martes, 3 de febrero de 2026

La Encrucijada del Peronismo Salteño: Mi Apuesta por la Refundación Territorial

 

Por Fernando Pequeño Ragone, asistido con NotebookLM y Claude IA[1]
3 de febrero de 2026, estudio del Canal en Av Paraguay

 

Incluye el diálogo desarrollado frente a las cámaras por el panel de invitados, con la conducción de Natalia Nieto y una chica que la secunda, que se encuentra a las espaldas de los invitados, quienes están sentados en un arco en sillas contiguas, a la punta de las cuales se siente la conductora.

 Síntesis uno

Introducción: El Diagnóstico de una Crisis que Vivimos

Aquella noche de febrero de 2026 en el estudio de la Avenida Paraguay no fue para mí un programa de televisión más. Cuando acepté la invitación de Coco Conde a asistir a compartir con compañeros peronistas en el programa conducido por Natalia Otero para participar en "Ruta 34 TV", sabía que no iba a encontrarme con un debate académico ni con una mesa de análisis convencional. Iba a enfrentarme a algo más visceral, más doloroso: el lamento organizado de mi propia generación, que ve cómo nuestro proyecto político histórico se desintegra entre la cooptación del poder provincial y la perplejidad ante un mundo que ya no habla nuestro idioma.

Me senté en ese semicírculo de sillas junto a compañeros con quienes compartimos décadas de militancia, derrotas y pequeñas victorias. Y mientras las cámaras se encendían, supe que tenía que elegir entre tres caminos posibles: refugiarme en la nostalgia como algunos hacen, caer en el cinismo transaccional que reduce todo a arreglos de poder, o intentar algo más difícil: trazar un puente entre el diagnóstico estructural y la propuesta operativa. Elegí lo último, aunque sabía que me exponía a críticas desde todos los flancos.

Intenté que mi discurso revelara las tensiones fundamentales de un movimiento político que busca refundarse mientras el terreno mismo sobre el que intenta pararse se deshace bajo sus pies. No podemos darnos el lujo de esperar a que el terreno se estabilice. O construimos mientras todo tiembla, o nos hundimos definitivamente.

 Síntesis dos

El Contexto Nacional: Un Peronismo que Perdió el Rumbo

Para entender por qué hablé como lo hice esa noche, necesito situarles en el momento histórico que estamos viviendo. El peronismo argentino de 2026 atraviesa la crisis de identidad más severa que he visto en mis años de militancia, y llevo dos décadas en esto. La derrota electoral frente al proyecto libertario de Milei no fue simplemente perder una elección. Fue una derrota cultural de proporciones que todavía nos cuesta dimensionar.

Lo que triunfó no fue solo un gobierno distinto. Fue un relato que vacía de contenido las nociones mismas que nos sostuvieron durante décadas. La justicia social se convirtió en "curro", la soberanía económica en "estatismo ineficiente", la organización popular en "piqueterismo subsidiado". Nosotros, los peronistas, acostumbrados durante años a disputar el sentido común desde posiciones de poder o al menos de influencia, nos encontramos de pronto en una posición defensiva para la cual no estábamos preparados.

Durante el programa lo dije con todas las letras: las extremas derechas globalizadas han tenido éxito en degradar la política, y lo más doloroso es que han dificultado el diálogo incluso dentro de nuestras propias familias. Yo mismo no puedo hablar con mis sobrinos sobre política sin que me repitan consignas libertarias como si fueran verdades reveladas. Esto no es un problema comunicacional menor que se resuelva con mejores hashtags o videos de TikTok. Es la evidencia de una derrota en la batalla por el sentido, esa dimensión simbólica donde los proyectos políticos conquistan o pierden legitimidad antes incluso de disputar votos.

Y lo más amargo es reconocer que parte de esta derrota es responsabilidad nuestra. Dejamos de hablar el idioma de las nuevas generaciones. Nos quedamos repitiendo fórmulas que ya no conmueven a nadie. Mientras el mundo cambiaba, nosotros seguíamos en 1983.

Mi Propuesta: La Reforma Institucional como Punto de Partida

En medio de ese panorama de perplejidad generalizada, yo intenté posicionarme de manera distinta. No soy el nostálgico que evoca épocas doradas que probablemente nunca fueron tan doradas como las recordamos. Tampoco soy el cínico que reduce la política a "todo se arregla con plata", aunque sé perfectamente que el dinero mueve muchas cosas en política. Me asumí esa noche, y me asumo ahora, como alguien que cree que en la estructura jurídico-organizativa del partido está el nudo que debemos cortar si queremos que cualquier renovación sea posible.

