En un diálogo de "honestidad brutal" a través de la pantalla de Macaya TV, Fernando Pequeño Ragone analiza la vigencia de un modelo neoliberal que, según explica el intelectual Daniel Escotorín, mantiene su "columna vertebral" intacta desde la Ley de Entidades Financieras de 1977. Junto al testimonio de Carlos Cruz —referente del sindicato de motoqueros— sobre la cruda realidad del trabajo precarizado y la desprotección de las bases, el encuentro profundiza en la "instancia terminal" del Partido Justicialista de Salta y el "saqueo" de los recursos mineros en la Puna.
Este informe, que recoge las intervenciones centrales de Pequeño Ragone bajo la conducción de Macaya, propone rescatar la figura del exgobernador Miguel Ragone no como un "cuadrito" de museo, sino como un "puente" ético y una herramienta de "gimnasia neuronal". A través de una crítica punzante a la "política profesionalizada", el ensayo postula que la rearticulación del campo popular es el único camino para superar la orfandad social y recuperar la soberanía política frente a un sistema que hoy atomiza a los trabajadores.
2026-02-12
Fernando Pequeño Ragone en entrevista con Macaya TV, junto a Daniel Escotorín y Carlos Cruz
Por Fernando Pequeño Ragone asistido con NotebookLM y Claude IA
Introducción
La conversación que sostuvimos en Macaya TV con Daniel Escotorín y Carlos Cruz no fue un ejercicio de nostalgia política ni una tertulia más sobre la crisis argentina. Fue un diagnóstico brutal y necesario de la realidad que atravesamos: una crisis de representación que desnuda la continuidad estructural del modelo neoliberal desde la dictadura militar hasta nuestros días, independientemente del signo político de los gobiernos de turno.Daniel identificó con precisión la columna vertebral de este
sistema: la Ley de Entidades Financieras de 1977, ese instrumento de
subordinación económica que ningún gobierno democrático—ni Alfonsín, ni Menem,
ni el kirchnerismo—se atrevió a tocar de fondo. Carlos aportó el testimonio
desgarrador del trabajador precarizado, del motoquero que trabaja catorce horas
diarias sin aguinaldo, sin vacaciones, sin aportes jubilatorios, y que votó a
Milei porque, como él dice con una honestidad que nos interpela, "nunca
tuvimos derechos bajo ningún gobierno, ¿qué tenemos que perder?" Y Macaya,
con su lucidez característica, nombró lo que todos sentimos: una sociedad
huérfana y desprotegida frente a los pulpos del poder, frente a una clase
política profesionalizada y hamburguesada que ha perdido todo vínculo con las
bases y se dedica a discutir cuotas de poder en lugar de ideas.
Entre los tres tejimos un análisis que abarcó desde la
reforma laboral que legaliza la precariedad hasta el saqueo de los recursos
naturales de Salta—el litio, el oro, el uranio que se llevan en pala—, desde la
hipocresía de un sindicalismo que traicionó su mandato histórico hasta la
crisis terminal del Partido Justicialista provincial, con sus cuarenta años de
autoridades impuestas a dedo y una intervención nacional que nos mantiene en
acefalía jurídica. Pero también coincidimos en que el mayor desafío es la
batalla cultural e intelectual: la necesidad de una gimnasia neuronal que
desarme las mentiras de los discursos libertarios y recupere la capacidad de
razonamiento frente al consumo irreflexivo de redes sociales y la inteligencia
artificial que nos quita la capacidad de pensar antes de que hayamos aprendido
a hacerlo.
Y en el centro de todo esto, como un imperativo ético
insoslayable, quedó planteada la memoria de Miguel Ragone: no como una pieza de
museo o un cuadrito colgado en la pared, sino como un puente que vincule el
pasado—la lucha de los setentistas por la justicia social, la soberanía
política y la independencia económica—con las necesidades del presente para
construir una alternativa política real. Porque si existió un Ragone, si fue
posible ese modelo de liderazgo humanista que no traicionaba, entonces es posible
volver a construirlo. No como repetición mecánica sino como actualización de
esos principios en nuestro tiempo histórico.
