martes, 24 de marzo de 2020

Memoria activa, biopolítica y reconfiguración de la praxis peronista en Salta

Un 24 de marzo sin calle: a 44 años del golpe, con el país bajo aislamiento por la pandemia, trece voces del peronismo salteño graban sus mensajes desde casa. La cúpula pide disciplina cívica, las bases reclaman agua y hospitales, y los derechos humanos advierten sobre el poder punitivo del Estado. En ese cruce, la convergencia parece improbable. Este ensayo en primera persona, de Fernando Pequeño Ragone, indaga qué la vuelve posible. La respuesta pasa por la figura de Miguel Ragone, un significante que cada sector reconoce como propio. Pasa también por la posición de su nieto, nodo puente entre lenguajes que de otro modo se hablarían de espaldas. Memoria activa convertida en «vacuna cívica», biopolítica del encierro y vigilancia democrática dialogan en un texto que concluye con una advertencia: sin articuladores autorizados y reconocidos por las partes, el campo popular corre el riesgo de fragmentarse y disolverse.

Análisis discursivo e interdiscursivo a 44 años del golpe en contexto de pandemia

Por Fernando Pequeño Ragone

Salta, octubre de 2026

Indice

Introducción: una convergencia posible

1. Un 24 de marzo sin calle: espacialidad y clima emotivo

2. Trece voces para una misma consigna: los interlocutores

La conducción y la doctrina

La pedagogía de la memoria y la institucionalidad

Las bases, lo sindical y lo social

El testimonio y la vigilancia

3. Memoria y pandemia: la lucha por la vida cambia de escenario

4. Dos lógicas de una misma praxis: dirigencia y bases

5. La densidad histórica: el exterminio antes del golpe

6. Qué converge: tres facciones y tres marcos de sentido

7. Miguel Ragone, significante articulador

8. El nieto como nodo puente

Cierre: articuladores autorizados para un campo popular que no se disuelva

 

 


 

Introducción: una convergencia posible

Hay una pregunta que me acompaña cada vez que vuelvo a escuchar, una por una, las grabaciones del 24 de marzo de 2020: ¿qué vuelve posible que una cúpula partidaria, una militancia de base y un movimiento de derechos humanos hablen en una misma jornada, bajo una misma consigna y desde el mismo encierro, sin anularse entre sí? La respuesta que ensayo en estas páginas empieza por un nombre, el de Miguel Ragone, y continúa en una posición a la vez privilegiada e incómoda, la de su nieto, que es la mía.

A cuarenta y cuatro años del golpe de Estado de 1976, el peronismo salteño no puede marchar. La pandemia de COVID-19 ha clausurado las calles y ha obligado a cada uno a quedarse en su casa. Sin embargo, el vacío de la calle no equivale al silencio. Invito a mis compañeras y compañeros a grabar un mensaje desde su hogar y sumo el mío: trece voces que, ensambladas, componen un discurso colectivo sobre la memoria en el momento menos pensado para sostenerla. Mi hipótesis es que la figura de mi abuelo, médico, exgobernador constitucional, secuestrado y desaparecido pocos días antes de que los militares tomen formalmente el poder, funciona como un significante que todos los sectores reconocen como propio. Mi hipótesis incluye además que mi lugar como consejero provincial del Partido Justicialista y como presidente de la Asociación Miguel Ragone permite traducir entre lenguajes que, de otro modo, se hablarían de espaldas: el de la conducción, el de las bases y el de los derechos humanos.

El objetivo general que persigo al hilvanar estos mensajes es unificar el discurso del peronismo salteño en el 44.º aniversario del golpe para reconfigurar el deber de memoria cívica en el contexto del confinamiento, legitimando las medidas de aislamiento e interpelando, al mismo tiempo, el rol del Estado. Ese propósito se despliega en cuatro intencionalidades. La primera es homologar la crisis dictatorial con la crisis sanitaria, de modo que el autoritarismo militar y el virus aparezcan como amenazas mortales para la misma comunidad. La segunda es relegitimar al Partido Justicialista como la fuerza comprometida con la vida, la justicia social y el cuidado de los sectores vulnerables. La tercera es reorientar la movilización callejera tradicional hacia el acatamiento del aislamiento domiciliario, entendido como un acto ético de memoria activa. La cuarta es evidenciar la matriz económica de la represión, es decir, recordar que los golpes de Estado obedecen a planes de endeudamiento y de beneficio para grupos privilegiados.

