Ateneo DR.
MIGUEL RAGONE
El Peronismo ante el Espejo Roto:
Agotamiento, Identidad y Proyecto a
Cincuenta Años del Último Discurso de Perón
Ensayo político elaborado a partir del
panel debate
«Entre la Memoria Épica y la Necesidad
de Futuro»
Biblioteca de la Legislatura de Salta —
Fundación Manuel A. de Castro, junio de 2026
Este ensayo es elaborado por la Asociación Dr. Miguel Ragone por
la Verdad, la Memoria y la Justicia a partir del panel debate organizado por la
Fundación Manuel A. de Castro en la Biblioteca de la Legislatura (Caseros 519,
Salta), desarrollado en el marco de los cincuenta años del último discurso
público de Juan Domingo Perón. El texto integra las intervenciones de los
panelistas —Daniel Escotorín, José de Guardia de Ponté, Fernando Pequeño,
Federico Castro, David Garros y Nicolás Juárez Campos— con el marco teórico que
proporcionan los trabajos de Alejandro Horowicz (2005, 2023) y Alejandro
Grimson (2019), a fin de situar el debate local en una perspectiva más amplia
sobre el agotamiento y la renovación del movimiento nacional y popular.
I. El diagnóstico del agotamiento: del «cuarto peronismo» a la «democracia
del disciplinamiento»
1.1. El bisturí crítico como punto de partida
El panel no comenzó con una conmemoración.
Comenzó con una pregunta que incomoda: ¿por qué el peronismo, que ha ganado
jerarquía histórica, ha perdido viabilidad política? La formulación es de Daniel
Escotorín, el historiador que abrió el debate, y condensa una tensión que
atravesó toda la jornada. El dato que la sostiene es contundente: el PJ en
Salta promedia el 8% de los votos. Ante ese número, la memoria épica —el relato
heroico, sagrado e intocable que el peronismo tiende a construir alrededor de
sus propias efemérides— resulta no solo insuficiente sino contraproducente.
Escotorín propuso una distinción que merece
circular en toda la militancia: la diferencia entre memoria e historia.
La primera construye épica; la segunda construye crítica. Y la crítica, señaló,
es la única herramienta que permite entender por qué un movimiento que
transformó el país en los años cuarenta y cincuenta no logra hoy superar el
umbral de representación de una fuerza menor.
Esta distinción conecta directamente con la
tesis central de Alejandro Horowicz en su obra Los cuatro peronismos:
el peronismo ha perdido su estrategia de poder real desde la ruptura de 1975,
convirtiéndose en una estructura que administra la crisis pero no la transforma
(Horowicz, 2005). Lo que el panel observa empíricamente en Salta —el 8%
electoral, la fragmentación interna, la ausencia de proyecto— es la expresión
local y provincial de ese agotamiento estructural que Horowicz periodiza con
precisión histórica.
1.2. La democracia que no desmontó la dictadura
Escotorín añadió una tesis que complejiza
el diagnóstico y que la militancia peronista ha tardado demasiado en asumir: la
democracia recuperada en 1983 no desmontó el andamiaje legal que la dictadura
instaló. La Ley de Entidades Financieras, pieza central del saqueo económico
del período 1976-1983, sigue vigente. Cuatro décadas de democracia no han
tocado los pilares estructurales del modelo neoliberal que esa norma expresa.
Escotorín denomina a este régimen «democracia
del disciplinamiento»: una democracia que recuperó las formas
institucionales pero dejó intacto el núcleo duro del orden económico heredado
del terrorismo de Estado. Esta caracterización dialoga con y tensiona, al mismo
tiempo, la lectura de Alejandro Grimson sobre el peronismo como
identidad política persistente (Grimson, 2019). Porque si el peronismo es, como
sostiene Grimson, la identidad política más duradera del país, la pregunta es
por qué esa identidad no ha alcanzado para remover los cimientos del orden
neoliberal en cuatro décadas de vigencia democrática. La respuesta que emerge
del debate es perturbadora: porque la identidad, sin proyecto, se convierte en
un cascarón.