Mi tesis es clara y la mantendré hasta el cansancio: sin una reforma de la Carta Orgánica del Partido Justicialista, cualquier intento de renovación será cosmético y efímero. Lo dije en el programa y lo repito ahora: "Para eso hay que reformar la carta orgánica, porque es la herramienta".

Esto me diferencia de quienes piensan que basta con encontrar un líder carismático o con elaborar un discurso más seductor para las redes. No. El problema es estructural. El peronismo salteño ha sido secuestrado por una burocracia que responde al gobernador de turno antes que a las bases militantes. Y mientras eso no cambie, mientras las reglas del juego interno favorezcan a los aparatos sobre la militancia genuina, estaremos condenados a repetir el ciclo: llegar al gobierno como "carne de cañón" para después ser traicionados.

Porque de eso se trata, y lo dije sin eufemismos en el programa: los legisladores que fueron electos en listas del peronismo votan sistemáticamente a favor de las iniciativas del gobernador Sáenz, incluyendo aquellas que contradicen los intereses populares que supuestamente representamos. Esta subordinación no es el resultado de acuerdos programáticos transparentes, sino de una lógica clientelar donde el acceso a recursos y cargos depende de la obediencia al ejecutivo provincial.

La Carta Orgánica define quién tiene voz en el partido, quién decide, cómo se eligen autoridades, cómo se resuelven conflictos internos. En otras palabras, determina si el partido es un instrumento de poder popular o una maquinaria de legitimación del poder de turno. Yo apuesto por lo primero, y sé que es una batalla cuesta arriba.

 

La Inversión Territorial: Mi Sueño del Interior al Centro

El segundo eje de mi propuesta es igualmente disruptivo, y lo sé: el peronismo debe rearticularse "desde el interior de Salta para la capital". Cuando lo dije en el programa, vi algunas miradas escépticas. Pero mantengo cada palabra.

Esta inversión territorial no es meramente geográfica; es una inversión de las jerarquías de poder y legitimidad que han caracterizado al partido en las últimas décadas. Yo sueño con el PJ de Miguel Ragone, donde había un "50 y 50": un equilibrio entre el trabajador urbano y el productor rural, entre la capital y el interior, entre la militancia sindical y la comunidad territorial. Ese equilibrio se rompió hace tiempo, y la capital concentra ahora no solo el poder de decisión sino también la definición misma de qué es el peronismo.

Mi propuesta de invertir esta lógica tiene implicaciones profundas que asumo completamente. Significa reconocer que en los municipios del interior, en las comunidades rurales, en los pequeños productores, sobreviven prácticas y valores del peronismo histórico que en la capital han sido erosionados por la lógica clientelar y la captura del partido por el aparato provincial. Es en esos territorios donde la justicia social no es un eslogan de campaña sino una demanda concreta, donde la organización comunitaria no responde a directivas partidarias sino a necesidades reales.

Uno de los compañeros con quien compartí el panel esa noche, un "humilde muchachito de campo" como él mismo se define, reforzó esta perspectiva desde su experiencia en La Caldera. Su reclamo fue directo: "¿Por qué no revivimos el Partido Justicialista? Armemos un proyecto político creíble para competir". Y yo le di forma técnica a ese deseo: no podemos construir ese proyecto creíble desde las cúpulas burocráticas de la capital. Debe emerger de los territorios donde el peronismo todavía significa algo más que una sigla electoral.

La inversión territorial que propongo implica también una inversión de los tiempos políticos. No podemos seguir esperando a que Buenos Aires nos envíe interventores que no entienden nada de Salta, que vienen solo a "almorzar como diputados" y llevarse recursos sin construir nada. No podemos seguir aguardando que el gobernador de turno nos otorgue permisos para reorganizarnos. El interior salteño debe tomar la iniciativa, construir sus propias estructuras, definir sus propios liderazgos y presentar a la capital un proyecto consolidado, no una súplica de reconocimiento.

 

La Denuncia que No Puedo Callar: Salta Entregada a la Minería

El tercer eje de mi intervención aquella noche conectaba la crisis partidaria con algo más grave todavía: la crisis de soberanía económica de nuestra provincia. Cuando el gobernador Sáenz transformó el Ministerio de Producción en "Ministerio de Minería y Producción", quedó claro cuáles son sus prioridades. Y yo lo dije sin rodeos: está "entregado de pies y manos" a intereses extranjeros —chinos, coreanos, japoneses— por "una suntuosa milanesa".

