viernes, 12 de junio de 2026

Entre la Memoria Épica y la Necesidad de Futuro en el contexto de los a 50 años del golpe: revaluando el discurso último de Juan Perón el 12 de junio de 1974

 



Por Ateneo Dr. Miguel Ragone
Asistido por IA NotebookLM y Claude

 

 Ver en ensayo político complementario:
con la incorporación de comparaciones teóricas 
de Horowicz y Grimson.



El pasado 12 de junio se cumplieron cincuenta años del último discurso público de Juan Domingo Perón ante su pueblo. Con ese motivo, la Fundación Manuel A. de Castro convocó a un panel debate en la Biblioteca de la Legislatura que reunió a militantes, historiadores y referentes del campo nacional y popular. Lo que sigue es una síntesis analítica de ese encuentro, elaborada por el Ateneo Dr. Miguel Ragone, para poner en circulación sus ideas en el seno de nuestra militancia.


 

Síntesis uno:

 


A cincuenta años del último discurso de Juan Perón: un debate necesario para el peronismo salteño

 

I. El problema del tiempo: conmemorar no alcanza

Hay una trampa en la que el peronismo cae con demasiada frecuencia cuando se acerca a sus propias efemérides: la trampa del ritual. Se conmemora, se emociona, se canta la marcha y se vuelve a casa. El panel organizado por la Fundación Manuel A. de Castro no cayó en esa trampa. Partió, en cambio, de una tensión productiva: ¿qué significa recordar el último discurso de Perón en un presente de fragmentación, de derrota y de pérdida de representación?

La respuesta que atravesó todo el debate fue clara y exigente: la historia reciente del peronismo no puede ser un ejercicio de nostalgia épica. Debe ser, antes bien, una herramienta crítica. Un bisturí, no un incensario.

Los pilares estructurales del modelo neoliberal —instalados durante la dictadura cívico-militar— permanecen intocables en cuatro décadas de democracia. La ley de entidades financieras que organizó el saqueo de 1976 sigue vigente. El desafío que planteó el panel no fue entonces celebratorio sino diagnóstico: entender por qué el peronismo, que ha ganado jerarquía histórica, ha perdido al mismo tiempo viabilidad política.

 

II. La historia contra la épica: el aporte de Daniel Escotorín

El historiador Daniel Escotorín ofreció la tesis más sistemática de la jornada. Su punto de partida fue una distinción que merece circular ampliamente en nuestra militancia: la diferencia entre memoria e historia. La memoria construye épica, esto es, un relato heroico, sagrado e intocable. La historia construye crítica, es decir, la capacidad de interrogar incluso aquello que amamos, incluso a Perón mismo, incluso a los compañeros y compañeras de los años setenta.

Esta distinción no es un ejercicio académico. Es una necesidad política urgente. Escotorín señaló sin rodeos que el PJ en Salta promedia apenas el 8% de los votos. Y planteó algo que duele pero necesita decirse: es más hereje ignorar ese dato que cuestionar la doctrina. Un partido que convoca al 8% del electorado no es una herramienta para las mayorías. Es una capilla.

¿Cómo se llegó aquí? Escotorín identificó dos procesos convergentes. Por un lado, la fragmentación del movimiento obrero y la disolución del movimiento nacional en una estructura meramente partidaria, vaciada de contenido transformador. Por otro, el ascenso de lo que llamó la "democracia del disciplinamiento": una democracia que recuperó las formas institucionales en 1983 pero dejó intacto el andamiaje legal y económico de la dictadura.

Sus palabras sobre el voto a Milei merecen especial atención porque interpelan nuestra propia autocomplacencia. El ascenso del gobierno libertario no expresa, en su mayor parte, una conversión ideológica masiva de la sociedad argentina al pensamiento neoliberal. Expresa desilusión. Expresa la bronca de quienes esperaron algo del campo popular y no lo recibieron. El militante que no comprende esto, el que sigue explicando el fenómeno como un problema del votante y no como un síntoma de nuestras propias falencias, no está en condiciones de revertirlo.