II. La crisis de representación y la «casta» como realidad social
2.1. La política y lo político: una distinción urgente
José de Guardia de Ponté aportó al
panel una preocupación que converge con el diagnóstico de Escotorín desde un
ángulo diferente: la crisis de formación política en el peronismo. Su punto de
partida es un dato que duele admitir: las nuevas generaciones de militantes
desconocen la doctrina peronista. Y ese desconocimiento no es un accidente: es
el resultado de décadas en las que la formación de cuadros fue desplazada por
la lógica del aparato.
De Guardia de Ponté introdujo una
distinción que el peronismo necesita debatir con seriedad: la diferencia entre la
política —entendida como construcción de pensamiento y proyecto— y lo
político —entendida como la lucha, muchas veces plutócrata, por cargos y
posiciones—. Mientras el movimiento confunda ambas dimensiones, seguirá
reproduciendo las fracturas que lo debilitan.
Esta distinción resuena con el análisis que
Horowicz desarrolla en su obra más reciente sobre el kirchnerismo: el peronismo
se ha transformado, en sus momentos de mayor degradación, en una «agencia de
colocación» de profesionales de la política, perdiendo su carácter de
movimiento de masas (Horowicz, 2023). La denuncia de De Guardia de Ponté sobre
la formación como actividad periférica y el diagnóstico de Horowicz sobre la
profesionalización de la política son, en el fondo, descripciones del mismo
fenómeno desde ángulos complementarios.
2.2. El voto a Milei como síntoma propio
El análisis de Escotorín sobre el ascenso
del gobierno libertario merece especial atención porque interpela la
autocomplacencia de la militancia. Su tesis es precisa: el voto a Milei no
expresa, en su mayor parte, una conversión ideológica masiva de la sociedad
argentina al pensamiento neoliberal. Expresa desilusión. Expresa la
bronca de quienes esperaron algo del campo popular y no lo recibieron.
Esta lectura es coherente con el marco
analítico de Grimson sobre la construcción identitaria del peronismo. Para
Grimson, el peronismo es «un producto de la cultura política argentina y a
la vez un factor decisivo en su conformación» (Grimson, 2019, p. 11). Pero
esa identidad no es estática: se construye y se destruye en la relación con las
expectativas sociales concretas. Cuando el «mito peronista» deja de ofrecer
soluciones tangibles —cuando la promesa de inclusión y movilidad social queda
sin cumplir— el relato identitario pierde adhesión y otros discursos capturan
el descontento.
El militante que no comprende esto, el que
sigue explicando el fenómeno libertario como un problema del votante —su
ignorancia, su manipulación mediática— y no como un síntoma de nuestras propias
falencias, no está en condiciones de revertirlo. Escotorín fue categórico al
respecto, y su diagnóstico es el que este ensayo hace propio.
III. El sujeto en disputa: clases medias y «deriva cultural»
3.1. La interpelación de Fernando Pequeño
Una de las contribuciones más ricas del
panel fue la intervención de Fernando Pequeño, quien interpeló a
Escotorín sobre el rol de las clases medias en el diagnóstico histórico y
actual. La pregunta buscaba contrastar las visiones mediáticas
predominantemente negativas sobre este sector con una mirada que rescate su
potencial dentro de un proyecto nacional.
La respuesta de Escotorín comenzó
desmitificando la homogeneidad del sujeto. No existe «una» clase media
argentina. Existen profesionales, pequeños comerciantes, empleados públicos,
docentes: estratos con mentalidades distintas, con procedencias distintas, con
expectativas distintas. Tratarlos como un bloque uniforme es un error político
de primera magnitud, ya sea para culparlos como bloque o para interpelarlos
como tal.
3.2. La deriva cultural y la responsabilidad del modelo político
Lo que sí comparten estos sectores, según
el historiador, es una situación de «deriva cultural». Durante décadas,
los sectores medios fueron cuadros de la dirigencia nacional y factores
centrales del dispositivo político-cultural del país. Hoy han perdido ese
horizonte colectivo. Y la responsabilidad de esa pérdida no recae sobre ellos
solos: recae, fundamentalmente, sobre un modelo político que no tuvo la
capacidad de generar cambios estructurales que renovaran el sentido de
comunidad.