Lo que sigue es mi intento de procesar esa conversación, de
convertirla en reflexión política, de transformar el diagnóstico en programa de
acción. Lo hago desde mi posición particular: la de alguien que batalló dentro
del PJ por democratizarlo, que impulsó incansablemente la reforma de la Carta
Orgánica, que nunca acordó con las designaciones a dedo, y que finalmente
renunció cuando comprendió que en esa coyuntura la transformación interna era
imposible. Lo hago no para lamentarme sino para pensar con otros la
rearticulación del campo popular como modelo de democracia, superando la
degradación de los partidos y construyendo desde la coherencia con los
principios que no se negocian.
Síntesis dos
Escribo estas líneas no como un ejercicio de nostalgia, sino
como un acto de responsabilidad política. La conversación que sostuvimos en
Macaya TV con Daniel Escotorín y Carlos Cruz no fue una tertulia más sobre la
crisis argentina—de esas que abundan y que terminan diluyéndose en el aire—sino
un intento de diagnosticar con honestidad brutal la enfermedad terminal que
aqueja a nuestras herramientas de representación popular. Y digo
"nuestras" porque me niego a desligarme de la responsabilidad colectiva
que tenemos quienes alguna vez formamos parte del Partido Justicialista, aunque
haya sido precisamente desde la crítica y la disidencia interna.
Comienzo por lo más incómodo: el Partido Justicialista de
Salta atraviesa una instancia terminal. No es una hipérbole. No es una
expresión dramática para llamar la atención. Es un diagnóstico clínico de una
estructura que durante más de cuarenta años no eligió autoridades por el voto
de sus afiliados, sino que las designó a dedo. Y aquí debo ser preciso con mi
propia trayectoria: nunca acordé con esa práctica. Desde mi ingreso al partido
batalIé por la modificación de la Carta Orgánica, por la democratización
interna, por la construcción de mecanismos que permitieran la emergencia de
liderazgos desde las bases y no por designación de cúpulas. Impulsé esa
transformación con convicción, con terquedad incluso, hasta que comprendí que
en la etapa que transitaba el partido no sería posible. Entonces renuncié.
No fue una renuncia por cansancio ni por decepción personal.
Fue un acto de coherencia política. Renuncié porque entendí que permanecer
dentro de una estructura que operaba en las antípodas de lo que yo defendía me
convertía en cómplice de su degradación. Renuncié porque no quería ser parte de
un sistema donde el sello del Partido Justicialista se alquilaba al mejor
postor, donde las autoridades se imponían desde arriba, donde la militancia era
convocada solo para aplaudir decisiones ya tomadas en despachos cerrados.
Renuncié porque mi compromiso era con las ideas del peronismo, no con la
maquinaria burocrática que lo había traicionado.
Esa renuncia no me alejó del peronismo auténtico. Al
contrario, me permitió mantener viva la llama de lo que realmente significa ser
peronista: estar del lado de los trabajadores, defender la justicia social,
luchar por la soberanía política y la independencia económica. Me permitió
seguir pensando el peronismo desde afuera de la estructura partidaria
degradada, desde los márgenes, desde donde todavía es posible la crítica
honesta y la construcción genuina.
Hoy, cuando observo el estado del PJ de Salta, siento una
mezcla de indignación y de confirmación de que aquella renuncia fue el acto
político correcto. El partido está intervenido por autoridades nacionales que
no pisan Salta, que no conocen nuestras realidades, que nos tienen en acefalía
jurídica. Funcionalmente, el PJ de Salta no existe. Y esta situación no es
accidental: es el resultado de décadas de desmantelamiento de la mística
militante, de convertir un movimiento popular en un apéndice administrativo del
gobierno provincial, en un sello que se alquila al mejor postor, en una
estructura que depende económica y políticamente del Gran Burú—la sede del
gobierno—y no de las bases que debería representar.
Durante años advertí sobre este proceso. Durante años
propuse alternativas. Durante años batalIé por la reforma de la Carta Orgánica
que permitiera la democratización del partido. No fui escuchado. O peor: fui
escuchado pero ignorado deliberadamente por quienes encontraban en el sistema
de designación a dedo la garantía de perpetuarse en el poder. La batalla por la
Carta Orgánica no era un capricho institucionalista. Era la lucha por definir
qué tipo de partido queríamos ser: una maquinaria electoral al servicio de los
caudillos provinciales o un movimiento popular con capacidad de generar
liderazgos transformadores.
