Por Ateneo Dr. Miguel Ragone
El pasado 12 de junio se cumplieron cincuenta años del último
discurso público de Juan Domingo Perón ante su pueblo. Con ese motivo, la
Fundación Manuel A. de Castro convocó a un panel debate en la Biblioteca de la
Legislatura que reunió a militantes, historiadores y referentes del campo
nacional y popular. Lo que sigue es una síntesis analítica de ese encuentro,
elaborada por el Ateneo Dr. Miguel Ragone, para poner en circulación sus ideas
en el seno de nuestra militancia.
A cincuenta años del último discurso de Juan Perón: un debate necesario
para el peronismo salteño
I. El problema del tiempo: conmemorar no alcanza
Hay una trampa en la que el peronismo cae con demasiada
frecuencia cuando se acerca a sus propias efemérides: la trampa del ritual. Se
conmemora, se emociona, se canta la marcha y se vuelve a casa. El panel
organizado por la Fundación Manuel A. de Castro no cayó en esa trampa. Partió,
en cambio, de una tensión productiva: ¿qué significa recordar el último
discurso de Perón en un presente de fragmentación, de derrota y de pérdida de
representación?La respuesta que atravesó todo el debate fue clara y exigente: la
historia reciente del peronismo no puede ser un ejercicio de nostalgia épica.
Debe ser, antes bien, una herramienta crítica. Un bisturí, no un incensario.
Los pilares estructurales del modelo neoliberal —instalados
durante la dictadura cívico-militar— permanecen intocables en cuatro décadas de
democracia. La ley de entidades financieras que organizó el saqueo de 1976
sigue vigente. El desafío que planteó el panel no fue entonces celebratorio
sino diagnóstico: entender por qué el peronismo, que ha ganado jerarquía
histórica, ha perdido al mismo tiempo viabilidad política.
II. La historia contra la épica: el aporte de Daniel Escotorín
El historiador Daniel Escotorín ofreció la tesis más sistemática
de la jornada. Su punto de partida fue una distinción que merece circular
ampliamente en nuestra militancia: la diferencia entre memoria e historia.
La memoria construye épica, esto es, un relato heroico, sagrado e intocable. La
historia construye crítica, es decir, la capacidad de interrogar incluso
aquello que amamos, incluso a Perón mismo, incluso a los compañeros y
compañeras de los años setenta.
Esta distinción no es un ejercicio académico. Es una necesidad
política urgente. Escotorín señaló sin rodeos que el PJ en Salta promedia
apenas el 8% de los votos. Y planteó algo que duele pero necesita decirse: es
más hereje ignorar ese dato que cuestionar la doctrina. Un partido que convoca
al 8% del electorado no es una herramienta para las mayorías. Es una capilla.
¿Cómo se llegó aquí? Escotorín identificó dos procesos
convergentes. Por un lado, la fragmentación del movimiento obrero y la
disolución del movimiento nacional en una estructura meramente partidaria,
vaciada de contenido transformador. Por otro, el ascenso de lo que llamó la
"democracia del disciplinamiento": una democracia que recuperó las
formas institucionales en 1983 pero dejó intacto el andamiaje legal y económico
de la dictadura.
Sus palabras sobre el voto a Milei merecen especial atención
porque interpelan nuestra propia autocomplacencia. El ascenso del gobierno
libertario no expresa, en su mayor parte, una conversión ideológica masiva de
la sociedad argentina al pensamiento neoliberal. Expresa desilusión. Expresa la
bronca de quienes esperaron algo del campo popular y no lo recibieron. El
militante que no comprende esto, el que sigue explicando el fenómeno como un
problema del votante y no como un síntoma de nuestras propias falencias, no
está en condiciones de revertirlo.
III. La doctrina como práctica: el planteo de José de Guardia de Ponté
La intervención de José de Guardia de Ponté aportó una
preocupación complementaria y, en el fondo, convergente: la crisis de formación
política en el peronismo. Su diagnóstico es sencillo de enunciar y difícil de
asumir: las nuevas generaciones de militantes desconocen la doctrina peronista.