En el vacío que dejó esa ausencia, los
medios de comunicación y las redes sociales colonizaron el debate político de
estos sectores. El resultado es conocido: fragmentación, individualismo,
reactividad permanente y ausencia de proyecto.
Esta caracterización de la «deriva
cultural» de los sectores medios puede leerse en diálogo productivo con la
perspectiva de Grimson sobre la «heterogeneidad del peronismo» (Grimson,
2019). Para Grimson, el peronismo nunca fue un fenómeno socialmente homogéneo:
su capacidad de articular sectores con intereses distintos fue siempre uno de
sus rasgos definitorios. Esa capacidad articulatoria es precisamente la que se
ha deteriorado. Los sectores medios en «deriva» son, en este sentido, el índice
más visible del fracaso de esa articulación.
3.3. La base material como condición de posibilidad
Sin embargo, es necesario introducir aquí
una advertencia que el debate planteó de manera oblicua y que conviene hacer
explícita. La propuesta de Escotorín para revertir la deriva cultural de los
sectores medios descansa en la reconstrucción territorial de la Comunidad
Organizada: educación no formal, sindicatos, organizaciones sociales,
centros vecinales. La «tarea de hormiga». Pero —como la intervención de Nicolás
Juárez Campos, que analizaremos más adelante, pone de manifiesto— ninguna
reconstrucción comunitaria es sostenible sin una base material que la sustente.
Horowicz lo plantea con crudeza: sin empleo
de calidad, sin movilidad social ascendente, la apelación a la identidad y a la
comunidad es retórica (Horowicz, 2023). El sistema vigente, como señaló Juárez
Campos con una frase lapidaria, necesita que «el hijo del barrendero siga
siendo barrendero». Esa lógica bloquea la esencia misma de la promesa
peronista, que fue siempre, en su mejor versión, la promesa de que el origen no
es el destino.
IV. La militancia huérfana: de la épica a la crítica
4.1. La orfandad estratégica de Federico Castro
Federico Castro planteó desde la
virtualidad la pregunta que más ronda a los militantes del llano: ¿qué hacemos
cuando no hay conducción? ¿Cómo se sostiene la militancia en la orfandad? Su
intervención identificó dos premisas críticas que estructuran la situación
actual: la ausencia de liderazgos conductores claros y la necesidad de
herramientas concretas para la resistencia en ese contexto.
4.2. Bajarse del pony: la respuesta de Escotorín
La respuesta de Escotorín fue
despiadadamente honesta. Propuso una imagen que condensa la tarea con
precisión: «bajarse del pony». Abandonar el pedestal, la certeza
doctrinaria, la identidad épica que nos protege del dolor de analizar nuestros
propios errores. Y en cambio, escuchar. Escuchar al vecino, entender su bronca,
no para capitular ante ella sino para comprenderla y canalizar lo que hay de
legítimo en su interior.
Citó como ejemplo el fenómeno de
movilización masiva en torno a figuras culturales como el Indio Solari: un
millón de personas que se mueven, que se identifican, que expresan algo que
todavía no encuentra un espacio político de contención. Esa energía existe. El
problema es que el peronismo, enredado en sus disputas internas y en sus
lógicas de aparato, no ha sabido —o no ha querido— construir ese espacio.
La tarea militante en tiempos de orfandad
no es esperar que aparezca un conductor. Es convertirse en el cuerpo que
procesa las nuevas demandas sociales: formación crítica, inserción territorial
real, escucha sin soberbia. Esta propuesta enlaza directamente con la lectura
de Grimson sobre la identidad peronista como un proceso de construcción
permanente (Grimson, 2019): si la identidad no es un dato dado sino una
producción histórica, entonces la militancia de base es el lugar donde esa
producción ocurre o no ocurre.