Escucho a Carlos Cruz contar su historia y me conmuevo. No
porque sea triste—que lo es—sino porque es verdadera. Carlos conduce una moto,
trabaja catorce horas diarias, no tiene aguinaldo, no tiene vacaciones pagas,
no tiene aportes jubilatorios. Vive en la informalidad que el sistema
naturalizó y que la reforma laboral reciente legalizó. Y cuando le preguntamos
por qué tantos trabajadores como él votaron a Milei, su respuesta es demoledora
en su simplicidad: "Porque nunca tuvimos derechos bajo ningún gobierno.
¿Qué tenemos que perder?" Esa frase debería estar grabada en bronce en
cada sede partidaria, en cada despacho gubernamental, en cada oficina sindical.
Porque resume el fracaso histórico de quienes dijimos representar a los
trabajadores mientras permitíamos que el monotributo se convirtiera en la forma
encubierta de precarizar el trabajo en relación de dependencia.
El relato de Carlos me interpela directamente. Me obliga a
preguntarme qué hicimos mal quienes formamos parte del peronismo institucional.
Me obliga a reconocer que mientras discutíamos reformas de estatutos y
cuestiones orgánicas, miles de trabajadores como Carlos eran abandonados a su
suerte. No porque la discusión sobre la Carta Orgánica no fuera importante—lo
era y lo sigue siendo—sino porque la dirigencia que controlaba el partido nunca
estuvo interesada en usar esos mecanismos democráticos para construir políticas
públicas que defendieran a los trabajadores. Para ellos, el partido era solo
una franquicia de poder, no una herramienta de transformación social.
Y entonces pienso en mi abuelo. Pienso en Miguel Ragone, el
último gobernador peronista auténtico de esta provincia. No lo digo por
nepotismo filial ni por sentimentalismo familiar. Lo digo porque es un hecho
histórico verificable: después de su desaparición forzada en 1976, lo que
sobrevino fue una democracia limitada, condicionada, disciplinada. Una
democracia que nunca se atrevió a tocar la columna vertebral del modelo
neoliberal que la dictadura instaló con la Ley de Entidades Financieras de
1977. Daniel Escotorín tiene razón cuando señala que esa ley es la matriz de
todo: la bicicleta financiera, la especulación por sobre la producción, la
subordinación del Estado a los intereses de los grupos económicos concentrados.
Mi abuelo no traicionaba porque su concepción de la política
era humanista. No era un tecnócrata ni un administrador eficiente. Era alguien
que entendía que gobernar es entregar la vida por las convicciones. Y el
sistema que emergió después de su caída fue diseñado precisamente para que
líderes de ese tipo no volvieran a emerger. La política se profesionalizó, se
hamburguesó, se llenó de "luquete" y se vació de ideas. Hoy
discutimos cuotas de poder en lugar de políticas de Estado. Hoy negociamos
cargos en lugar de construir proyectos. Hoy el dirigente que llega a un puesto
público lo primero que hace es asegurar su reproducción en el sistema, no
transformarlo.
Ese legado de mi abuelo fue lo que me mantuvo firme en mi
crítica al PJ cuando todavía estaba adentro. Ese legado fue lo que me impedía
aceptar las designaciones a dedo como si fueran un mal necesario. Ese legado
fue lo que me empujó a renunciar cuando comprendí que la batalla por la
democratización estaba perdida en esa coyuntura. Porque mi abuelo me enseñó—sin
palabras, con su ejemplo truncado por la violencia—que la política sin
principios es apenas una forma sofisticada de prostitución.
Cuando Macaya dice que la figura de mi abuelo debe ser el
pan de cada día en la mesa de los salteños, no está pidiendo que convirtamos su
memoria en un cuadrito colgado en la pared o en una efeméride escolar. Está
exigiendo que hagamos de esa memoria un puente. Daniel lo explica con
precisión: la memoria no puede ser una pieza de museo, no puede ser parte del
bricolage progresista que convierte el pasado en mito inerte. La memoria debe
funcionar como una herramienta de análisis político que vincule lo que fuimos
con lo que somos y con lo que necesitamos construir.