 

III. La doctrina como práctica: el planteo de José de Guardia de Ponté

La intervención de José de Guardia de Ponté aportó una preocupación complementaria y, en el fondo, convergente: la crisis de formación política en el peronismo. Su diagnóstico es sencillo de enunciar y difícil de asumir: las nuevas generaciones de militantes desconocen la doctrina peronista. Y ese desconocimiento no es un dato menor, porque es exactamente lo que facilita la permeabilidad de discursos que van en contra de los intereses populares.

La formación de cuadros no puede seguir siendo una actividad marginal, romántica, reservada a los entusiastas. Debe ser el eje central de la vida partidaria. Y aquí De Guardia de Ponté introdujo una distinción que el peronismo necesita debatir con seriedad: la diferencia entre la política —entendida como construcción de pensamiento y proyecto— y lo político —entendida como la lucha, muchas veces plutócrata, por cargos y posiciones—. Mientras el movimiento confunda ambas dimensiones, seguirá reproduciendo las fracturas que lo debilitan.


IV. La clase media: ni chivo expiatorio ni sujeto perdido

Una de las intervenciones más ricas del panel fue la de Fernando Pequeño, quien interpeló a Escotorín sobre el rol de las clases medias en el diagnóstico histórico y actual. El intercambio que siguió merece una lectura cuidadosa.

Escotorín comenzó desmitificando la homogeneidad de ese sujeto. No existe "una" clase media argentina. Existen profesionales, pequeños comerciantes, empleados públicos, docentes: estratos con mentalidades distintas, con procedencias distintas, con expectativas distintas. Tratarlos como un bloque uniforme —ya sea para culparlos o para interpelarlos— es un error político.

Lo que sí comparten, según el historiador, es una situación de deriva cultural. Estos sectores fueron, durante décadas, cuadros de la dirigencia nacional y factores centrales del dispositivo político-cultural del país. Hoy han perdido ese horizonte colectivo. Y la responsabilidad de esa pérdida no recae sobre ellos solos: recae, fundamentalmente, sobre un modelo político que no tuvo la capacidad de generar cambios estructurales que renovaran el sentido de comunidad.

En el vacío que dejó esa ausencia, los medios de comunicación y —más recientemente— las redes sociales colonizaron el debate político de estos sectores. El resultado es conocido: fragmentación, individualismo, reactividad permanente y ausencia de proyecto.

La propuesta de Escotorín para revertir esta situación no pasó por el terreno electoral sino por el territorial: la construcción paciente, la "tarea de hormiga", la reconstrucción de los lazos de la Comunidad Organizada en los espacios de educación no formal, en los sindicatos, en las organizaciones sociales y en los centros vecinales. Y una advertencia crítica que el sindicalismo peronista debería escuchar: los sindicatos que se limitan a la negociación salarial, abandonando la discusión política profunda, traicionan el rol que Perón asignaba a los trabajadores dentro de un proyecto de país.

 

V. La militancia huérfana: de la épica a la crítica

Federico Castro planteó desde la virtualidad la pregunta que más ronda a los militantes del llano: ¿qué hacemos cuando no hay conducción? ¿Cómo se sostiene la militancia en la orfandad?

La respuesta de Escotorín fue despiadadamente honesta y, por eso mismo, valiosa. Propuso una imagen que condensa bien la tarea: bajarse del pony. Abandonar el pedestal, la certeza doctrinaria, la identidad épica que nos protege del dolor de analizar nuestros propios errores. Y en cambio, escuchar. Escuchar al vecino, entender su bronca, no para capitular ante ella sino para comprenderla y eventualmente canalizar lo que hay de legítimo en su interior.

Citó, en ese sentido, el fenómeno de movilización masiva en torno a figuras culturales como el Indio Solari: un millón de personas que se mueven, que se identifican, que expresan algo que todavía no encuentra un espacio político de contención. Esa energía existe. Está disponible. El problema es que el peronismo, enredado en sus disputas internas y en sus lógicas de aparato, no ha sabido —o no ha querido— construir ese espacio.