V. El escepticismo como alerta: la mirada de David Garros
David Garros aportó al panel la voz
del escepticismo lúcido, que es diferente del derrotismo. Su tesis central es
que las revoluciones contemporáneas son movimientos anárquicos de base que
nadie capitaliza para un proyecto de país. El 2001 argentino, los procesos recientes
en Bolivia y en otras latitudes: estallidos que «patean el hormiguero» pero
que, sin conducción política, no se transforman en nada duradero.
Su mirada sobre las escuelas de formación
política es igualmente severa: nacen destinadas al fracaso porque intentan
restablecer una lógica de orden vertical que ya no existe en el tejido social.
Y advierte sobre la brecha entre el debate en redes sociales y la capacidad
real de transformar la política concreta.
La advertencia de Garros resuena con el
análisis de Horowicz sobre la pérdida del sujeto social organizado. Para
Horowicz, la clase obrera organizada de los años cuarenta y cincuenta —el
sujeto que hizo posible el primer peronismo— no tiene hoy un equivalente
funcional (Horowicz, 2005). Sin ese sujeto, las movilizaciones populares
carecen del andamiaje organizativo que las transforme en poder real. El
escepticismo de Garros no es, entonces, una posición pesimista: es un
diagnóstico sobre las condiciones de posibilidad de la transformación. Y como
tal, merece ser tomado en serio antes de plantear cualquier propuesta
programática.
VI. Insubordinación fundante y soberanía industrial: el programa de Nicolás
Juárez Campos
6.1. La dominación sin ejércitos
Si el panel hasta aquí había ofrecido
diagnósticos sobre la crisis del peronismo, la intervención de Nicolás
Juárez Campos dio un paso más: propuso el contenido concreto del proyecto
que debería reemplazar al modelo vigente. Su análisis vincula la historia
nacional de larga duración con los desafíos tecnológicos y geopolíticos del
siglo XXI, y su tono fue abiertamente programático.
El punto de partida fue histórico pero con
consecuencias muy presentes. Juárez Campos citó el informe de Lord Castlereagh
elaborado tras las invasiones inglesas de 1806 y 1807 para señalar algo que el
peronismo conoce pero a menudo olvida formular con precisión: la dominación
contemporánea no se ejerce por la fuerza militar sino a través de la cultura y
la economía. El objetivo colonial de entonces —lograr que los pueblos imiten
costumbres y hablen idiomas extranjeros para convertirlos en «esclavos» funcionales
al sistema— es el mismo que hoy se persigue por medios más sofisticados.
Esta lectura del presente como continuidad
de un proceso colonial de larga data es la clave interpretativa que da sentido
a la noción central de su intervención: la «insubordinación fundante».
Argentina necesita refundar su capacidad de decir que no —al extractivismo, a
la entrega de recursos, a la imitación cultural— sobre la base de un impulso
estatal robusto en ciencia, tecnología e industria. Sin esa insubordinación,
cualquier transformación política será superficial.
6.2. El Estado que sí existe y el que se destruye
Una de las contribuciones más lúcidas de
Juárez Campos fue su desmontaje de la narrativa libertaria sobre el Estado. El
gobierno de Milei, argumentó, no está contra el Estado en términos generales:
está contra el Estado social. Al mismo tiempo, utiliza activamente el
aparato estatal para facilitar negocios privados y entregar recursos
estratégicos a intereses extranjeros. No es menos Estado. Es un Estado
diferente, puesto al servicio de otros.
Esta distinción es fundamental porque
define el terreno de disputa. El peronismo no debe defender «el Estado» en
abstracto sino el Estado como instrumento de soberanía popular y desarrollo
nacional. Y esa defensa requiere reconocer que no existe ningún país
desarrollado que haya llegado a serlo sin un gran impulso estatal en ciencia y
tecnología. La idea de que el mercado solo produce desarrollo es una ficción
ideológica al servicio de quienes ya están desarrollados.