Y ese desconocimiento no es un dato menor, porque es exactamente lo que
facilita la permeabilidad de discursos que van en contra de los intereses
populares.
La formación de cuadros no puede seguir siendo una actividad
marginal, romántica, reservada a los entusiastas. Debe ser el eje central de la
vida partidaria. Y aquí De Guardia de Ponté introdujo una distinción que el
peronismo necesita debatir con seriedad: la diferencia entre la política
—entendida como construcción de pensamiento y proyecto— y lo político
—entendida como la lucha, muchas veces plutócrata, por cargos y posiciones—.
Mientras el movimiento confunda ambas dimensiones, seguirá reproduciendo las
fracturas que lo debilitan.
IV. La clase media: ni chivo expiatorio ni sujeto perdido
Una de las intervenciones más ricas del panel fue la de Fernando
Pequeño, quien interpeló a Escotorín sobre el rol de las clases medias en el
diagnóstico histórico y actual. El intercambio que siguió merece una lectura
cuidadosa.
Escotorín comenzó desmitificando la homogeneidad de ese sujeto.
No existe "una" clase media argentina. Existen profesionales,
pequeños comerciantes, empleados públicos, docentes: estratos con mentalidades
distintas, con procedencias distintas, con expectativas distintas. Tratarlos
como un bloque uniforme —ya sea para culparlos o para interpelarlos— es un
error político.
Lo que sí comparten, según el historiador, es una situación de deriva
cultural. Estos sectores fueron, durante décadas, cuadros de la dirigencia
nacional y factores centrales del dispositivo político-cultural del país. Hoy
han perdido ese horizonte colectivo. Y la responsabilidad de esa pérdida no
recae sobre ellos solos: recae, fundamentalmente, sobre un modelo político que
no tuvo la capacidad de generar cambios estructurales que renovaran el sentido
de comunidad.
En el vacío que dejó esa ausencia, los medios de comunicación y
—más recientemente— las redes sociales colonizaron el debate político de estos
sectores. El resultado es conocido: fragmentación, individualismo, reactividad
permanente y ausencia de proyecto.
La propuesta de Escotorín para revertir esta situación no pasó
por el terreno electoral sino por el territorial: la construcción paciente, la
"tarea de hormiga", la reconstrucción de los lazos de la Comunidad
Organizada en los espacios de educación no formal, en los sindicatos, en
las organizaciones sociales y en los centros vecinales. Y una advertencia
crítica que el sindicalismo peronista debería escuchar: los sindicatos que se
limitan a la negociación salarial, abandonando la discusión política profunda,
traicionan el rol que Perón asignaba a los trabajadores dentro de un proyecto
de país.
V. La militancia huérfana: de la épica a la crítica
Federico Castro planteó desde la virtualidad la pregunta que más
ronda a los militantes del llano: ¿qué hacemos cuando no hay conducción? ¿Cómo
se sostiene la militancia en la orfandad?
La respuesta de Escotorín fue despiadadamente honesta y, por eso
mismo, valiosa. Propuso una imagen que condensa bien la tarea: bajarse del
pony. Abandonar el pedestal, la certeza doctrinaria, la identidad épica que
nos protege del dolor de analizar nuestros propios errores. Y en cambio,
escuchar. Escuchar al vecino, entender su bronca, no para capitular ante ella
sino para comprenderla y eventualmente canalizar lo que hay de legítimo en su
interior.
Citó, en ese sentido, el fenómeno de movilización masiva en torno
a figuras culturales como el Indio Solari: un millón de personas que se mueven,
que se identifican, que expresan algo que todavía no encuentra un espacio
político de contención. Esa energía existe. Está disponible. El problema es que
el peronismo, enredado en sus disputas internas y en sus lógicas de aparato, no
ha sabido —o no ha querido— construir ese espacio.
La tarea militante en tiempos de orfandad no es esperar que
aparezca un conductor. Es convertirse en el cuerpo que procesa las nuevas
demandas sociales: formación crítica, inserción territorial real, escucha sin
soberbia.