El eje de lo que analizo, y que desarrollo con extensión en el cuerpo del ensayo, es el siguiente: la memoria activa, la biopolítica y la reconfiguración de la praxis peronista en Salta, leídas a través de un análisis discursivo e interdiscursivo de esas trece intervenciones. Me valgo de la sociología figuracional y de la teoría del poder para mostrar cómo la imposibilidad física de la movilización desplaza la disputa política hacia el espacio doméstico-digital. Allí los interlocutores resignifican el imperativo de «quedarse en casa» como la forma contemporánea de la lucha por la vida y por la continuidad de Memoria, Verdad y Justicia. Observo también una tensión interna que estructura el conjunto: mientras la cúpula promueve disciplina cívica y cohesión institucional, las bases introducen demandas materiales urgentes. Y advierto, por último, que la densidad histórica de los testimonios directos desmonta el mito de la espontaneidad represiva.

1. Un 24 de marzo sin calle: espacialidad y clima emotivo

El 24 de marzo de 2020 no hay plaza: hay pantallas. Días antes de la fecha, el Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio vacía las calles de la provincia, y el acto que durante décadas se hace con el cuerpo -convocado por las organizaciones de derechos humanos de Salta-, con la marcha, la bandera y la columna que avanza, queda cancelado por una razón sanitaria que nadie discute. La jornada del Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia llega así a un escenario inédito.

La espacialidad de ese encuentro es dispersa y deslocalizada, mediada tecnológicamente por dispositivos audiovisuales individuales. Cada interlocutor habla desde su casa, a solas frente a un aparato, dentro del confinamiento domiciliario obligatorio. No hay mesa redonda ni debate en copresencia, sino una sucesión monológica de intervenciones ensambladas bajo una consigna partidaria común. Esa fragmentación del formato produce turnos desiguales de habla: conviven los relatos jurídico-históricos extensos con pronunciamientos institucionales breves y esquemáticos. Como además no hay réplica inmediata, pueden coexistir sin fricción visible los discursos de disciplinamiento oficialista y las más severas interpelaciones al gasto político. La estructura misma del encuentro refleja el impacto del aislamiento normativo de los primeros días de las medidas frente a la pandemia mundial del COVID.

El clima emotivo se deja describir con cuatro palabras que se entrelazan: solemnidad conmemorativa, gravedad institucional, resignación disciplinada e inquietud reflexiva. Es una solemnidad sin multitud, una gravedad que se dirige a un público invisible, y una resignación que no es pasividad, porque se asume como deber. La frase con que Florencia Kosiner define la fecha, un «24 de marzo especial, donde no podremos marchar», condensa ese tono. En el fondo de cada mensaje late una inquietud doble, por la crisis de salud y por la crisis socioeconómica que se anuncia detrás de ella.

2. Trece voces para una misma consigna: los interlocutores

Presento a quienes hablan, porque en el discurso político quién enuncia es parte de lo que se enuncia. Agrupo las voces según la función que cumplen en el conjunto, sin pretender que esas funciones sean compartimentos estancos.

La conducción y la doctrina

Pablo Kosiner, vicepresidente primero del Partido Justicialista de Salta y dirigente de larga trayectoria legislativa, funciona como el referente político dominante del encuentro. Su aporte central es la paradoja de la militancia: la generación de los años setenta sale a la calle a pelear por la vida, y la sociedad de 2020 debe pelear por la vida recluyéndose en sus hogares. Su mensaje es nítido: «hoy la mejor manera que nosotros podemos pelearle a la muerte es quedarnos en nuestras casas».

Miguel Isa, exvicegobernador y exintendente de la ciudad de Salta, representa a la cúpula dirigencial tradicional y construye la metáfora epidemiológica que atraviesa el corpus: el golpe es un virus que inocula la muerte en la nación y la memoria activa es la vacuna indispensable. Aníbal Anaquín, abogado y apoderado legal del partido, asume la vocería técnico-doctrinal: vincula el terrorismo de Estado con los modelos económicos neoliberales y adhiere a la postura del Poder Ejecutivo Nacional con una frase que resume su posición: si el dilema es la economía o la vida, él elige la vida.