Este argumento conecta con la tesis más
profunda de Horowicz sobre el agotamiento del cuarto peronismo: un peronismo
que ha perdido la capacidad de disputar el control estatal de los recursos
estratégicos no puede ya cumplir la promesa fundacional de independencia
económica (Horowicz, 2005). La propuesta de Juárez Campos es, en este sentido,
una respuesta directa al diagnóstico de Horowicz: si el problema es la pérdida
de esa capacidad, la solución es recuperarla.
6.3. El litio, los BRICS y el programa industrialista
La propuesta programática de Juárez Campos
giró en torno a tres ejes articulados. El primero es la industrialización de
los recursos estratégicos. El litio salteño es hoy exportado como salmuera,
en su forma más elemental y menos rentable. La transformación industrial de ese
recurso en territorio nacional —la producción local de baterías y componentes
tecnológicos— generaría una cadena de valor que multiplicaría el impacto
económico y reduciría la dependencia estructural. No es una idea nueva en el
peronismo: es exactamente lo que Perón hizo con el petróleo, el gas y el acero
en los años cuarenta y cincuenta.
El segundo eje es la integración a los BRICS,
el bloque que representa una alternativa real al orden financiero anglosajón.
El tercero es el desarrollo científico y tecnológico como política
pública prioritaria, no como complemento del modelo productivo sino como su
columna vertebral. Sin capacidad científica propia, la soberanía es una
consigna vacía.
6.4. La Constitución de 1949 y la legitimidad arrebatada
Juárez Campos incorporó al debate una
reivindicación que el peronismo suele mencionar tangencialmente pero raramente
coloca en el centro de su programa: la vigencia jurídica y política de la Constitución
de 1949. La más social de las constituciones argentinas no fue derogada por
un proceso constituyente legítimo sino por un bando militar. Su nulidad
jurídica de origen es un argumento que la dirigencia peronista debería usar
activamente: no solo como ejercicio de memoria sino como impugnación del orden
legal vigente.
Esta reivindicación conecta directamente
con la tesis de Escotorín sobre la «democracia del disciplinamiento»: la
democracia de 1983 no revisó los cimientos legales que la dictadura instaló. La
defensa de la Constitución del 49 es, en ese marco, mucho más que nostalgia
doctrinaria: es la impugnación del orden neoliberal en su raíz.
6.5. El militante como profeta territorial
Ante la crisis de los medios —en manos del
adversario— y el sindicalismo replegado sobre la negociación salarial, Juárez
Campos propuso una imagen para el militante contemporáneo que resulta tan
antigua como urgente: la del «profeta territorial», el que sale casa por
casa, barrio por barrio, mochila al hombro y bastón en mano, a explicar la
situación real del país con palabras comprensibles.
Esta imagen remite a una tradición de
militancia de base que el peronismo practicó en sus mejores momentos y abandonó
cuando se instaló en el Estado y creyó que el aparato institucional reemplazaba
a la organización popular. En tiempos en que los medios masivos y las redes
sociales operan como instrumentos de desorientación, la comunicación política
cuerpo a cuerpo recupera una eficacia que ningún algoritmo puede sustituir.
6.6. La amenaza territorial concreta
Juárez Campos no eludió las advertencias
más crudas. Señaló que el proyecto en curso implica amenazas concretas sobre la
integridad territorial: la secesión de la Patagonia como escenario posible, la
entrega de los mares y la Antártida a intereses extranjeros como proceso ya en
marcha. Detrás de estas amenazas hay una lógica de clase que enunció con
precisión: el sistema vigente necesita que «el hijo del barrendero siga siendo
barrendero». La movilidad social, la educación pública, la ciencia nacional no
son valores universales para el poder concentrado. Son amenazas a su
reproducción.
VII. La Comunidad Organizada como horizonte: síntesis del debate
7.1. El programa de la insubordinación frente al escepticismo estratégico
El mayor contraste del panel se produjo
entre la propuesta programática de Juárez Campos y el escepticismo de Garros.
Para Garros, las escuelas de formación política nacen destinadas al fracaso y
los estallidos sociales son anárquicos porque nadie los capitaliza para un
proyecto de país. Para Juárez Campos, la respuesta es precisamente el programa:
industrialización, BRICS, Constitución del 49, militante territorial.