¿Y qué necesitamos construir? Necesitamos rearticular el
campo popular. Suena a consigna, lo sé. Pero es la única tarea que importa.
Porque hoy el pueblo está atomizado, fragmentado, dividido por un dispositivo
del cinismo que golpea masivamente desde las redes sociales, desde los
discursos libertarios, desde la inteligencia artificial que nos quita la
capacidad de razonar antes de que hayamos aprendido a hacerlo. Carlos tiene
razón cuando dice que los jóvenes que hoy se sienten atraídos por las derechas
no tienen convicciones firmes. No están perdidos. Están huérfanos. Están
buscando algo en lo que creer y nosotros no les estamos ofreciendo nada más que
el espectáculo degradado de una dirigencia que vive con lujos mientras
representa a trabajadores pobres.
Mi crítica al PJ no nace del resentimiento sino de la
necesidad histórica. No renuncié para irme a mi casa a lamentarme. Renuncié
para poder seguir trabajando por la construcción de un peronismo auténtico,
libre de las ataduras burocráticas que lo habían convertido en una caricatura
de sí mismo. Renuncié para poder decir con libertad lo que muchos piensan pero
callan por conveniencia o por miedo a perder posiciones. Renuncié para mantener
viva la coherencia entre lo que pienso, lo que digo y lo que hago.
La hipocresía del sindicalismo actual es obscena. Los mismos
dirigentes que deberían defender los derechos como los defendía Miguel—quien
dio su vida por esas convicciones—hoy negocian en silencio las reformas que
legalizan la precariedad. La CGT y los gremios tradicionales son parte del
problema, no de la solución. Y esto no lo digo desde afuera como un crítico
externo: lo digo desde la experiencia de quien batalló dentro del partido por
transformarlo y fue derrotado por una estructura que se niega a cambiar.
Pero no escribo esto para hacer catarsis ni para flagelarnos
en público. Escribo porque necesitamos gimnasia intelectual. Necesitamos
preparación crítica. Necesitamos entrenar la mente para desarmar las mentiras
que pululan en TikTok, Instagram, Facebook, en X. Necesitamos recuperar la
capacidad de reflexión que las redes sociales nos están quitando
sistemáticamente. Daniel lo dice con claridad: hay personajes que se
especializan en mentir, ocultar, tergiversar e inventar con el único objetivo
de despolitizar a la sociedad. Y están ganando porque nosotros no estamos
ofreciendo alternativas intelectuales sólidas.
La batalla cultural es el terreno donde se define todo. No
se trata solo de ganar elecciones en 2027. Se trata de construir herramientas
políticas que permitan que los trabajadores, los jóvenes, los sectores
populares vuelvan a creer que la política puede transformar sus vidas. Y para
eso necesitamos ideas, no marketing. Necesitamos políticas de Estado, no
operaciones de prensa. Necesitamos líderes que no traicionen, no influencers
con millones de seguidores.
¿Cómo se hace esto en Salta? Primero, terminando con la
acefalía jurídica del Partido Justicialista. Exigiendo que se resuelva la
intervención nacional de una vez por todas. Segundo, democratizando la
estructura interna. Convocando a elecciones genuinas donde los afiliados puedan
elegir a sus autoridades—esa batalla que yo di desde adentro y que hoy debe ser
retomada por la nueva generación de militantes. Tercero, reformando la Carta
Orgánica para que el partido vuelva a ser una herramienta de los sectores populares
y no un sello que se alquila al gobierno de turno. Esa reforma por la que
batalIé durante años y que ahora debe ser conquistada colectivamente. Cuarto,
organizando el Congreso de la Militancia que estamos impulsando desde el
Movimiento Recuperación Justicialista para febrero o marzo, donde podamos
debatir sin hipocresías las políticas del gobierno de Sáenz y buscar la unidad
del campo popular desde las bases.
Mi renuncia al PJ no fue una claudicación sino una
reubicación estratégica. Comprendí que la transformación del partido no vendría
desde adentro de su estructura burocrática, al menos no en esa coyuntura.
