia: Retomando el Hilo

6.1. El Rechazo al Vaciamiento como Principio

El documento judicial recuerda un dato alarmante: en 2025, el PJ de Salta no presentó candidatos propios. Los grupos activos deben posicionarse firmemente en contra de ese vaciamiento. La intervención judicial ocurre justamente porque la estructura se volvió un sello formal sin actividad democrática real. No puede volver a suceder.

6.2. La Defensa del Federalismo Partidario

La vida política de Salta debe resolverse en Salta. Esta es la primera consigna organizativa. Las intervenciones de Berni, los plazos de Kosiner, las impugnaciones de Amat: todo demostró que las soluciones impuestas desde Buenos Aires solo sirvieron para dilatar la normalización y perjudicar a los afiliados locales. La autonomía distrital no es capricho provinciano: es condición necesaria para la democracia interna.

6.3. La Soberanía del Afiliado como Meta

El fin último de las organizaciones que buscan recuperar la identidad peronista en la provincia debe ser devolver el partido a sus bases legítimas. Lograr que los ciudadanos de Salta que se identifican con el peronismo recuperen el derecho constitucional de deliberar, revisar las estrategias políticas, evaluar los errores del pasado y elegir libremente a sus representantes mediante el voto interno. No es una aspiración abstracta: es la condición para que el peronismo vuelva a ser una fuerza política competitiva en nuestra provincia.

 

Conclusión: Ragone Vive en Cada Afiliado que Vota

Termino estas páginas en el mismo Salta donde, hace cincuenta años, un grupo de tareas arrancó a Miguel Ragone de su casa para que no pudiera votar en las internas de su partido. Para que el peronismo popular no encontrara su cauce. Para que la reorganización democrática del movimiento no tuviera lugar.

Hoy, el mecanismo que busca interrumpir esa reorganización no porta armas: porta expedientes. Pero el objetivo es análogo — que el peronismo salteño no encuentre su cauce, que no se reconstituya desde las bases, que no pueda competir en las elecciones presidenciales del año entrante con una estructura propia, autónoma y democráticamente elegida.

Frente a eso, la respuesta no puede ser la parálisis ni la resignación. Tampoco puede ser la guerra entre fracciones que durante décadas fue el combustible del vaciamiento. La respuesta tiene que ser la unidad en la diversidad: el urtubeyismo y sus herederos, los sectores críticos del legado de Sáenz, los espacios de la renovación doctrinaria, los jóvenes sin historia partidaria pero con identidad peronista. Todos juntos, con sus diferencias, disputando democráticamente el futuro del partido.

Convoco a las corrientes del peronismo salteño —a quienes se reconocen en la tradición de Kosiner, a quienes militaron en la órbita de Amat y Outes, y especialmente a quienes están construyendo la renovación desde los márgenes— a recordar que la única respuesta histórica al vaciamiento y a la proscripción ha sido, siempre, la organización popular. En 1973, con Ragone a la cabeza, el peronismo salteño demostró que era posible ganar desde abajo. En 1976, sus enemigos lo sabían tan bien que tuvieron que desaparecerlo para impedirlo.

Ragone no puede votar. Nosotros, sí. Y esa diferencia es todo.

La intervención de la justicia no debe ser recibida con pasividad militante: es la oportunidad legal de quitarle el control a la burocracia centralizada y reconstruir el peronismo salteño desde abajo hacia arriba. El cronograma que fije Gambetta será la primera elección interna real que tenga este partido en décadas. Estemos listos para ganarla.

 

Referencias Bibliográficas

Calveiro, P. (2005). Política y/o violencia. Una aproximación a la guerrilla de los años 70. Norma.

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