El contraste no es irresoluble, pero
requiere ser pensado con honestidad. Horowicz advertiría que un proyecto
soberanista de la envergadura que propone Juárez Campos choca con una realidad
que el propio peronismo ha contribuido a construir: su inserción en el mercado
mundial dependiente, su aceptación progresiva de las reglas del juego
neoliberal durante el cuarto peronismo (Horowicz, 2023). Sin un sujeto social
organizado que sostenga ese proyecto —la clase obrera articulada con los
sectores medios y las organizaciones territoriales— el programa más brillante
no pasa de ser, en efecto, «revolucionarismo de café».
7.2. La tercera vía práctica: reconstruir desde abajo
Frente a la tensión entre el programa de
Juárez Campos y el escepticismo de Garros, el panel en su conjunto propone —sin
enunciarlo explícitamente como síntesis— algo que podríamos llamar una tercera
vía práctica: reconstruir los lazos de la Comunidad Organizada desde abajo,
como condición previa a cualquier proyecto electoral o programático de
envergadura.
Si para Grimson el peronismo es una
identidad en constante disputa (Grimson, 2019) y para Horowicz es una fuerza en
descomposición (Horowicz, 2005, 2023), el panel propone un camino que toma en
serio ambas lecturas: reconstruir la identidad desde la práctica territorial
concreta, con contenido programático claro, superando la mera disputa de
cargos. Esa reconstrucción es la condición de posibilidad para que un programa
soberanista como el de Juárez Campos tenga sujeto que lo sustente, y para que
el escepticismo de Garros encuentre refutación en los hechos.
La insubordinación frente a la colonización
cultural y económica no es retórica antiimperialista de manual. Es la pregunta
concreta sobre qué futuro tangible puede ofrecer el peronismo a una generación
que creció bajo el neoliberalismo y que hoy, en su desesperanza, vota opciones
que la perjudican directamente.
VIII. Lo que nos llevamos: ideas para la militancia
La Asociación Dr. Miguel Ragone extrae de
este debate un conjunto de ideas-fuerza que merecen circular y profundizarse en
nuestra militancia:
Primero. La conmemoración sin
autocrítica es un lujo que el peronismo ya no puede permitirse. Honrar a Perón
a cincuenta años de su muerte implica tener el coraje de mirar sin anestesia
por qué el movimiento que él condujo ha llegado a representar el 8% en la provincia
donde gobernó Miguel Ragone.
Segundo. La formación política no
es un complemento de la militancia. Es su condición de posibilidad. Sin cuadros
formados, cualquier armado electoral es frágil y cualquier conducción posible
termina siendo puro oportunismo.
Tercero. Las clases medias no son
el enemigo. Son un sector en deriva que necesita un horizonte. La pregunta que
el peronismo debe hacerse no es «¿por qué nos traicionaron?» sino «¿qué les
ofrecemos?»
Cuarto. La militancia en tiempos
de orfandad requiere humildad. Bajarse del pony, escuchar la bronca social sin
defensas identitarias, construir desde abajo los lazos de confianza que ningún
armado electoral puede sustituir.
Quinto. El proyecto que supere la
crisis no puede girar alrededor de personas. Debe girar alrededor de ideas:
industrialización del litio, integración a los BRICS, defensa de nuestra
doctrina constitucional, desarrollo científico propio. Un horizonte capaz de trascender
los ciclos electorales.
Sexto. La soberanía territorial
no es una abstracción. Las advertencias sobre la Patagonia, los mares y la
Antártida deben convertirse en agenda política concreta, no en denuncia
retórica.
Referencias bibliográficas
Grimson,
A. (2019). ¿Qué es el peronismo? De Perón a los Kirchner, el movimiento que no
deja de conmover la política argentina. Siglo Veintiuno Editores.
Horowicz,
A. (2005). Los cuatro peronismos (2.ª ed.). Edhasa. (Obra original publicada en
1985 por Legasa)
Horowicz,
A. (2023). El kirchnerismo desarmado: la larga agonía del cuarto peronismo.
Ariel.