VI. El escepticismo como alerta: la mirada de David Garros
David Garros aportó al panel la voz del escepticismo lúcido. Su
tesis central es que las revoluciones contemporáneas son movimientos anárquicos
de base que nadie capitaliza para un proyecto de país. El 2001 argentino,
procesos recientes en Bolivia y en otras latitudes: estallidos que patean el
hormiguero pero que, sin conducción política, no se transforman en nada
duradero.
Su mirada sobre las escuelas de formación política es igualmente
severa: nacen destinadas al fracaso porque intentan restablecer una lógica de
orden vertical que ya no existe en el tejido social. Y advierte sobre la brecha
entre el debate en redes sociales y la capacidad real de transformar la
política concreta.
No es una posición derrotista. Es una alerta. Porque la
conclusión implícita es que si el peronismo no reconstruye una capacidad de
conducción —no en el sentido de un líder mesiánico, sino en el de una dirección
colectiva con proyecto— cualquier movilización popular que se produzca
terminará siendo aprovechada por otros.
VII. Insubordinación fundante y soberanía industrial: el programa de
Nicolás Juárez Campos
Si el panel hasta aquí había ofrecido diagnósticos sobre la
crisis del peronismo, la intervención de Nicolás Juárez Campos dio un paso más:
propuso el contenido concreto del proyecto que debería reemplazar al modelo
vigente. Su análisis vincula la historia nacional de larga duración con los
desafíos tecnológicos y geopolíticos del siglo XXI, y su tono —a diferencia del
escepticismo de Garros o de la sobriedad autocrítica de Escotorín— fue
abiertamente programático.
La dominación sin ejércitos
El punto de partida de Juárez Campos fue histórico pero con
consecuencias muy presentes. Citó el informe de Lord Castlereagh elaborado tras
las invasiones inglesas de 1806 y 1807 para señalar algo que el peronismo
conoce pero a menudo olvida formular con tanta precisión: la dominación
contemporánea no se ejerce por la fuerza militar sino a través de la cultura y
la economía. El objetivo colonial de entonces —lograr que los pueblos imiten
costumbres y hablen idiomas extranjeros para convertirlos en esclavos funcionales
al sistema— es el mismo objetivo que hoy se persigue por otros medios. La
diferencia es que hoy los instrumentos son más sofisticados y, en consecuencia,
más difíciles de identificar y resistir.
Esta lectura del presente como continuidad de un proceso colonial
de larga data no es retórica antiimperialista de manual. Es la clave
interpretativa que da sentido a la noción central de su intervención: la insubordinación
fundante. Para Juárez Campos, Argentina necesita refundar su capacidad de
decir que no —al extractivismo, a la entrega de recursos, a la imitación
cultural— sobre la base de un impulso estatal robusto en ciencia, tecnología e
industria. Sin esa insubordinación, cualquier transformación política será
superficial.
El Estado que sí existe y el que se destruye
Una de las contribuciones más lúcidas de Juárez Campos fue su
desmontaje de la narrativa libertaria sobre el Estado. El gobierno de Milei,
argumentó, no está contra el Estado en términos generales. Está contra el Estado
social: el que financia hospitales, universidades, ciencia, cultura y
protección laboral. Al mismo tiempo, utiliza activamente el aparato estatal
para facilitar negocios privados y para entregar recursos estratégicos a
intereses extranjeros. No es menos Estado. Es un Estado diferente, puesto al
servicio de otros.
Esta distinción importa porque define exactamente el terreno de
disputa. El peronismo no debe defender "el Estado" en abstracto sino
el Estado como instrumento de soberanía popular y desarrollo nacional. Y esa
defensa requiere saber que no existe ningún país desarrollado en el mundo que
haya llegado a serlo sin un gran impulso estatal en ciencia y tecnología. Los
ejemplos son tan variados que resulta difícil ignorarlos: desde los Estados
Unidos hasta Corea del Sur, desde Alemania hasta China. La idea de que el
mercado solo produce desarrollo es una ficción ideológica al servicio de
quienes ya están desarrollados.