Comprendí que era necesario construir desde afuera, desde los movimientos
sociales, desde las organizaciones de base, desde los espacios donde todavía
late el pulso del peronismo auténtico. Comprendí que mi responsabilidad no era
permanecer en una estructura corrupta para "cambiarla desde adentro"—ese
argumento con el que tantos se justifican mientras se adaptan al sistema—sino
salir de ella para poder denunciarla con libertad y construir alternativas
genuinas.
Pero nada de esto será suficiente si no enfrentamos las
dimensiones estructurales de la crisis. Salta está siendo saqueada. El litio,
el oro, el uranio de la Puna se los llevan en pala sin que queden beneficios
proporcionales para la provincia. No hay control estatal en boca de pozo. La
prórroga por diez años de la concesión del banco provincial al Banco Macro es
una entrega de soberanía financiera: una entidad privada que sabe hasta del
primer al último centavo de las cuentas públicas y que tiene el manejo
administrativo y financiero de los recursos del Estado provincial. Esto no es
gestión eficiente: es subordinación.
Y todo esto está conectado. La Ley de Entidades Financieras
de 1977 sigue siendo la columna vertebral del sistema. La pérdida de autonomía
económica del Estado argentino facilita que las provincias sean disciplinadas
por los factores de poder económicos. El modelo neoliberal que ningún gobierno
democrático posterior a la dictadura se atrevió a tocar de fondo es el mismo
que hoy permite que Salta sea una provincia rica con un pueblo pobre. Es el
mismo que convierte a la política en un espectáculo de cinismo donde se discute
poder en lugar de ideas.
La memoria de mi abuelo es la prueba histórica de que es
posible construir alternativas. Si existió un Ragone que gobernó desde la
justicia social, la soberanía política y la independencia económica, entonces
es posible volver a hacerlo. No como una repetición mecánica del pasado, sino
como una actualización de esos principios en el siglo XXI. La memoria
proyectiva es esa: no mirar hacia atrás con nostalgia, sino usar el pasado como
combustible para construir el futuro. Y esa memoria fue también la que me sostuvo
cuando renuncié al PJ: la certeza de que la coherencia con los principios vale
más que cualquier cargo o posición dentro de una estructura degradada.
Escucho el testimonio de Carlos y veo en él la concepción
humanista de la política que necesitamos recuperar. Veo la dignidad del
trabajador que no se resigna, que se organiza, que defiende a sus compañeros
incluso cuando el sistema le niega todo. Veo la posibilidad de que desde abajo,
desde las bases, desde los barrios populares como Solidaridad que sufren la
barbarie policial y la violencia institucional, emerjan nuevos liderazgos que
no estén condicionados por el financiamiento del gobierno provincial ni por las
órdenes de los factores de poder.
Pero también veo los peligros. Veo cómo la intelectualidad
del campo popular se hamburguesá en las universidades públicas y en CONICET,
perdiendo el vínculo con las necesidades de la calle. Veo cómo la inteligencia
artificial, que podría ser una herramienta útil, se está convirtiendo en un
mecanismo de control que quita la capacidad de razonar y memorizar a los
jóvenes antes de que hayan desarrollado esas capacidades. Veo cómo figuras como
Milei no son fenómenos aislados sino peones de un dispositivo del cinismo
orquestado por poderes globales.
Por eso insisto: necesitamos gimnasia neuronal. Necesitamos
entrenar la mente para no caer en la estupidez de repetir consignas sin
verificar su veracidad. Necesitamos leer, estudiar, debatir, contrastar
fuentes, construir argumentos sólidos. Necesitamos poner las cosas en su lugar
y llamar a cada cosa por su nombre. El menemismo fue una traición al peronismo.
La profesionalización de la política fue una degradación de la representación.
La precarización laboral es un ataque directo a la dignidad humana. La entrega
de los recursos naturales es saqueo colonial. La reforma laboral de Milei
legaliza la esclavitud moderna. Y el Partido Justicialista de Salta, en su
estado actual, es una instancia terminal de lo que alguna vez fue un movimiento
de liberación nacional.