La pedagogía de la memoria y la institucionalidad

María Emilce Salas, consejera provincial y presidenta de la Fundación Villar, adopta una perspectiva pedagógica: la memoria busca la reparación de las familias y la prevención de errores pasados, sin alimentar un resentimiento permanente. Laureano Almirón, miembro titular del Consejo Provincial, ofrece un homenaje institucional centrado en el sacrificio de los dirigentes peronistas caídos, con Miguel Ragone como ejemplo de quien se mantiene junto a su pueblo. Nora Patricia Canuni, vicepresidenta segunda del Consejo Provincial, aporta una voz institucional de contención y repite una exhortación: «no dejemos que nuestras instituciones caigan». Leonardo Fabián García, militante, autoridad partidaria y exintendente de El Quebrachal, trae la perspectiva territorial del interior provincial y apela a la unidad nacional y al cuidado de la «bendita democracia». Liliana Guitián, consejera provincial, desplaza la pedagogía política del comité y de la plaza hacia la célula familiar y convierte el hogar en trinchera para enseñar las garantías constitucionales, bajo el mandato «Prohibido olvidar».

Las bases, lo sindical y lo social

Florencia Kosiner, militante de base, expresa la voz de la militancia juvenil e intermedia y llama a transformar la movilización en un ejercicio íntimo y colectivo de reflexión, ratificando el «Nunca Más». Marina Serrano, «Marucha», integrante del Consejo Provincial y del Consejo Asesor de UPCN, articula la perspectiva sindical y la doctrina de la solidaridad: el homenaje a los treinta mil compañeros desaparecidos se corporiza en la conducta cotidiana del empleado público y del ciudadano, porque «la patria es el otro». María Cristina Elías, de la Secretaría de la Mujer y presidenta de la Fundación Juana Manuela Gorriti, pronuncia el discurso más crítico del conjunto. Para ella, la memoria exige dejar atrás la retórica conmemorativa: denuncia que la «ambición política no tiene límites», señala la ruina del sistema público de salud y propone recortar los sueldos de los funcionarios para financiar pozos de agua potable y equipamiento hospitalario.

El testimonio y la vigilancia

Marcelo López Arias, militante históricamente adscripto al peronismo, expresidente del Congreso Provincial del partido y exjuez de instrucción en 1976, constituye la voz testimonial de mayor densidad histórica y jurídica. Y yo, Fernando Pequeño Ragone, consejero provincial y presidente de la Asociación Miguel Ragone, hablo desde la filiación familiar y simbólica con mi abuelo. Defiendo que la memoria colectiva sobrepasa la imposibilidad de marchar, pido un control ético permanente sobre quienes ejercen funciones públicas y advierto que las fuerzas armadas y policiales deben ser fiscalizadas por la ciudadanía para que no caigan en la actitud fantasiosa de sentirse superiores a ella.

3. Memoria y pandemia: la lucha por la vida cambia de escenario

La relación entre la memoria histórica y la pandemia se construye en esos mensajes por varias vías que se refuerzan unas a otras.

La primera es la paradoja de la calle y la casa. En los setenta, defender la vida significa exponer el cuerpo en el espacio público; en 2020, defenderla significa retirarlo de él. Acatar el aislamiento deja de ser una concesión y se vuelve la manifestación contemporánea de Memoria, Verdad y Justicia. La segunda vía es la metáfora del virus y de la vacuna. Al nombrar el golpe como un virus devastador que deja miles de muertos y treinta mil desaparecidos, y la memoria activa como la vacuna que inmuniza a la democracia contra el retorno del fascismo, Isa dota al aislamiento de un sentido ético-político previo y lo naturaliza.

La tercera vía es el traslado del acto conmemorativo al ámbito doméstico. Si no hay marcha posible, la casa se convierte en centro de reflexión cívica, y el tiempo compartido del encierro, en una oportunidad pedagógica para pensar el funcionamiento de las instituciones y la vigencia de las garantías constitucionales. La cuarta es la solidaridad como forma práctica de la memoria: «la patria es el otro» ya no designa una abstracción doctrinaria, sino el cuidado mutuo durante la crisis, y la unidad nacional frente al virus se equipara a la unidad necesaria para proteger la democracia.