El litio, los BRICS y el programa industrialista
La propuesta programática de Juárez Campos giró en torno a tres
ejes articulados. El primero es la industrialización de los recursos
estratégicos. El litio salteño —y el de todo el noroeste argentino— es hoy
exportado como salmuera, esto es, como materia prima en su forma más elemental
y menos rentable. La transformación industrial de ese recurso en territorio
nacional, la producción local de baterías y componentes tecnológicos, generaría
una cadena de valor que multiplicaría el impacto económico y reduciría la
dependencia estructural. No es una idea nueva en el peronismo: es exactamente
lo que Perón hizo con el petróleo, el gas y el acero en los años cuarenta y
cincuenta. La pregunta es por qué no se hace.
El segundo eje es la integración a los BRICS, el bloque
que agrupa a Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, y que representa una
alternativa real al orden financiero anglosajón. Para Juárez Campos, el próximo
gobierno nacional y popular debe asumir esa integración como política de
Estado, porque ningún proyecto de soberanía económica puede sostenerse en el
aislamiento geopolítico.
El tercer eje es el desarrollo científico y tecnológico como
política pública prioritaria. No como complemento del modelo productivo, sino
como su columna vertebral. Sin capacidad científica propia, sin tecnología
nacional, sin industria del conocimiento, la soberanía es una consigna vacía.
La Constitución de 1949 y la legitimidad arrebatada
Juárez Campos incorporó al debate una reivindicación que el
peronismo suele mencionar de manera tangencial pero raramente coloca en el
centro de su programa: la vigencia jurídica y política de la Constitución de
1949. La más social de las constituciones argentinas no fue derogada por un
proceso constituyente legítimo sino por un bando militar. Su nulidad jurídica
de origen es, para Juárez Campos, un argumento que la dirigencia peronista
debería usar activamente. No solo como ejercicio de memoria sino como
interpelación al orden legal vigente: ¿cuánto de lo que hoy se presenta como
marco institucional inamovible fue construido sobre la violencia de una facción
armada que derrocó a un gobierno electo?
Esta pregunta conecta directamente con la tesis de Escotorín
sobre la "democracia del disciplinamiento": la democracia recuperada
en 1983 no revisó los cimientos legales que la dictadura instaló. La
reivindicación de la Constitución del 49 es, en ese sentido, mucho más que
nostalgia doctrinaria. Es la impugnación del orden neoliberal en su raíz.
El militante como profeta territorial
Ante el diagnóstico de una crisis de medios —en manos del
adversario— y de un sindicalismo replegado sobre la negociación salarial,
Juárez Campos propuso una imagen para el militante contemporáneo que resulta
tan antigua como urgente: la del profeta territorial, el que sale casa
por casa, barrio por barrio, mochila al hombro y bastón en mano, a explicar la
situación real del país con palabras comprensibles.
Esta imagen no es casual. Remite a una tradición de militancia de
base que el peronismo practicó en sus mejores momentos y abandonó cuando se
instaló en el Estado y creyó que el aparato institucional reemplazaba a la
organización popular. En tiempos en que los medios masivos y las redes sociales
operan como instrumentos de desorientación, la comunicación política cuerpo a
cuerpo, en el territorio, recupera una eficacia que ningún algoritmo puede
sustituir.
La amenaza territorial concreta
Juárez Campos no eludió las advertencias más crudas. Señaló que
el proyecto en curso no solo implica la destrucción del Estado social sino
amenazas concretas sobre la integridad territorial: la secesión de la Patagonia
como escenario posible, la entrega de los mares y de la Antártida a intereses
extranjeros como proceso ya en marcha. Detrás de estas amenazas hay una lógica
de clase que enunció con una frase lapidaria: el sistema vigente necesita que
"el hijo del barrendero siga siendo barrendero". La movilidad social,
la educación pública, la ciencia nacional no son valores universales para el
poder concentrado. Son amenazas a su reproducción.