Decir esto no es derrotismo. Es el primer paso necesario
para la reconstrucción. No se puede curar una enfermedad sin diagnosticarla. No
se puede salir de una crisis sin reconocerla. Y la crisis que atravesamos no es
coyuntural: es estructural, histórica, civilizatoria. Es una crisis de
representación donde la sociedad se siente huérfana y desprotegida frente a los
pulpos del poder. Es una crisis donde la política dejó de ser la herramienta de
transformación social para convertirse en un negocio de gestión de cuotas.
Mi posición crítica frente al PJ no me convierte en un
outsider del peronismo. Al contrario, me posiciona como guardián de su esencia.
El peronismo no es el partido: es un movimiento. El peronismo no es la
burocracia: es la mística. El peronismo no es la adaptación oportunista al
poder de turno: es la defensa irrenunciable de los trabajadores. Y desde esa
concepción es que renuncié a una estructura que había traicionado todo eso,
para poder seguir siendo peronista en el sentido más profundo y verdadero del término.
Pero en medio de esta oscuridad encuentro esperanza en la
conversación que sostuvimos. Porque hablar con honestidad brutal es el primer
acto de resistencia. Porque reconocer nuestros errores—incluida mi
participación inicial en un sistema que luego combatí—es el primer paso hacia
la responsabilidad. Porque escuchar el testimonio de Carlos es entender que el
pueblo no está muerto, que sigue organizándose, que sigue resistiendo incluso
en las condiciones más adversas. Porque rescatar la memoria de mi abuelo no
como un cuadrito sino como un puente es darle sentido político al dolor
histórico.
La rearticulación del campo popular no será obra de un
caudillo iluminado ni de una vanguardia esclarecida. Será obra de la militancia
de base, de los trabajadores organizados, de los jóvenes que se nieguen a
aceptar el cinismo como normalidad. Será obra de quienes entiendan que la
política es una herramienta de transformación y no un trampolín de ascenso
social. Será obra de quienes no traicionen. Y será obra también de quienes
tengamos la valentía de renunciar a las estructuras corruptas cuando comprendamos
que no pueden ser reformadas, para construir desde afuera lo que no pudimos
lograr desde adentro.
Y aquí vuelvo a mi abuelo. No porque quiera mitificarlo ni
porque pretenda que su ejemplo sea replicable mecánicamente en el siglo XXI.
Vuelvo a él porque representa un estándar ético que necesitamos recuperar: la
idea de que gobernar es servir, de que representar es defender, de que militar
es entregarse. Su desaparición forzada en plena democracia no puede ser un dato
anecdótico en la historia provincial. Debe ser el recordatorio cotidiano de que
distraernos equivale a ser cómplices de los pulpos del poder. Y debe ser
también el recordatorio de que la coherencia política tiene un precio, pero que
ese precio vale la pena pagarlo.
Mi renuncia al PJ fue mi forma de no traicionar ese legado.
Fue mi forma de decirle a mi abuelo, aunque ya no esté, que su nieto no iba a
ser cómplice de la degradación del movimiento que él defendió con su vida. Fue
mi forma de mantener viva la llama de un peronismo que no negocia principios,
que no acepta designaciones a dedo, que no se adapta a las estructuras de poder
sino que las desafía.
Por eso propongo que terminemos con la museficación de la
memoria. Que saquemos a Ragone del cuadrito y lo convirtamos en instrumento de
análisis político. Que usemos su legado para identificar la continuidad del
modelo neoliberal desde 1977 hasta hoy. Que entendamos que el saqueo minero
actual, la pérdida de soberanía financiera con el Banco Macro, la precariedad
laboral generalizada, la crisis terminal del PJ, no son fenómenos aislados sino
consecuencias de un proceso de disciplinamiento político que comenzó con su
caída y que nunca fue revertido.
La justicia social, la soberanía política y la independencia
económica que él defendió siguen siendo los pilares de cualquier proyecto
popular auténtico. No como eslóganes vacíos sino como programas concretos:
justicia social significa trabajo registrado, salario digno, protección ante la
vejez, la enfermedad y el desempleo; soberanía política significa que el Estado
recupere el control sobre sus recursos naturales y sus finanzas, que las
decisiones se tomen en función del interés colectivo y no de los factores de
poder económicos; independencia económica significa romper con la subordinación
financiera, derogar o modificar sustancialmente la Ley de Entidades
Financieras, construir un modelo productivo que no dependa de la especulación.