Las dos últimas vías son las más incómodas y, por eso mismo, las más fecundas. La quinta liga la consigna de Memoria, Verdad y Justicia con el deterioro de la salud pública: recordar exige actuar frente a la ruina de los hospitales y a la falta de agua potable en comunidades postergadas, y las muertes por abandono estatal son una afrenta directa a la memoria de las víctimas del pasado. La sexta convierte a la memoria en un mecanismo de alerta permanente sobre la conducta de las fuerzas de seguridad que controlan la cuarentena. Reconozco que las fuerzas actuales no son las de la dictadura, pero sostengo que, cuando están cerradas a la mirada y a la revisión popular, pueden fácilmente caer en la fantasía de imponer el orden y la justicia por mandato propio. Una memoria que solo justifica la obediencia sería incompleta, y por eso la memoria activa también debe vigilar.

4. Dos lógicas de una misma praxis: dirigencia y bases

Escuchados en conjunto, los mensajes revelan dos lógicas de praxis política dentro del peronismo salteño. La cúpula, representada por Kosiner, Isa, Anaquín, Canuni, Almirón y García, estructura un discurso de orden, contención y ratificación del sistema republicano. Su operación consiste en convertir la reclusión en un valor militante que respalde la gestión de la crisis, es decir, actúa como un dispositivo de gubernamentalidad. Ejerce una autoridad que subordina la acción militante a las disposiciones del Estado y alinea al partido local con la conducción nacional.

Las bases, las secretarías temáticas y los sectores sindicales, entre quienes me cuento junto con Elías, Serrano y Florencia Kosiner, funcionan como mecanismo de impugnación e interpelación. No rechazan el marco de la defensa de la vida ni el confinamiento, pero recuerdan que esa defensa no puede disociarse de las condiciones materiales de existencia, como el agua, los hospitales y los salarios dignos, ni del estricto control civil sobre el poder punitivo del Estado. La intervención de Elías es la única resistencia explícita a la narrativa de cohesión institucional: desplaza el foco desde la conmemoración abstracta hacia la escasez de agua y el abandono de la salud, y exige medidas fiscales contra la propia clase política. La mía negocia el respaldo a las medidas de cuidado con una advertencia sobre la tendencia histórica de las fuerzas de seguridad al abuso y al autogobierno.

Esa tensión no debilita el conjunto, sino que lo vuelve verosímil. Un coro en el que todos dijeran lo mismo sería propaganda; un coro en el que cada voz conserva su acento y todas reconocen la misma partitura es, en cambio, un sistema discursivo. Que esa convergencia sea posible, y no mera coexistencia, requiere una explicación que no puede darse sin considerar la densidad histórica del pasado que todos invocan.

5. La densidad histórica: el exterminio antes del golpe

El testimonio de Marcelo López Arias aporta el anclaje que impide que la memoria se convierta en retórica. Su relato desmonta la idea de una violencia espontánea: el golpe de 1976 es una conspiración minuciosamente planificada que ejecuta un exterminio selectivo de líderes populares antes de la toma formal del poder. Él lo sabe desde adentro: renuncia como juez de instrucción el mismo 24 de marzo de 1976, es perseguido y asume después la defensa de causas de derechos humanos desde el estudio jurídico del doctor Martínez Borelli, en plena dictadura.

Su cronología sitúa el inicio del terrorismo de Estado en la fase previa al golpe, con atentados explosivos e intimidaciones como mecanismo represivo, y documenta tres asesinatos emblemáticos que sirven para «limpiar el camino» de la resistencia: el del sindicalista Guillermo Álzaga, el del gobernador Miguel Ragone y el del dirigente campesino Felipe Burgos. Un sindicalista, un gobernador y un dirigente campesino representan tres sectores de la sociedad salteña y, por lo tanto, tres sectores del campo popular. Con ello, López Arias sostiene además que el juicio histórico no puede recaer solo sobre los perpetradores militares, sino también sobre sus cómplices civiles. Es la voz que impide que la convergencia se vuelva complaciente, porque ancla la unidad en una verdad incómoda.

6. Qué converge: tres facciones y tres marcos de sentido

Conviene precisar qué entiendo por convergencia. No significa que todos piensen lo mismo ni que tengan los mismos intereses, sino que sectores y marcos ideológicos diferentes logran integrarse en un mismo ecosistema discursivo sin anular sus diferencias. En el corpus del 24 de marzo de 2020 convergen tres facciones y tres marcos.