Sé que esa expresión puede sonar dura, incluso grosera. Pero es exactamente lo que está pasando. Salta está siendo saqueada por capitales transnacionales que se llevan recursos no renovables a cambio de regalías irrisorias y sin ningún control efectivo sobre lo que extraen. Y lo peor es que el peronismo provincial es cómplice de esto.

Durante el programa, otro compañero profundizó este análisis: "Sobre la ley 24.196 de recursos mineros, los muchachos ni la interesan o la desconocen. ¿Quién controla lo que se llevan de boca de pozo? Con la sanción del RIGI se acabó todo". Tiene razón. El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones implementado por el gobierno nacional libertario profundiza aún más la desregulación extractivista, otorgando a las corporaciones mineras privilegios fiscales, cambiarios y ambientales que ningún gobierno provincial puede cuestionar.

Yo conecto esta política extractivista con la crisis del peronismo de una manera que es tanto analítica como moral. El peronismo histórico nació como un proyecto de defensa de la soberanía económica nacional frente a las oligarquías exportadoras y los capitales extranjeros. Las nacionalizaciones de Perón —ferrocarriles, teléfonos, energía— eran la traducción política de un principio: los recursos estratégicos deben estar al servicio del desarrollo nacional, no del lucro transnacional.

Que el peronismo salteño sea hoy incapaz de cuestionar eficazmente el saqueo minero, que nuestros legisladores voten sistemáticamente a favor de los proyectos del gobernador sin ejercer control alguno, es para mí una traición más profunda que la mera táctica electoral. Es la traición del proyecto histórico mismo, la conversión del peronismo en una maquinaria de legitimación del extractivismo.

Por eso reformulé la pregunta durante el programa: "Me importa qué va a pasar con el PJ, porque ese acuerdo va a repercutir ahí. No quiero que el PJ vuelva a ser carne de cañón para llegar y después traicionar". Respecto a Salta, el negocio de la minería es el tema central. Se reformuló el Ministerio de Producción a "Minería y Producción" porque ese es el verdadero proyecto. Es un negocio de pocos donde algunos se enriquecen por el "vuelto", no por la minería en sí.

Y valoré explícitamente la libertad de prensa del canal para poder denunciar esto. Porque Salta está siendo "regalada" por un canon minero irrisorio frente a modelos como el de Chile o Bolivia. Esta comparación no es casual: incluso gobiernos que difícilmente podrían caracterizarse como progresistas han logrado imponer condiciones más dignas a las corporaciones mineras. Que Salta no lo haga no es resultado de imposibilidad técnica sino de voluntad política. O mejor dicho, de falta de voluntad política.

Mi Diálogo con Otros Compañeros: Complementos y Tensiones

Esa noche en el estudio no estaba solo, y eso fue importante. Cada compañero aportó algo desde su lugar, aunque no siempre estuvimos de acuerdo en todo.

Hubo quien describía la política como un ámbito puramente transaccional donde "todo se arregla con plata". Y miren, yo no soy ingenuo: sé perfectamente que el dinero mueve muchas cosas en política. Estuve veinte años en estos andares y entiendo cómo funciona el poder. Pero intenté elevar el debate hacia la reconstrucción de un "peronismo popular y de centro" que trascienda el mero intercambio monetario. Hay valores, proyectos, horizontes de sentido que no se agotan en la negociación presupuestaria. Si perdemos eso, perdemos todo.

El "Maestro", como le decimos con respeto, aportó la profundidad estructural que a veces falta en mi análisis. Su referencia al RIGI, a la oligarquía financiera mundial, a los mecanismos de control económico global, sitúa la crisis salteña en un marco más amplio. Él explicó por qué el sistema global produce estos resultados, y yo intenté complementar eso identificando cómo se manifiestan concretamente en nuestra provincia y qué herramientas institucionales específicas podríamos usar para enfrentarlos.

El compañero de La Caldera aportó la identidad territorial y el llamado a un "proyecto creíble" desde su experiencia concreta de construcción comunitaria en el interior. Su legitimidad no viene de la teoría política sino de la práctica diaria. Yo intenté darle forma técnica a ese deseo intuitivo: la reforma estatutaria como paso previo a cualquier candidatura, la rearticulación desde los territorios como condición de posibilidad de un proyecto genuinamente popular.