La conclusión de Juárez Campos fue un llamado a la unidad que no
se sustentó en la apelación sentimental sino en la evaluación de lo que está en
juego. Las diferencias personales, las disputas de aparato, los agravios
históricos entre facciones son reales. Pero son menores frente a la magnitud
del proceso de desintegración en curso. El peronismo debe recuperar su
capacidad de ser una jefatura emancipadora basada en su doctrina
original, que en pocos años transformó profundamente el país mediante el
control estatal de los recursos estratégicos. Ese antecedente no es solo
memoria. Es programa.
VIII. La Comunidad Organizada como horizonte: la síntesis del debate
El cruce entre el escepticismo de Garros sobre las revoluciones
sin rumbo, la pregunta de Fernando Pequeño sobre las clases medias y el
programa industrialista y soberanista de Juárez Campos alumbra lo que fue, en
el fondo, la propuesta articulada del panel: recuperar el concepto de Comunidad
Organizada no como una referencia doctrinaria abstracta, sino como una
práctica política concreta y urgente.
Frente a las revoluciones sin conducción que preocupan a Garros,
frente a la deriva cultural de los sectores medios que diagnostica Escotorín y
frente a la colonización económica que denuncia Juárez Campos, la alternativa
no puede ser la sumatoria de aparatos electorales. Tiene que ser la
reconstrucción de espacios donde la política vuelva a ser participación
integral, donde la formación sea práctica cotidiana, donde la soberanía no sea
una consigna sino un programa: ciencia, tecnología, industrialización, recursos
estratégicos como el litio.
La insubordinación frente a la colonización cultural y económica
anglosajona no es retórica antiimperialista de manual. Es la pregunta concreta
sobre qué futuro tangible puede ofrecer el peronismo a una generación que
creció bajo el neoliberalismo y que hoy, en su desesperanza, vota opciones que
la perjudican directamente.
IX. Lo que nos llevamos: algunas ideas para seguir debatiendo
El Ateneo Dr. Miguel Ragone entiende que este panel ofrece
ideas-fuerza que merecen circular y profundizarse en nuestra militancia:
Primero. La conmemoración sin autocrítica es un lujo que
el peronismo ya no puede permitirse. Honrar a Perón a cincuenta años de su
muerte implica tener el coraje de mirar sin anestesia por qué el movimiento que
él condujo ha llegado a representar apenas el 8% en la provincia donde gobernó
Miguel Ragone.
Segundo. La formación política no es un complemento de la
militancia. Es su condición de posibilidad. Sin cuadros formados, cualquier
armado electoral es frágil y cualquier conducción posible termina siendo puro
oportunismo.
Tercero. Las clases medias no son el enemigo. Son un
sector en deriva que necesita un horizonte. La pregunta que el peronismo debe
hacerse no es "¿por qué nos traicionaron?" sino "¿qué les
ofrecemos?"
Cuarto. La militancia en tiempos de orfandad requiere
humildad. Bajarse del pony, escuchar la bronca social sin defensas
identitarias, y construir desde abajo los lazos de confianza que ningún armado
electoral puede sustituir.
Quinto. El proyecto que supere la crisis no puede girar
alrededor de personas. Debe girar alrededor de ideas, de programa, de un
horizonte industrial y soberano —que incluya la industrialización del litio, la
integración a los BRICS y la defensa de nuestra doctrina constitucional— capaz
de trascender los ciclos electorales y volver a enamorar a las generaciones que
hoy miran hacia otro lado.
Sexto. La soberanía territorial no es una abstracción. Las
advertencias de Juárez Campos sobre la Patagonia, los mares y la Antártida
deben ser tomadas en serio y convertidas en agenda política concreta, no en
denuncia retórica.
El Ateneo Dr. Miguel Ragone por la Verdad, la Memoria y la
Justicia agradece a la Fundación Manuel A. de Castro por la convocatoria y a
todos los compañeros y compañeras que participaron de este debate. Seguimos
construyendo desde la memoria crítica y la militancia territorial.


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