La tarea militante en tiempos de orfandad no es esperar que aparezca un conductor. Es convertirse en el cuerpo que procesa las nuevas demandas sociales: formación crítica, inserción territorial real, escucha sin soberbia.

 

VI. El escepticismo como alerta: la mirada de David Garros

David Garros aportó al panel la voz del escepticismo lúcido. Su tesis central es que las revoluciones contemporáneas son movimientos anárquicos de base que nadie capitaliza para un proyecto de país. El 2001 argentino, procesos recientes en Bolivia y en otras latitudes: estallidos que patean el hormiguero pero que, sin conducción política, no se transforman en nada duradero.

Su mirada sobre las escuelas de formación política es igualmente severa: nacen destinadas al fracaso porque intentan restablecer una lógica de orden vertical que ya no existe en el tejido social. Y advierte sobre la brecha entre el debate en redes sociales y la capacidad real de transformar la política concreta.

No es una posición derrotista. Es una alerta. Porque la conclusión implícita es que si el peronismo no reconstruye una capacidad de conducción —no en el sentido de un líder mesiánico, sino en el de una dirección colectiva con proyecto— cualquier movilización popular que se produzca terminará siendo aprovechada por otros.

 

VII. Insubordinación fundante y soberanía industrial: el programa de Nicolás Juárez Campos

Si el panel hasta aquí había ofrecido diagnósticos sobre la crisis del peronismo, la intervención de Nicolás Juárez Campos dio un paso más: propuso el contenido concreto del proyecto que debería reemplazar al modelo vigente. Su análisis vincula la historia nacional de larga duración con los desafíos tecnológicos y geopolíticos del siglo XXI, y su tono —a diferencia del escepticismo de Garros o de la sobriedad autocrítica de Escotorín— fue abiertamente programático.

La dominación sin ejércitos

El punto de partida de Juárez Campos fue histórico pero con consecuencias muy presentes. Citó el informe de Lord Castlereagh elaborado tras las invasiones inglesas de 1806 y 1807 para señalar algo que el peronismo conoce pero a menudo olvida formular con tanta precisión: la dominación contemporánea no se ejerce por la fuerza militar sino a través de la cultura y la economía. El objetivo colonial de entonces —lograr que los pueblos imiten costumbres y hablen idiomas extranjeros para convertirlos en esclavos funcionales al sistema— es el mismo objetivo que hoy se persigue por otros medios. La diferencia es que hoy los instrumentos son más sofisticados y, en consecuencia, más difíciles de identificar y resistir.

Esta lectura del presente como continuidad de un proceso colonial de larga data no es retórica antiimperialista de manual. Es la clave interpretativa que da sentido a la noción central de su intervención: la insubordinación fundante. Para Juárez Campos, Argentina necesita refundar su capacidad de decir que no —al extractivismo, a la entrega de recursos, a la imitación cultural— sobre la base de un impulso estatal robusto en ciencia, tecnología e industria. Sin esa insubordinación, cualquier transformación política será superficial.

El Estado que sí existe y el que se destruye

Una de las contribuciones más lúcidas de Juárez Campos fue su desmontaje de la narrativa libertaria sobre el Estado. El gobierno de Milei, argumentó, no está contra el Estado en términos generales. Está contra el Estado social: el que financia hospitales, universidades, ciencia, cultura y protección laboral. Al mismo tiempo, utiliza activamente el aparato estatal para facilitar negocios privados y para entregar recursos estratégicos a intereses extranjeros. No es menos Estado. Es un Estado diferente, puesto al servicio de otros.

Esta distinción importa porque define exactamente el terreno de disputa. El peronismo no debe defender "el Estado" en abstracto sino el Estado como instrumento de soberanía popular y desarrollo nacional. Y esa defensa requiere saber que no existe ningún país desarrollado en el mundo que haya llegado a serlo sin un gran impulso estatal en ciencia y tecnología. Los ejemplos son tan variados que resulta difícil ignorarlos: desde los Estados Unidos hasta Corea del Sur, desde Alemania hasta China. La idea de que el mercado solo produce desarrollo es una ficción ideológica al servicio de quienes ya están desarrollados.