Pero hubo una voz que me incomodó, y tengo que reconocerlo honestamente: una compañera denunció que existe "un grupo de compañeros que se reúnen en un café, pero no permiten que una mujer pensante sea parte de esto. Son todos hipócritas". Esa denuncia me dolió porque tiene razón. La crisis del peronismo salteño no es solo de estructura organizativa o de modelo económico, es también de representación democrática interna.

Si aspiramos a ser un movimiento popular en el siglo XXI, no podemos reproducir en nuestro interior las exclusiones de género que caracterizaron al siglo XX. La refundación institucional que propongo será incompleta si no incorpora una democratización efectiva de los espacios de poder partidario. Un partido que excluye sistemáticamente a las mujeres de las decisiones estratégicas no puede pretender ser representativo de la sociedad salteña contemporánea. Esto lo digo con autocrítica, porque yo mismo he sido parte de esas mesas donde las compañeras no tenían voz.

La Confesión Más Dura: Perdimos la Batalla Cultural

Uno de los momentos más difíciles para mí durante el programa fue cuando tuve que reconocer algo que nos duele a todos pero que pocos dicen en voz alta: hemos perdido la batalla de comunicación con las nuevas generaciones. Lo dije sin anestesia: "Las extremas derechas globalizadas han tenido éxito degradando la política", y nosotros hemos "perdido la batalla" de los nuevos lenguajes.

Esta confesión rompe con el autoengaño habitual de los dirigentes políticos en crisis, que suelen atribuir sus derrotas exclusivamente a factores externos: el poder de los medios, la manipulación de las corporaciones, la ignorancia del pueblo. Yo reconozco que hay algo que nosotros no estamos haciendo bien, una dimensión comunicacional y cultural donde hemos sido derrotados.

Mencioné el ejemplo del "formato Lali para Evita". No se trata de frivolizar la política, sino de reconocer que cada época requiere lenguajes y formatos propios para transmitir ideas políticas. Eva Perón fue efectiva en su tiempo porque dominaba los códigos comunicacionales de la radio, el acto público, la oratoria directa. ¿Cuál es nuestro equivalente contemporáneo? ¿Cómo construimos militancia política en la era de TikTok, Instagram, los podcasts?

El peronismo salteño está hablando un idioma que las nuevas generaciones ya no entienden o no les interesa. No se trata solo de usar redes sociales —eso lo hace cualquiera—, sino de comprender las estructuras de sentimiento, las formas de sociabilidad, las expectativas vitales de quienes han crecido en un mundo completamente diferente al nuestro.

Lo viví en carne propia y lo compartí en el programa: la imposibilidad de dialogar con mis propios sobrinos sobre política sin chocar con un muro de incomprensión o rechazo. Esta grieta generacional no es un problema menor que se resuelva con mejores estrategias de marketing político. Es el síntoma de una transformación cultural profunda donde los marcos de referencia compartidos se han quebrado.

Las juventudes de hoy han sido socializadas en un mundo donde el Estado es percibido como ineficiente y corrupto por definición, donde el individualismo emprendedor es valorado por sobre la organización colectiva, donde la desconfianza hacia la política es la postura por defecto. El peronismo, que nació como un movimiento de masas con fuerte impronta juvenil, nos encontramos hoy con que los jóvenes son el sector más refractario a nuestro mensaje.

No tengo soluciones mágicas para este problema, y no voy a fingir que las tengo. Pero mi reconocimiento honesto es un primer paso necesario. Cualquier proceso de refundación del peronismo salteño que ignore esta dimensión cultural y generacional estará condenado al fracaso, por más que logremos modificar estructuras orgánicas o elaborar plataformas programáticas impecables.

Mi Ruptura con el Poder Provincial: Una Decisión Consciente

Uno de los aspectos más significativos de mi posicionamiento esa noche fue mi tajante distanciamiento del poder provincial encarnado en Gustavo Sáenz. Esta ruptura no es coyuntural ni táctica; es conceptual y política, y la asumo con todas sus consecuencias.

Califiqué la relación de los legisladores peronistas con el gobernador como una "traición al mandato popular", y no uso esa palabra a la ligera. Los legisladores que fueron electos en nuestras listas votan sistemáticamente a favor de las iniciativas del gobernador, incluyendo aquellas que contradicen los intereses populares que supuestamente representamos. Esta subordinación no es el resultado de acuerdos programáticos o alianzas transparentes, sino de una lógica clientelar donde el acceso a recursos y cargos depende de la obediencia al ejecutivo provincial.