La primera facción es la cúpula dirigencial e institucional del partido: Kosiner, Isa, Anaquín, Canuni, Almirón y García. Su lógica es el orden, la gobernabilidad y el disciplinamiento cívico, y necesita legitimar el aislamiento como acto de responsabilidad y respaldo a los gobiernos nacional y provincial. La segunda es la de las bases militantes, las secretarías temáticas y los sectores sindicales: Elías, Serrano y Florencia Kosiner. Su lógica es la justicia social concreta y la redistribución de recursos; invocan las necesidades del territorio, como los hospitales devastados o la falta de agua potable en comunidades originarias, y cuestionan los privilegios de la política. La tercera es el movimiento de derechos humanos y la militancia testimonial de lesa humanidad, en la que se inscriben López Arias y la Asociación Miguel Ragone. Su lógica es la verdad histórica, la impunidad cero y la vigilancia democrática.

A esas tres facciones corresponden tres marcos. El marco biopolítico-sanitario, defendido por la cúpula, sostiene que la lucha por la vida en 2020 exige la reclusión en el hogar para combatir al «virus». El marco doctrinario de la justicia social, defendido por las bases y el sector sindical, se sintetiza en «la patria es el otro» y en la atención a las emergencias materiales. El marco garantista y constitucional, defendido por el sector de derechos humanos, se centra en el «Nunca Más» y en el control ciudadano del poder punitivo. Los tres se cruzan en cada intervención: la cúpula habla de justicia social cuando evoca a los caídos, las bases hablan de vida cuando reclaman agua, y los organismos hablan de instituciones cuando piden fiscalizar a la policía.

Pero un cruce de marcos no se produce solo. Hace falta algo que lo vuelva posible, un mecanismo de articulación. Ese mecanismo, creo, tiene dos piezas: una figura y una posición.

7. Miguel Ragone, significante articulador

Todo sistema político atravesado por tensiones internas necesita un nodo de condensación, una imagen capaz de conciliar posiciones divergentes sin disolver su especificidad. Mi abuelo cumple esa función porque encarna, a la vez, tres dimensiones. Para la cúpula, Miguel Ragone es la legitimidad institucional: un exgobernador constitucional víctima del terrorismo de Estado, cuya evocación permite encuadrar al justicialismo como víctima institucional del autoritarismo y como defensor natural del Estado de derecho. Para las bases, es la mística y la justicia social: el médico volcado a los sectores desposeídos, que ofrece el sacrificio máximo por haberse mantenido junto a su pueblo, tal como lo recuerda Almirón. Para los organismos de derechos humanos, es el caso emblema de la represión clandestina en Salta, cuyo secuestro previo al 24 de marzo prueba la planificación sistemática del exterminio y legitima la exigencia de juzgar a los perpetradores y a sus cómplices civiles.

Por eso la invocación de Ragone es casi unánime en el corpus. Isa lo destaca entre los treinta mil, Almirón lo erige en ejemplo, López Arias lo cuenta entre los tres casos que inauguran el exterminio y yo lo reivindico desde la filiación. Como significante transversal, Ragone permite que todos hablen el mismo idioma y reivindiquen el mismo legado aunque persigan matices estratégicos distintos. Esa unanimidad tiene, sin embargo, una consecuencia que prefiero no ocultar: la figura martirial puede usarse para respaldar la autoridad estatal o para limitarla. Que pueda hacer ambas cosas es la razón de su eficacia integradora y también la medida de su riesgo.

8. El nieto como nodo puente

Si mi abuelo aporta el contenido simbólico, mi posición aporta la estructura de mediación. Hablo desde una triple adscripción que disuelve fronteras entre el partido y la sociedad civil. Soy su nieto directo y, por lo tanto, porto una legitimidad moral e histórica que ante los organismos de derechos humanos no se percibe como apropiación oportunista del pasado, sino como encarnación de un legado familiar y colectivo. Soy consejero provincial del Partido Justicialista, lo que me sitúa dentro del órgano de conducción. Y presido la Asociación Miguel Ragone, lo que me ubica en la sociedad civil, en el trabajo de investigación histórica y de pedagogía de la memoria.