¿Es posible esto en Salta? ¿Es posible en Argentina? Solo si
recuperamos la capacidad de pensar en grande, de imaginar alternativas, de
creer que otro mundo es posible. Solo si dejamos de administrar la decadencia y
comenzamos a construir la transformación. Solo si entendemos que la batalla
cultural es la batalla decisiva y que necesitamos prepararnos intelectualmente
para darla. Solo si tenemos la valentía de renunciar a las posiciones que nos
corrompen y de construir desde la coherencia aunque sea más difícil.
Carlos dice que los dirigentes actuales viven con lujos
mientras representan a trabajadores pobres. Es verdad. Pero la solución no es
el ascetismo individual ni el purismo moral. La solución es la construcción
colectiva de estructuras políticas y gremiales que representen efectivamente a
los sectores populares. Que no estén subordinadas al gobierno de turno. Que no
dependan del financiamiento estatal. Que surjan desde abajo, desde las
necesidades concretas de la gente, y no desde los despachos del poder. Y que
tengan dirigentes dispuestos a renunciar cuando comprendan que la estructura se
ha corrompido más allá de toda posibilidad de reforma interna.
El Congreso de la Militancia que estamos organizando es un
primer paso. Modesto, pero necesario. Un espacio donde podamos denunciar las
políticas de Sáenz sin intermediarios. Donde podamos debatir ideas en lugar de
discutir candidaturas. Donde podamos construir la unidad del campo popular no
sobre la base de acuerdos de cúpula sino sobre principios compartidos y
objetivos comunes. Un espacio donde quienes renunciamos al PJ por coherencia
podamos encontrarnos con quienes nunca formaron parte de él pero comparten los
mismos principios, y con quienes todavía están adentro batallando por
transformarlo.
Pero sé que no será suficiente. Sé que enfrentamos
adversarios poderosos. Sé que el sistema está diseñado para impedir que
liderazgos auténticos emerjan. Sé que los medios de comunicación priorizan el
espectáculo sobre el contenido. Sé que las redes sociales fragmentan en lugar
de unir. Sé que la inteligencia artificial puede ser usada como herramienta de
control. Sé que la violencia institucional en los barrios populares es una
forma de disciplinamiento social. Sé que la baja de la edad de imputabilidad es
una estrategia para criminalizar la pobreza.
Pero también sé que la historia no está cerrada. Que los
pueblos pueden despertar. Que las crisis terminales pueden ser oportunidades de
refundación. Que cuando todo parece perdido es cuando se hace necesario volver
a los fundamentos. Y los fundamentos son estos: la política es una herramienta
de transformación social, los partidos deben representar a los sectores
populares y no a las élites, los sindicatos deben defender los derechos de los
trabajadores y no negociar su precarización, el Estado debe recuperar el
control sobre sus recursos y sus finanzas, la memoria histórica debe ser un
puente hacia el futuro y no un museo del pasado. Y los dirigentes deben tener
la coherencia de renunciar cuando las estructuras que integran traicionan esos
principios.
Termino estas reflexiones con una convicción: necesitamos
enamorar nuevamente a los trabajadores y a los jóvenes. Necesitamos ofrecerles
algo más que el espectáculo degradado de la política actual. Necesitamos
demostrarles que es posible construir una sociedad más justa, más digna, más
humana. Y para eso necesitamos dejar de traicionar. Dejar de profesionalizar.
Dejar de hamburguesarnos. Volver a las bases. Volver a las convicciones. Volver
a la entrega. Y tener el coraje de renunciar a las posiciones cuando
comprendamos que nos están corrompiendo.
La memoria de mi abuelo me interpela todos los días. Me
pregunta qué estoy haciendo con el legado que me dejó. Me exige que no
convierta su desaparición en una excusa para la inacción sino en un combustible
para la lucha. Me recuerda que es posible no traicionar incluso cuando todo el
sistema está diseñado para que lo hagas. Me enseña que la política humanista no
es una utopía romántica sino una necesidad histórica. Y me confirma que
renunciar al PJ cuando comprendí que no podía transformarlo fue el acto de
mayor fidelidad a su legado que pude realizar.