Caracterizo el modelo de Sáenz como "un capitalismo extremo donde ya gobierna la Libertad Avanza a través de sus ideas". Esta afirmación es fuerte pero la sostengo: antes incluso de que el gobierno nacional libertario impusiera sus políticas en todo el país, Salta ya estaba aplicando un modelo extractivista, desregulador, ajeno a cualquier consideración de justicia social o soberanía económica.

Lo que considero imperdonable es la complicidad del peronismo provincial con este modelo. No se trata simplemente de que perdamos elecciones o quedemos en minoría; se trata de que prestamos nuestras estructuras, nuestras bases sociales, nuestra legitimidad histórica para sostener un proyecto político que contradice todo lo que decimos representar.

Esta distancia que marco respecto del poder provincial es una condición necesaria para cualquier proyecto de refundación peronista, y lo tengo claro. No puede haber renovación genuina si el partido sigue subordinado a la lógica del gobierno de turno. La autonomía partidaria, la capacidad de decir "no" al poder cuando este contradice los intereses populares, es lo que diferencia a un movimiento político de una maquinaria electoral.

Sé perfectamente que esta posición me costará políticamente. Sé que me cerrará puertas, que me quedará más difícil acceder a recursos, que seré tildado de díscolo o conflictivo. Pero prefiero eso a seguir siendo cómplice de una entrega que va contra todo lo que creo y todo lo que el peronismo históricamente representó.

 

Mi Apuesta: Entre lo Instituido y lo Instituyente

Intento siempre ejercitar mi capacidad de distinguir entre "lo instituido" y "lo instituyente". Aunque yo no lo pienso en esos términos académicos cuando estoy en la trinchera política.

Lo instituido es el peronismo salteño tal como existe hoy: una estructura burocrática, un partido "alquilado" al poder provincial, un aparato electoral que se activa cada dos años pero que carece de vida política genuina entre elecciones. Un sistema donde las PASO han sido eliminadas, donde el voto electrónico lo percibimos como "todo cocinado", donde los espacios de deliberación y decisión colectiva se han vaciado de contenido.

Lo instituyente es aquello que pugna por emerger: la necesidad de un mensaje que llegue a las bases y a los jóvenes, la reforma de la carta orgánica para devolverle centralidad al peronismo, la rearticulación desde los territorios, la construcción de liderazgos naturales que no dependan de la habilitación del poder provincial. Es el deseo, la potencia, la energía política que busca nuevas formas de organización y expresión.

Yo me posiciono conscientemente en la tensión entre ambos polos. Reconozco la fuerza de lo instituido —no soy un ingenuo que crea que basta con buena voluntad para transformar estructuras consolidadas de décadas—, pero identifico también las grietas, las contradicciones, los espacios donde lo instituyente puede abrirse paso.

La reforma de la Carta Orgánica es precisamente esto: usar una herramienta de lo instituido (la normativa partidaria) para abrir espacio a lo instituyente (nuevas formas de participación y decisión). No se trata de destruir toda estructura sino de modificar aquellas reglas que impiden la renovación. Es una estrategia que podría llamarse de "refundación institucional": transformar desde adentro usando los mecanismos formales disponibles.

Pero reconozco también la paradoja que enfrento, y que el análisis identificó con claridad: "la voluntad de rearticular un PJ popular choca con un sistema electoral que yo mismo percibo como 'cocinado' y un vacío de comunicación con la juventud que amenaza la sostenibilidad de mi proyecto".

¿Cómo refundar institucionalmente un partido cuando las instituciones mismas están capturadas? ¿Cómo construir un proyecto popular cuando los canales de comunicación con el pueblo, especialmente con las nuevas generaciones, están bloqueados o son ineficaces?

Esta paradoja no tiene resolución fácil y no pretendo tenerla. Mi propuesta es, lo reconozco, una apuesta: creo que es posible abrir espacios de transformación incluso en condiciones adversas, que la crisis misma del peronismo genera oportunidades que no existirían en tiempos de estabilidad, que la acumulación de contradicciones del modelo provincial puede generar las condiciones para una ruptura.