Esa posición no es un mérito personal. Me es dada más que conquistada, y lo que me corresponde es el uso que hago de ella. Pienso que ese uso tiene tres movimientos. El primero es legitimar a la cúpula ante los organismos: al hablar desde la estructura formal del partido, valido a ese partido como un canal legítimo para las demandas de memoria y justicia y evito que la conducción sea acusada de vaciar de contenido la fecha. El segundo es introducir desde adentro la vigilancia crítica. En lugar de repetir la consigna de disciplina y confinamiento, agrego la exigencia de fiscalizar a las fuerzas de seguridad que custodian la cuarentena, para que no se asuman superiores a la ciudadanía ni crean que deben imponer el orden por mandato propio. El tercero es cohesionar a las bases con las instituciones: articulo el sentido del sacrificio histórico, evocado en el marco de la violencia de «fuegos cruzados del 70», con la exigencia presente de que las instituciones funcionen y de que se mantenga una guardia permanente contra la corrupción.

Así el sistema discursivo se retroalimenta en lugar de anularse. La cúpula usa la evocación de Ragone para justificar el aislamiento como forma de defender la vida y respaldar la autoridad estatal. Las bases y los organismos aceptan ese marco, pero usan la misma memoria para establecer límites al Estado, con salarios dignos, inversión en salud, control ciudadano del poder punitivo e impugnación de las complicidades civiles. La cúpula obtiene de ese intercambio mística y legitimidad moral; las bases y los activistas obtienen un espacio donde la interpelación crítica y la vigilancia democrática ya no suenan a deslealtad. Lo que ocurre en esa jornada es, en rigor, un mecanismo de integración figuracional.

Cierre: articuladores autorizados para un campo popular que no se disuelva

Vuelvo a la pregunta con que empiezo. La convergencia entre cúpula, bases y derechos humanos es posible el 24 de marzo de 2020 porque una figura histórica, Miguel Ragone, condensa tres legitimidades que rara vez se reconocen entre sí, y porque una persona, su nieto, ocupa un lugar desde el cual esas tres legitimidades pueden traducirse unas a otras. Ni la figura sola ni la posición sola alcanzan: una memoria sin mediador queda en monumento, y un mediador sin memoria queda en gestión.

Quiero, sin embargo, extraer de esa experiencia una lección que excede mi caso y que considero sustancial. Los campos populares se fragmentan cuando sus sectores dejan de tener con quién hablar. La cúpula, las bases y los organismos tienen lógicas distintas, a veces opuestas, y esa diferencia es legítima y hasta saludable. Se vuelve peligrosa cuando no existen articuladores autorizados y considerados por las partes, personas o figuras a las que cada sector reconozca como interlocutor propio y no como emisario del otro. Sin ellos, la tensión entre orden y reclamo se resuelve por ruptura: la conducción desconfía de las bases, las bases desconfían de la conducción, y los organismos terminan hablando solos. Con ellos, en cambio, es posible construir horizontes comunes que evitan la fragmentación del campo popular y, con ella, su disolución.

Mi abuelo, mediado por su nieto, ofrece una modesta demostración de que esa articulación existe y de que puede ser fecunda, incluso en las condiciones más adversas, con las calles vacías y las voces separadas por el encierro. También ofrece una advertencia. La autoridad de un articulador no se hereda sin condiciones: se sostiene mientras todas las partes sigan encontrando en él una voz que no las traiciona. Por eso entiendo mi tarea como una responsabilidad y no como un privilegio, y por eso creo que lo que está en juego trasciende a una familia o a un partido, porque se trata de que el campo popular conserve la capacidad de hablarse a sí mismo.

Queda, además, trabajo pendiente. Este análisis se apoya en los mensajes de un solo espacio político, y sería valioso compararlo con los pronunciamientos de sectores de derechos humanos no alineados con el partido en la misma fecha. Sería igualmente necesario verificar si la reasignación de recursos que exigieron las bases, el agua potable y el recorte a los privilegios de la política, llegó a incorporarse en la agenda legislativa provincial posterior. Mientras no lo sepamos, la memoria activa seguirá debiendo a la pandemia una respuesta, y a quienes hablaron aquel día, una rendición de cuentas.

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