El litio, los BRICS y el programa industrialista

La propuesta programática de Juárez Campos giró en torno a tres ejes articulados. El primero es la industrialización de los recursos estratégicos. El litio salteño —y el de todo el noroeste argentino— es hoy exportado como salmuera, esto es, como materia prima en su forma más elemental y menos rentable. La transformación industrial de ese recurso en territorio nacional, la producción local de baterías y componentes tecnológicos, generaría una cadena de valor que multiplicaría el impacto económico y reduciría la dependencia estructural. No es una idea nueva en el peronismo: es exactamente lo que Perón hizo con el petróleo, el gas y el acero en los años cuarenta y cincuenta. La pregunta es por qué no se hace.

El segundo eje es la integración a los BRICS, el bloque que agrupa a Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, y que representa una alternativa real al orden financiero anglosajón. Para Juárez Campos, el próximo gobierno nacional y popular debe asumir esa integración como política de Estado, porque ningún proyecto de soberanía económica puede sostenerse en el aislamiento geopolítico.

El tercer eje es el desarrollo científico y tecnológico como política pública prioritaria. No como complemento del modelo productivo, sino como su columna vertebral. Sin capacidad científica propia, sin tecnología nacional, sin industria del conocimiento, la soberanía es una consigna vacía.

La Constitución de 1949 y la legitimidad arrebatada

Juárez Campos incorporó al debate una reivindicación que el peronismo suele mencionar de manera tangencial pero raramente coloca en el centro de su programa: la vigencia jurídica y política de la Constitución de 1949. La más social de las constituciones argentinas no fue derogada por un proceso constituyente legítimo sino por un bando militar. Su nulidad jurídica de origen es, para Juárez Campos, un argumento que la dirigencia peronista debería usar activamente. No solo como ejercicio de memoria sino como interpelación al orden legal vigente: ¿cuánto de lo que hoy se presenta como marco institucional inamovible fue construido sobre la violencia de una facción armada que derrocó a un gobierno electo?

Esta pregunta conecta directamente con la tesis de Escotorín sobre la "democracia del disciplinamiento": la democracia recuperada en 1983 no revisó los cimientos legales que la dictadura instaló. La reivindicación de la Constitución del 49 es, en ese sentido, mucho más que nostalgia doctrinaria. Es la impugnación del orden neoliberal en su raíz.

El militante como profeta territorial

Ante el diagnóstico de una crisis de medios —en manos del adversario— y de un sindicalismo replegado sobre la negociación salarial, Juárez Campos propuso una imagen para el militante contemporáneo que resulta tan antigua como urgente: la del profeta territorial, el que sale casa por casa, barrio por barrio, mochila al hombro y bastón en mano, a explicar la situación real del país con palabras comprensibles.

Esta imagen no es casual. Remite a una tradición de militancia de base que el peronismo practicó en sus mejores momentos y abandonó cuando se instaló en el Estado y creyó que el aparato institucional reemplazaba a la organización popular. En tiempos en que los medios masivos y las redes sociales operan como instrumentos de desorientación, la comunicación política cuerpo a cuerpo, en el territorio, recupera una eficacia que ningún algoritmo puede sustituir.

La amenaza territorial concreta

Juárez Campos no eludió las advertencias más crudas. Señaló que el proyecto en curso no solo implica la destrucción del Estado social sino amenazas concretas sobre la integridad territorial: la secesión de la Patagonia como escenario posible, la entrega de los mares y de la Antártida a intereses extranjeros como proceso ya en marcha. Detrás de estas amenazas hay una lógica de clase que enunció con una frase lapidaria: el sistema vigente necesita que "el hijo del barrendero siga siendo barrendero". La movilidad social, la educación pública, la ciencia nacional no son valores universales para el poder concentrado. Son amenazas a su reproducción.