Puede que esté equivocado. Puede que sea demasiado optimista. Pero prefiero intentarlo y fracasar que quedarme en la melancolía contemplativa esperando que alguien más resuelva los problemas.

 

Mi Lucha contra la Melancolía

Voy a terminar diciéndolo con brutalidad: el Partido Justicialista en Salta atraviesa una crisis de identidad y representatividad, donde lo instituido asfixia cualquier intento instituyente de renovación, dejando a los sujetos en un estado de melancolía política o crítica periférica.

Es duro, pero es preciso. La melancolía política es el estado anímico de quien sabe que algo valioso se ha perdido pero no logra elaborar el duelo ni construir un proyecto nuevo. Es la nostalgia paralizante por un pasado idealizado —el peronismo de Perón, de Ragone, del 83— que funciona como refugio ante un presente incomprensible y un futuro incierto.

Esa noche en el estudio vi esa melancolía en varios compañeros. Nos referíamos constantemente a lo que el peronismo fue, a los valores que encarnaba, a la sociedad más igualitaria que ayudamos a construir. Pero cuando se trataba de pensar el futuro, cuando se trataba de imaginar cómo el peronismo puede ser relevante para las generaciones que no vivieron esa época dorada, el discurso se volvía vacilante o directamente se refugiaba en fórmulas abstractas.

Yo intento escapar de esa melancolía mediante la propuesta institucional concreta. No me limito a lamentar la pérdida, sino que identifico herramientas específicas para la reconstrucción. Pero reconozco que incluso mi discurso contiene elementos melancólicos: la invocación del "PJ de Miguel Ragone" como modelo a recuperar, la referencia al "50 y 50" peronista, la añoranza de una época donde el diálogo intergeneracional era posible.

La pregunta crucial que me hago cada noche es si puedo, si podemos, pasar de la melancolía a la refundación. Esto requiere algo más que reforma institucional o recuperación de valores históricos. Requiere una reinvención radical del peronismo como proyecto político para el siglo XXI, una que mantenga nuestros principios fundacionales de justicia social, soberanía económica y democratización política, pero que los traduzca a un lenguaje y a prácticas organizativas que tengan sentido para las sociedades contemporáneas.

No sé si lo lograremos. Hay días en que estoy convencido de que es posible, y días en que me invade la duda. Pero lo que tengo claro es que no puedo quedarme quieto viendo cómo el peronismo se convierte en una reliquia de museo o en una maquinaria subordinada al poder de turno.

 

Lo Local, lo Nacional y lo Global: Mi Comprensión de las Escalas

Una de las cosas que intento hacer en mi análisis político es entender cómo se entrecruzan permanentemente la dimensión local salteña, la nacional argentina y la global. Esta imbricación no es accidental: refleja cómo la política contemporánea ya no puede pensarse en escalas separadas.

Mi denuncia sobre la minería en Salta no puede entenderse sin referencia al RIGI nacional, que a su vez responde a una lógica global de financiarización y extractivismo. La crisis del peronismo salteño no puede separarse de la crisis del peronismo nacional, que a su vez está inserta en una crisis más amplia de los proyectos populares y progresistas en América Latina. Mi imposibilidad de dialogar con las juventudes salteñas replica un fenómeno que se observa en todo el continente, donde el auge de las nuevas derechas ha capturado la imaginación política de sectores jóvenes.

Mi propuesta de rearticular el peronismo "desde el interior para la capital" no es provincianismo ingenuo; es el reconocimiento de que en lo local pueden sobrevivir o regenerarse valores y prácticas que en las escalas más amplias han sido destruidos. Los territorios funcionan como reservorios de resistencia, como espacios donde la lógica global del capital no ha penetrado completamente y donde persisten formas de sociabilidad y economía más solidarias.

Al mismo tiempo, no caigo en el localismo desconectado de los procesos nacionales y globales. En mi análisis sobre el RIGI, sobre la política del gobierno nacional, sobre la influencia de capitales transnacionales, intento hacer evidente cómo lo local está atravesado permanentemente por determinaciones que vienen de escalas superiores. La refundación del peronismo salteño no puede hacerse en aislamiento; debe articularse con procesos similares en otras provincias y debe tener la capacidad de incidir en la política nacional.

Esta tensión entre escalas es una de las complejidades fundamentales de la política contemporánea. Un algoritmo de TikTok diseñado en China influye en cómo los jóvenes salteños piensan la política. Una decisión del FMI sobre Argentina condiciona qué proyectos mineros se aprueban en Salta. Una narrativa libertaria que se origina en modismos estadounidenses se reproduce en el discurso del gobernador provincial.