Por eso escribo. Por eso hablo. Por eso organizo. Por eso
intento construir con otros la rearticulación del campo popular. No porque
tenga todas las respuestas. No porque sea el líder que viene a salvarnos. Sino
porque entiendo que esta es una tarea colectiva, horizontal, democrática. Una
tarea que solo puede ser realizada por la militancia de base, por los
trabajadores organizados, por los jóvenes que se niegan a aceptar el cinismo
como normalidad. Una tarea que requiere tanto de quienes batallan dentro de las
estructuras partidarias como de quienes hemos decidido construir desde afuera
después de comprender que la transformación interna era imposible en esa
coyuntura.
La democracia que necesitamos no es la que tenemos. La que
tenemos es limitada, condicionada, disciplinada. La que necesitamos es una
democracia real donde el pueblo efectivamente gobierne, donde las decisiones se
tomen en función del interés colectivo, donde la justicia social no sea una
promesa incumplida sino una realidad cotidiana. Donde las autoridades
partidarias se elijan por voto y no a dedo. Donde las cartas orgánicas sirvan
para democratizar y no para perpetuar oligarquías internas.
Y para construir esa democracia necesitamos superar la
degradación de los partidos. Necesitamos transformar el Partido Justicialista
de Salta de una estructura terminal en un movimiento vivo. Necesitamos que deje
de ser un sello que se alquila y se convierta nuevamente en una herramienta de
los sectores populares. Necesitamos que surjan líderes que no traicionen.
Necesitamos recuperar la mística militante que el sistema destruyó
sistemáticamente. Y necesitamos que quienes comprendamos que esa transformación
no es posible desde adentro en determinadas coyunturas tengamos el coraje de
renunciar y construir desde afuera, manteniendo viva la llama de los principios
mientras esperamos el momento en que la estructura pueda ser recuperada por la
militancia de base.
Esta es la tarea. Inmensa, pero necesaria. Urgente, pero que
requiere paciencia estratégica. Difícil, pero no imposible. Porque si mi abuelo
pudo gobernar desde la justicia social, la soberanía política y la
independencia económica en los años 70, nosotros podemos volver a hacerlo en el
siglo XXI. No como una copia mecánica del pasado, sino como una actualización
de esos principios en nuestro tiempo histórico. Y porque si yo pude renunciar
al PJ para mantener la coherencia con esos principios, otros también pueden
tomar decisiones difíciles para no ser cómplices de la degradación.
La memoria es un puente. La política es una herramienta. La
rearticulación popular es una necesidad. La coherencia es un imperativo ético.
Y nosotros somos los responsables de que esto suceda. Nadie vendrá a salvarnos.
Nadie nos regalará la transformación. Tendremos que construirla nosotros
mismos, desde abajo, desde las bases, desde la convicción de que otro mundo es
posible, desde dentro o desde fuera de las estructuras partidarias según lo que
cada coyuntura demande, pero siempre desde la coherencia con los principios que
no se negocian.
Este es mi compromiso. Este es el sentido de la conversación
que sostuvimos en Macaya TV. Este es el llamado que les hago a todos los que
lean estas líneas: dejemos de ser espectadores de nuestra propia decadencia y
convirtámonos en constructores de un futuro digno. La historia nos juzgará no
por nuestras intenciones sino por nuestros actos. Y el acto que necesitamos
ahora es la rearticulación del campo popular para recuperar la política como
herramienta de transformación social. Ese acto incluye la valentía de renunciar
cuando sea necesario, de construir desde los márgenes cuando el centro esté
corrompido, de mantener viva la coherencia aunque el precio sea alto.
Porque, al final, de eso se trata: de recuperar la capacidad
de transformar. De creer que es posible. De no traicionar. De construir con
otros. De hacer de la memoria un puente y no un museo. De gobernar para el
pueblo y no para los factores de poder. De defender los derechos como los
defendía Miguel. De entregarnos a la causa con la misma convicción humanista de
los setentistas. De no resignarnos. De no rendirnos. De seguir luchando. Y de
tener el coraje de renunciar a las posiciones que nos corrompen para poder
seguir luchando con coherencia.

No hay comentarios:
Publicar un comentario