La conclusión de Juárez Campos fue un llamado a la unidad que no se sustentó en la apelación sentimental sino en la evaluación de lo que está en juego. Las diferencias personales, las disputas de aparato, los agravios históricos entre facciones son reales. Pero son menores frente a la magnitud del proceso de desintegración en curso. El peronismo debe recuperar su capacidad de ser una jefatura emancipadora basada en su doctrina original, que en pocos años transformó profundamente el país mediante el control estatal de los recursos estratégicos. Ese antecedente no es solo memoria. Es programa.

 

VIII. La Comunidad Organizada como horizonte: la síntesis del debate

El cruce entre el escepticismo de Garros sobre las revoluciones sin rumbo, la pregunta de Fernando Pequeño sobre las clases medias y el programa industrialista y soberanista de Juárez Campos alumbra lo que fue, en el fondo, la propuesta articulada del panel: recuperar el concepto de Comunidad Organizada no como una referencia doctrinaria abstracta, sino como una práctica política concreta y urgente.

Frente a las revoluciones sin conducción que preocupan a Garros, frente a la deriva cultural de los sectores medios que diagnostica Escotorín y frente a la colonización económica que denuncia Juárez Campos, la alternativa no puede ser la sumatoria de aparatos electorales. Tiene que ser la reconstrucción de espacios donde la política vuelva a ser participación integral, donde la formación sea práctica cotidiana, donde la soberanía no sea una consigna sino un programa: ciencia, tecnología, industrialización, recursos estratégicos como el litio.

La insubordinación frente a la colonización cultural y económica anglosajona no es retórica antiimperialista de manual. Es la pregunta concreta sobre qué futuro tangible puede ofrecer el peronismo a una generación que creció bajo el neoliberalismo y que hoy, en su desesperanza, vota opciones que la perjudican directamente.

 

IX. Lo que nos llevamos: algunas ideas para seguir debatiendo

El Ateneo Dr. Miguel Ragone entiende que este panel ofrece ideas-fuerza que merecen circular y profundizarse en nuestra militancia:

Primero. La conmemoración sin autocrítica es un lujo que el peronismo ya no puede permitirse. Honrar a Perón a cincuenta años de su muerte implica tener el coraje de mirar sin anestesia por qué el movimiento que él condujo ha llegado a representar apenas el 8% en la provincia donde gobernó Miguel Ragone.

Segundo. La formación política no es un complemento de la militancia. Es su condición de posibilidad. Sin cuadros formados, cualquier armado electoral es frágil y cualquier conducción posible termina siendo puro oportunismo.

Tercero. Las clases medias no son el enemigo. Son un sector en deriva que necesita un horizonte. La pregunta que el peronismo debe hacerse no es "¿por qué nos traicionaron?" sino "¿qué les ofrecemos?"

Cuarto. La militancia en tiempos de orfandad requiere humildad. Bajarse del pony, escuchar la bronca social sin defensas identitarias, y construir desde abajo los lazos de confianza que ningún armado electoral puede sustituir.

Quinto. El proyecto que supere la crisis no puede girar alrededor de personas. Debe girar alrededor de ideas, de programa, de un horizonte industrial y soberano —que incluya la industrialización del litio, la integración a los BRICS y la defensa de nuestra doctrina constitucional— capaz de trascender los ciclos electorales y volver a enamorar a las generaciones que hoy miran hacia otro lado.

Sexto. La soberanía territorial no es una abstracción. Las advertencias de Juárez Campos sobre la Patagonia, los mares y la Antártida deben ser tomadas en serio y convertidas en agenda política concreta, no en denuncia retórica.

 

El Ateneo Dr. Miguel Ragone por la Verdad, la Memoria y la Justicia agradece a la Fundación Manuel A. de Castro por la convocatoria y a todos los compañeros y compañeras que participaron de este debate. Seguimos construyendo desde la memoria crítica y la militancia territorial.

No hay comentarios:

Publicar un comentario