Entender esto no me paraliza, sino que me ayuda a identificar mejor dónde podemos incidir y dónde nuestras posibilidades son más limitadas. No puedo cambiar los algoritmos globales, pero sí puedo trabajar para construir espacios de pensamiento crítico donde los jóvenes aprendan a cuestionar lo que ven en sus pantallas. No puedo impedir que el FMI condicione al país, pero sí puedo denunciar cómo el gobernador provincial usa esos condicionamientos como excusa para políticas que son decisión propia.

 

Conclusión: Mi Apuesta ante el Espejo

Aquella noche de febrero en "Ruta 34 TV" funcionó como un espejo donde el peronismo salteño se miró a sí mismo sin demasiadas ilusiones. Lo que vimos no fue reconfortante: un movimiento político en crisis profunda, con estructuras anquilosadas, distanciado de las nuevas generaciones, cómplice de un modelo extractivista que contradice nuestros principios históricos, incapaz de articular un proyecto alternativo convincente.

Yo intenté aportar elementos para pensar una posible salida. Mi insistencia en la reforma institucional como condición necesaria para cualquier renovación, mi propuesta de inversión territorial que ponga al interior como motor de la rearticulación partidaria, mi denuncia sin ambigüedades del extractivismo minero y de la complicidad del peronismo provincial con ese modelo, constituyen mis aportes al debate sobre nuestro futuro.

Pero reconozco las limitaciones y tensiones irresueltas de mi propuesta. La reforma institucional es necesaria pero no suficiente. La rearticulación territorial es valiosa pero no resuelve por sí sola el problema de la comunicación con las nuevas generaciones. La denuncia del extractivismo es correcta pero no se traduce automáticamente en una propuesta económica alternativa viable. Mi distancia del poder provincial es principista pero puede condenarnos a la marginalidad política durante años.

Lo que quedó claro esa noche es que estamos ante una encrucijada histórica. Podemos seguir el camino de la melancolía, refugiándonos en la evocación de glorias pasadas mientras nos volvemos cada vez más irrelevantes. Podemos optar por el cinismo, aceptando nuestro rol de maquinaria electoral subordinada al poder de turno a cambio de mantener algunas cuotas de poder sectorial. O podemos intentar la vía más difícil y arriesgada: la refundación genuina como movimiento popular para el siglo XXI.

Yo elijo la tercera opción, aunque sea la más difícil. Esta opción requiere mucho más que buena voluntad o propuestas técnicas inteligentes. Requiere una transformación cultural del propio peronismo, una capacidad de autocrítica radical, una disposición a aprender de las nuevas generaciones en lugar de pretender simplemente enseñarles, una creatividad política para inventar formas organizativas que combinen la democracia participativa con la eficacia operativa, una valentía para enfrentar al poder económico concentrado sabiendo que las represalias serán feroces.

Esa noche intenté demostrar, junto a otros compañeros, que en el peronismo salteño persiste la lucidez para diagnosticar la crisis y la voluntad para intentar superarla. Queda por ver si esa lucidez y esa voluntad pueden traducirse en un proyecto político efectivo que logre conectar con las mayorías populares en un contexto histórico profundamente adverso.

La historia del peronismo está llena de resurrecciones aparentemente imposibles. Quizás la nuestra en 2026 sea una más. O quizás, esta vez, la melancolía termine imponiéndose sobre la refundación.

Pero yo, Fernando Pequeño Ragone, voy a seguir apostando a la refundación. Porque si algo aprendí en dos décadas de militancia es que cuando uno deja de intentar, cuando uno se rinde a la melancolía, ya perdió definitivamente. Y yo no estoy dispuesto a perder sin dar batalla.

 



[1] Orden (Claude): Evalúa íntegramente el análisis sobre el peronismo en el documento adjunto. Enfócate en el apartado "Rearticulación Institucional y Soberanía Territorial: El Desafío de un Peronismo Popular frente a la Entrega Minera en Salta" que involucra el discurso de Fernando Pequeño en el contexto de los demás interlocutores. Construye un ensayo extenso de divulgación enfocando el momento de re articulación histórica del peronismo en Salta en el contexto nacional, y el matiz de los interlocutores. Conserva el nombre de Fernando y elimina el de otros interlocutores. Narra en primera persona.

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